MAX XV #6
Mi identidad trans no es un error moral.
No puedo evitar preocuparme de que toda esta cercanía, toda esta atención, sus cuidados, nacieron del instinto de arrepentirse, lo que hace que todo sea insignificante, hasta el punto de que también hay que cuestionar nuestra relación, porque nadie quiere ser un medio para que otra persona corrija sus errores.
Diez años es mucho tiempo, pero el tiempo es una cosa curiosa.
Se dobla y contrae, se une y recombina siguiendo el eje perpendicular de tu mente.
La educación. El trabajo. La transición.
Las novias trans. Dos personas separadas por más de diez años acaban de la mano.
¿Eso es todo lo que soy para él? ¿Una forma de enmendar sus errores?
—¿Has pensado en ello alguna vez después de enterarte de lo que me espera a mí?
—¿Por qué me preguntas eso, Max? —suplica.
—¿Has pensado en ello?
Vincent suspira.
—Sí, obviamente me acordé. —Sacude la cabeza—. No esperaba este pánico. Las dos cosas se parecen tanto…
—¿Qué dos cosas?
—Las dos cirugías.
—¿Quieres abandonarme?
—No, Max, ¿por qué querría hacer eso? No lo quería ni entonces…
—Pero lo hiciste.
—La gente cambia, Max —dice con exasperación—. Tú, más que nadie, deberías saberlo. Lo diferente que puede ser una persona.
—¡Deja de comparar las dos cosas! —grito. Se queda en silencio. Me obligo a tragar un poco de saliva porque tengo la garganta áspera. No puedo mirarlo a la cara—. ¿Cómo se llamaba?
—Alex. —Un minuto de silencio. Alex. Su nombre duele. No me cabe duda de que, al igual que yo, cortó su necronombre para crear uno nuevo—. ¿Por qué le das tanta importancia? Alex no era mi novia. No es importante. Yo te quiero a ti.
Me la imagino en la cama del hospital, con la sangre que le caía de la entrepierna acumulándose en una bolsa; lo tuvo que hacer ella sola todo.
A lo mejor ese era su plan desde el principio, pero le arrancaron la esperanza de tener a alguien a su lado.
Despertó y vio el espacio vacío que, según sospechaba de antes, se merecía.
Un recordatorio de que, para ella, la esperanza siempre sería una irresponsabilidad.
No concibo lo horrible que fue para Alex.
Noto el tumor en la cabeza. Lo noto de verdad.
—Te quiero —repite Vincent.
—Tengo un tumor cerebral.
—Lo sé.
—El tumor. Que tú abandonaras a tu novia trans…
—No era mi novia…
—Si sentiste ciertas cosas por ella, si todavía te acuerdas después de tanto tiempo, entonces da igual si la considerabas tu novia o no, Vincent. Fue alguien importante.
Vincent calla.
—Hace diez años, Max. Más.
Estoy harta de él. Estoy harta de todos. Me agarro la cabeza. Duele. Hay demasiado ruido. Vincent me apoya una mano en la espalda. Me aparto del contacto. Sus manos son como gusanos, patas sobre patas sobre dedos.
—Max.
—Esta noche voy a dormir en el cuarto de Simone. Y mañana por la mañana nos iremos a Burdeos. —Callo un momento y reflexiono sobre las palabras que debería decir—. Necesito más espacio.
—¿Espacio?
Su tono de derrota me cabrea. Suena tan indefenso, como si yo lo hubiera mandado cara a la pared para reflexionar sobre lo que ha hecho mal.
—Necesito espacio, Vincent.
—¿Qué?
—No sé si lo entiendes. Si lo entendieras, no haría falta decírtelo…
—Fue hace mucho tiempo, Max.
El gemido en su voz se intensifica.
—Exacto. Has tenido mucho tiempo para entenderlo.
Vincent se tumba bocarriba en la cama, con las manos sobre la cara. Tose. La tos le sale del pecho. Una parte de mí quiere que se ponga de lado para darle unas palmadas en la espalda y preguntarle si está bien, pero no lo hago.
—Lo siento mucho —dice, llorando otra vez contra las manos.
Lo miro.
—¿Qué sientes?
—Todo.
—Vale.
Me levanto para recoger mis cosas. Es una operación rápida, hecha en piloto automático.
Noto los ojos de Vincent fijos en mí durante todo el rato, pero me muevo como si no estuviera.
Toco el pomo de la puerta con la mano y el metal frío corta un agujero en la red de seguridad.
Me siento caer, me tiembla el labio, las lágrimas aterrizan en el suelo.
—Te quiero —dice Vincent.
—Yo también te quiero —murmuro.
Me llevo las cosas a la cabaña de Simone y le digo:
—No quiero hablar.
Mi amiga asiente y se va a la cocina a por un plato de queso, pan y paté. En otro plato trae un tomate entero.
—Fibra —explica.
Comemos en la cama con las piernas cruzadas, en silencio. Después, dejamos los platos en el suelo. Que Vincent, Fred y Aisha se encarguen de las hormigas. Ni siquiera me molesto en lavarme los dientes. Me tumbo dándole la espalda a Simone, pero me abraza igual.
—¿Qué ha dicho Vincent? —pregunta.
—Se ha disculpado.
—¿Por lo que le hizo a la chica? ¿O por no contártelo?
—Creo que por las dos cosas.
Se oye un susurro en su almohada. Noto la brisa de su aliento en mi cuello cuando habla.
—¿Y esa disculpa sirve de algo?
—No sé. O sea, no. —Simone se aprieta más a mí y me abraza con fuerza—. Tengo mucho miedo, Simone.
—¿De qué?
—De todo. De que se vaya. De morirme. De morir sola. —No puedo contener las lágrimas—. Como una puta avispa dentro de un higo.
—No vas a morir. —Me aprieta el brazo contra las costillas—. Y no morirás sola.
Sé que lo dice porque ella estará conmigo. Quizás este sea un momento de revelación sobre el poder de la amistad femenina, pero no me consuela.
—Podría morir de verdad, Simone. Estoy intentando mantener la calma, pero podría morirme y ahora solo quiero que el tiempo se detenga.
Simone se queda inmóvil. Las palabras no pueden solucionar nada, solo sirve un fuerte abrazo .