MAX XV #5
—Se enrolló con ella —contesta Vincent con un tono carente de energía, tenue por el arrepentimiento.
Me acuerdo de la noche anterior, cuando Fred me reconfortó en el patio; ahora sus palabras parecen contaminadas de plomo. Están en mi interior y quiero extirparlas.
—¿Y por eso le diste una paliza?
—Me… me enteré más tarde y…
—¿Y cómo te enteraste de que era trans?
Nadie me responde. Miro a Vincent, que parece afectado. Simone se sienta a mi lado. Todo el mundo mira a Fred, que interrumpe el silencio.
—Me lo contó Vincent —explica, y casi distingo una sonrisa en el borde de sus labios—. Me lo dijo después porque sabía que me asustaría. ¿Verdad? ¿Verdad que lo hiciste por eso?
—¿Es cierto, Vincent?
—¿Qué? —Vincent alza las manos al aire—. ¿Acaso eso es importante?
—Pues claro que lo es —contestamos Simone y yo a la vez.
—Es muy importante —añado.
—Estaba celoso. Sabía que yo le gustaba a esa chica y quería vengarse de ella. O de mí. Pero, cuando me lo dijo, se me fue la pinza. —Fred me mira—. Lo que hice fue muy jodido. Lo sé. Creo que no puedo transmitir lo mal que me siento por ello.
—Bueno, podrías intentarlo —dice Simone.
Me fijo en que Fred no ha hablado en ningún momento a Aisha.
Ya lo sabía. Se lo habrá contado, le habrá confesado esta cosa tan horrible, tan terrible que hizo en el pasado.
Se limpió la consciencia con el perdón de Aisha; su aceptación le bastó para asegurarle que el Fred de hoy en día no es el Fred del año sabático.
Y me pregunto quién tenía derecho a perdonarlo, a expiar esa culpa.
¿Vincent es un hombre celoso? ¿De ahí viene la payasada de hoy?
La rabia que siente hacia Fred, ¿es en realidad su amor por mí?
—¿Alguna vez te disculpaste con ella? —le pregunto a Fred.
—Eso —interviene Simone—. ¿Le dijiste que lo sentías? ¿O le diste dinero o algo por haberle dado una puta paliza?
Fred mira durante un segundo a Simone con cara de fastidio. Vincent está con el culo apoyado en la encimera. Fred suspira y se le descompone un poco el semblante.
—No.
—¿Por qué no? —preguntamos.
Fred entierra la frente en la mano. Sacude un poco la cabeza, con los dedos firmes e inmóviles mientras la piel se desliza a su alrededor. Creo que nadie sabe cómo hemos llegado hasta aquí. Simone se gira hacia Aisha.
—Estás muy callada —comenta.
—¿Qué quieres que diga?
—Es que tu silencio me parece muy interesante.
—Eres gilipollas, Simone.
Mi amiga no se lo discute. De hecho, puede que ahora Aisha le caiga un poco mejor.
La habitación se queda en silencio. Me cuesta procesarlo.
Fred le dio una paliza a una mujer trans.
Vincent reveló su identidad. Me dijo que nunca había salido con una persona trans.
Eso fue mentira. ¿Y no constituye otra mentira no hablarme sobre esa chica, sobre este lío con Fred?
Me levanto para ir al dormitorio que comparto con él.
Unos minutos más tarde, Vincent entra y se sienta a mi lado en la cama. Tengo la mirada gacha hacia el regazo. Todavía me siento mareada. Vincent suelta un eructo.
—Lo siento. No me encuentro bien.
Nos quedamos en silencio.
—¿Saliste con esa mujer? —le pregunto—. Con esa chica.
—Sí, supongo.
—Así que me mentiste.
—Era muy complicado.
—¿Por qué no me lo contaste? —pregunto, y se me quiebra un poco la voz—. Me siento como una tonta por haberme enterado de esta forma.
—¿Cómo habrías reaccionado si te lo hubiera contado antes? —dice, como si tuviera un as en la manga—. Te habrías ido.
—Me habría sentido mejor. —Respiro hondo—. Es una forma muy horrible de enterarse.
—Y lo lamento por eso. No era mi intención mentirte y no sé ni si…
—Pero lo hiciste. —Odio cuando una discusión se disuelve en un juego de palabras. La lógica puede diagnosticar las heridas, pero no las cierra—. Esto no es solo por la mentira. Fred y tú hicisteis algo horrible. Más horrible de lo que podría haberme imaginado.
—Max —suplica, y apoya una mano tímida en mi muslo. La fulmino con la mirada hasta que la aparta—. Ocurrió hace más de diez años. Soy una persona distinta. Fred es una persona distinta. No deberíamos habernos peleado por ello. —Hace una pausa—. ¿Cómo eras tú hace diez años?
Me cabrea que diga eso. Estoy muy enfadada. No es lo mismo. No somos iguales.
—¿Por eso Fred y tú os distanciasteis durante la universidad?
—No lo sé. Bueno, en retrospectiva, sí.
—¿Qué? ¿Y nunca… lo hablasteis? —Vincent me mira inexpresivo—. Pero ¿qué coño? Los hombres estáis locos de atar.
—Max…
—Dime por qué dejaste de salir con ella.
Vincent suspira.
—Fue a Tailandia a operarse.
—¿De qué?
—De eso.
—¿De los genitales?
—Sí. —Suspira—. La acompañé a la ciudad de la operación. Quería que estuviera con ella. —Eso no es una respuesta. Lo miro con intensidad—. Me puse nervioso.
—¿Eso qué significa?
—¿El qué?
—Lo de que te pusiste nervioso.
Vincent calla y respira hondo, con el rostro un poco ceniciento.
—La dejé. Cuando fue a operarse.
Eso me deja boquiabierta.
—¿La dejaste sola después de la operación? —exclamo—. Vincent.
Esto es demasiado perfecto. Todo ese pánico subterráneo burbujea hacia la superficie como lava y se filtra por los cráteres.
Me imagino sola en la cama de un hospital, igual que en Nochevieja, y me despierto para encontrarme con el contorno de tiza que fue mi novio.
De repente, la muerte parece más cercana.
—No sabía si… —tartamudea—. No sabía si debía quedarme.
—¿Que no lo sabías? —Alzo la voz—. ¿No se lo preguntaste?
Vincent se echa a llorar y se aplasta la cara con las manos. No se merece llorar. Es patético.
—Por mí. No sabía si debía quedarme por mí.
—¿Por ti, porque estabas de vacaciones? ¿Sabes lo terrible que es eso? —grito—. ¿Sobre todo ahora que me voy a operar?
—Pero no es lo mismo, Max. En aquella época no lo sabía seguro.
—¿No lo sabías?
—Tenía diecinueve años, Max.
Parece tan infantil. Diecinueve años. ¿Cómo de hondo ha enterrado todo eso? Me aparto unos centímetros de él. No lo quiero cerca de mí.
—Tenía diecinueve años —repite.
—Ya lo has dicho, Vincent.
—Venga, Max.
—Revelaste la identidad de una mujer trans y luego la abandonaste cuando se iba a operar. No, lo siento, mientras la estaban operando. Es tan retorcido…
—Fue hace más de diez años.
—Eras un adulto.
—¿Habría salido contigo hace diez años?
No. Pongo mala cara.
—Eso es repugnante. ¿Cómo te atreves?