MAX XV #4
—Sobre el tema de los niños, la vida que quiero tener. Pero, a estas alturas, solo quiero estar viva.
—Yo creo que quiero repartir mi semilla lo antes posible.
Nadie en este planeta debería tener permiso para decir esa frase.
—Qué asco. —Fred se ríe—. Me he sentido como una persona rota. No normal. Sé que suena…
—No, tiene sentido. Lo entiendo. Pero no estás rota.
—Ni tú tampoco.
—Gracias.
Intercambiamos una mirada tierna. Qué hombre tan maravilloso. Algún día hará muy feliz a alguien, puede que incluso esa persona sea Aisha. Oigo una puerta cerrarse dentro de la casa.
—¿Te sientes normal con Vincent? —pregunta.
—¿Aparte del tema de la familia?
—Sí.
—Sí, me siento normal con él.
—Me alegro.
Dejo la copa de vino junto a la pata de la silla. Noto que me pesan mucho los párpados.
—Creo que voy a acostarme.
Fred me ofrece una mano. Le doy un apretón y la suelto.
En la habitación que comparto con Vincent, la seda azul del vestido cae a mis pies, me acaricia los dedos y se desliza sobre las baldosas como gelatina. Vincent se remueve un poco cuando me meto en la cama.
—Lo siento —digo.
Vincent no contesta, pero estira el brazo para agarrarme la mano.
Cuando me despierto unas horas más tarde, estoy más colocada que nunca.
Me siento fatal. Al principio pensé que era el tumor, que había crecido de la forma equivocada y me estaba muriendo y ya era demasiado tarde, pero entonces Vincent empezó a gemir y supe que era culpa de la tarta de limón.
Mi mente no deja de pensar en cosas ridículas mientras noto el cuerpo como si fuera cieno. Ninguna parte de mí es capaz de nada.
Vincent y Fred están tumbados en el sofá. Podrían estar muertos, pero estoy demasiado dispersa como para comprobarlo. Simone y yo nos hemos acurrucado en el sillón grande. Aisha se endereza en la alfombra.
—Creo que nos han envenenado —dice, con el tono impregnado de pánico—. Con Novichok o algo así.
—¿Lo dice en serio? —me susurra Simone.
¿El Novichok se sigue usando? Parece cosa del pasado.
—Creo que deberíamos llamar a una ambulancia o algo —propone Aisha.
—Solo nos hemos pasado. —Simone suspira—. No pensamos en las dosis. Lo metimos todo en esa tarta minúscula. Y nos la comimos con el estómago lleno, por eso ha tardado en hacer efecto. Imagínate comer cinco brownies de maría de una sentada.
—¡Yo no suelo comer esos putos brownies! —espeta Aisha.
—La hostia.
Estoy de parte de Simone, pero agarro el móvil y busco si podemos sufrir una sobredosis de maría.
Los resultados dicen que es poco probable.
He buscado justo esto casi todas las veces que he fumado y siempre que he comido maría.
En una ocasión, le pedí a Simone que se tumbara conmigo en la cama y me pusiera los dedos en el cuello porque creía que se me pararía el corazón.
—No puedes sufrir una sobredosis de maría —les explico—. Volveremos a sentirnos normales dentro de unas horas.
Los cinco caemos en un duermevela. Cuando recupero la consciencia durante un momento, oigo a Aisha hablar por teléfono. Está fuera, cerca de la cabaña de Simone, pero su voz me llega a través de la piedra porosa y las puertas abiertas.
—No me encuentro bien —dice—. Tengo que marcharme. No me encuentro nada bien. Me estoy volviendo loca. —Dejo de oírla, hasta que de repente dice—: Vale. Te echo de menos.
Abro los ojos de par en par. Miro a Simone, que también me está mirando, y asiento.
Miro hacia Fred y Vincent, que siguen comatosos, pero Fred empieza a removerse.
Me late el corazón con fuerza. ¿Ha oído a Aisha?
¿Lo sabe? ¿Lo que he oído es lo que creo que es?
Fred se levanta, en silencio, para ir al baño que queda junto a la cocina.
Sus vómitos primitivos resuenan por toda la casa.
Oigo la bilis chapotear en el agua del retrete, como una cascada de ácido.
Me sobrevienen las náuseas. Corro al segundo baño y lanzo un proyectil de vómito sobre la taza.
La comida sale volando de mi estómago. La berenjena de anoche.
El pan de ayer. Es una avalancha del puto plan de comidas de Aisha.
Por la tarde, la gente se encuentra mejor, lo que significa que tenemos energía suficiente para empezar a señalar culpables.
Vincent está frustrado. Durante las últimas horas, se ha quejado por desperdiciar el día y le consume su preocupación por mí.
«Tienes una operación dentro de un par de semanas, Max.
No puedes enfermar así. No es bueno. Es muy malo».
No deja de preguntarme si estoy bien, tanto que yo empiezo a cuestionarlo y busco si al tener un tumor cerebral eres más propenso a sufrir una sobredosis de maría o si la maría hace crecer más rápido los tumores. No hay resultados.
Estoy leyendo las noticias en el móvil, con Fred sentado a mi lado. Vincent está en la encimera con la cara enterrada en las manos y regaña a su amigo.
—¿Por qué lo usaste todo? —le pregunta.
—No creía que fuera para tanto.
—Fue una puta tontería.
—Tranquilízate. No lo sabía.
—Siempre haces mierdas como esta. Tienes que madurar de una puta…
—Vincent, no pasa nada —intervengo.
—Sí que pasa. Está mal. Creo que no deberías ni beber alcohol.
—Parece presa del pánico y siento un ramalazo extraño de incomodidad, culpa y preocupación, porque, aunque nunca es agradable ver a alguien así, me gusta que se desvele por mí.
De todos modos, se ha pasado. Jamás lo he visto tan fuera de control y me fastidia porque me estoy esforzando al máximo para no hacer lo mismo, para mantener a raya los pensamientos sobre bisturís y ataúdes.
Vincent parece muy nervioso. Por la maría.
O por el Novichok. Se dirige a toda la habitación.
—Max podría morir —dice.
—Joder —replico—. Esto no va a afectar a la operación ni al tumor. ¿Podemos intentar mostrarnos positivos, por favor?
—Eso —interviene Fred—. Sé positivo.
Vincent gruñe. Sale hecho una furia en dirección al baño. El mismo en el que he potado yo. Regresa un minuto más tarde.
—Sigue oliendo a vómito —dice. Me parece que está enfadado conmigo—. Es asqueroso. —Fred y yo no nos movemos. Es como ver una obra de teatro con un único actor enfadado—. Solo quiero que este día acabe de una puta vez.
—Pero si te has pasado las últimas dos horas quejándote sobre perder el tiempo —contesto—. Todavía podemos hacer algo.
—Hemos arruinado el día. No podemos recuperarlo.
—Venga, Vincent —dice Fred—. No le hables a Max de esa forma.
—Vete a cagar, Fred.
Veo que Simone está en la entrada del salón. No suele mantenerse alejada de las peleas.
—No puedes tratar como la mierda a tu novia solo porque no estés contento —replica Fred y se pone de pie. Yo elijo el silencio. Me da la sensación de que esto ya no va sobre mí—. Acabas de decir que es un momento delicado para…
—Calla la boca, Fred —espeta Vincent. Fred da un paso hacia a su amigo.
—No me digas que me calle.
—¿O qué?
Fred se estira hacia Vincent, no para pegarle; es un movimiento de reconciliación. Vincent lo aparta de un manotazo.
—¡Vincent! —exclamo.
—¿Por qué te pones de su parte?
—No me he puesto de parte de nadie —digo, alzando la voz.
—Esto no va de bandos —añade Fred.
—¿Y tú qué cojones sabes? —grita Vincent—. Has llegado como caído del cielo y te has puesto a hablar sobre ser trans en un mundo que no te acepta. No tienes ni puta idea de cómo es esto ni de cómo Max…
—¿Nos estabas escuchando? —le pregunto.
—En esta casa se oye todo —dice sin mirarme.
—Estás siendo muy poco razonable, Vinny —interviene Fred—. Tranquilízate. Max estaba enfadada por lo de tus padres y…
—Vete a la porra. Max no lo sabe. Ya puedes dejar de arrepentirte tanto.
—¿A qué te refieres?
—¿Qué es lo que no sé? —pregunto.
—Eso, ¿qué es lo que no sabe? —nos interrumpe Simone.
—Da igual —dice Vincent con un gesto de la mano.
—No, no —objeto—. Has dicho que no sé algo delante de otra persona.
—Miro a Simone—. De dos personas. —Vincent y Fred intercambian una mirada cargada de rabia masculina.
Si pudieran gruñir, gruñirían. Dos perros paralizados, retándose a decir una palabra más—.
Decidme de qué iba todo eso —les pido. El silencio lo inunda todo.
Ojalá alguien me mirara—. Vincent, dime a santo de qué iba eso.
Vincent suspira, como si pensara que tengo que saberlo. Me pregunto si es verdad, si es necesario que lo sepa.
—Fred…
—¿Fred qué? —espeto.
—Fred le dio una paliza a una mujer trans cuando nos fuimos de viaje —explica Vincent, sin apartar la mirada de su amigo—. Durante nuestro año sabático en Tailandia.
Miro a Simone. Se ha quedado boquiabierta. Noto el estómago revuelto. Podría vomitar de nuevo. No sé qué siento. ¿Qué debería sentir?
—No le di una paliza.
—Acabó toda amoratada.
—Pero ¿qué coño? —ladra Simone—. En serio. ¿Qué coño?
Vincent y Fred se miran. Me resulta raro que estemos aquí.
Hay momentos en la vida en que parpadeas y el escenario cambia a tu alrededor, como si unas manos invisibles movieran el atrezo y te cambiara el bolígrafo en la mano por un cuchillo.
Una comedia se transforma en thriller , un romance en terror.
Por mucho que lo analices, no tiene sentido.
Y, aun así, no puedes obligarlo a cambiar de nuevo, debes jugar con tu entorno. El pasado está en el incinerador.
Miro a Fred a la cara. Frunce el ceño sin fuerzas.
Baja las comisuras de la boca. Entiendo que esto fuera algo sagrado entre ellos.
Vincent ha partido una cruz en dos. Y todo por la marihuana.
Por la operación a la que me someteré a pesar de la maría.
Estoy en shock . Aisha, aturdida, aparece por la puerta de su dormitorio.
—¿Qué pasa? —pregunta.
—Tu marido le dio una paliza a una mujer trans en Tailandia —explica Simone—. Para que lo sepas.
Aisha se queda atónita, pero no sé si le sorprende el dato o su revelación.
—¿Por qué le diste una paliza? —pregunto.
—No me dijo… No me dijo que era…
—¿Y por qué tendría que habértelo dicho?