MAX XV #3
—¿El matrimonio me parece un poco absurdo?
Sí. —Carraspea y se come otra patata—. ¿Me parece otro vínculo jurídico para mantener unidas a las personas, a pesar de todos los motivos por los que no deberían estar juntas?
Sí. Y Max también lo piensa. —Me señala, aunque no sé si alguna vez he dicho algo así—.
Mi opinión no es que vaya en contra de lo tradicional, ni tampoco es muy revolucionaria o académica.
Pero supongo que Max y yo tenemos puntos de vista diferentes.
Vincent me está mirando. Lo noto. Le devuelvo la mirada. Sonríe con placidez, no con desánimo. Si me fijo bien en la comisura de sus labios, es posible que capte incluso un poco de apreciación. No sé. A lo mejor una sonrisa es una sonrisa sin más. Aisha parece haberse ruborizado.
—Me da la sensación de que me has metido en una caja —dice.
—Quieres estar en la caja y, al mismo tiempo, no quieres estar en ella —replica Simone—. Eres la Aisha de Schrödinger.
Me río. Vincent se ríe. Aisha mira a Fred para que la apoye, pero su marido se está riendo con disimulo detrás de la copa. Me acuerdo de su aventura. Todo es un poco triste. Suena el temporizador del horno.
—Eso es la cena —anuncio.
Simone y yo nos levantamos a la vez. En la cocina, Simone saca la comida mientras yo me apoyo en la nevera.
—Cielo santo —dice.
—Lo sé.
Regresamos con los platos. Fred parece más borracho.
—¿Cómo te sientes por la operación? —pregunta. Aisha lo fulmina con la mirada.
—Fred…
—Me siento bastante bien, la verdad. Al menos ahora mismo.
Es fácil olvidarme de ello, hasta que me acuerdo, y entonces me entra un poco el pánico, pero no es grave, en serio.
—Es un sentimiento difícil de describir y no sé si todos lo entienden.
Se parece a cuando estoy en la pista de baile, feliz mientras cambio el peso de un pie a otro, hasta que de repente me llegan pensamientos intrusivos sobre la subida del nivel del mar, o que no podremos salvar a las abejas, o que mis padres morirán algún día.
¿Es algo que le pasa a todo el mundo?—. Dentro de un par de semanas se habrá acabado.
—Hago una pausa—. Gracias por preocuparte.
No me siento nada agradecida, pero le dedico una sonrisa a Fred, que parece complacido (demasiado, como si quisiera que alguien le dijera que lo ha hecho bien). Quiero poner fin a la conversación. No me apetece pensar en la muerte.
—Habéis tenido un año de mierda —dice Fred, casi para sí—. El padre de Vincent. Tu tumor. —Vincent se sirve un poco de berenjena y se concentra en el acero brillante del cucharón. Agarro los tenedores para la ensalada—. ¿Y os es de ayuda?
—¿A qué te refieres? —pregunto.
—Conocer a alguien que esté pasando por una mala racha.
«Una mala racha». Qué frase tan manida. Ah, ya sabes, ahora mismo estoy en una mala racha.
¿Qué te ha pasado? Me ha salido un tumor.
Vincent parece exasperado, pero no quiero enfadarme con Fred.
Aunque se esfuerza, presiento que no está bien.
No tiene un tumor, pero tampoco hace falta para estar mal.
—En realidad no conozco al padre de Vincent —replico. No sé si debería decirlo, pero estoy borracha y las palabras salen de mi boca antes de que pueda terminar de pensar—. Ni él sabe que existo.
Siento que toda la mesa hace una mueca.
—¿En serio? —pregunta Fred. Todos guardan silencio. Bajo la mirada al plato. Simone deposita en él un trozo de fainá. Lo acaricio con los dientes del tenedor, como manos cartografiando la superficie de un rostro. Fred mira a Vincent—. ¿Tu padre no sabe que Max existe?
—Y tú lo sabías, Fred —replica Vincent de mal humor—. Lo sabías.
—Pero pensaba que se lo habrías dicho ya.
—Pues no.
Me arden las mejillas. Simone me apoya una mano en la rodilla. Es humillante, una rehumillación. También es por culpa de mi masoquismo. El rostro de Vincent se transforma en una mirada de súplica, como si le rogara a Fred que parara. Su amigo parece sorprendido y no aparta la cara.
—Pero vivís juntos.
—Fred, qué cojones…
—No llevamos saliendo tanto tiempo —digo, aunque las palabras salen inertes de mi boca. Es cierto, pero no es suficiente.
Vincent no parece contento con mi respuesta. Simone no se ha apartado la copa de vino de los labios.
—Pero el tumor —añade Fred—. ¿No creéis que…?
—Mi madre lo sabe, Fred. Mi padre no. Deja el tema.
Su madre lo sabe. Incluso me deseó suerte a través de Vincent, un gesto muy amable, pero cuesta mirar a alguien que se ha rebajado tanto como para desearme suerte y considerarlo un avance.
Hay un muro entre Vincent y yo. Sería más fácil si estuviéramos colocados, para que al menos pudiéramos apoyarnos en el otro, derretir el hielo con el calor de nuestros cuerpos.
Tras el plato principal, Fred saca la tarta de limón infusionada con hachís.
Es pequeña, alta y delicada. Tiene tres capas hechas a partir de la misma bandeja de bizcocho.
El glaseado sólido de limón está puesto con cuidado.
Fue bonito ver desde el sofá cómo Fred y Vincent la hacían y se preocupaban por su estructura como dos ingenieros.
En cierto modo, fue como viajar por un portal a través del tiempo, años antes de que conociera a Vincent.
Fred corta la tarta.
—¿Notáis el sabor? —pregunta Aisha.
—Creo que ese adolescente francés te ha tomado el pelo —se ríe Simone.
—Sí que se nota —intervengo.
—¿Verdad que sí? —dice Fred.
Es curioso, pero el hedor del hachís queda bien con el limón.
Vincent y Aisha se van a la cama después de fregar los platos con Fred.
Simone, Fred y yo nos sentamos en el patio con copas de vino mientras nos pasamos una barrita de chocolate.
Fred está un poco más sobrio. A lo mejor no estaba tan borracho y solo le apetecía marear la perdiz.
Aun así, la intención no altera los hechos: Vincent no me ha presentado a su familia y su padre no sabe que existo por motivos que son más o menos sensatos.
Todos los padres son distintos. Las culturas cambian.
Sufrió un ataque al corazón. Nada de esto disipa el resentimiento que siento, como si pasara algo malo conmigo.
Simone bosteza de un modo audible. Todavía no notamos el efecto de la tarta.
—Voy a acostarme —anuncia Simone.
Fred abre los brazos para un abrazo y ella lo acepta.
Dura bastante. Creo que le ha tomado cariño a Fred y que él siente lo mismo; me pregunto si es otra forma por parte de Simone de fastidiar a Aisha.
Nunca he entendido las vendettas de Simone, pero una parte de mí siempre las disfruta.
Fred me rellena la copa con la botella abierta.
—Me caes bien, Max —dice—. Eres buena para Vincent.
No buscaba su aprobación, pero sienta bien.
—¿Crees que sus padres pensarán lo mismo?
Se ríe.
—Lo harán. —Calla un momento—. Vincent debe reflexionar sobre algunas cosas. Y eso tiene algo de sentido, para ti. Te vas a operar. Y nadie quiere que te estreses por otra cosa más.
—Ya.
Tiene razón. No debería torturarme tanto.
Hablar sobre el tema le da importancia, pero, al mismo tiempo, el día de hoy me ha recordado que todavía hay vergüenza en las grietas y quizás esta sea una oportunidad para hacerla desaparecer, para dejar que las palabras caigan a la terraza como hojas que se lleva el viento o piel muerta, para que alguien las barra o las reemplace la siguiente mujer triste que visite la casa de la amiga de Aisha.
—A veces siento que soy una complicación. ¿Tiene sentido?
—Sí. —Fred da una calada a su cigarrillo—. Quizás no sea el mejor para decirlo, pero ¿la vida no es así?
—No, no eres el más adecuado para decirlo. —Lo empujo con el codo para que no piense que me he enfadado. Y no estoy enfadada, porque tiene razón—. Sé que debo aceptar que el mundo es así, pero quiero hablar del tema, porque, si no, ¿qué hacemos?
—Claro. Pero no quiero que pienses que es por ti. —Respira hondo—. En mi caso, la relación con los padres de Aisha siempre iba a ser difícil, aunque uno espera que sea al revés. Quiero decir, me esperaba que mis padres (muy ricos, muy británicos) fueran el problema.
—¿Y lo fueron?
—Para nada. Pensé que sus padres acabarían entrando en razón. Bueno, en parte lo han hecho, pero no del todo. —Calla un momento—. No sé si alguna vez sentiré que soy lo bastante bueno. O solo bueno. En general, en la vida. Es difícil cuando la familia de tu pareja te lo recuerda sin cesar.
—¿Tu pareja?
Fred se ríe. Nos sentamos cerca, con los codos y los antebrazos rozándose.
—¿El amor es suficiente? —pregunto sin pensar.
—No, seguramente no.
Siento una profunda tristeza al pensar en Aisha exponiéndose al hombre de enfrente y, seguramente, a varias familias inocentes.
Más triste es que se lo haya contado a Simone como si fuera un cotilleo.
Me ruge el estómago, aunque estoy llena.
Espero de verdad que Fred sepa, al menos a veces, que es buena gente, aunque él no lo vea.
—¿Te acuerdas de aquella cena en la que Aisha se puso a enumerar las cosas que sus padres no aprobaban? —dice.
—Fue horrible. —Una pausa—. Pero no juzgo a nadie.
—No, lo fue. Y Aisha no lo decía con maldad.
Para ella es muy duro. Lo es para los dos.
—Se rasca la barbilla y yo bostezo con fuerza, como si mi mandíbula quisiera soltarse.
Se lo pego a Fred—. Es duro, pero me alegro de que hablemos de ello y podamos compartir esa realidad. Primero somos nosotros y luego ellos.
—Mmm. —Nosotros y ellos—. ¿Quieres tener hijos?
—Sí, claro. Quiero sentir ese tipo de amor. Creo que sería bueno para mí. ¿Y tú?
—Nunca lo había pensado mucho antes de este año. Supongo que con todo lo de la familia de Vincent y lo de mi hermano…
—¿Cómo está tu hermano?
—Superándolo. Espero que cambie un poco. Eso si la gente puede cambiar.
—Yo creo que sí, sin duda.
Me reclino en la silla y ladeo la cabeza hacia las estrellas.
—Cualquiera pensaría que el tumor me daría un poco de claridad.
—¿Sobre qué?