MAX XV #2
—Mi hermana dijo que iba a criar a su bebé sin género —cuenta—.
No en plan ponerle ropa gris ni nada de eso, pero algo así, hasta que él pudiera elegir.
Así que lo tuvo y, de repente, lo vistió con lazos, vestidos y volantes.
Y cuando le pregunté por qué lo hizo, dijo que porque la gente no dejaba de pensar que su bebé era un chico.
—Es bastante duro criar a un bebé sin género, ¿no? —pregunta Aisha.
Me da la sensación de que el coche espera mi contribución y por eso decido no contribuir.
—Cierto —contesta Simone, mirando a Aisha; tiene que apartar los ojos de la carretera—. Pero creo que por eso es importante no apoderarnos de los logros que nosotros no hemos conseguido.
El coche se queda en silencio. Me pregunto si, en caso de que Vincent estuviera presente, Simone se mostraría tan cruel.
En el supermercado, Simone y yo atacamos la lista de ingredientes mientras Aisha decide ir a buscar un vino rosado específico de la Provenza.
—Es muy ligero y fresco. Os gustará para la piscina.
No sé por qué no quiere decirnos el nombre. Hay muchas estanterías y cajas con productos, piscinas de bolas llenas de tomates ruborizados. Simone y yo nos desviamos hacia la parte con botes y más botes de paté.
—Intenta ser más simpática —le digo.
—¿A qué te refieres?
Simone sonríe con malicia.
—Por favor.
Encuentro la harina de garbanzo para la fainá e ingredientes para la berenjena a la parmigiana y la ensalada fresca. Nos reencontramos con Aisha en la caja. Ella agarra el recibo e introduce enseguida la alta cifra en nuestra cuenta digital compartida.
—¿Qué habrán estado haciendo los chicos? —dice mientras llevamos las bolsas de yute al coche.
—¿Los chicos? —ríe Simone.
—¿Qué pasa?
—Es que así es como solíamos hablar sobre los hombres en el colegio. En plan, un grupo de chicas antes de beber que se pregunta cuándo llegarán los chicos. Es gracioso oírlo.
Aisha ríe de pasada. Yo bajo la mirada hacia los pies.
—¿Puedo conducir yo ahora? —pregunta Aisha con una naturalidad forzada. Se produce una pausa incómoda—. En Londres no manejo demasiado.
Simone le lanza las llaves y sube al asiento trasero.
En la casa, Vincent y Fred cargan con las cosas más pesadas. Dos bolsas cuelgan de los hombros finos y huesudos de Simone como pesos en una balanza.
—Gracias a Dios que los chicos han venido a ayudar —ríe.
—Ya —contesta Aisha, tensa.
El tejido áspero de las asas me aprieta en los hombros y se clava con cada movimiento. Vincent baja corriendo cuando ya estoy en el último tramo y me quita las bolsas. Unas manchas de sudor han aparecido en mis axilas.
—¿Qué habéis hecho mientras estábamos fuera? —pregunta Simone.
—Hemos comprado pan recién horneado —contesta Vincent—. Y unos pasteles. Nos ha dado tiempo a ver la iglesia en lo alto de la colina.
—Y hemos comprado esto —dice Fred y muestra una bolsita llena de hachís.
Parece orgulloso de sí mismo, mientras que Vincent se muestra avergonzado.
—¿Por qué? —pregunta Aisha—. Si no fumas nunca.
Observo a Simone, cuya mirada alterna entre Aisha y Fred. No puedo evitar pensar que la gente no debería avergonzar a sus seres queridos.
—Estamos de vacaciones —contesta él—. Se lo he comprado a un adolescente francés cuando subíamos a la iglesia. Podemos preparar un postre o algo así. Como una tarta pequeña.
Creo que Fred espera que lo felicitemos por algún motivo. Me siento mal al examinar su semblante, nervioso pero discreto. Busca aprobación.
—No sé si los demás quieren eso —replica Aisha—. Sería perder un día.
—Podemos hacerlo de noche —digo, para apoyar un poco a Fred—. Después de cenar.
—Yo me apunto —añade Simone.
Fred sonríe, lo que me hace sentir peor. Las primeras impresiones son horribles. Cuando lo conocí, me arrollaron su confianza, sus grandes brazos y su rostro cuadrado y nórdico. Ahora que lo conozco mejor, veo a un chaval poco seguro de sus dones. A lo mejor por eso está tan enamorado de Aisha.
Estamos todos sentados junto a la piscina, llenos después de una comida tardía a base de baguettes con conservas que ha preparado Aisha.
Vincent inspecciona la higuera en un rincón del patio.
Algunos higos están verdes, pero los de más arriba tienen la piel púrpura.
Arranca uno, luego dos, luego tres, cuatro, cada vez a más profundidad, mientras sostiene los orbes blandos en la mano.
Noto la mirada de Simone fija en mí y, cuando me giro hacia ella, veo una capa de aprobación tácita en su sonrisa.
Vuelve a mirar el móvil; pues claro que sigue trabajando.
No puedo borrar esos correos de la mente.
¿Qué está escribiendo? Si no maduras y te tiñes el pelo, te lo voy a rapar .
Miro a Vincent. Se ha hecho un arañazo con una rama y le ha dejado una raya carmesí, una marca en las costillas.
—¡He conseguido cinco! —grita. Agarro uno. Está rico. Dulce, pero con más textura que sabor, con notas de caramelo. Simone extiende las manos y apoya el móvil en el vientre tenso de su bañador—. ¿Aisha, Fred? ¿Higos?
No quieren. Vincent se acomoda en el borde de la piscina.
—¿Sabes que hay una avispa muerta dentro de cada higo? —dice Fred.
—¿Qué?
—Eso me suena —comenta Aisha.
—No en todos —intervengo—. Solo en algunas especies. —Los demás me prestan atención, incluso Simone—. Las avispas hembras llevan polen a la apertura de un higo. De un higo macho. Luego se quedan atrapadas dentro y ahí ponen los huevos.
—¿Por qué se quedan atrapadas? —pregunta Vincent mientras hace girar un higo pequeño en la palma.
—Creo que es porque pierden las alas al entrar.
—¿Y luego qué pasa? —inquiere Simone.
—Creo que los machos eclosionan primero y se aparean con las hembras sin eclosionar.
—El asco se refleja en el rostro de Simone—.
Luego los machos excavan agujeros para que las hembras salgan.
Se mueren y las hembras eclosionan, encuentran la salida y se llevan un poco del polen para polinizar otros higos.
Todo lo que queda en el primer higo muere. Y el ciclo se repite.
—¿Y cómo sabes eso? —pregunta Aisha.
—Mi padre me dijo que había avispas en los higos, así que lo busqué.
—¿Y qué pasa si una avispa hembra entra en un higo hembra? —duda Vincent.
—Poliniza el higo. Así se consigue la fruta. Pero, por la estructura del higo hembra, no puede dejar los huevos.
—¿Y muere sola? —pregunta Simone.
—Sí. Muere sola.
Suspiramos en silencio. Unos segundos más tarde, Vincent me da un apretón en el pie desde el borde de la piscina.
Simone echa la harina de garbanzo en un cuenco. Arqueo una ceja cuando mete la mano extendida y luego me sobresalto cuando me da un cachete en el culo.
—Pero ¿qué coño te pasa? —grito y, al mirarme, solo veo el leve contorno amarillo que han dejado un par de sus dedos—. Ni siquiera te ha salido bien.
Simone se ríe, me quita la harina con un trapo y se lava la mano en el fregadero. Mezcla un poco de agua en la harina y yo añado el romero cortado y la sal.
Nos tomamos un descanso para echar un vistazo a las redes sociales de Emily.
Hay muchas actualizaciones sobre la boda.
A menudo pienso en los creadores de contenido, en que en algún momento tuvieron plataformas incipientes y en cómo acaban por compartir toda su vida, tanto entonces como ahora, porque, de lo contrario, esas plataformas no habrían crecido.
Pero ver cómo lo hace ella para un público tan reducido es un poco desagradable.
Me da cosa. Como si fingiera ser quien quiere ser con la esperanza de que la vida imite al arte.
Fred sale de su dormitorio.
—¿Puedo infusionar la mantequilla ya?
—¿Qué? —pregunta Simone.
—El hachís.
—¡Ah, claro! —dice Simone con tanto alborozo que alegra a Fred—. ¿Necesitas ayuda?
Fred se adentra en la cocina y Simone le entrega una cazuela y una espátula. Yo me siento en un taburete y observo a Simone mirar lo que hace Fred por encima del hombro.
—¿No es demasiado? —pregunta—. Aunque no me acuerdo de la última vez que hice esto.
—Lo mejor será que lo usemos todo.
Fred alza la espátula y prueba un poco de mantequilla con el dedo.
El cielo oscuro no hace nada para absorber el calor del día, que sigue emanando de la punta de nuestras narices.
Llevamos una hora y media bebiendo. Simone y yo hemos sacado una bandeja de Martini y vamos por la tercera botella de vino.
Hoy apenas he pensado en el tumor. Eso es lo bonito de estar distraída y de beber: todo pavor empalidece contra la calidez del gluglú de la botella.
Podría morirme, pero todo va bien. En el centro de la mesa hay patatas de bolsa en una cesta con el forro de tela junto a un cuenco de hummus.
—¿Esto no estropeará el hambre para la cena? —pregunta Aisha.
Simone mete una patata en el hummus.
—Reservad sitio para la tarta —dice Fred. Arrastra un poco las palabras. Ha acaparado el vino rosado. Se reclina en la silla y mira a Simone—. Aisha me ha dicho que no crees en el matrimonio.
No puedo evitar pensar que está intentando dejar en evidencia a Aisha en vez de incomodar a Simone. Se le ve en la cara. Le encanta Simone. Todo el mundo adora a Simone, excepto cuando no se comporta como tú quieres. Simone le dedica una sonrisa torcida a Aisha: acepta el reto.
—¿Cómo que no creo en el matrimonio?
—No, bueno. —Aisha mira de reojo a Fred y luego de nuevo a Simone—. No lo dije así. Pero no te gusta la palabra «pareja» y me dio la sensación de que no te mola el rollo tradicional. Y eso es bueno.
Simone sobrevuela el cuenco de hummus con otra patata, pero decide comérsela sin nada. La mesa está en ascuas por lo que pueda pasar. Intento no reírme.