Decepcióname MAX XV
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MAX XV

S imone conduce desde el aeropuerto de Marsella hasta Bonnieux.

Ha venido a estas vacaciones con una actitud que ni Fred ni Aisha entienden.

No se ha quitado las gafas de sol, excepto para pasar por Inmigración.

Cada vez que le llega un correo de trabajo al móvil, hace callar a todo el coche para que yo se lo pueda leer en voz alta desde el asiento del copiloto.

Bostezo y apoyo la cabeza en la ventanilla.

No estoy durmiendo bien. Tengo un sueño recurrente en el que los cirujanos se acercan a mí con una cuchara enorme para extraer el tejido que sobra, pero no se detienen ahí, sino que quitan y quitan hasta que no queda nada.

Cuanto más intento disociar, más se filtra el pánico por la operación en mi subconsciente.

Dice Simone que trabajará desde mi piso la primera semana de posoperatorio y Vincent se ha pedido libre esa semana también y puede que pida otra.

He intentado sentirme un poco menos asfixiada y más agradecida.

—De pequeña, ¿dónde pasabas los veranos, Max? —inquiere Fred, como si fuera una pregunta normal.

—Después de mudarnos a Hong Kong, a veces volvíamos a Reino Unido para ver a mi abuela. La paterna.

Odiaba esos veranos. La moqueta rosa en casa de la abuela que llegaba hasta el cuarto de baño. Sin amigos. Mi abuela, que insistía en que dieciocho grados no era frío y se burlaba del forro polar que yo nunca me quitaba.

—¿Y tú, Aisha? —pregunto a mi vez.

—Nos quedábamos por Asia. Íbamos sobre todo a Tailandia. A menudo nos marchábamos a esquiar a Nueva Zelanda, solo porque allí la temporada de esquí mola mucho. —Miro a Simone y, aunque no le veo los ojos, sé que los está poniendo en blanco—. ¿Tú fuiste mucho a Hong Kong? —le pregunta a Vincent.

—No, solo en un par de ocasiones.

Noto una fuerte sacudida cuando Simone acelera para subir una colina. Vira con brusquedad en una curva.

—¿Dónde aprendiste a conducir? —le pregunta Fred.

—En Londres. El año pasado. Mi novia me dejó practicar con su coche.

—¿Y tu novia…?

—Rompí con ella en enero.

—Ah, guay. ¿Y has salido con alguien desde entonces?

—No —replica Simone con sequedad.

Me preocupa que Fred sienta lástima por ella. Parece el tipo de persona que siente lástima por la gente soltera. Me fijo en que Simone aferra con más fuerza el volante y el coche acelera.

—Porque es lo que quiere —añado, aunque enseguida me arrepiento.

El terreno está dividido en distintos niveles, conectados por unos peldaños tortuosos de piedra. El primero está adornado con higueras larguiruchas y una piscina pequeña con forma de judía, en el segundo hay un huerto con una decena de manzanos y en el tercero se sitúa la casa de una sola planta.

Tras subir los últimos escalones, me doy la vuelta. La casa da a las colinas de la Provenza, que fluyen como letras cursivas. La fachada tiene ventanas con persianas azules y unas puertas abatibles de cristal separan el patio del salón. Aisha nos conduce dentro.

—¿De qué conoces a la propietaria de la casa? —pregunta Simone.

—Es una amiga de Harvard.

—¿Y tiene una casa en Francia?

—Es italiana. —Simone dice «mmm», como si sus padres no tuvieran una casa de verano. Aisha se da la vuelta para mirarnos—. Hay dos dormitorios aquí y luego otro en la parte trasera. —Señala hacia su derecha—. Junto a la ducha exterior.

Se refiere al cobertizo con techo y ventanas que hay junto a la casa.

—¿Esa choza? —pregunta Simone.

—No es una choza.

—¿Quién dormirá ahí? —inquiere Vincent.

—Diría que Simone —contesta Aisha y se gira hacia la interpelada—. Es el dormitorio más pequeño.

Aisha le entrega una llave separada. Vincent me mira.

—Podríamos quedarnos nosotros ahí —sugiere.

Miro a Simone. Es muy amable por haberse ofrecido, pero dentro de un par de semanas yo podría estar muerta.

—No te preocupes —dice mi amiga.

Incluso con las gafas de sol, la cara de Simone lo dice todo: «Me quedo con el cuarto, pero odio a tu amiga».

—Entonces Fred y yo nos quedamos con el dormitorio del fondo —prosigue Aisha—. Y Vincent y tú con el contiguo.

Atravesamos el salón cargados con el equipaje hacia los dormitorios. El nuestro es mucho más pequeño que el de Fred y Aisha, sin ventanas a excepción del tragaluz. El polvo se acumula en la planta de mis pies cuando me encamino hacia el cuarto de Simone por el sendero de tierra.

—¿Simone? —digo y llamo a la puerta.

—Entra.

La cama doble ocupa más de la mitad de la habitación. Simone está agachada en la pared más lejana para poner a cargar el móvil. Solo lleva un sujetador de encaje y unas bragas de talle alto. Parece un goblin sexy haciendo una sentadilla.

—¿Qué tal la choza?

—No empieces.

Nos tumbamos juntas en la cama, con las piernas colgando por el borde.

—No me gustan estas vacaciones tan heteros, Max.

—Lo siento mucho. Te prometo que lo pasaremos bien.

—Me hacen sentir como si fuera parte del equipaje.

—¿La gente o las vacaciones?

—Las dos cosas. ¿Por qué me ha preguntado Fred si ya he visto a alguien? ¿No te parece una locura que eso sea lo único interesante sobre mí?

—Creo que es una pregunta bastante normal. Pero también es incómoda. La gente debería preguntarlo menos.

Siento un poco de compasión por Fred, porque, a pesar de todo su encanto, es un poco tonto por intentar encontrar algo en común con Simone.

Mi amiga suspira. Es raro que no estemos en la misma página, que yo no comparta la choza con ella y que me hayan dado permiso para estar en la casa.

Me cuesta no sentirme mal por ello. Al fin y al cabo, es un arriendo precario, a la espera de que alguien escriba una nota de desalojo en un folleto de gestación subrogada.

—A lo mejor se sienten intimidados por ti.

En plan, te han visto y sienten que su vida es una mierda.

—Hago una pausa porque me acuerdo de Aisha y de su vecino.

Me planteo contárselo a Simone, aunque con eso traicionaría a Aisha.

Pero es Simone—. Su matrimonio no va demasiado bien.

—Elijo bien las palabras. A lo mejor Simone necesita oírlas.

Se anima, como un perro que sabe que dentro del puño cerrado hay un premio—.

Ella se masturba delante de la ventana con el vecino de enfrente. Y quiere conocerlo mejor.

—¿Qué dices?

—Ya ves. Me lo contó ella.

—Pero… —Arruga las cejas—. ¿Te lo contó sin más?

—Yo le había hablado antes sobre el tumor. Creo que fue una especie de quid pro quo bastante jodido.

—¿Vincent lo sabe?

—No, le he guardado el secreto.

—Dios, eso lo explica todo.

—¿El qué?

—Lo de encerrarme en la choza. Tienen que lidiar con su mierda.

El móvil de Simone vibra. Lo mira y luego me lo pasa con un gruñido. Aisha nos ha enviado un mensaje a todos con sugerencias para comer.

¿Os parece bien que me encargue yo de la comida porque es más pequeña?

¿Max y Simone podrían hacer hoy la cena? Y Fred y Vincent se encargarán de la de mañana.

¿Me decís si tenéis algún problema con este plan?

A pesar de la ilusión de sugerencias, los mensajes parecen bastante inflexibles.

¿Para qué ha usado los interrogantes? ¿Creerá que de esa forma se muestra relajada?

Me cuesta imaginar a Aisha relajada, a menos que sea en un coma inducido.

Cuando visualizo a Aisha haciendo las alfombras, siempre es de un modo febril.

Simone insiste en conducir para ir al supermercado. Se involucra más en la conversación, lo que significa que, para mi alivio y el de Aisha, maneja más despacio. Fred y Vincent han ido a echar un vistazo a la panadería que hay cerca de la casa.

—¿Cómo es tu trabajo? —pregunta Aisha.

—No es muy difícil, solo hay que tener ojo. Y luego hacer bastante papeleo.

—¿Trabajas mucho con otra gente?

—Ahora tengo una ayudante que lo lleva todo cuando yo no estoy. Pero, aparte de ella, la verdad es que no. —Simone gira a la derecha—. Me hace gracia que nadie sepa qué hago exactamente.

—Es complicado, ¿no? —dice Aisha—. A veces siento que tengo que esforzarme activamente para mantener mi vida privada en el trabajo. —¡Por fin un poco de compenetración!—. Saben que tengo pareja, pero nada más.

Durante medio segundo creo que podría desarrollarse una amistad entre Aisha y Simone.

—Es interesante que te refieras a Fred como tu «pareja».

Me equivocaba.

—¿Qué quieres decir? —pregunta Aisha.

—Bueno, es tu marido. Me da la sensación de que «pareja» se reserva más para relaciones no tradicionales, como parejas que llevan juntas mucho tiempo pero no se han casado.

O salir con alguien que usa pronombres no binarios.

No precisamente dos personas cishetero que han adoptado la forma de unión más tradicional.

Mantengo los ojos fijos en la carretera, pero tuerzo el gesto.

—No sé si coincido contigo —replica Aisha—. Aun así, es importante dejar espacio para más cosas. A lo mejor decir «marido» crea un clima de restricción para otras personas.

—Pero pueden verte la alianza, ¿no? Y el anillo de compromiso. ¿O son palabras vacías? Conservas todos los símbolos, excepto el que menos coste representa para ti.

Yo he visto el anillo de compromiso. Es enorme.

Y también la alianza, que por algún motivo tiene diamantes.

Me permito echar un vistazo por el espejo retrovisor y veo que Aisha mira por la ventanilla.

Le doy un codazo a Simone. A ella todo esto le da igual.

A nadie le importa esa chorrada. Estoy segura de que en otro contexto Simone animaría a los demás a usar la palabra «pareja».

Existen otras palabras clave que es más urgente erradicar, como «mi otra mitad» o «la parienta». Simone solo busca pelea.

En un semáforo, Simone baja el visor para ponerse una gota de crema solar coreana.

—Simone, está en verde —le digo.

El coche que tenemos detrás pita. Simone, imperturbable, cierra la botella, cierra el visor y pisa con fuerza el acelerador.