VINCENT XIV
A lex y yo estamos en la playa de Bang Saen, en Chonburi, debajo de una sombrilla que hemos alquilado para dos horas. Fred me escribió anoche, tras una semana de silencio.
Hola, tío… Solo quiero que sepas que he estado pensando mucho en ti
Se que seguramente no quieras saber nada de mi, pero puedes decirme como estas?
Yo he acabado en Chiang Mai
Donde estas tu?
He ignorado sus mensajes. No sé ni cuándo responderé ni si lo haré al final, porque la verdad es que no sé ni qué decirle ni cómo decírselo.
No puedo evitar imaginarlo dándole vueltas a todo: ¿De verdad Vincent cree que ella no se lo contará a nadie?
¿Debería esperarlo en Chiang Mai? ¿Vincent se lo contará a alguien?
¿Soy una mala persona? Cada vez que pienso en Fred, el motivo de poder pasar todo este tiempo con Alex empieza a pesarme. Es inquietante. Y nada agradable.
El libro El viejo y el mar de Alex está abierto y bocabajo sobre su tumbona, con un poco de arena pegada en el lomo curvo; la gran sombrilla sobre nuestras cabezas le da sombra.
—Te lo has terminado rápido —comento.
—Hemingway es muy fácil. Me gusta su prosa. Es muy nítida.
—Qué manera tan bonita de describir la forma de escribir de alguien.
Alex sonríe.
No sé si está en lo cierto. Nunca he leído a Hemingway.
Llevo quince minutos en la misma página de Cisnes salvajes .
No puedo leer con este calor, con tantas distracciones.
Encontré el libro en la biblioteca del albergue.
La gente siempre me dice que debo leerlo.
No lo había hecho hasta ahora, porque pensaba que lo recomendaban porque soy chino y no me atraía un libro del tamaño de un ladrillo.
Aun así, lo que he leído hasta ahora me ha gustado.
—Las playas de aquí no son tan bonitas como las de Koh Samui —señala Alex.
Lo dice cada vez que bajamos a la playa. No sé cómo puede decir Koh Samui sin estremecerse; yo apenas puedo hablar de ello. Pero tiene razón. Es una playa de ciudad, ¿qué más se puede hacer? Alex se levanta de la tumbona.
—¿Te importa vigilar las cosas? —pregunta.
Asiento y echa a andar hacia el agua en esos absurdos pantalones cortos.
La línea ondulante del agua baila entre su cintura y sus muslos. Solo está allí un par de minutos antes de volver y tumbarse a mi lado. Guarda silencio, pero observo su cuerpo y su rostro. La mayor parte de los moratones han desaparecido; lo que queda se lo ha tapado con maquillaje.
Me imagino contándole todo esto a mi madre. Nunca se enterará, pero no puedo evitar reproducir la conversación en mi cabeza. ¿Cómo que es un hombre? ¿Eres gay? ¿Cómo puede ser un hombre y tú no ser gay? Vincent Chan, explícate. No sabría qué decir aparte de que me gustan las chicas.
Alex respira hondo y me reacomodo en mi tumbona.
—¿Te puedes creer que es dentro de unos días? —pregunta con los ojos cerrados, sin mirar a ninguna parte.
—Me lo creo, sí. Aunque no he contado los días ni nada. —Abre los ojos para mirarme con intensidad. No pretendía decirlo de esa forma—. Quiero decir, tú seguramente lleves esperándolo desde que tenías dos años o así. Pero yo solo lo sé desde hace un par de semanas.
Cierra los ojos de nuevo.
—Mmm. —Bosteza—. Con dos años no. Por aquella época no sabía que era posible.
—¿Y cuándo lo supiste?
—Cuando mi madre me llevó al médico. Me explicaron cómo podría ser mi vida.
—¿Y cómo te sentiste?
—La vida dejó de ser en blanco y negro. Pero saberlo también fue duro.
—¿En qué sentido?
—La esperanza es una mierda. Saber que todo podía cambiar hizo que la espera resultara insoportable. ¿Tiene sentido?
—Lo entiendo.
¿Lo entiendo de verdad? Lo más cerca que he estado de sentirme así fue cuando reuní el dinero suficiente para comprar los billetes a Tailandia.
Tener el viaje ante mis narices hizo que el trabajo resultara más aburrido, aunque tuviera algo con lo que soñar despierto.
Casi lo digo, aunque sé que es ridículo compararlo con la operación de Alex.
Eso la haría sentir peor. Me siento abrumado. No sé nada.
—¿Has hablado con el encargado del albergue esta mañana? —pregunta.
—Sí. Me ha dicho que no tengo que cambiarme de habitación.
Me resulta raro quedarme solo en el albergue sin ella mientras espero a que se recupere lo suficiente para trasladarnos a un hotel.
Incluso la idea de un hotel se me antoja rara, sobre todo porque lo paga Alex.
No me deja contribuir. Me ha dicho que su madre le dio el dinero, que yo podía pagar la comida, que le gustaría que estuviera con ella, pero que no tenía que quedarme si no quería.
Anoche lloró en nuestra habitación después de follar.
Cuando llegó a Tailandia, dejó de tomar hormonas con tal de prepararse para la operación.
«Es como un profundo dolor dentro de mí, Vincent.
Está regresando. No debería sentirme así».
No he visto ningún cambio en su apariencia.
Si dejas las hormonas durante una temporada, el efecto no se revierte enseguida, ¿verdad?
Alex me dijo que no pasaría, pero le entró el pánico por si podía pasar.
No sé cómo empatizar con todo esto. Vale, entiendo lo que es sentirse fuera de lugar, pero nunca he pensado en hormonas, en lo que significa estar medicado.
Le digo a Alex que es preciosa, pero es como poner una tirita encima de una herida.
Intento comprenderlo todo, pero hay demasiada distancia. Me pregunto si siempre habrá tanta.
Estoy tumbado en la cama, despierto. No dejo de dar vueltas entre las sábanas.
Me tapo una pierna. Saco la otra. Me tapo las dos piernas.
Saco un pie. Diferentes combinaciones para buscar la temperatura ideal de mi cuerpo en esta habitación fría por el aire acondicionado.
Alex está acostada a mi lado, bocabajo. No ronca, pero respira con pesadez; ese tipo de respiración tan, tan profunda, natural y tranquila indica que los pulmones están en piloto automático.
Es mucho, ¿verdad? Operarse así. Llevar desde los dos años ansiando esta operación.
Salgo de la cama y voy al baño; enciendo la luz y me siento sobre la tapa bajada del retrete.
Miro aturdido la bombilla y me empiezan a doler los ojos.
No aparto la mirada, como si así pudiera extraer una respuesta de mis córneas.
Dejo caer la cabeza hacia el regazo. A lo mejor puedo con el cambio.
Tengo que poder con el cambio. No es que no pueda con él.
No es importante para mí, pero no sé qué implicará la recuperación ni cómo será si me quedo con ella mientras sangra y esas cosas.
No sé, todo parece un poco intenso y me da la sensación de que la voy a pifiar.
Hace un par de semanas, viajaba con esta chica que me gustaba mucho y ahora le sostengo la mano en un punto muy importante de su vida.
No sé cómo he llegado hasta aquí ni qué hacer, pero no puedo evitar pensar que el viaje no debería haber sido así.
Debería haber venido aquí con Fred a pasarlo bien.
Debería estar con Fred, pasándomelo bien.
No he meado, pero tiro de la cadena igualmente. Cuando regreso al dormitorio, Alex me mira; es una mirada inexpresiva en un semblante inexpresivo.
Regreso a la cama. No decimos nada.
El centro comercial es un edificio blanco moderno con escaleras mecánicas cruzadas y organizado con poco ritmo y lógica arquitectónica; todo son suelos modernos de baldosas blancas, paredes blancas, una enorme claraboya por la que entra la luz del sol.
Nos compramos unos pretzels blandos con sabor a canela y caminamos en silencio hacia un H se lo podrá poner después de la cirugía. Se pierde en su propio reflejo. Me pregunto en qué estará pensando cuando devuelve el bikini a su sitio.
En lo alto del centro comercial, todo el blanco se convierte en negro. Hay colgados grandes carteles de películas.
—Podríamos ver Los juegos del hambre —propone. Tenemos suerte con los horarios y entramos directos en la sesión de las dos y media. La sala está casi vacía—. ¿Has leído los libros?
—No. ¿Y tú?
—Sí. No son muy buenos.
Miramos los anuncios. Uno de McDonald’s. Otro de Nissan. Otro de una aseguradora tailandesa. Los tráileres de otras películas. Devoro las palomitas dulces. En un momento dado, Alex me agarra por la muñeca justo cuando voy a meterme más en la boca.
—Para el carro —se ríe—. La peli todavía no ha comenzado.
Dejo las palomitas de nuevo en el cubo y jugueteo con los dedos manchados de azúcar hasta que noto las palmas pegajosas.
La película empieza. Jennifer Lawrence caza animales.
Todo el mundo viste con ropa andrajosa de color gris porque son pobres.
No me puedo concentrar. Siento que me hundo en el relleno del asiento, cada vez más lejos del combate a m uerte posapocalíptico entre niños interpretados por niños y otros niños interpretados por treintañeros.
¿Debería estar aquí? Mis padres me matarían. Anoche le escribí a mamá y le mentí sobre casi todo, incluso sobre que estoy en Chonburi. «¡Estoy en Chiang Mai! Fred está bien. Me lo paso en grande con él». Nada de esto es correcto.
Nos levantamos cuando empiezan los créditos.
—¿Quieres comer aquí? —pregunto.
—¿Y si vamos a otra parte? La última comida antes de mañana.
—Antes de la limpieza intestinal. —Alex frunce el ceño. No quiere hablar sobre los preparativos para la cirugía. Quería que sonara desenfadado, pero nada de esto es gracioso. El suelo está hecho de cáscaras de huevo—. También podríamos tomar un par de copas.
—Pero deberíamos acostarnos temprano.
Noto el corazón en el estómago. Pedimos un taxi para ir al paseo marítimo y entramos en un 7-Eleven para comprar un par de botellas de té helado de limón.
El líquido dulce me calma un poco los nervios.
Puede que sea una disculpa de parte de Alex, pero ¿por qué se está disculpando?
Tengo ganas de llorar. ¿Y si le digo que no quiero quedarme?
Parece cruel y mal. No quiero alterarla antes de la operación.
No sería justo. Si no digo nada ahora, al menos disfrutaremos de la noche. Nos sentamos en un banco.
—¿Has pensado en lo que haremos en cuanto me recupere? —pregunta. Me lee la mente. Me noto tenso.
—No sé —contesto y me acuerdo de Fred—. Podríamos ir a Chiang Mai o por ahí.
—Vale. Chiang Mai parece bonito.
¿Por qué me he metido en esto? Alex podría haberlo hecho sola.
Ese era su plan desde el principio. La esperanza es una mierda, lo dijo ella misma.
¿Por qué me dejé llevar tan rápido? Podría haberme ido para reunirme con ella en otra parte, más tarde, y no habría pasado nada.
Pero prometerle esto fue muy fácil. ¡Claro, me quedo! Qué más da un mes aquí o allá.
Alex me agarra la mano y me contengo para no apartarme.
Regresamos al albergue después de cenar.
En la habitación, Alex aprieta las tetas contra mí cuando se inclina para besarme.
Es un beso apasionado, pero por primera vez no me apetece follar.
Nos trasladamos a la cama. Gimo cuando me la chupa; cierro los ojos y estiro el brazo para tocarle el pezón colgante.
Es como si actuara siguiendo unas instrucciones, todo sintético; me distraigo del sexo para poder tenerlo.
Y, cuando llega el momento de penetrarla, me pongo con torpeza el condón y de repente lo noto muy apretado y no la puedo meter bien y es más difícil de lo normal.
El sexo es más mecánico. Cuando me corro, no decimos nada, y parece que, cuanto más tiempo paso en silencio, más lo sabrá ella. Debería decir algo.
—Creo que estoy nervioso por tu operación.
Alex no dice nada. Es la verdad. Estoy nervioso. Por si algo sale mal, claro. Pero también tengo un montón de preocupaciones. A lo mejor no hace falta que diga más. Alex respira hondo.
—Yo también.
—No tienes por qué estarlo.
—Entonces, ¿a santo de qué estás tú nervioso?
—No lo sé.
Me levanto para tirar el condón en la papelera.
Me lavo las manos y regreso a la cama. Está tumbada dándome la espalda.
No la abrazo; los dos pasamos la noche dando vueltas.
Dormimos a ratos. Una hora. Media hora. Una hora y media.
Todo incompleto, pero lleno de sueños sobre Alex.
Mezclas de las semanas pasadas y de las semanas que nos esperan.
Un sueño en el que me operan a mí, y eso me pone de los nervios; cuando me despierto con un sobresalto, ella no está en la cama, aunque veo encendida la luz del baño.
Finjo quedarme dormido antes de que regrese.
Por la mañana, los dos parecemos cansados. Alex se viste para la clínica, lo que implica hacer las maletas, lo que implica que me quedaré solo en el albergue.
Me enderezo en la cama mientras la observo recoger sus cosas.
—¿Cuándo te vas? —pregunto.
—Dentro de diez minutos.
—Vale.
Me levanto de la cama para mear. Cuando vuelvo a salir, ella casi ha terminado con el equipaje. Está de pie junto a las maletas, mirándome, como si quisiera decir algo.
—Vincent, ¿estamos bien?
Me quedo atónito y sé que tardo un segundo de más en decir algo.
—Sí, claro. ¿Por qué no deberíamos estarlo?
Y veo que se entristece un poco. Yo también.
—Vale —dice.
Nos abrazamos y luego nos besamos con fuerza en los labios. Sin lengua. Sin pasión.
—Va a ir genial —le susurro al oído—. Todo saldrá bien.
Nos separamos, aunque no del todo.
—¿Puedo llamarte esta noche? —pregunta.
—Sí. Sí, claro.
Nos apartamos y se marcha arrastrando la maleta.
Cierro la puerta y me pongo a hacer el equipaje.
Examino la habitación en busca de todas mis cosas.
Todo va en una bolsa, luego en la mochila; doblo la ropa con pereza, cierro la cremallera, pongo los candados y me siento en el borde de la cama, listo para marcharme, aunque me queda otra noche aquí.
No quiero pensar demasiado en esto. De hecho, lo único que quiero es hablar con Fred. Fingir que nada de esto ha pasado. Desbloqueo el móvil para escribirle y rezo para que esté al otro lado. Me voy a ir. Tengo que irme .