MAX XIII #3
—Hemos intercambiado unas cuantas. Te voy a enviar una lista…
—Estoy en la bañera, mamá.
—No hace falta que las leas ahora. En Occidente no tienen un modelo exhaustivo sobre el funcionamiento del cuerpo. —¿Por qué habla de Occidente como si no estuviera en Occidente? Como si no hubiera medicina avanzada y revolucionaria en Oriente—. Los sistemas que hemos desarrollado…
—¿«Hemos»?
—Los chinos. —Suelto un suspiro—. Confía en la medicina tradicional, Max.
Me digo que lo está intentando, que sus intenciones son buenas y que no tengo por qué considerarla un fastidio. Hasta cierto punto, soy yo quien elige sentir esta irritación.
—Confío en ella —contesto.
—Tienes que hacer todo lo que esté en tu mano.
—Joder.
—Max.
—Lo siento, pero ¿de verdad piensas que todo esto no me preocupa?
No puedo evitar sentir que mi madre no se lo cree, que al hacer Todo Lo Posible intenta quitarle poder al destino, trasladar la responsabilidad a mí… y culparme por morirme en la mesa de quirófano.
—Solo trato de ayudar, Max.
—Ya.
Me duele el brazo de sostener en alto el móvil. Respiro hondo un par de veces para intentar empezar de nuevo.
—Estás guapa —comenta mamá—. ¿Cómo está Jamie?
—Bien —contesto y, en un susurro, añado—: Un poco difícil.
—Mmm. Lo está pasando mal.
—Y también es un hombre difícil.
—Sí, eso también.
—Voy a lavarme el pelo.
Nos despedimos. Me enjabono y me sumerjo para que la espuma flote hasta la superficie de la bañera. Cuando me enjuago, oigo a Jamie moverse por el dormitorio. Llama a la puerta del baño.
—La cena es dentro de una hora —dice con normalidad—. ¿Puedo usar el baño, por favor?
—Estoy en la bañera.
—¿Puedes darte prisa?
Busco la cadena del tapón con los dedos de los pies y tiro de ella.
Tenemos una mesa junto a la ventana que da directamente al huerto de verduras. Veo a un hombre con el uniforme de cocina recoger hierbas a toda prisa y regresar rápido al interior.
Jamie se ha planchado la camisa. Huele bien. A pesar de todos sus defectos, es muy guapo. Seguro que es raro decir algo así de mi hermano, pero si la gente piensa que somos pareja, eso me hace quedar bien.
—Siento lo de antes —digo.
—No pasa nada. Es posible que lo que has dicho contenga algo de verdad.
—Jamie corta la selección de setas cultivadas, una masa de sombreros y trompetas, y aplica un poco de yema salada por encima como si fuera pintura.
Se lleva el tenedor a la boca y se detiene—.
Es que me daba la sensación de que era mi única oportunidad.
—¿Por?
Levanta una mano, una barrera entre su boca y yo.
—No tengo tiempo para conocer a gente.
—Puedes buscar tiempo.
—Eso es más fácil decirlo que hacerlo.
—No tienes por qué trabajar tan duro. Nadie te obliga.
—Jamie ha tenido esta conversación un millón de veces.
Conmigo. Con nuestros padres. Con sus exnovias, Maria incluida, seguro.
Pero no con el terapeuta con el que quiere seguir.
Asiente con la cabeza, pero es un movimiento de lado a lado que indica su aburrimiento—.
Lo siento. De todos modos, eres un hombre. No hay ninguna prisa.
—¿Y qué hago? —escupe—. ¿Tener un niño a los cincuenta años con una veinteañera solo para dejar de arrepentirme? ¿En qué clase de padre me convertiría?
—La verdad, Jamie, no lo sé. Puede que seas un gran padre con cincuenta años, pero tienes trabajo que hacer.
A eso me refería antes. —Ahora me está escuchando con atención.
El cerebro de Jamie a veces se mueve muy rápido, como si, mientras habla contigo, buscara con la mirada a otra persona con quien conversar mejor, porque tiene la cabeza en mil sitios a la vez.
Aunque esté a mi lado, no lo parece. Pero ahora es distinto—.
Cuando sea el momento adecuado, serás un padre estupendo.
Asiente de nuevo, pero no para y veo que se le enrojece el rostro.
Durante un momento, me preocupa que esté sufriendo una reacción alérgica, pero entonces veo que está llorando.
Se lleva los nudillos a los ojos y mueve los hombros arriba y abajo.
La gente lo mira. Me levanto del asiento para situarme detrás de él y envolverlo con los brazos.
Jamie me aprieta el antebrazo con la mano.
—Llora todo lo que necesites. La gente pensará que estoy rompiendo contigo.
Suelta una carcajada sonora y sonreímos de nuevo. Se limpia los ojos con la servilleta. Cuando me siento, empieza a vibrarme el bolso. Suspiro.
—¿Vincent? —pregunta Jamie.
—Sí.
—¿No vas a responder?
—Estamos cenando —digo, y Jamie pone cara de incredulidad—. Son muchas cosas. El tumor. No me deja ni a sol ni a sombra.
—Pero ¿estarás bien? —inquiere, aunque parece más una pregunta para él y para Vincent que para mí.
—Me da la sensación de que todo el mundo cree que estaré bien, pero no lo sé a ciencia cierta.
—Guardo silencio un momento—. Es tan gracioso, Jamie.
—Empieza a temblarme la voz. No lo puedo contener—.
Es gracioso porque he dedicado mucho tiempo de este año a pensar en todas las formas en que mi cuerpo me decepciona y ahora a lo mejor me muero de verdad.
Es un puto chiste. Y creo que se habría visto en la TAC después de Nochevieja si hubiera ido a…
—¿Cómo? ¿Nunca fuiste a hacerte la TAC?
—No sigas, Jamie. —Intento respirar a pesar de las lágrimas—. He tenido una buena vida, pero no quiero morir.
—Yo tampoco quiero que mueras —dice Jamie en un tenor tembloroso.
Quiero calmar la respiración mientras Jamie me sostiene la mano. No puedo mirarlo.
—Y con Vincent… Está ayudando, pero es abrumador.
—Jamie parece entenderlo. Que te quieran es algo bueno, pero a gente como nosotros nos cuesta comprender que alguien esté siempre ahí para ti—.
Aunque tengo suerte. Estaré distraída. Primero aquí, luego en Francia con sus amigos y Simone.
La boda de Emily. Intento no pensar en ello.
—¿Cómo está Emily? —pregunta Jamie, frotándose los ojos.
—Creo que bien.
Jamie asiente con la cabeza. Me siento mal por no pensar a menudo en cómo está Emily.
No me parece adecuado ser dama de honor, pero luego me viene un pinchazo de culpa por ser una amiga ausente, por ser descuidada.
Cuesta pensar en ello de un modo triste, porque la vida es así.
Todas queremos ser mejores, pero ¿qué significa «mejor» ?