MAX XIII #2
—No. —Se ríe—. He dicho que de cuánto estás.
Me doy cuenta entonces de que el agujero es para las barrigas de las embarazadas. Me quedo mirando los zapatos de un blanco impecable de Belinda Jane a través del hueco para la cara. No mueve los pies, como si aguardaran mi respuesta.
—No estoy embarazada.
—Pero has reservado una Experiencia Corporal Completa para la Futura Madre, ¿no?
—No fui yo. De verdad que no estoy embarazada.
Levanto el cuerpo para mirarla. La mujer tiene un iPad en la mano y busca algo con furia, como si al enseñarme la reserva fuera a aparecer de forma espontánea un embrión en mi útero.
—Dame un segundo —dice.
Cuando sale, me envuelvo con el albornoz y me siento en el borde de la mesa.
Podría haberle explicado que el masaje era para Maria, que estaba embarazada pero ya no lo está.
Podría haberle explicado que Jamie es mi hermano y no mi novio, que tampoco es el padre de mi bebé inexistente.
Podría haberle dicho que no me puedo quedar embarazada y que lo más parecido que tengo a un embarazo es un tumor y que por su culpa quizás nunca pueda tener hijos de ninguna forma. Porque estaré muerta.
Debe de haber una nota en alguna parte. Jamie les habrá dicho que lo cambien, igual que les dijo que cambiaran las flores, la cama y el champán sin alcohol.
Estoy tensa. Ninguna cantidad de hierbas medievales podría calmarme.
Espero que la masajista no esté molestando a Jamie.
No soportaría su preocupación. «¿En serio tenéis a gente para que ordeñe a las búfalas pero a nadie para que ponga una nota en el puto sistema? ».
La mujer regresa y se disculpa. Trae con ella otra mesa de masaje sin el agujero para las embarazadas.
—Había un error en el sistema. No registró la nota. Lo siento mucho.
—No pasa nada, de verdad. —Sacudo la cabeza—. Siento el lío. Estoy segura de que la Experiencia Corporal Completa para la Futura Madre debe de ser maravillosa. ¿Hay mucha diferencia de precio?
—Eran doscientas libras, así que te reembolsaremos ochenta.
¿Hay un impuesto para embarazadas? Jamie iba a gastarse doscientas libras en un masaje para Maria con la esperanza de demostrarle que sería un buen padre. Qué desesperado y qué equivocado estaba.
Me tumbo bocabajo y Belinda Jane me saca a puñetazos la tensión de los hombros y los brazos.
Me da la sensación de que es una oportunidad de lujo para contemplar la maternidad, para examinar y evaluar la sensación que me provoca que alguien piense que estoy embarazada, para determinar si me he sentido validada, incompleta o rechazada, pero cuando la mujer me tira del brazo hacia atrás para estirar la espalda, decido que solo ha sido un fallo en el sistema.
Carece de significado, lo que ya de por sí es significativo.
Con la cirugía, mi cerebro se ha cerrado ante cualquier perspectiva de futuro, sobre todo una que está tan fuera de mi alcance.
A lo mejor, al enfrentarse a la mortalidad la gente reflexiona sobre su legado, pero pongamos que sobrevivo y que me permito querer hijos.
Que los quiero de verdad. ¿Cambia algo? No será un proceso más fácil.
No puedo evitar sentirme como una niña por cómo me he sentido ante la muerte.
Tenía diez años cuando el padre de mamá murió, cuando me di cuenta de que la vida llega a su fin de verdad, y ese dato cristalizó en mi cerebro plástico.
Me tumbaba en la cama y el temor se multiplicaba como las algas.
Mis padres nunca han sido religiosos y por eso nunca me reconfortaron con promesas de que había algo más detrás del velo.
Cuando me hice mayor, me resultó más fácil convivir con ese miedo a la muerte, pero desde el diagnóstico he sentido que en algunos momentos me sumergía demasiado en mi mente, como ahora, cuando me han hipnotizado dos zapatillas deportivas blancas.
Jamie y yo estamos en la zona poco profunda de la piscina interior climatizada, que ocupa la mayor parte de la superficie de un granero moderno.
Al otro lado de los ventanales, el tiempo se ha tornado gris, la lluvia salpica el cristal y oculta las vistas de color verde.
Me pregunto cuántas personas trans se habrán alojado aquí.
No es ninguna victoria que yo sea trans y esté en este balneario.
Una pareja se aproxima a la zona profunda, alejándose de nosotros.
—¿Crees que son hermanos? —le pregunto a Jamie.
Ni siquiera él puede contener la carcajada. Me acuerdo de nuestra casa, o de la casa que tuvimos. La playa, las horas que pasamos juntos en la arena, las olas que se enrollaban alrededor de nuestros pantalones cortos antes de atraernos hacia el agua.
—Esto se parece a cuando éramos adolescentes.
—¿En qué?
—Cuando íbamos a la playa de Lamma y nos sentábamos juntos en el agua.
—Ya.
Jamie gira el cuerpo y apoya el mentón en los antebrazos, colocados con pulcritud en el borde de la piscina.
—Creo que, cuando llegue el momento, serás un padre genial —le digo. Jamie suelta una carcajada.
—¿Mejor que papá?
—Claro.
—Eso no es gran cosa.
—Lo intentó. —Y, antes de saber por qué lo pregunto, añado—: ¿Crees que yo sería buena madre?
Jamie parece pararse a pensarlo de verdad. ¿Por qué tarda tanto?
—Te preocupas y das la cara. Sí, sí que serías buena madre.
—¿Mejor que mamá?
—Claro. Pero ella no lo hizo tan mal.
—Qué freudiano.
—No digas eso, por favor.
Me río y luego me hundo en el agua caliente.
Sumerjo la cabeza debajo de la superficie, me agacho y expulso aire por la nariz para quedarme en el suelo de azulejos azules.
¿Qué significa «mejor»? Más presente. Menos borracho.
Jamie es más de lo segundo, pero no de lo primero.
Y, aun así, ¿podemos adivinar qué necesidades tendrá un niño que todavía no existe?
Parece imposible saber si una persona será mejor que otra.
Cuando salgo a por aire, Jamie se ha dado la vuelta y apoya los codos en el borde.
—Todavía estoy enfadado —dice—. Para mí, todo se reduce a ellos. —Me siento en el borde de la piscina y me escurro el agua del pelo—. Cuando me estreso, pienso que la vida sería más fácil si ellos hubieran sido mejores.
—Es posible. Pero, al final, solo son seres humanos.
Creo que perdoné a mis padres hace mucho tiempo, aunque a veces todavía siento ese pinchazo de dolor por estar sola, por la cercanía de mi padre borracho y la lejanía de mi padre sobrio, por no saber quién era y por no sentirme cercana a nadie que pudiera decírmelo.
Ese dolor hace que me sienta arrogante y no me permite hablar de ello, porque no se aprovecharon ni abusaron de mí.
Diría que la mayoría de los niños pasan por algo similar, encima sin la suerte de cierta comodidad económica.
Supongo que, cuando muchos tenemos clavada esa espinita, la situación se vuelve menos siniestra (todos hemos pasado por eso) y ya no es algo que queramos extirpar, aunque deberíamos.
Jamie tiene la espina clavada, pero no ha ofrecido ningún perdón.
No sé si le sirve de algo echarles tanto la culpa.
—Creo que es por todo lo que ha pasado con Maria —dice, levantándose del agua—. El bebé. —Hace una pausa. Me acerco las rodillas al pecho—. Estaba listo para demostrar que podía hacerlo mejor.
—Un niño no es una forma de demostrar algo.
Eso borra la ternura de su rostro.
—Has interpretado mis palabras con mala fe, Max —me reprende. La pareja cercana nos está mirando. Jamie también se da cuenta y un poco de ternura regresa a su voz—. No quería decir eso. ¿Qué tiene de malo querer ser mejor que ellos?
—¿Qué significa «mejor»?
—Sabes lo que significa. Asegurarte de que tus hijos se sienten bien. Apoyarlos cuando no.
—Pero ¿eso qué significa? ¿Estabas dispuesto a trabajar menos?
—Sí, Max. Un bebé pone la vida en perspectiva.
—¿Sí? Mamá siguió trabajando. ¿No pudiste cambiar algún compromiso para ir a la ecografía de Maria? ¿Por qué piensas que la gente te va a esperar?
Se ha enfadado otra vez. Pone cara de haber recibido una puñalada al corazón y casi me arrepiento de lo que he dicho.
Casi, porque sigue siendo verdad. Un bebé puede cambiarlo, pero no puede depender de él.
Los bebés son demasiado pequeños para soportar una carga tan grande.
Jamie se limpia lo que podría ser una lágrima y se marcha sin su toalla.
Regresa un segundo más tarde a por ella; sus pasos húmedos resuenan en la piedra.
Mueve los brazos rígidos y doblados adelante y atrás, como una figura de acción, sin mirarme a la cara.
—Jamie.
Pasa de mí.
Me seco, me pongo la ropa y regreso a la habitación.
Jamie no está aquí. Me preparo otro baño, porque no sé si el agua de la piscina tenía cloro y no quería usar las duchas que había allí.
Vincent me ha escrito a todas horas para preguntarme qué tal el desayuno, qué tal el masaje, y enviarme un artículo sobre que la acupuntura puede disminuir la inflamación después de la cirugía.
«Podemos probar los dos. No quiero presionarte, pero podría ser divertido».
No sé si quiero contestar. Aunque está siendo amable y nuestros planes para la recuperación posquirúrgica por lo menos presuponen que estaré viva y bien, el volumen de su comunicación es abrumador.
Mi móvil se ilumina con una videollamada de mamá.
No sé si quiero aguantarla, pero no contestar le provocaría más preocupación a ella que consuelo a mí.
Más vale prevenir que curar. El agua chapotea por el borde de la bañera y me preparo para veinte minutos de sermón tedioso.
Está sentada en un banco del jardín y por accidente cambia un par de veces la cámara para mostrar una vista de la casa y su rostro.
—Max —dice, y entonces, como si hubiera sido yo la que la ha llamado de improviso, añade—: Estás en la bañera.
—Hola, mamá.
—¿Has visto las recetas de medicina china tradicional que te he mandado para el posoperatorio?
No quiero oír nada más sobre la medicina china tradicional.
—¿Las que Vincent te enseñó? —pregunto.