MAX XIII
J amie y yo llegamos tarde al fin de semana en el balneario, justo antes del anochecer.
La habitación del hotel es absurda. El baño es del mismo tamaño que el dormitorio.
Hay una bañera con patas junto a la ventana, con vistas a los enormes terrenos en Somerset, rodeada de sillones azules, como si esto no fuera un baño, sino un lugar en el que recibir a gente.
No tenían habitaciones con dos camas separadas, así que Jamie y yo vamos a compartir la cama doble extragrande de palisandro.
Cuando llegamos, había una botella de champán sin alcohol y flores frescas en la cama, aunque Jamie había intentado cancelarlo.
Me preocupa que nos pasemos el fin de semana luchando contra un supuesto incesto, algo por lo que Jamie ya se está estresando.
«Llamé antes para decir que no nos haría falta todo esto.
¿Puede ir a comprobar que llamé? Seguro que alguien lo apuntó. Ah, que nadie lo apuntó».
—Este sitio es ridículo —comento mientras miro por la ventana del baño hacia el final de la propiedad, al otro lado de los cuidadísimos jardines, los huertos y lo que parece una manada de búfalos.
—Cultivan aquí la mayor parte de la comida del restaurante —explica Jamie—. Como la leche de búfala.
Asiento. No sabía que se podía ordeñar a una búfala. Ni cultivar leche.
—Puede que me dé un baño. ¿Necesitas algo del aseo?
—No, voy a ir a dar un paseo.
Antes de marcharse, me da una copa de champán sin alcohol a través de una rendija de la puerta del baño.
Desciendo en el agua. Se ha decidido que me operaré, que hay entre un cinco y un diez por ciento de posibilidades de que sufra grandes complicaciones, como un derrame cerebral, una hemorragia y cambios en la visión, además de un porcentaje similar de morirme directamente.
Iré a Francia con Vincent, Simone, Fred y Aisha la semana que viene, tras lo cual asistiré con Simone a la boda de Emily, y la operación será poco después.
Tiene sentido distraerme porque, a medida que la fecha de la cirugía se va acercando, el riesgo de morirme crece más y más, ya que, cuando te paras a pensarlo, entre un cinco y un diez por ciento no es una cifra pequeña.
Cada día que pasa estoy más cerca de la muerte (eso se aplica a todo el mundo), pero me da la sensación de que yo corro hacia ella.
No esperaba que, cuando le aseguro a la gente una y otra vez que el tumor seguramente sea benigno y que la cirugía seguramente no me mate, se tranquilizaran de verdad.
He intentado con todas mis fuerzas sentirme del mismo modo, algo difícil al vivir con Vincent, porque saboreo su miedo en mis platos favoritos, en todas las tartas que prepara, ahora sin azúcar refinado.
Intento regular mi aversión hacia ese tipo de amor envolvente, porque prefiero que Vincent se preocupe, pero me cuesta recibir cuidados sin creer que estoy en peligro o que no los merezco.
Escapada romántica. Si estuviera en los zapatos de Maria (que, deduzco, son unos sensatos mocasines), no habría esperado ni flores, ni champán ni una cama doble extragrande.
No puedo evitar pensar que esto iba a ser, en cierto sentido, una declaración de amor por parte de Jamie, lo que me parece pretencioso hasta resultar peligroso, pues podría haber acabado en llamas.
Me hace sentir más triste por él, por cómo lo ha malinterpretado todo. Me hundo más en la bañera.
Nos sentamos uno delante del otro en una habitación con paneles de roble pesado y luces que parecen cúmulos de burbujas de oro sólido.
La cena cuesta setenta y cinco libras por tres platos (las ostras, que también hemos pedido, son aparte).
El camarero nos explica que las verduras que cultivan en los terrenos son las protagonistas de cada plato.
Lo dudo. La carne aparece la primera en la descripción de cada plato.
Cada principal viene con un maridaje de sidra recomendado.
Jamie le explica al camarero lo que sabe sobre la sidra que se hace en los terrenos, como si quisiera impresionarlo, aunque él obviamente ya sabe todo esto.
Jamie rechaza la sidra recomendada, porque cree que su Mezcla Exclusiva será demasiado dulce para la ternera.
El camarero luce una sonrisa fina y practicada tras años trabajando en hostelería.
Le pregunto por un plato que lleva coliflor.
—Usamos el tallo para hacer un puré —me explica—. No desperdiciamos nada y la comida no viaja hasta aquí. Es un sistema autosuficiente. Nos gusta más hablar de metros recorridos que de kilómetros.
Asentimos. Jamie parece encandilado. La sidra llega junto con las ostras, que sorbemos enseguida. Deliciosas. A mí me encantan, aunque nunca he podido explicar el motivo, sobre todo porque, si te paras a pensarlo, la mejor ostra es aquella que menos puedes saborear.
—¿Todo eso de no desperdiciar nada y no traer cosas de lejos no te parece raro? —le pregunto a mi hermano.
Jamie vierte los últimos restos de agua marina de la ostra en su boca.
—¿A qué te refieres?
—¿En qué momento una cultura de exceso se convirtió en algo por lo que vamos a pagar más dinero con tal de evitar?
—digo y me reclino en el sillón de seda—.
Piénsalo. La forma en que despreciamos la moda rápida.
O la comida que no es de origen local. Todo está al revés de lo que solía ser.
Como si, mientras sea caro, fuéramos a seguir esos valores.
Jamie suspira.
—Pero la sostenibilidad tiene una parte buena y objetiva, ¿verdad? ¿Preferirías que esta comida fuera importada?
—No. Es algo bueno, sí. Algunas modas son mejores que otras, pero eso es lo que da miedo… Porque es una moda.
—Diría que la emergencia climática se está asegurando de que no sea una moda —contesta. Da un sorbo a la sidra y asiente—. Mmm. Qué buena. En fin, sé un poco más consciente del clima.
—Has pedido ternera.
—Ternera de Devon. Y tú has pedido cerdo.
—Cerdo de Tamworth.
Jamie sonríe con malicia.
—Disfruta de las ostras, Maxy.
Llega mi remolacha con cuajada de búfala. Me pregunto si he visto a la búfala cuya tetina fue manoseada para preparar este plato.
—¿Estás seguro de que no quieres que te pague mi parte de este fin de semana? —le pregunto a Jamie.
—Tranquila. —Agita la mano, con la cabeza gacha hacia su anguila ahumada—. Si no hubieras venido, nadie lo habría aprovechado. Y quiero que tengas, ya sabes…
Sí. Un regalo antes de mi muerte. Muevo de un lado para otro la remolacha en el plato minúsculo. Está ligera, pero salada. Noto el sabor de las semillas de comino.
—¿Cómo te sientes? —le pregunto. Jamie no alza la mirada.
—¿A qué te refieres?
—Al aborto.
—Bien. Podría ser peor.
—¿Porque podrías tener un tumor cerebral?
—Pues sí.
Llega el plato principal. El cerdo está muy jugoso. ¿Qué le echan al agua de Tamworth? Al lado tenemos a una pareja, mucho más mayor, a quienes les parecemos adorables. No saben que somos hermanos. Jamie los ve y gruñe algo para sí; los otros se dan cuenta.
—Esto me está poniendo de los nervios —dice.
—Relájate, Jamie.
—¿Qué quieres que haga, disfrutarlo?
Me limpio la boca con la servilleta y me aclaro la garganta con la sidra.
—No les eches la culpa. ¿Todo esto con Maria iba a ser romántico?
Arruga el ceño.
—Quería que fuera un descanso para ella.
La madre de mi… Quería hacer algo bonito por ella, ¿vale?
—La pareja de al lado ha detectado la animosidad en su tono de voz.
Jamie se apresura a esconder el veneno de sus dientes—.
Quería demostrarle que me preocupaba de verdad por ella y por el bebé y recompensarla por no ir a la ecografía y no responder a sus llamadas.
—Hace una pausa—. Si se lo hubiera dicho antes de…
—No creo que hubiera cambiado nada —digo, y percibo que eso lo desconcierta, como si de verdad pensara que una escapada de fin de semana hubiera determinado el curso de su p aternidad irresponsable—. Este es un detalle pequeño. —Callo un momento—. Un detalle encantador y generoso, pero pequeño.
—¿No te parece un gran gesto?
—Creo que los grandes gestos son pequeños, pero eso no los hace menos bonitos.
Jamie se enfurruña. He dicho algo que no debía. Llega el postre. Yo he pedido nata con ruibarbo y Jamie queso; siempre le preocupa el azúcar.
De vuelta a la habitación, Jamie saca un cojín del sofá y lo coloca en medio de la cama. Mientras se ducha, me tumbo y repaso los mensajes de Vincent. Me ha enviado fotos de lo que ha cocinado hoy en casa de sus padres. «¡Te traeré sobras para cuando vuelvas!». Lo llamo.
—¿Qué tal todo? —pregunta.
—La gente se piensa que somos pareja.
Se ríe.
—¿Te sientes relajada?
—La verdad es que no.
—Inténtalo. Te lo mereces.
Una mujer, que se presenta como Theresa Katherine, nos conduce a Jamie y a mí por el huerto medieval de hierbas.
Luce unas ondas rubias enormes y un rostro muy terso; seguro que dirá que solo se pone protector solar.
Vamos vestidos con albornoces y chanclas, un atuendo muy poco apropiado para caminar por el jardín.
Me pregunto si alguien nos estará mirando. A pesar de todo, hace un día precioso.
—¿Por qué el huerto es medieval? —pregunto.
—Porque sigue el diseño de los huertos de la Edad Media.
La Edad Media duró un milenio. No me molesto en preguntarle si es una mezcla de distintos huertos a lo largo de esos mil años o se modeló a partir de uno hacia la mitad.
Jamie se agacha para oler el romero. Seguimos andando por los senderos sinuosos hasta llegar a la puerta de cristal del balneario.
Theresa Katherine nos separa para los masajes.
En mi habitación de mármol privada, una mujer mayor robusta, con el imposible nombre de Belinda Jane, me señala una mesa de masaje con un agujero para la barriga.
Me quito el albornoz y le digo que prefiero dejarme la ropa interior puesta.
Me tumbo bocabajo, con la barriga expuesta al aire que huele a lavanda.
—¿De cuánto estás? —pregunta.
—Tengo treinta años.