Decepcióname VINCENT XII #3
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VINCENT XII #3

—¿Cómo te enteraste? —pregunta, mirándome directamente.

—Por Bex. Del otro albergue.

—Será zorra.

Agarra la caja de nuevo y remueve más la comida.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No lo sé, Vincent. No te debo ese dato. No se lo debo a nadie.

—Lo sé, pero…

—¿Y por qué se lo contaste a Fred?

—¿El qué? —pregunto, como si pudiera evitar la pregunta para siempre.

—Que soy trans —dice, con la mirada fija en la comida y la boca llena.

—Pensé que era lo correcto —miento.

Alex suspira y deja la comida en la mesita de noche. No puedo mirarla, así que mantengo la cabeza gacha. Doy un mordisco a un trozo fibroso y reseco de pollo.

—Pero él no lo sabía —dice, casi suplicante.

—A lo mejor no habría hecho nada contigo de haberlo sabido. Eso es lo que importa, ¿no?

—Pero se sentía atraído por mí.

—Pero ¿y si no le atraen ciertas partes?

—No las ha visto. —Su tono se carga de ira—. No le dejé verlas. —Eso lo sé. Dejo de comer. La comida no sabe a nada—. Si crees que me he equivocado, ¿por qué te has quedado conmigo?

Pienso en qué otra cosa puedo decir; tengo miedo de la pregunta, de mi respuesta.

—¿Por qué has venido a Tailandia, Alex?

—Para operarme.

—¿De qué?

—De eso.

—Vale.

Bex no mintió. Si hubiera conocido a Alex más tarde, nadie tendría que haber descubierto nada. Me siento un poco hueco, como si me hubiera vaciado entero.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí —contesto. Me enderezo sobre la cama, alejándome de ella—. Debería mirar el móvil.

Tengo una barbaridad de mensajes de Fred.

Tío, podemos hablar?

Donde estas, Vinny?

Vincent lo digo en serio que tenemos que hablar en serio…

Voy a buscar algo que comer… Regresare al cuarto dentro de un rato.

El último mensaje es de hace veinte minutos.

—Debería ir a ver a Fred —digo, y a Alex se le descompone el semblante. Fred ya está en la habitación… en el negro y el azul de su rostro, en el corte de su labio—. Me ha escrito. Pero volveré, ¿vale? Seguramente tengamos que ver qué hacemos con la habitación. Deberíamos dejarla mañana.

Alex gimotea. Es un sonido raro, pero tiene todo el derecho a quejarse.

—Creo que no puedo irme mañana.

—Lo sé. Voy a ver qué se puede hacer, ¿vale?

Alex busca mi mano y, durante un segundo, me estremezco, pero la acepto y aprieto con suavidad.

Bajo las escaleras y giro hacia la derecha, en dirección al cuarto que comparto con Fred.

La puerta está entreabierta. Lo veo sentado en el borde de su cama con una caja de comida para llevar en el regazo.

Levanta la mirada cuando entro. Tiene los ojos rojos.

Parece sucio. El sudor ha manchado las axilas de su camiseta gris.

—¿Dónde has estado, tío? —pregunta.

—Con Alex.

—La he cagado —dice, con la cara entre las manos—. La he cagado.

Me siento enfadado, como si suplicara a mis pies para que le concediera un perdón que no me pertenece. Me imagino dándole una patada en la cabeza y la sangre saliendo disparada de la nariz hasta el techo. No sé qué decir. Nos miramos a los ojos; los suyos están cada vez más vacíos.

—Apenas puede andar —digo. Fred aguarda a que diga más. No quiero ponérselo fácil—. Había mucha sangre. —Me cruzo de brazos—. Nos… —Me callo—. Menuda paliza le has dado, Fred.

Aparto la mirada.

—Vincent.

—No quiero ni mirarte.

—Joder —dice, llorando contra las manos—. Joder.

Gruñe. Lo vuelvo a mirar. Se aprieta con fuerza los ojos.

No sé qué más decir. Entiendo que los hombres puedan ser agresivos, sé lo mucho que me enfado a veces y a él también lo he visto enfadado, pero Fred no es una persona violenta.

Ha abierto a puñetazos grietas en su imagen.

Sé que algunos hombres pegan a las mujeres y luego dicen que lo sienten, que se odian y, pese a todo, lo vuelven a hacer, pero no creo que Fred sea así.

—Ese no eras tú —le digo.

—Lo sé —gimotea—. Lo sé. ¿Está bien?

—No. Pero se recuperará.

Se limpia los ojos y la nariz con el dorso de la mano.

—No eras tú, Fred.

No sé por qué no dejo de repetirlo. Me parece mal. Como cuando intentamos convencernos de que no somos horribles y ocultamos la decepción que sentimos por nosotros mismos y otras personas. Yo reconfortando a Fred. Alex perdonándome. Fred preguntando por Alex.

Fred llora un poco más. Le acaricio la espalda, porque me permito sentir lástima por él y creo que lo necesita.

Pienso en Alex, sola en la habitación de arriba, y en que preferiría estar allí con ella, porque, aunque es cierto que Fred no es así, no sé si debería estar recompensándolo con mi consuelo, ni mostrarle que puede hacer una putada como esa y ser digno de afecto.

Su llanto se calma. Aparto el brazo y él endereza un poco la espalda, con lo que solo queda un tanto encorvado sobre las rodillas.

—¿Va a llamar a la policía? —pregunta.

Vuelvo a sentir rabia. Fred solo se preocupa por sí mismo. Se preocupa por si se meterá en líos en nuestro país. Me levanto de la cama y me quito el sabor a rancio de la boca en el cuarto de baño. Examino mi rostro en el espejo. Ojos cansados. Arrugas en la frente.

—Vincent —me llama Fred—. ¿Crees que va a llamar a la policía?

Me cago en todo, Fred.

—Podría decir que es un crimen de odio —le contesto mientras froto las muelas de abajo.

—¿Qué? —Escupo la pasta de dientes. Vetas rojas manchan el blanco—. ¿Vincent?

—He dicho que Alex podría decir que ha sido un crimen de odio.

—Joder.

Podría seguir jugando a este juego, pero ¿para qué? Regreso al cuarto y me seco las manos en los pantalones cortos.

—Pero creo que no va a llamar a la policía.

El alivio inunda el rostro de Fred. Dobla la espalda hacia la cama, se tapa el rostro con las manos, suspira y suelta algo entre carcajada y llanto. Tengo ganas de pegarle de verdad. Me siento en el borde de mi cama y también me recuesto.

—¿Qué vas a hacer? —le pregunto. Fred aparta las manos de la cara y se gira hacia mí.

—¿A qué te refieres?

—¿A dónde irás después de esto?

—¿Yo?

—Yo me voy a quedar aquí una temporada, creo. Con Alex. No está bien. Tiene una operación dentro de un par de semanas. Me sentiría fatal si la dejara sola.

—¿Y qué hago?

—No creo que debas quedarte.

Fred se apoya sobre los codos.

—Entonces, ¿me abandonas? —pregunta.

—No, Fred. Abandonar es lo que me hiciste a mí cuando me dejaste solo en Bangkok. Le has dado una paliza a una chica. Seguimos siendo amigos. Siempre lo seremos. No le voy a contar a nadie lo que hiciste, pero le has pegado a una persona y ella necesita a alguien a su lado.

—Ha sido…

—Le has dado una paliza, Fred.

Fred se recuesta y respira por la boca; los labios aletean por la fuerza del aire.

—¿Seguimos hablando de Alex en femenino? —pregunta.

No se me ha ocurrido llamarla de otra forma. Ni siquiera para respetar su identidad ni nada, simplemente ni me lo he planteado.

—Yo sí.

—¿Cuánto tiempo falta para su operación?

—Un par de semanas.

—¿Y luego nos podríamos reencontrar?

—Sí, veremos.

Nos quedamos un rato en silencio hasta que me voy al mostrador de recepción para aclarar el tema de las habitaciones.

Fred accede a marcharse al día siguiente; irá a Koh Tao sin nosotros y yo le escribiré al albergue de allí para cambiar la reserva.

En el mostrador, les digo que Alex es amiga mía, que está enferma y quiere alargar su estancia, y que pagaré enseguida con tarjeta por otras dos noches.