VINCENT XII #2
—¡Pringados del muelle! —grita Fred. Qué puta vergüenza. Alex se ríe. ¿Por qué se ríe? La multitud mira a Fred con incredulidad. Quiero retraerme dentro de mí mismo. Fred me rodea los hombros con un brazo—. Muchas gracias por hacer cola, tío.
Veo por el rabillo del ojo que se dan la mano y finjo quedarme dormido para que no piensen que estoy de malhumor.
Resulta difícil expresar mis sentimientos en palabras que no sean mezquinas.
Estoy celoso y enfadado y me odio por hacerme esto a mí mismo, por dejar que ocurriera así.
Me imagino de repente mil escenarios distintos y en todos ellos manejo mejor la situación.
Le digo a Fred que Alex me gusta. Me lío con Alex y le hago jurar que no dirá nada sobre ser trans.
Seguro que no querría que Fred se enterara.
Cualquier otro resultado habría sido mejor que este… Me ha tocado la pajita corta.
Surcamos en silencio el agua bamboleante mientras observamos pasar los cúmulos de islas a lo lejos, como hernias peludas y verdes que sobresalen del mar. Llegamos a la costa y subimos a un tuk-tuk para regresar al albergue. Alex se sienta detrás conmigo. No quiero su compañía.
Al llegar, Alex y Fred se quedan rezagados; no me doy la vuelta porque sé lo que eso significa.
No hace falta que digan nada y yo no quiero que digan nada.
Me ducho bajo la bombilla que ha empezado a parpadear y me tumbo en la cama, pero no puedo dormir.
Quiero algo que me impida pensar. Lo que sea.
Quiero darle un puñetazo a la pared, pero no soy el tipo de hombre que pega puñetazos a las putas paredes.
Estoy demasiado deshidratado para dormir, lo que significa que mi mente da vueltas, pero estoy demasiado cansado para levantarme a por agua.
Al cabo de media hora, Fred llama a la puerta. Espero hasta que llama por tercera vez para abrir. Con esa sonrisa boba en la cara, parece que ha descubierto la penicilina o algo.
—¿Y tu llave? —pregunto.
—Creo que la he perdido. —Bosteza—. Pagaré por ella, no te preocupes.
Se ducha mientras yo me quedo tumbado en la cama.
¿Lo sabe? Si se han acostado, debe de saberlo.
No digas que se han acostado, por favor.
Odio a Fred. Y a Alex. Son imbéciles por joderme así.
Fred sale de la ducha, desnudo a excepción de los calzoncillos, y se mete en la cama con el pelo húmedo.
Nos miramos a la cara y es un error porque, al hacerlo, sonríe, se tumba bocarriba y se pone a hablar.
—Mira que le gusta jugar con mi polla —dice.
—¿Qué?
—Alex.
—¿A qué te refieres?
—Me la ha chupado, aunque no quería hacer nada más. —Calla y se ríe—. Pero me he corrido en sus tetas.
Siento que voy a estallar. Estoy en un combate de pesos pesados entre la rabia y el asco, en un cuadrilátero rodeado de resentimiento y deseo.
Quiero castigar a Fred y la única forma que sé es mediante la vergüenza.
Pero, para alguien con tan poca vergüenza, solo hay una cosa que puedo decir.
Las palabras me salen como vómito. No puedo detenerlas.
—Sabes que es un hombre, ¿verdad?
Fred se ríe.
—Calla, Vincent.
—No es broma. Antes era hombre. No es una puta broma. —Se ríe de nuevo—. No es broma.
Sonríe, pero cuando ve que no he alterado el semblante, empieza a registrar que lo que digo puede ser verdad, que no estoy bromeando.
—¿Qué has dicho?
—Antes era un hombre. Es transexual.
Su postura distendida emana incredulidad, pero percibo la ansiedad en esos brazos y piernas asustadizos.
—Imposible.
—No es mentira, tío —digo con tono acusatorio. ¿Y de qué lo acuso? Y yo qué sé—. Es cierto. No pensé que fueras a hacer nada con ella.
—¿Te estás quedando conmigo? —Intento aparentar calma. Seriedad. Quiero que me crea—. ¿Y cómo cojones lo sabes?
—Me lo dijo una chica en Bangkok. Ha venido a Tailandia a operarse. Deduzco que tiene que ver con eso.
—¿Tiene polla?
Fred pelea con la sábana al levantarse y se pasea por la habitación. Nunca lo he visto así, en una mezcla horrible de desconcierto, rabia y asco. Agarra los pantalones cortos que ha dejado tirados en el suelo.
—¿Qué haces?
De repente, el pánico se apodera de mí, ese tipo de pánico que ralentiza el mundo que te rodea.
Fred sale corriendo del cuarto. Me quedo de pie junto a la puerta abierta, a sabiendas de que debo hacer algo.
Parecía muy cabreado, como si fuera a pegarle a algo.
Y entonces sé lo que va a hacer. A pegarle a ella.
Echo a correr por las escaleras y luego por el patio hacia la habitación de Alex.
Enseguida oigo unos llantos y la voz enfadada de Fred.
—Maricón —grita—. Eres un maricón de mierda.
Irrumpo por la puerta de Alex. Fred está aquí.
Veo que Alex se agarra las rodillas en el extremo más alejado de la habitación; llora con los pantalones cortos por los tobillos.
Le cae sangre por la nariz sobre la camiseta de tirantes y hay una mancha en los pantalones. Balbucea, dice algo que suena a «no».
Me giro hacia Fred, cuyo rostro muestra que sabe que ha hecho algo muy malo.
La rabia ha desaparecido de su semblante, como si hubiera estado sonámbulo y alguien acabara de despertarlo.
Se mira las manos. Como si le hubieran tendido una trampa, como si la adrenalina hubiera borrado el recuerdo de todo, como un huracán comatoso.
—Ella… él… Me ha mentido, joder —dice—. Yo no soy un puto gay. Yo no soy un puto gay.
Todo esto es un puto desastre y es culpa mía. Si no le hubiera dicho nada a Fred, entonces Alex no estaría en el suelo, apretada como una bola de papel, toda roja. Fred está de pie, a la espera de que yo haga algo, como el espectador de un accidente de coche.
—Vete, tío —le digo.
—¿Qué?
—Vuelve al cuarto.
Fred se mira una vez más el puño manchado y luego se va y cierra la puerta tras él. Doy unos pasos hacia Alex.
—¿Cómo lo ha sabido? —grita—. ¿Cómo cojones lo ha sabido?
—Se lo he dicho yo.
Me mira con ojos coagulados de lágrimas, mocos y tapados por mechones de pelo húmedo.
Parece demasiado cansada para descifrar cómo lo sé yo.
Espero que se enfade, pero Alex no deja de llorar y al final me arrodillo y la agarro de la mano y ella me pasa el brazo por encima del hombro y nos levantamos y avanzamos juntos, cojeando, como una carrera torpe a tres piernas hasta el baño.
Por cómo dobla el cuerpo y encorva la espalda, deduzco que Fred no solo le ha pegado en la nariz, sino que también le ha propinado unas cuantas patadas.
Cuando llegamos al baño, la dejo sentarse en el retrete; Alex levanta la cabeza.
Nunca he hecho algo como esto, pero el instinto me guía.
Agarro la toalla de mano blanca, fina y rasposa, y la mojo en el grifo para luego aplicarla en la nariz ensangrentada de Alex.
La toalla absorbe las partes húmedas y moja lo que se ha secado; algunos trozos se quedan enganchados en sus fibras.
El modo de tratar a los pacientes supera cualquier experiencia médica.
Las células se reparan, entrelazan, unen y organizan, pero el alma es porcelana.
Es importante ir con cuidado, preocuparme. No me puedo creer que haya hecho esto.
—No parece rota —digo—. Tu nariz, quiero decir.
—¿Por qué se lo has contado? —pregunta sin dejar de llorar.
—No lo sé. Lo siento.
Asiente de un modo casi imperceptible. Cuando mis dedos envueltos en algodón se acercan demasiado a la curva de los orificios, la parte donde la nariz se une al rostro, hace una mueca, así que me aparto y vuelvo a acercarme con más delicadeza.
Me concentro con fuerza porque, si no lo hago, lo único que me queda es la culpa.
Tras limpiarle la cara y asegurarnos de que no tiene la nariz rota, le examino los brazos inertes en busca de heridas, manchas, marcas.
Le limpio un poco de sangre de los dedos.
Cuando dejo a Alex limpia, me vuelve a apoyar un brazo por encima de los hombros y nos levantamos otra vez.
Gira la cabeza para mirarse en el espejo y el peso de su brazo sobre mis hombros disminuye, como si verse limpia de sangre aliviara un poco el dolor.
Caminamos despacio hacia la cama y la arropo con las sábanas.
Me pregunto en qué estará pensando Fred.
No debería haber pegado a Alex. De verdad que no.
¿Es Alex la culpable? ¿Por qué le chupó la polla?
Venga ya, Alex. Está mal enganchar a un chico de esa forma.
Pero yo también soy culpable. Lo sé. No tengo nada en lo que concentrarme ahora.
El pesar me inunda. Tengo el móvil en el bolsillo.
Fred no me ha escrito. Le mando un mensaje, pero no responde.
Son las siete de la mañana. ¿Ha pasado tan poco tiempo? Podría volver a mi habitación, pero no quiero verlo. Sé que Alex debería habérselo contado, pero él no debería haberle pegado. Alex cierra los ojos y se desliza por la almohada.
—¿Puedes quedarte, por favor? —me pide.
—Sí, claro.
—Es que me siento… —Calla un momento—. Me siento…
—No pasa nada. No hace falta que lo expliques.
A las cuatro de la tarde, Alex se remueve y sé que debo enfrentarme al interrogatorio del que me escapé esta mañana.
Salgo de la habitación para ir a buscar comida y ganar tiempo.
Mientras espero a que llegue lo que he pedido, pienso en lo que diré cuando me pregunte lo inevitable.
Aplico con efecto retroactivo unos cuantos principios, otros planes de acción. Así es más sencillo.
A la vuelta, Alex está sentada en la cama y veo con más claridad que tiene el ojo izquierdo amoratado. La vergüenza me recorre entero, como si hubiera sido mi puño en vez del de Fred, porque bien podría haberlo sido.
—He traído comida —anuncio.
Salen nubes de vapor de las cajas de poliestireno. Alex clava los palillos envueltos en plástico en la colcha. Remueve el pad thai un poco y toma un bocado pequeño. Abro mi caja e intento comer, pero no dejo de mirarla. Tras tragar el primer bocado, aparta la comida a un lado.