Decepcióname VINCENT XII
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VINCENT XII

E l trozo de mar que conecta Koh Samui y Koh Phangan es agitado y la nariz puntiaguda del barco se eleva con las olas. Cada vez que cae, los bordes de vinilo del chaleco salvavidas naranja me rascan los hombros.

Estamos cerca de la parte delantera del barco; Alex y Fred están detrás de mí.

Se me meten gotas de agua salada en los ojos y, cuando me los voy a frotar, me acuerdo de los puntitos neón que me ha pintado Alex en la cara, además de una línea que comienza encima de una ceja y acaba debajo del otro ojo.

Dejo que el picor se intensifique y desaparezca sin prestarle atención.

—¿Por qué te has recogido el pelo? —pregunta Fred.

—Para no tenerlo siempre en la cara.

—A mí me gusta suelto.

Suspiro. Parad, por favor.

—«Trata a los demás como quieras que te traten a ti».

—Imperativo categórico.

¿Esto puede empeorar?

—¿Qué? —pregunta Alex.

—Lo que has dicho es de Kant.

—¿Qué me has llamado?

—Es un filó…

—Sé quién es Kant.

Se ríen. ¿Por qué hace esto Fred? ¿Por qué le gusta a ella?

No se han enrollado, pero tengo un mal presentimiento, como si fuera inevitable.

No puedo decirles que no lo hagan. Al verlos juntos, me ha quedado claro que Alex me gusta, lo que hace insoportable la sensación de que cada vez se aleja más de mí.

A lo mejor podría haberle contado a Fred cómo me siento, pero ahora es demasiado tarde y estoy enfadado con él. Solo porque lo está disfrutando.

—¿Qué tal vas, Vinny? —pregunta Alex.

—Bien.

Odio que me llame Vinny, porque se le ha pegado de Fred.

No suena bien cuando sale de su boca. No suena bien cuando sale de la boca de nadie.

No hay forma de corregirla sin parecer que le estoy echando la bronca.

¡No me llames Vinny! Prefiero Vincent. Sé lo que provocaría esa respuesta, en ella y en Fred.

«¿Cuál es el problema? Si todo el mundo te llama Vinny».

Y entonces tendría que explicar que me ha molestado desde siempre, que nunca me ha gustado en realidad y la pregunta de después sería: ¿por qué no has dicho algo antes?

Y eso revela un dato incluso más vergonzoso.

Que soy un cobarde. Pero prefiero ser cobarde que dejar de ser cobarde y que la gente crea que sigo siéndolo.

—¿Te mareas? —pregunta Alex.

—No. ¿Y tú?

—Un poco. Pero lo preguntaba porque has cerrado los ojos.

—El mareo empeora si cierras los ojos. Se me ha metido agua.

—Seguramente te esté cayendo toda a ti en vez de a nosotros.

Alex apoya la cabeza en mi hombro. Miro al frente. Espero oler bien. Quiero estar cerca de ella. He perdido mi oportunidad. Intento recordarme que no puede pasar nada entre ellos. Ella no lo permitiría. A él no le gustaría.

Ya ha empezado la música. Un trance hipnótico.

Hay bailarines de fuego sobre altas plataformas de madera alrededor de la pista de baile y unas escaleras que suben hasta la barra, donde hay más asientos.

Es como un pub al aire libre. La gente aplaude cuando un bailarín de fuego lanza unas llamas grandes y veteadas por la boca.

Para algunas personas, esto sería el infierno y creo que para mí se le acerca.

Pedimos una jarra de margarita aguada en la barra y nos servimos nosotros las copas tras sentarnos en una de las mesas junto a la pista de baile.

Nos hallamos en ese punto intermedio: no hemos bebido lo suficiente para pasarlo bien y estamos lo bastante sobrios para empezar a sentirnos cansados.

Nos comprometemos y observamos lo que nos rodea mientras sorbemos la bebida azucarada por la pajita.

Saco dinero de la mochila para comprar otra jarra y también nos la bebemos.

—¿Pido un batido de hongos mágicos? —pregunta Fred. Miro a Alex, que me devuelve la mirada—. Venga, tío.

Conque el problema soy yo. Asiento.

Fred se marcha y regresa con uno en la mano.

Damos sorbos dubitativos y nos lo vamos pasando, hasta que se acaba y nos trasladamos a la pista de baile.

¿Qué pensarían mis padres si al regresar a casa les contara esto?

Mamá sacaría artículos sobre turistas que se fueron corriendo a la jungla o al mar después de tomar psicodélicos.

«¡Este podrías haber sido tú!». Papá aguardaría a que la mesa se quedara en silencio para intervenir: «Di no a las drogas».

No nos separamos y las chispas que veía entre Alex y Fred parecen haberse apagado un poco.

Estamos aquí juntos. Es uno de esos momentos en los que te sacas la cabeza del ombligo y puedes pensar de un modo racional, hasta que te percatas de que el pánico es una tontería y no tienes nada de lo que preocuparte.

¿Y qué más da si pasa algo entre Alex y Fred?

Me he inventado todas esas señales. Alex no se enrollaría con él.

Fred no haría nada con ella si lo supiera y, si intenta hacerlo, se enterará.

Me siento un poco mareado, pero tengo energía y creo que no estoy viendo nada, ni imágenes ni mierdas así, pero cuando miro las luces del club sobre mi cabeza, esos rayos danzarines como de radar, veo que palpitan un poco.

¿Las luces siempre palpitan? ¿Suelen ser así?

Estamos en un pozo de gente bailando y sudando.

Creo que llevamos aquí varias horas. No hemos hecho ni un descanso.

¡Esto es genial! Puede que sea por el alcohol, los hongos o el fuego.

Todos los clubs deberían tener bailarines de fuego.

Le da un toque especial, en serio. No sé qué clase de toque.

De fuego, claro. Pero algo más también. Necesito ir al baño con urgencia.

Rodeo a Fred y a Alex con los brazos.

—Chicos, tengo que ir al baño —digo.

Maniobro para salir de la multitud y me uno a la cola en el piso de arriba para entrar en los servicios.

Cuando cierro la puerta, me doy cuenta de que tengo que cagar y en el bolsillo encuentro reservas de papel de baño que me he llevado del albergue.

¿Estoy colocado? La camiseta de tirantes está más sudada que un trapo.

Tiro de la cadena y me dirijo al balcón, desde donde se ve la pista de baile abajo.

Veo a Fred y a Alex, que bailan cerca. Solo tenía que irme para que volvieran a arrejuntarse.

Me quedo allí, observándolos y culpándome por cagar.

Necesito otra copa. Quiero que se aparten el uno del otro porque, durante un instante, en la pista de baile creí que todo se había acabado, que estaba loco, que por fin podía relajarme.

Es duro, porque pensaba que los hongos mágicos apagarían el brillo entre los dos, pero seguramente lo sientan con más intensidad.

Yo lo siento todo con más intensidad. Me gusta Alex.

Me gusta de verdad. La he cagado pero bien.

Me pido una cerveza y, cuando regreso abajo, se apartan.

¡Eso es bueno! ¡Muy bueno! Me da igual si no los estoy dejando liarse.

Volvemos a bailar juntos de nuevo y les doy sorbos de mi cerveza.

¿Participaría en un trío? Joder. Un trío con Fred.

Antes me muero virgen. Pero no soy virgen.

De verdad. Bailamos un poco más. Cuando miro el móvil, son las tres de la madrugada.

—¿Podemos descansar un rato? —pregunta Alex.

Salimos de la multitud para sentarnos en una mesa del piso superior.

Estamos los tres borrachos y atontados. Fred apoya la mano en el muslo de Alex.

Esas putas manos grasientas. Aparto la mirada de ellos para observar a la gente y los cuerpos danzantes se tragan mi mirada; el noventa por ciento son personas blancas que se mueven con torpeza al son de esta música tonta.

Empiezo a sentir frío. Se me está secando el sudor del cuerpo.

Cuando vuelvo a mirar a Alex y Fred, se están besando.

Pero ¿qué coño? ¿En la mesa? Esto es demasiado.

No quiero estar aquí. ¿Por qué alguien querría estar aquí?

Es horrible. Y entonces me doy cuenta de que no puedo detener nada.

Las cosas serán como tengan que ser. Pero eso no significa que yo deba presenciarlo.

—Chicos —digo. Se ríen, sin apartar la cara del otro, y luego se separan—. Me voy al muelle. Creo que prefiero relajarme allí.

—¿Estás seguro? —pregunta Fred.

—No puedes ir solo —dice Alex.

—Sí que puedo, en serio. Solo necesito descansar. Así tendremos sitio en la cola. Luego os la saltáis. Disfrutad de la fiesta.

Alex no parece convencida, como si leyera el inicio de un artículo sobre la desaparición de un turista.

—Si estás seguro… —dice Fred.

No sé si está contento de que me vaya, pero me la suda. Necesito espacio.

—Sí, no pasa nada, tío.

Nos damos un abrazo de despedida y luego abrazo a Alex.

—Ve con cuidado, ¿vale?

Compro pollo frito en un puestecito fuera de la fiesta.

Tendré que esperar una puta eternidad en el muelle.

Eso es lo que han dicho todas las personas con las que hemos hablado.

«¡Id al puto muelle!». Digo que no a comprar un CD con la música de la noche (una pista tras otra de trance absurdo) y voy al muelle por el camino largo.

Soy uno de los primeros en la cola. Me tumbo con las piernas en el borde y la espalda contra la madera.

Ojalá hubiera aceptado el CD para tener algo que leer por lo menos.

Cierro los ojos. Solo es una chica. Habrá otras Alex.

¿Las habrá de verdad? Parece absurdo sentir tanto miedo, permitir que esos sentimientos me engullan entero.

El tiempo pasa, me pesan los ojos y me quedo dormido.

—¡Vincent! —me llama una voz.

Me enderezo y miro hacia el otro lado del muelle. Son Fred y Alex. ¿Por qué no me dejan solo? La gente protesta en el muelle porque se están saltando la cola, pero pasan de ellos.

Se dan cuenta de que no quiero hablar, así que nos quedamos en silencio. El barco llega unos minutos más tarde. Un tercio de la cola, nosotros incluidos, sube.