Decepcióname XI #4
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XI #4

Sigo despierta cuando llega Vincent, pero finjo no estarlo.

Sus movimientos poseen cierta delicadeza; percibo su suavidad cuando se desabrocha el cinturón, se quita los pantalones, abre las puertas.

Viene a la cama y me doy la vuelta para apoyar la cabeza en su hombro.

Se agarra a mi antebrazo, tirado por encima de su cuerpo.

Se lo podría contar ahora, pero el momento es demasiado dulce, demasiado perfecto para un tumor.

Vincent se ha mudado conmigo y, de un modo rápido e inesperado, este piso se ha convertido en un lugar seguro para los males del trabajo y el trauma familiar.

Me pregunto: ¿por qué voy a corromper esta comodidad?

¿Por qué voy a estropear esta cosa tan bonita?

No se me ocurre ninguna respuesta real, aparte de la virtud de la verdad.

Pero la verdad persistirá hasta el día siguiente. Puede esperar.

Por la mañana, oigo sonidos en la cocina. Huele a salsa de soja, a jengibre y a aceite.

Cuando entro, Vincent, que remueve una gran olla de congee ataviado con un albornoz, se gira para mirarme. Sobre la encimera hay un montón de Spam cortado en palitos junto a una pila de cerdo desmenuzado.

—Me he despertado de buen humor —dice—. Y me apetecía preparar un desayuno especial.

Un desayuno especial. Es curioso que en muchas partes del mundo, partes que Vincent y yo conocemos, el congee sea muy ordinario, pero aquí parece especial.

—¿Eso es youtiao? —pregunto al ver los largos dedos de masa frita sobre unas servilletas de papel.

—Sí.

—Te habrás levantado muy temprano.

—Llevo siglos queriendo hacerlos.

En Hong Kong solíamos desayunar youtiao, aunque nun ca los preparábamos en casa.

Con catorce años, leí Las uvas de la ira y me acostaba por la noche con el estómago rugiendo.

El único recuerdo que conservo de ese libro tan largo y deprimente es la escena en que la madre fríe masa porque eran demasiado pobres para comer otra cosa.

Tendría que haberme parecido triste, pero solo pude pensar en lo mucho que me gustaba la masa frita.

Vincent me sirve el congee gelatinoso en un cuenco y luego echa unas gotas por encima de salsa de soja de la marca Kikkoman, como tinta sobre un lienzo húmedo, seguida de cebolleta, Spam, un poco de cerdo desmenuzado y, por último, el youtiao cruzado sobre el cuenco.

Comemos uno frente al otro en la mesa redonda de mi salón.

Miro la cuchara, los bordes inseguros del arroz, el charco pegajoso de células reventadas.

Noto un cosquilleo en la cabeza y me acuerdo del tumor.

—Tengo que contarte una cosa —digo.

Vincent me mira. Le gotea congee de los labios, como si tuviera un arrozal en la boca. No puedo evitar pensar en que quizás sea demasiado, después del estrés por lo de su padre; a lo mejor no puede con todo. A su padre no lo va a dejar. Yo soy más desechable.

—Todo va a ir bien —le digo, con cuidado de no provocar pánico—.

Pero hace poco fui a la neuróloga y pronto tendré una consulta de cirugía.

—Vincent abre la boca. Lo estoy contando al revés, pero quiero valorar qué le causará menos daño, cómo puedo hacer que mi tumor no sea algo impuesto, que no sea un agravio.

Al ordenar las palabras según su impacto, «tumor» queda por encima de «cirugía», aunque lleve el sufijo de «posiblemente benigno»—.

Tengo un tumor cerebral. Posiblemente benigno.

Vincent deja caer la cuchara, que desaparece en la tumba de granos hinchados.

—¿Qué?

Ya se le están formando lágrimas en los ojos. Se limpia la boca y empieza a pasearse por el salón.

—Lo siento —le digo.

Procedo a explicar lo que puede ocurrir a continuación y, con cada palabra, Vincent se derrumba. Yo me noto estable, como si él sintiera lo que yo debería sentir, pese a no poder sentirlo, y es un alivio. Al calmarlo a él, empiezo a creerme todo lo que estoy diciendo.

Vincent se gira hacia mí, con los ojos húmedos y las manos en la cadera.

El contraste entre su reacción y la de Jamie es claro.

Nada de cerrarse con frialdad, más bien se pone en lo peor.

Aunque a Vincent le iría bien cerrarse un poco, su reacción es una muestra de que se preocupa por mí.

Es una reacción que se basa en el amor y no en el abandono.

Me hace sentir querida, y también culpable, por regocijarme en su temor.

—¿Crees que la TAC de Nochevieja habría…?

—No lo sé —digo. Me pesan tanto los ojos de la vergüenza que no puedo mirarlo a la cara—. No pude preguntarlo.

—Vale. Vale, no importa.

—Seguramente sea benigno —repito—. No tenemos que preocuparnos.

Vincent me manda callar.

—¿Quieres que pida un tiempo en el trabajo?

—No hace falta.

—Lo haré.

Me sostiene la mano y yo también me echo a llorar, porque percibo de nuevo el miedo en sus ojos, como si temiera que fuera a morirme de verdad.

Está asustado por si me pasa algo malo. Sería una putada si me lo inventara (si me lo hubiera inventado todo), pero, de haber sabido que me miraría así, entonces casi habría valido la pena .