XI #3
—No, Max. —Contorsiona el brazo para poder limpiarse los ojos con el dorso de la mano. Parece un cadáver mutilado—. Maria me ha llamado esta mañana. Quería abortar.
—Joder. ¿Y qué le has dicho?
—¿Qué podía decirle, Max? —Suena enfadado y quiero decirle que no me hable con ese tono, pero me recuerdo que acaba de perder un bebé, aunque no sé si en realidad era su bebé como para que ahora lo pierda—.
Me dijo que no veía que yo fuera a cambiar y que sabía que el bebé no sería una prioridad para mí y que no quería hacerlo sola. Yo la hice tomar esa decisión.
—¿Aún puedes…?
—Ya está hecho —grita. Le tiemblan las manos.
Me fijo en los montones de libros sobre crianza.
Me pregunto si habrá avanzado de verdad en su lectura, pero sería cruel preguntárselo.
Le froto la espalda con la mano y me recuerdo que las palabras servirán de poco.
¿Y qué palabras podría decirle? Puede que nunca exista un buen momento para decirle a Jamie que Maria podría tener razón, que quizás no esté listo.
Es difícil saber cuándo estás listo para algo, pero hay que crear espacio para que quepa.
Pocas cosas crecen en habitaciones oscuras y abarrotadas.
—Lo siento mucho, Jamie.
Nos quedamos así un rato largo, hasta que se levanta y sube al piso superior.
Por algún motivo, lo sigo hasta la puerta de su dormitorio, que cierra a su espalda.
En general, me adapto a sus cambios de humor, pero empiezo a notar el peso del día de hoy.
Maria ha abortado un feto. Yo tengo un tumor y, posiblemente, una operación para quitarlo que me podría matar.
Una lágrima me hace cosquillas al caer por la mejilla.
Lo único que tiene sentido ahora es cocinar.
Pongo una olla a hervir y luego corto los tomates por su ecuador.
Cuando era adolescente, oí a Nigella decir que la sección central de un tomate cherri era su ecuador y lo llevo diciendo desde entonces.
Vierto un chorro de aceite de oliva caro en la olla Le Creuset.
Los bordes de los trozos de ajo se encojen y tuestan.
Echo la harissa, luego los tomates, el agua salada de la pasta, unas cuantas alcaparras y ralladura de limón.
Noto los ojos granulosos por las lágrimas secas.
Jamie baja cuando la comida ya está casi lista.
La gente lleva eones teniendo bebés. Si los microplásticos no nos esterilizan hasta extinguirnos, la humanidad seguirá teniendo bebés durante muchos más años.
No es una gran revelación saber que tener un bebé y ser padre son dos cosas distintas, que hace falta cumplir mucho más que lo primero para ser lo segundo; no es una gran revelación, tan solo un recordatorio de que la vida no es perfecta para nadie.
Puede que exista un mundo en el que a Maria le habría hecho feliz tener el bebé y quizás ella también se sienta decepcionada.
No es schadenfreude , sino una cuestión de perspectiva. Jamie pone la mesa.
—Gracias —dice.
—De nada —respondo, y doy un bocado—. Lo siento de nuevo, Jamie, pero…
—Pero ¿qué? —pregunta con aire acusador y con la boca llena de pasta.
—Nada. Solo iba a decir que a lo mejor ahora todo esto te resulta confuso, pero puede que más tarde tenga sentido. Poco a poco verás que…
—Hostia puta, Max —gruñe, con la cara enterrada en las manos—. No me digas con condescendencia lo de ir poco a poco. Esto es lo peor que me ha pasado nunca. ¿Podemos dejarlo así?
Lo dejamos así. Es como una bofetada de silencio.
Jamie es gilipollas, pero está sufriendo.
Vuelvo a llorar. Podría esforzarse más en ser amable, pero lo está llevando como puede.
Quiero contarle lo del tumor, para hacerle saber que se comporta de un modo horrible, que no es la única persona en el mundo con problemas.
Me mira como si estuviera chiflada y luego como si me pasara algo malo.
—Tengo que contarte una cosa —le digo.
Jamie levanta la mirada y arquea las cejas. Las arrugas profundas y estáticas de su frente se intensifican y amplían.
—¿El qué?
—Tengo un tumor cerebral. —Se queda boquiabierto. Deja el tenedor y vuelve a enterrar la cara en las manos—. Seguramente sea benigno. Es como una cosa que tengo dentro de la cabeza—. Jamie no levanta la cara. Me siento mejor—. Es posible que tengan que operarme para quitarlo.
—¿Y eso no es peligroso?
—Supongo. Me van a abrir el cerebro, Jamie. Pero todavía no está muy cerca del nervio óptico —añado con confianza, como si supiera lo que eso significa.
Mueve los antebrazos por encima de la mesa y se inclina sobre la pasta.
—Vale. No está cerca del nervio óptico —dice, reajustándose, como si él supiera lo que significa—. Entonces estaremos bien.
Gira el tenedor en una mano y me agarra la mía con la otra para darme un rápido apretón.
Lo observo mientras la pasta envuelve los dientes del cubierto.
Me encanta que Jamie hable en plural, pero entonces me acuerdo de que también dijo que Maria y él estaban embarazados. Los dos no tenemos un tumor.
—Es posible que vuelva a salirme —digo—. Y que me muera. —Me mira de nuevo. Me siento mal por intentar manipularlo, aunque no sea mentira—. Pero es una pequeña posibilidad. Creo.
Tuerce el gesto. No puedo evitar pensar que lo ha procesado todo demasiado rápido, lo que me hace pensar a su vez que quizás no lo ha procesado en absoluto. ¿Por qué no me hace más preguntas?
—Me da la sensación de que no lo has entendido.
—¿Por?
—No me has hecho ninguna pregunta.
—Dame un puto segundo, Max. Son muchas cosas. Lo siento. —Suspira y se levanta para rellenarse el vaso en el fregadero. Luego regresa—. ¿Qué toca ahora?
—Una consulta en cirugía, dentro de unos días. Creo que la médica no me explicó bien los riesgos.
—Debería habértelo dicho bien.
—No es cirujana.
—Pero no puede dejarte en el limbo. —Deja el vaso de agua con fuerza sobre la mesa—. ¿Se lo has dicho a Vincent?
—No.
—¿Por qué no?
—Me he enterado hoy. Y es algo que se dice en persona, ¿verdad? —Jamie asiente—. Se lo diré esta noche.
—¿Y a mamá y a papá?
—Mañana.
Los peores para el final. Me imagino el pánico práctico de mamá.
«¿Cuándo tienes la operación? ¿Te estás tomando suplementos?
¿Vitamina C, vitamina D, B12? Una amiga de Hong Kong tuvo un tumor el año pasado.
Se murió. Esto es grave, Max». La respuesta de papá será igual de insatisfactoria.
«Ay. Ay, cariño. Bueno, hay que tener esperanza». Qué pereza me dan.
—Todo va a salir bien —dice Jamie; no ha tardado en recuperar su lógica frágil—. Eso es lo que importa. Que estarás bien.
—Pero eso no lo sabemos.
—Estoy intentando ser positivo.
A costa de quién, me pregunto. Aun así, no sé lo que quiero de Jamie ni por qué lo he buscado. Es como pedirle a un pez que ladre.
—Vale.
Apenas he probado la comida. La ataco a grandes bocados, hasta el punto de engullir alcaparras y aceitunas enteras.
—¿Sabes lo que es una tontería? —pregunta.
—¿El qué?
—Reservé un fin de semana en un balneario en el último momento —dice, con la cara hacia el plato—. Para Maria y para mí. Es la semana que viene.
—¿En serio?
—Iba a ser una sorpresa.
—¿Y si Maria tenía planes?
—A lo mejor podéis ir Vincent y tú —dice, pasando por alto mi pregunta.
—¿Por qué no vamos nosotros dos?
—No sé.
No levanta la cabeza del plato.
—Vale, lo decidimos más tarde.