XI #2
—Ya. Pero todo irá bien. No hace falta que hablemos de ello, en serio.
Aisha asiente, como si entendiera que «no hace falta» es lo mismo que no querer hablar sobre el tema. Deconstruyo el montículo de patata con el tenedor. Comemos en silencio.
—Creo que le estoy poniendo los cuernos a Fred —dice. Me entra tos.
—No jodas. —Aisha asiente, ojiplática—. ¿Y quién es él? ¿O ella? O elle.
—Es mi vecino. El que vive enfrente. —Deja los cubiertos con cuidado en cada lado del plato—.
Ni siquiera es muy diferente a Fred, aunque tiene la cara redonda, como un bollito —explica.
Asiento y me la imagino enrollándose con un bao relleno de char siew—.
A veces lo veo masturbándose por la ventana, con un pie apoyado en el alféizar.
Fred y yo lo vimos una vez juntos, pero un día estaba sola en casa trabajando y lo imité.
—¿Qué? ¿Junto a la ventana?
—Sí.
—¿Y él te ve?
—Llevamos un mes haciéndolo a la misma hora todas las semanas. —Aisha hace una pausa—. Y me dio su número cuando nos encontramos en la calle.
Aisha me sorprende. ¿Fred me habría sorprendido de la misma forma?
No me lo imagino meneando la polla para el vecino.
¿Esto convierte a Aisha en casi queer? Masturbarse junto a la ventana parece una experiencia canónica queer.
Ahí hay una moraleja, primero las alfombras y luego esto.
¿Es eso lo que significa que una persona contiene multitudes? Aisha se queja.
—Ni siquiera es muy diferente a Fred —repite.
No somos amigas íntimas. Nuestra amistad es reciente, ¿cómo sabe que no se lo contaré a Vincent?
A lo mejor nos conocemos a una distancia conveniente.
Soy una camarera, una peluquera, una esteticista.
No la conozco lo suficiente como para regañarla, ni siquiera sé dónde encajan los cuernos en la amplia constelación de su vida.
A lo mejor solo soy un recipiente en el que Aisha mete a ciegas sus palabras, pero le he contado lo del tumor, incluso antes que a mi novio, y noto cierto alivio al ver que su vida también es un desastre.
Puede que haya sido un gesto amable por parte de Aisha; podemos llamarlo schadenfreude o gratitud.
—¿A qué se dedica? —pregunto.
—Es arquitecto. Tiene bastante pericia.
—Qué guay. Seguramente se le dé bien el bricolaje.
—No sé —dice, y entonces, como para recordárselo a sí misma, añade—: Todavía quiero a Fred. —No muevo ninguna parte del rostro, pero su semblante se agria, como si mi placidez fuera una acusación incisiva—. De verdad.
—Te creo.
Como un poco de ensalada.
—¿Puedes estar enamorada a la vez de dos personas? —pregunta.
—¿Estás enamorada del tipo de la ventana?
—No. Pero ¿y si la cosa llega hasta ese punto? Eso no significará que ya no quiero a Fred, ¿verdad?
—Creo que puedes estar enamorada de dos personas.
—¿Y cómo lo sabes?
Carraspeo y me enderezo un poco. Aisha apoya el codo en la mesa y el antebrazo le sostiene la cabeza. Me mira.
—No lo sé.
Suelta un suspiro grave y firme de decepción.
—Soy demasiado joven para tener una aventura.
—¿Es una aventura?
—¿No va en contra de las normas?
—Creo que nunca sabemos cuáles son las normas cuando empezamos una relación.
—Pero parece traición.
—Entonces supongo que vale la pena analizarlo. La gente pone los cuernos a cualquier edad.
—Pero estar casada y poner los cuernos, masturbarse delante de otra persona… —Agarra la taza vacía de café y bebe. No la oigo sorber, no cae nada de la taza—. Es una aventura.
—Las relaciones a veces se abren para permitir cosas que otras personas podrían considerar cuernos.
—La nuestra no —replica—. No somos así.
A muchas parejas queer esto les parecería de lo más emocionante, pero no creo que sirva de nada decírselo. A veces se me olvida que Aisha tiene mi edad. La veo tan compuesta que no aparenta sus treinta y un años. ¿Qué edad aparento yo?
—Y el divorcio es como… Pensaba que me pasaría con, no sé, cincuenta años, pero ahora podría acabar divorciada. ¿Qué coño está pasando, Max?
Pobre Fred, cuya felicidad parece casi supeditada al matrimonio.
Aun así, divorciarse a los treinta y un años no parece tan grave.
Creo que sería algo típico de mí. A Simone le parecería chic, a mis padres les sorprendería que me hubiera casado para empezar y Jamie diría que sabía que iba a pasar.
Nunca es demasiado tarde para empezar de nuevo y los treinta y uno no es en absoluto tarde.
Mucha gente, como yo, está al principio. No quiero morir.
—No hace falta que os divorciéis —digo—. La gente espera que reacciones a ciertas cosas de un modo determinado, pero la vida es más complicada.
—Mmm.
Guardamos silencio unos minutos.
—Siempre me imaginé que tendría un tumor cerebral. Y ahora lo tengo.
Aisha apoya la cabeza en las manos.
—Joder, Max, lo siento, pero ¿qué estoy diciendo? Si tú tienes un tumor cerebral.
—No lo he comentado para minimizar nada, Aish. —Nunca la he llamado así—. Solo que no se puede planear que te salgan tumores ni enamorarte de alguien. —Hago una pausa para carraspear—. El divorcio puede ser liberador.
—¿Y un tumor cerebral podría serlo?
—No creo.
Me pregunto si estarán mejor separados. Una parte de mí cree que sí, pero no lo sé de verdad.
Ni siquiera sé si Fred y Aisha lo saben.
Mi móvil, bocarriba en la mesa, se ilumina.
Es Jamie. Aisha y yo nos lo quedamos mirando.
Respondo, casi esperando que sepa ya lo del tumor y me regañe por contárselo a Aisha primero.
—Max —dice—, ¿puedes venir a cenar?
Parece alterado, el mismo staccato en su forma de hablar cuando me llamaba la noche previa a sus exámenes universitarios, de madrugada en Hong Kong, para decirme que iba a suspender.
De vez en cuando también lo hace con algunos casos del trabajo.
Pero en general se lanza a la raíz de su estrés, nunca me invita a su casa.
—¿Estás bien? —pregunto.
—¿Puedes venir a cenar? —repite a toda prisa.
—¿Por qué no quieres que vaya ahora?
—Estoy trabajando. Terminaré a las seis.
Ah, mierda. Yo también estoy trabajando. Se me había olvidado. Esta es mi pausa para comer.
—Jamie, ¿estás bien?
—Nos vemos luego —dice, y luego cuelga.
Me lo imagino en su ropa de trabajo (una camisa planchada y pantalones, incluso cuando está en casa), apartándose el pelo y con círculos oscuros alrededor de los ojos. Se me llena el pecho de la preocupación.
—¿Está bien? —inquiere Aisha.
—No lo sé.
Me quedo mirando el móvil, con la pantalla bloqueada de color ónix y, durante un momento, me siento aliviada al preocuparme por alguien que no sea yo misma.
No uso el tumor cerebral para escaparme del trabajo. De hecho, regreso porque, si estoy sola en casa, solo pensaré en el tumor. ¿Por eso la gente está tan quemada y responde correos incluso en su lecho de muerte? Me siento junto a mi colega, Maeve.
—¡Has estado fuera mucho rato!
—Se ha alargado la cita con la médica.
Su sinceridad entusiasta y puramente observacional me hace ponerme a la defensiva.
—¿Todo bien?
—Sí. ¿Has comido fuera?
—He ido al sitio nuevo de sushi con una amiga. El que está al doblar la esquina.
—¿Estaba rico?
—Demasiado picante.
—¿Qué?
—Ponen wasabi entre el pescado y el arroz.
Me siento tan vacía que ni siquiera me puedo reír de ella.
Me quedo en mi mesa un poco más mientras repaso unos contratos que los novatos han marcado.
Me pongo a escribir notas sobre cómo pueden seguir mejor mis detalladas instrucciones.
No voy a morir, pero, si fuera a morirme, ¿querría pasar así mis últimos días?
Me acuerdo de Queen Latifah en Las últimas vacaciones, donde descubre que tiene un tumor cerebral y vende sus activos para irse en unas vacaciones de lujo a esquiar en la República Checa.
Luego resulta que le han dado un diagnóstico erróneo, pero ya tiene un nuevo círculo de amigos ricos y monta un restaurante de éxito.
Mi vida no es una película. No puedes vivir como si te fueras a morir a menos que lo sepas de verdad.
Es irresponsable. Los nervios, o el miedo, hallan el camino hasta mis manos mientras tecleo.
Tengo que levantarme. Voy al baño a llorar y observo el vinilo con letra cursiva de la pared. «Recibes lo que deseas», aunque han tachado «deseas» y lo han cambiado por «trabajas». ¿Qué coño he hecho para recibir un tumor? No quiero morir. De verdad que no quiero morir.
Jamie me hace pasar con un saludo rápido y el móvil pegado a la oreja en una llamada del trabajo.
Llego diez minutos temprano y veo que un relámpago de irritación le atraviesa el rostro.
Me pongo a sacar la compra de la bolsa mientras él termina la llamada en la planta superior.
Jamie vive en los dos últimos pisos de un edificio georgiano en De Beauvoir.
Lo compró ya listo para mudarse. Es un poco superior a una casa que compras para revender (tiene suelos de madera sólida con un diseño en espiga, encimera de piedra y luces que cuelgan bajas), pero es sencillo.
A Jamie no se le ha ocurrido decorar. Está demasiado ocupado.
Quiere algo cómodo. Quiere cosas bonitas, no encantadoras.
Al terminar, baja con pesadez las escaleras.
Sin decir nada, se deja caer en el enorme sofá de terciopelo verde y grita en un cojín a juego con un ribete beis.
El grito se detiene tan solo un segundo antes de comenzar de nuevo.
Agarro la bolsa de pappardelle con tanta fuerza que se rompe.
La dejo en la encimera y me acerco a Jamie; me siento junto a su cuerpo estirado y le apoyo una mano en el hombro tenso.
Cuando por fin para, gira la cabeza. Tiene los ojos rojos.
Esto es demasiado mudo, demasiado gutural.
Me siento asustada e incapaz a la vez. En el fondo, sé que algo terrible ha pasado, ya sea en el trabajo o con el bebé. No sé qué será peor para él.
—¿Estás bien?
Me mira como si fuera tonta.