Decepcióname XI
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XI

L a doctora Pandya me está enseñando una radiografía de mi cerebro en la pantalla del ordenador.

Tengo un tumor cerebral. Los dolores de cabeza se intensificaron tanto que se convirtieron en las peores migrañas que he tenido en mi vida.

No les di demasiada importancia, porque, según internet, un dolor de cabeza casi nunca implica cáncer cerebral.

Acudí a mi médica de cabecera, que me derivó a la doctora Pandya, una neuróloga que, gracias al poder de mi seguro médico privado, me mandó unas cuantas radiografías.

Pedí cita para la mañana siguiente y ahora estoy aquí, en la consulta de la doctora Pandya, observando su piel perfecta mientras me habla sobre mi tumor cerebral.

¿Cuánto tiempo llevará con tretinoína? ¿Se lo puedo preguntar? ¿Es una duda médica?

Alzo la mirada y la doctora sigue contándome cosas.

Según las investigaciones, el riesgo se acumula cuando tomas acetato de ciproterona, mi antiandrógeno de preferencia.

Cuanto más lo tomas, más se acumula en el cuerpo y más posibilidades tienes de desarrollar tumores.

Aunque el riesgo de que aparezcan tumores como este es muy bajo (extremadamente bajo), sí que pasa, y me ha pasado a mí.

Ya los conocía, porque me hablaron de ellos cuando comencé con el acetato de ciproterona.

No le digo que conozco las investigaciones, aunque son un poco escasas, ni que a partir de ellas calculé que, si seguía con terapia hormonal durante treinta y nueve años, tendría ciento veintinueve posibilidades entre cien mil de desarrollar un tumor.

Treinta y nueve años, porque siempre he pensado que me contentaría con pasar de los sesenta.

Sería conveniente. Apenas pongo dinero en mi pensión.

Se me ocurre que quizás habría descubierto que lo tenía en la TAC que me iban a hacer en Nochevieja.

Dios, libérame de los grilletes de la escalera de Caspar.

Quiero preguntarle a la doctor a cuánto la he pifiado.

Me parece un desperdicio no hacerlo: es poco habitual que las consecuencias póstumas de nuestros errores se presenten en forma de respuestas de sí o no.

En general, lo hipotético acaba enterrado debajo de otras incertidumbres.

Pero no quiero poner el foco en mi estupidez, y la doctora Pandya no puede deshacer el daño que ha venido a arreglar.

Me enseña la radiografía y señala el punto donde el tumor ha aparecido en mi cerebro.

—Es un meningioma en el ala del esfenoides, lo que significa que está por encima de la oreja y detrás del ojo. Todavía no rodea el nervio óptico. Por suerte. —Señala la zona del tumor—. Es la masa blanca.

—Ya.

La masa blanca. Un crimen de blancos. El tumor es enorme y, por primera vez en el día de hoy, me quedo sin aliento. Sabía que venía por un tumor, pero ¿por qué tiene que ser tan grande?

—La mayoría de los meningiomas suelen ser benignos, lo que significa que no se expanden, y según tu resonancia magnética, es lo que te ha pasado a ti.

Así pues, si lo quitamos, es muy poco probable que vuelva a aparecer.

—Toma aire—. Pero no lo sabremos a ciencia cierta hasta que le demos una muestra al patólogo para que lo revise en el laboratorio.

—Y la muestra se consigue con…

—Una cirugía.

Hago la pregunta que parece relevante o importante. La que he visto en televisión.

—¿Qué opciones tengo?

—La cirugía, claro. Te pediremos una consulta. Otra opción es hacer seguimiento, pero el tumor ya es bastante grande y está situado demasiado cerca del nervio óptico.

Me siento mareada. Soy una masa blanca, cada vez más blanca, a punto de expulsar una masa verde encima de una neuróloga preciosa.

La doctora se remueve en el asiento. Agradezco que esté sentada, inclinada hacia delante y con los codos apoyados en los muslos.

Es una postura que indica unidad, como si ella y yo lucháramos juntas contra esta cosa.

Estamos al timón del Titanic. ¡Estoy volando, doctora Pandya!

La miro a los ojos y sé que tengo cara de ciervo a punto de ser atropellado.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Son muchas cosas.

—Lo siento. —Miramos de nuevo la radiografía. Ahí está, el tumor—. Lo entiendo. Parece mucho.

—¿La cirugía me puede matar?

—El cirujano lo repasará todo contigo. —Tuerce la boca—. Pero siempre hay riesgos.

—Vale.

Tengo más preguntas. Si he tenido la mala suerte de que me salga un tumor por el acetato de ciproterona, ¿tendré más posibilidades de que me vuelva a salir otro, visto que no dejaré de tomarme el antiandrógeno?

¿Debería dejar de tomarlo? ¿Qué le digo a mi novio?

Su padre sufrió hace poco un ataque al corazón.

Estas parecen ser preguntas para otro día.

La doctora Pandya se despide de mí. Pido cita para la consulta con cirugía.

Siempre he pensado que las personas con depresión o ansiedad, o al menos las que coquetean con la depresión o la ansiedad, manejarán mejor una crisis, porque tienen a la vista lo peor, en los bordes de un paisaje que ya veían gris.

No tengo pruebas, excepto mi propia depresión y ansiedad (a veces pienso que todavía me acompañan) y la tranquilidad con la que manejo una crisis.

Llego tarde a la comida con Aisha. No quiero cancelarla, aunque parece poco apropiado ir, una forma de proceder poco adecuada. Al mismo tiempo, se me plantean dos opcion es ante mí: o creo que no me pasará nada, o creo que me moriré. En ambos casos, saludar o despedirme de la gente tiene sentido.

La cafetería está llena y nos hemos sentado en dos taburetes que dan a la intersección de dos calles muy concurridas. Llega nuestro café con leche. Doy un sorbo y rompo el corazón lechoso de la superficie.

—Hoy he ido al médico —comento.

—¿Sí?

El camarero regresa para tomarnos nota. Aisha pide la ensalada de caballa y patata con la mayonesa de la casa. Ya la he probado. No está buena, pero tengo la cabeza hecha un lío y no sé pedir otra cosa.

Giramos en los taburetes para estar cara a cara, con el codo apoyado en la mesa verde de madera. Un tumor. El drama. No es habitual tener una noticia así que requiera este nivel de atención. No es Munchausen: tengo un tumor de verdad.

—Bueno, has ido a ver al médico —dice.

—Tengo un tumor. —A Aisha se le descompone el semblante.

Estira el brazo para agarrarme de la mano, sin decir nada.

Supongo que debo seguir hablando—. Todo va a ir bien.

Está en la parte delantera del cerebro. Por aquí.

—Señalo la zona del cráneo con la otra mano—.

Es surrealista ver una resonancia magnética de tu cerebro y que la médica te indique una masa que no debería estar ahí, pero ahí está.

—¿Tienes cáncer cerebral?

—Creo que no es cáncer. Dicen que no es probable que sea un tumor maligno.

—Entonces, ¿no es grave?

—No, no lo sabrán hasta que lo vean de cerca —digo, sin evitar imaginarme la cirugía, lo que costará quitar esa cosa de mi cabeza: tendrán que cortar, pelar, taladrar.

Cortar. Pelar. Taladrar—. Pero hay riesgos.

—Muevo las palabras por la boca como si fueran canicas—. Hay un pequeño riesgo de que muera.

—¿Cómo de pequeño?

Creo que le tiembla el labio. Parece asustada de verdad. ¿Por qué no lo estoy yo? Lo único que siento es frío.

—Creo que bastante pequeño. No he ido a la consulta de cirugía todavía.

Pero me van a abrir el cráneo, supongo que siempre habrá riesgo de algo.

Aunque aún no me han dicho nada. —Debe de ser un mecanismo de defensa.

Me estoy apagando, hablo sobre el riesgo menor de muerte como si fuera una verruga plantar.

El pánico empieza a empañarme la visión como escarcha.

Podría morir. No quiero morir—. Todo irá bien.

Aisha aparta la mano y se la lleva al pecho.

—Vale. Bien. ¿Cómo ha reaccionado Vincent?

—Todavía no se lo he contado. —Doy otro sorbo al café—. He venido directa aquí. Ni siquiera sabía lo de la cita médica. No quería que se estresara después de todo lo de su padre.

Aisha parece alarmada.

—Entonces, ¿me lo has contado a mí antes que a Vincent?

—Solo porque había quedado contigo. No se lo digas a Fred hasta que pueda hablar con Vincent, por favor. Necesito hacerlo en persona.

Me acuerdo de Jamie. A él también debería contárselo, ¿verdad?

Llega la caballa, situada encima de montones de patata cortada, como una dama pálida reclinada en un cuadro al óleo.

Aisha agarra el tenedor y el cuchillo. Yo me inclino sobre el plato.

La caballa se deshace. Miro a Aisha y vuelvo a pensar en Jamie. Y luego en mis padres.

—¿Estás bien, Max?

—Estaba pensando en mi hermano.

—¿Y en el tumor?

—Sí. Y en el tumor.

—¿Cómo crees que reaccionará?

—No lo sé. No sé si se lo voy a contar.

—Max…

—La familia es difícil, ¿verdad? Ya tiene todo el lío del bebé.

—¿Qué lío?

—Bueno, no es nada nuevo. —Me como un trozo de patata. Tiene bastante sabor. No es fácil conseguirlo con una ensalada de patata—. Lo que quiero decir es que ahora todo el mundo tiene mucho lío.

Es cierto. El ataque al corazón del padre de Vincent, el bebé de mi hermano y el drama de Simone.

Ese tema tuvo bastantes efectos colaterales.

Consecuencias. Una agencia se desvinculó por completo de ella.

Unas cuantas modelos se fueron a otro lado.

A partir de cierta edad, si alguien no se convierte en su familia o en su pareja, se convierte en su trabajo.

Simone no es la excepción, y que su carrera casi implosionara ha sido un trauma parecido a una experiencia cercana a la muerte.

Aisha sostiene el tenedor y el cuchillo de la forma educada y combina ambos para dar un bocado.

Me doy cuenta de lo desliñada que debo parecer a su lado, encorvada sobre el plato.

Intento hacer un iglú en la ensalada. Se derrumba.

Tendría que haber sabido que no me podía fiar de la fécula. No hay dónde esconderse.

—Podrías empezar con Vincent. Y luego seguir a partir de ahí —sugiere Aisha.