Decepcióname MAX X #3
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MAX X #3

Durante un verano, cuando las dos regresamos a Hong Kong y yo ya había descubierto que era trans, no pude dejar de llorar porque no podría cambiar el marcador de género de mi carné de identidad de Hong Kong hasta que hubiera pasado por una operación de reasignación de género, pero en aquella época aquello parecía muy lejano y un cambio tan grande que no podía ni concebirlo.

Simone se vino a Lamma unos días y nos sentamos en el sofá para ver un episodio tras otro de The Real Housewives ; vimos cómo mujeres adultas lanzaban piernas prostéticas al otro lado de una habitación y se acusaban unas a otras de tener Munchausen.

Me siento a su lado y dejo que apoye la cabeza en mi regazo.

Vincent carraspea.

—Entiendo que quieras pensar en ello. Cuando la vida cae en picado, lo único que buscas es control.

Con lo de mi padre fue así. —La mención de su padre saca a Simone de su estado disociativo.

Ladea la cabeza; está prestando atención.

Vincent sigue hablando, aunque no nos mira a la cara—.

La gente quiere sentir que el futuro sigue intacto.

Mi madre se volvió loca. Incluso para Max ha sido duro.

—Qué ganas de llorar. Su padre sufrió un ataque al corazón y le está diciendo a Simone que ha sido duro para mí—.

Y parece una tontería, pero es algo cotidiano.

—Le dedico una sonrisa a Vincent—. ¿Quieres que durmamos esta noche en el sofá?

Simone alza los hombros.

—Eso. Podemos quedarnos.

—¿Estáis seguros?

—Sí, por supuesto —decimos.

Simone se va a la cama. Vincent y yo estamos de pie en el baño. Espero a escupir la pasta de dientes para susurrarle.

—Estoy triste por todo lo que ha hecho.

—Ya.

—¿Debería sentirme culpable?

—¿Culpable por qué?

—Porque no me llamó.

—Creo que eso no es culpa tuya. Simone sabe cómo hacer una llamada.

—Ya, pero si hubiera sido menos…

—No es culpa tuya.

Me abraza antes de acostarnos en el sofá cama, cara a cara. Llevamos unas camisetas viejas de Simone de la salsa Lao Gan Ma.

—Me parece muy especial lo unidas que estáis Simone y tú —dice—. Lo unidas que habéis estado desde siempre.

—Diría que como Fred y tú. —Vincent tuerce el gesto—. ¿O no?

—A ver, sí. Pero no fuimos a la universidad juntos como vosotras. Y después del año sabático, dejamos de hablar durante una temporada.

—¿Por qué?

—Pues… —Vincent toma aire—. Nos distanciamos y luego nos reunimos de nuevo.

—Es bonito que os hayáis reencontrado.

—Sí.

Me acurruco un poco más contra él.

—Hoy he escrito un poema.

—¿Sobre qué? —pregunta, y me aparta un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Sobre viejos recuerdos.

—¿Y cómo te has sentido?

—Bien —contesto. Y luego pienso en lo que Vincent ha dicho sobre su padre, en lo bonito que me ha parecido, y sé que tengo que abrir la ostra y liberar la carne lechosa—.

También me he sentido como una fracasada, porque escribo y no me parece bueno, aunque sé que han pasado otras cosas.

Me siento mal por decirlo. Es muy egoísta.

Pero esos folletos sobre gestación subrogada me hicieron sentir como una fracasada.

—Callo un momento—. No estoy diciendo que sea lo mismo para mí que para las mujeres que descubren que no pueden tener hijos, las que tienen todas las partes que tocan pero que no funcionan como deberían.

No estoy diciendo que sea lo mismo, pero…

—Pero me imagino que sientes algo parecido.

—Es algo que nunca sabremos… —Me detengo. ¿A quién estoy tratando de calmar? ¿Qué estoy intentando demostrar?—. Pero es el ejemplo con el que una se suele comparar. Siento que tengo menos que ofrecer.

—Max…

—Lo sé.

Vincent me abraza.

—Al menos estás escribiendo más —dice.

Suspiro.

—A veces escribir me hace sentir como una perdedora, porque recuerdo todos esos sentimientos de fracaso.

—El rostro de Vincent se transmuta en una sonrisa de comprensión.

Le acaricio el esternón con un dedo—. Quería tener éxito, que me invitaran a sitios para hablar y leer mis poemas, pero nada se hizo realidad.

Es como si hurgara en la herida. No sé, todo parece como un eco.

—¿De qué?

—No lo sé. De lo triste que me pongo.

—Creo que últimamente he tenido un poco de ansiedad —dice Vincent.

—¿Por tu padre?

—No sé cómo decirlo para que suene bien. —Calla un momento—. Creo que mudarme contigo ha hecho que todo sea muy real. Pero estoy preocupado.

Se me cae el alma a los pies.

—¿Qué te preocupa?

—No lo sé. A veces doy vueltas a todo lo que me perdería si rompiéramos. Los ecos.

—No quiero pensar en eso, Vincent.

Me tapo la cara con la manta y me enrollo con ella.

Noto que Vincent me rodea con el brazo y apoya la mejilla sobre mi costillar.

—No digo que vayamos a romper. Ni que lo quiera.

Todo lo contrario. Pero me pregunto qué se quedaría en mí.

—Hace una pausa—. Seguramente no te guste oírlo, pero si alguien mencionara poemas o poesía, siempre pensaría en ti.

—Entierra la cabeza en mi axila de tal forma que su voz grave llena la caverna entre la sábana y la piel—.

Seguramente tendría que resistir la tentación de decir que mi ex era poeta.

Y si alguien mencionara Hong Kong, con seguridad pensaría en ti también, y eso es ridículo porque mis padres son de allí.

—Afloja un poco el agarre—. O si viera un caramelo White Rabbit, me acordaría de aquel fin de semana en casa de tus padres, cuando intentaste comerte uno.

—Imita mi forma de masticar dramática, como una vaca rumiando.

Me río apoyada contra él. Nos calmamos—.

Y te considero mucho más que una persona trans, pero si viera noticias relacionadas con el tema pensaría en ti.

Me imagino un titular de mierda y pensando: «Espero que Max esté bien» y luego me imagino sintiéndome mal.

Hay un instante de silencio. Decido contribuir.

—No sé si podría regresar al restaurante coreano al que solemos ir.

Seguramente evitaría la zona de tu oficina y pensaría en ti cada vez que conociera a un abogado corporativo, algo que me pasa demasiado a menudo.

También creo que dejaría de comprar el yogur alto en proteínas, porque recordaría lo mucho que te gusta y eso me pondría triste.

—¿Cambiarías el tipo de yogur o evitarías la marca por completo?

—La evitaría por completo. —Libero el cuerpo de su refugio. El aire frío me da en toda la cara—. Creo que ahora mismo me siento muy permeable.

—¿A qué te refieres?

—Estoy absorbiendo cosas. Y me siento más sensible.

—Ya, yo igual —dice. Nos quedamos inmóviles—. El problema de mis padres…

Me envaro.

—¿Sí?

—No tiene nada que ver contigo, Max.

—Lo sé —digo, aunque con un tono impasible, como si el pensamiento hubiera flotado de mi cerebro a la boca, lejos de mi corazón—. Aunque a veces lo parece.

—Pues no debería. Tú estás en el centro de todo. Para mí, quiero decir.

—Vale. Vale.

Nuestras respiraciones se sincronizan sobre el colchón y me pregunto si me entusiasma estar en el centro de todo.

Cuando eres el sol, no decides qué es lo que acaba en tu órbita.

No quiero convertirme en algo sobre lo que la gente decide.

Lo único que quiero ser es una mota y que Vincent también lo sea, para flotar juntos en el espacio, casi como una unidad, hasta que algo nos obligue a separarnos de rumbo, si llega a ocurrir.

Aun así, es un sentimiento tierno. No sé si alguna vez me han dicho que estoy en el centro de todo.

Y entonces me acuerdo de lo que se siente cuando estás en la órbita de alguien, el tirón decidido de la gravedad alrededor de la cintura, y eso era mucho peor .