MAX X #2
Cuando llega la cuenta, la dividimos entre dos.
Fred paga por Aisha y, solo por las apariencias, yo me encargo de la cuenta de Vincent.
Por feminismo. Ya me hará una transferencia con su parte después.
Luego vamos a un pub a la vuelta de la esquina; no me gusta porque todo el mundo viste como yo: con chaquetas de cuero grandes y lazos en el pelo.
La moda está muerta en una cuneta y lleva botas de vaquero.
Fred nos invita a una ronda y trae él solo las cuatro copas para que nos sirvamos las margaritas granizadas de una máquina que hay justo delante de Aisha y de mí. Le da un beso en la mejilla a su mujer. Aisha permanece inerte.
Me vibra el móvil dentro del bolso; una llamada de Simone. Salgo fuera para contestar.
—Max —dice.
No hay nada que me guste menos que alguien me llame y me salude con mi nombre. Me entra el pánico. Es algo cruel. Aunque haya malas noticias, no me parece la forma correcta de comunicarlas.
—¿Todo bien? —pregunto.
—Creo… —Respira hondo—. Creo que ha pasado algo malo.
Le tiembla la voz, como derrotada. Resulta alarmante.
—¿El qué? —pregunto. El pánico se solidifica en verdad—. ¿Qué ha pasado?
—Una de las modelos ha subido mis correos. Me están llamando tóxica.
El pánico se apacigua. Solo son correos.
—¿Y qué dicen los correos?
—Mira tus mensajes.
En los correos, una modelo (la que no tiene cejas, Xenia) le dice a Simone que ha firmado con una agencia bien conocida y que rescindirá el contrato que tiene con ella.
El negocio de Simone consiste en captar nuevos talentos, desarrollarlos un poco y ayudarlos a que firmen en agencias más grandes.
Luego se queda con una parte de la tarifa de la agencia para siempre.
Pero esta modelo ha dejado fuera a Simone.
Y las respuestas de Simone, ahora públicas, suponen un lapso extraño de profesionalidad.
Quema naves como la mía y te ahogarás.
¿Metáfora o amenaza de muerte?
Das asco, por dentro y por fuera. Lo he dado todo para apoyarte y tú no has hecho una mierda para agradecérmelo.
¿Así es como la gente del mundillo de la moda se habla entre sí? Lo más parecido a un «vete a la mierda» que he recibido en mi trabajo ha sido un «Salu2». La modelo comparte los problemas que tiene con su imagen corporal a través de uno de los correos de Simone.
Siento que no hayas podido aceptar el consejo claro y comprensivo que te di sobre tus medidas.
Son mensajes horribles. Me sorprenden, pero más me sorprende la decepción que siento, esta gran decepción con Simone. Está amenazando a chicas jóvenes. ¿Quién hace algo así?
—¿Qué crees que significa esto? —pregunto, sin saber a dónde quiero ir a parar con la pregunta.
—Me está escribiendo gente para llamarme puta, Max. Es muy misógino.
—Perdona, pero ¿el qué?
—Los mensajes que estoy recibiendo. —Arrugo el gesto y no digo nada. Acabará por ver la luz—. ¿Y todo para qué? ¿Para constatar un hecho de la industria?
Me acuerdo de Aisha antes, cuando ha divulgado delante de mí lo que sus padres piensan de Fred. Los hechos pueden llegar en un paquete humillante. Una cosa son los cuchicheos y otra son los gritos. Los hechos pueden llegar de la manita o en un puñetazo.
—Me estoy rayando. ¿Y si esto es el fin?
—¿El fin?
—De todo.
—¿De todo?
—Max. De mi carrera. La gente se arruina por culpa de cosas así. Incluso personas que sé que han dicho cosas peores están dando a me gusta. ¡Qué poco profesional!
—¿El qué?
—¡Los comentarios!
Simone suelta un grito gutural que ahoga hacia la mitad con una almohada.
—Mira, estoy cerca de tu casa, en un pub con Vincent. ¿Quieres que vaya? Podemos pensar en qué hacer.
—No hace falta.
—No estamos lejos. Ahora voy.
Entro de nuevo en el pub, explico en frases enrevesadas lo que ha pasado y les paso mi móvil para enseñarles las fotos, como si eso lo facilitara todo. Fred mira los correos con estoicismo. Aisha toma aire con los dientes apretados.
—Joder —dice.
No sé si lo dice con empatía o vergüenza, aunque se podría argumentar que toda vergüenza exige empatía. En cualquier caso, me puedo imaginar a Aisha en el lugar de Simone, más que a Simone en el lugar de Simone.
—Ya pasará —dice Fred y mira a Aisha—. ¿Verdad?
—No. No creo que sirva de nada fingir.
—¿No?
—Son unos mensajes muy jodidos, Fred.
Durante un instante, fluye una tensión eléctrica entre los dos. Es rara y, obviamente, abarca mucho más que el tema de Simone. Fred se gira hacia mí.
—Los escándalos suelen parecer nuevos y complejos, pero duran poco. Como un pulpo.
—¿Un pulpo?
—Mueren rápido —me explica.
—Ah.
No sé por qué intentan tranquilizarme a mí. No soy la que está en el centro del problema. Vincent insiste en acompañarme. Caminamos veinte minutos hasta el piso de Simone, en la parte sur del canal. Llamamos al timbre.
—¿Te importa esperar aquí fuera? —le pregunto a Vincent, que asiente.
Subo nerviosa las escaleras hasta su piso.
Cuando Simone abre la puerta, está llorando de un modo que no he visto desde que éramos jóvenes.
Si cierro los ojos, la imagino con el pelo largo, delineador alrededor de todo el ojo y el pelo más claro en las raíces y más oscuro por las puntas.
Es difícil digerir estas colisiones incómodas con el pasado y no tomarlas como pruebas de que no hemos cambiado gran cosa, de que esas capas exteriores solo son la piel de la cebolla: translúcidas e inmateriales. Mi incomodidad se disuelve en lástima.
Simone ya me ha servido una copa de vino. Me siento en un sillón y ella se deja caer en la hendidura de su sofá Togo.
—Bueno —digo. Me mira. Sé que no va a empezar a hablar—. Esos correos daban un poco de miedo, Simone.
—¡Max!
—¿Qué está pasando? —pregunto—. Lo siento, pero eso no puede ser normal, ¿no? ¿O es que hablas así a la gente?
Se me ocurre que en realidad no sé cómo trabajan las personas más cercanas a mí.
—¡Claro que no! —Entierra la cara en las manos—.
Es que… —Se calla—. Estaba tan enfadada.
Cuando lo escribí, sabía que parecía loca, que Xenia seguramente le diría a la gente que estoy loca de atar, pero me dio igual, la verdad.
Pensé… esta es mi vida. Y me la está jodiendo.
—Se encoge incluso más—. Me desperté, miré el móvil y vi que esa chica tonta me había mandado unos correos a la una de la madrugada diciendo que se iba.
¿Quién coño envía un correo a la una de la madrugada? Y se me fue la pinza.
—Pero esto ya había pasado antes, ¿verdad? Seguro que otra persona se ha ido sin…
—Ella era diferente. Encontré una puta mina de oro.
No me gusta que se refiera a chicas jóvenes como minas de oro.
—¿Por qué no me llamaste? —pregunto—. O algo.
—No sé, Max. Estaba muy cabreada. ¿No puedo sentirme cabreada?
—Sí, claro que puedes.
Gruñe.
Estiro el brazo, le apoyo la mano en la espinilla y le doy un apretón.
—La gente es tonta de remate. —Sorbe por la nariz—. ¿Vincent sigue en el pub?
—Lo he dejado abajo.
—¿Qué? —Arruga el ceño—. ¿Lo has dejado fuera? ¿Por qué?
Simone me hace ir a buscarlo y me siento avergonzada.
Solo quería ser una buena amiga. Hay otra copa de vino esperándolo cuando entra.
Vincent se sienta junto a Simone en el sofá.
Su presencia parece calmarla. Puede que esté intentando salvar las apariencias, pero no creo que sea algo malo.
La gente más cercana aguanta lo peor de ti, aunque sea malo, y es fácil dejarte llevar por la espiral de pensamientos cuando no hay una barrera que te detenga.
—¿Cómo estás? —le pregunta Vincent.
—Fatal.
—La tormenta siempre pasa. Pero hay que darle tiempo para que pase. Te sentirás mejor mañana.
—Eso no es cierto —replica Simone—. No sabemos cuáles serán las consecuencias.
Tiene razón, aunque Vincent se inclina hacia delante y apoya los codos en las rodillas, con la copa de vino entre las manos, como si estuviera valorando de verdad el problema. A lo mejor es un gesto genuino o a lo mejor solo intenta mostrar que se preocupa. Simone carraspea.
—¿Creéis que ayuda que sea…?
—¿Qué? —pregunto.
—Que sea… —Simone hace una pausa—. Una mujer racializada queer.
Vincent contempla la idea con las cejas arqueadas. Recuerdo de nuevo a Aisha usando la palabra «criada». La solidaridad, cuando resulta conveniente, es la frase de cabecera de las minorías ricas. Los tres nos reclinamos hacia atrás.
—Sinceramente, no —contesto.
Simone asiente.
—No es como si no hubiera tenido problemas con la comida —dice.
Creo que eso lo empeoraría. Me remuevo un poco.
—Esté bien o esté mal, la gente suele olvidarse de estas cosas. —Doy un sorbo de vino—. Si lo piensas, las personas a las que todavía castigan por algo que dijeron hace años son las que no callan sobre cómo las castigaron por ello.
—O las que basan su carrera en ello —añade Vincent.
—Eso. Y tú eres agente. Las modelos están desesperadas por conseguir agente. Las agencias van a querer que caces talentos para ellas. Recuerda que el ciclo vital de un escándalo es corto.
—Como el de un pulpo.
—¿Qué? —pregunta Simone.
—Mueren rápido —explico.
Simone todavía parece abatida. Aunque intento sonar razonable y empática, me preocupa haber sido demasiado directa, que mis palabras hayan sonado muy ensayadas, como las de una abogada.
Me acuerdo del último momento en el que me sentí como una mierda.
En Nochevieja, cuando me caí por las escaleras.
En vez de intentar cambiar mis sentimientos, Simone se quedó a mi lado.
Salta a la vista que no siempre podemos razonar con las emociones, que a veces solo tenemos que esperar.