Decepcióname MAX X
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E s como si un chavalín me hubiera metido cohetes en el cráneo.

Aprieto la cabeza contra los azulejos verde bosque de la pared del baño.

Otra migraña. Me masajeo las sienes con los dedos antes de regresar al restaurante.

Lo ha reservado Fred; es uno de esos sitios más o menos nuevos y exclusivos que sirven menús degustación en Hackney.

Hay nueve platos. Echo de menos los platos grandes.

¿A dónde han ido? ¿Me puedo ir con ellos?

La maxifalda de cuero me quedaba demasiado ajustada desde el primer plato.

Todos son de inspiración asiática, pero de un modo tan leve que cuesta discernir la inspiración.

Me pregunto si a mí me podrían describir de la misma forma: una mujer blanca de inspiración asiática.

Regreso a la mesa del exterior; todos nos estamos mintiendo al pensar que hace el suficiente calor como para comer a la fresca envueltos en nuestras chaquetas ligeras.

—¿Estás bien? —pregunta Vincent cuando me siento.

—Migraña —contesto y sacudo la cabeza.

—Ay, no —dice Aisha.

—¿Te suele dar a menudo? —inquiere Fred.

—Últimamente sí. No pasa nada.

Doy un mordisco al pan de cerveza con melaza servido junto con pepinillos japoneses.

Cada vez me dan más migrañas, hasta el punto de que, sin que yo se lo pida, Vincent siempre lleva encima paracetamol.

Me ha comprado unos suplementos tras investigar.

Magnesio. Ácido fólico. Las migrañas no me debilitan por completo, pero son un problema y por eso he pedido cita en mi médico de cabecera.

No se lo he dicho a Vincent, no después de todo lo de su padre.

Junto las cejas con la esperanza de liberar un poco de la tensión de la cabeza.

Un camarero recoge nuestros platos y no tarda en reemplazarlos por pasta cacio e pepe de algas.

Aunque se pueda hacer, no hace falta que exista.

Vincent y Fred mantienen una conversación queda. Sé que es sobre la familia. Una tierna preocupación ocupa el rostro de Fred.

—¿Qué vais a hacer en septiembre? —me pregunta Aisha.

Está sentada a mi lado y lleva un vestido con bordado inglés y mangas abombadas. Parece que va tapada hasta la rodilla, pero se distinguen trozos de piel a través de los huecos del encaje. Es sexy pero sutil. Muy maduro.

—Todavía no lo sé. Tengo la boda de una amiga del colegio. Soy la dama de honor.

—¿De Hong Kong?

—Sí. Mi amiga Simone también es dama de honor. No hablamos mucho con ella.

—Una de esas —dice Aisha y deja el tenedor mientras juguetea con su alianza.

—Pues sí.

—¿Puedes fiarte de los amigos que haces cuando solo eres una persona a medias?

—pregunta. Las dos miramos a Vincent y a Fred a la vez y nos reímos.

Ellos nos echan un vistazo rápido y luego se vuelven a girar.

Fred apoya un brazo en la silla de Aisha y la chica se inclina hacia delante—.

A ver, puedes, pero hay mucho espacio para la distancia.

—Saca su teléfono móvil—. Bueno, una de mis amigas de Harvard tiene una casa de vacaciones en Provenza que nunca usa.

Me la dejará durante una semana. Vincent y tú deberíais venir. Solo estaríamos nosotros.

—La boda es en Burdeos, de hecho.

—¡No me digas!

—¿Queda cerca?

—Todo está en el sur de Francia, ¿no? No puede estar muy lejos.

Comparamos fechas. Podríamos ir.

—Tengo que hablar con Simone. Nuestro plan era ir juntas.

—Simone también se puede venir. En la casa hay sitio.

Es muy generoso por parte de Aisha dejar que venga una persona que no conoce. Y más generoso aún por parte de la amiga de Aisha.

Llega un camarero con un bao de corazón de buey adornado con ruibarbo.

Cuento los platos que llevamos. Cinco. Tengo esta misma sensación cada vez que veo una obra de teatro.

Por muy buena que sea, siempre cuento los minutos hasta el final, hasta que puedo levantarme del asiento e irme.

Nunca he sido fan del teatro. De la cultura que me habla.

Para mi sorpresa, el corazón queda muy duro dentro del esponjoso bao.

Con cada mordisco se libera el marinado que ha impregnado las fibras densas de la carne. Solo cuatro platos más.

—¿Cuándo fue la última vez que estuviste por Singapur? —pregunto.

—Hace tanto ya —contesta Aisha—. No me gusta volver. No tengo ganas de ver a mis padres.

—¿Tan malos son?

—No, cielo. Tengo un marido blanco. —Extiende un dedo por cada crimen—. Que no es musulmán. Y que trabaja en una empresa emergente.

Fred y Vincent nos miran. ¿Aisha está sufriendo un aneurisma? ¿Quién hace algo así? Cada dedo es una bala en el corazón de Fred, o por lo menos lo sería en el mío.

—¿Aisha está enumerando mis defectos? —pregunta Fred con una sonrisa cuidadosa y neutra.

Aparta la mano del muslo de Aisha. Me siento mal por él.

Parece que hace mucho por los demás, que disfruta ayudando.

Estoy segura de que es un buen marido, aunque quién sabe.

Tu amiga puede romper con su novio perfecto y luego contarte que torturaba animales y le dieron el pecho hasta los once años.

Aisha no ha terminado.

—Dejé un trabajo estable en la consultora McKinsey para tener un horario mejor. —Levanta el dedo meñique y luego la otra mano para seguir contando—. Me mudé a Londres para alejarme de mi familia y estar más cerca de la de Fred. Hago alfombras en mi tiempo libre.

—¿Qué tienen de malo las alfombras? —pregunto.

—Es un tiempo que podría dedicar a criar hijos o a cuidar de ese marido que no aprueban. —Mira a Fred—. Lo siento. Mi madre siempre dice que las alfombras no me calentarán por la noche.

—Pero sí que pueden calentarte.

—Lo sé.

Las alfombras de Aisha son preciosas, tejidas con gran delicadeza al estilo de las miniaturas mogoles. Tiene un talento insoportable. Ni siquiera es queer. No es justo. Pensé que haría alfombras con formas geométricas grandes y colores lisos.

—En fin, que soy una decepción —concluye.

—¿No fuiste a Kennedy?

—Sí.

Aisha da otro mordisco al bao. Oigo el sonido de los cuchillos contra los platos, de los dientes contra la cerámica.

Aisha es una de las personas con más éxito que conozco.

Tiene fama en internet. Quedó finalista para el premio Fitzcarraldo con un ensayo sobre explorar la línea entre el sometimiento y la integración de los tamiles musulmanes en Singapur.

Ni siquiera quiere dedicarse a escribir ensayo.

Lo escribió durante un puente festivo. Lo que me sorprende es que debe de haber una parte de Aisha que se crea justo eso, que es una fracasada.

Una de las grandes ironías de la vida es que muchas personas triunfan precisamente porque nunca creen que han triunfado.

Y me pregunto cómo compagina todo eso con la gente de la que se rodea.

¿Nos considera superficiales e incompetentes?

Una parte de ella debe sentir resentimiento hacia sí misma, lo que significa que debe sentirlo también hacia los demás. ¿A dónde va ese resentimiento?

—No hemos descartado mudarnos de nuevo allí —me dice Fred.

—Es mucho más fácil tener hijos en Singapur —añade Aisha—. Puedes contratar criadas…

—Asistentas —la corrige Fred.

Aisha pone los ojos en blanco. Uf. Vincent y yo intercambiamos una mirada rápida.

—Es lo mismo —replica la mujer.

—Las palabras son importantes.

«Criada» casi parece una palabra de la época victoriana, como reducir a una persona a un simple sustantivo.

Pero ¿acaso «asistenta» es mucho mejor? Al evitar decir «criada», lo que están diciendo en realidad es que no son el tipo de personas que contratan a una criada.

Pese a todo, si lo que van a hacer es aprovecharse de la mano de obra extranjera por un precio bajo, ¿de qué sirve la educación si no es para mitigar la culpa?

No digo nada de esto. Cuando íbamos al colegio en Hong Kong, Emily le dijo a Simone en una ocasión que parecía una criada.

Simone le tiró una almohada. «Eres una zorra racista, Emily».

Viene un camarero a reemplazar los baos por una costilla ahumada y rebozuelos.

—Vincent me ha contado que vas a ser tía —dice Fred y levanta la copa—. Una transtita.

Me río. Aisha aplaude. Creo que todavía no he procesado por completo la noticia de que Jamie va a tener un bebé.

La última vez que fui a verlo, estaba rodeado de libros sobre desarrollo neonatal, entre ellos tres ejemplares de El libro que ojalá tus padres hubieran leído , que, según deduzco, planea dárselo a nuestros padres.

«Hay tanto que aprender, Max. Ese es el problema con papá y mamá, que creyeron que podían hacerlo sin prepararse antes y salir victoriosos».

Un bebé no es un examen y, si lo fuera, Jamie suspendería.

No fue a la ecografía de las doce semanas porque tenía una reunión.

«Mira, si no tengo trabajo, no tendré dinero.

Y, si no hay dinero, el bebé muere». Maria es asesora en una empresa.

Entrechocamos las copas.

—Es una situación un poco rara, no sé si os lo ha contado Vincent. —Callo un momento—. No sé si mi hermano está listo para ser padre. —El ánimo decae. ¿He sido cruel?—. Quiero decir, tener hijos no siempre es algo bueno.

—La gente te sorprende —comenta Fred—. Nadie sabe cómo ser padre antes de serlo.

Los tres postres vienen uno detrás de otro en una rápida sucesión, con el maridaje de vino que cada vez es más dulce.

A un hojaldre olvidable le sigue un brazo de gitano de naranja con salsa de sésamo negro; la pasta grasa y escurridiza envuelve el esponjoso bizcocho.

Como un chapapote delicioso. El remate es una gelatina con sabor a té.