Decepcióname VINCENT IX #3
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VINCENT IX #3

Cede mucho más rápido de lo que me imaginaba y eso me hace verla de un modo diferente, más maleable, y me molesta. Debe de gustarle mucho Fred.

Alex se reúne con nosotros en la piscina del albergue.

Hay carteles que avisan que no se puede beber en el agua, pero los otros dos grupos de gente sostienen botellas de vodka por encima de la superficie y el líquido blanco lechoso cae chorreando en la sopa clorada.

Fred compra unas cuantas bebidas y regresa con las botellas abiertas.

Mientras bebo el líquido empalagoso, Fred se pone a salpicar a Alex en el borde de la piscina, entre risitas.

Alex se aparta hasta que el agua le llega por las costillas.

—¿Por qué llevas eso? —pregunta Fred.

—¿El qué?

—Pantalones cortos en vez de un bikini normal.

Esto es muy incómodo. Miro hacia la playa, las olas bajas y ondulantes, y finjo no estar presente. No quiero que se me note la incomodidad. Nadie piensa que tengo un motivo para sentirme así.

—Me gusta cómo quedan, la verdad —contesta Alex.

—A mí los bikinis me parecen más bonitos.

—¿Y tú te vistes para complacer a los demás?

Sonrío y los miro. Fred también sonríe.

—¿No es ese el objetivo? Te pones ropa según quieras que te vean los demás. Si llegara el apocalipsis y fueras la única persona en la Tierra, ¿de verdad te vestirías?

—También es un modo de expresarte —replica Alex—. Aunque quiera que me vean.

—Claro, pero ¿expresarte para quién?

—Plantéalo como si fuera el idioma, igual que hablar. Tú no hablas solo para que te escuchen.

—No hablaríamos si no hubiera nadie para escucharnos.

—Pues yo seguramente sí que hablaría —dice, de cara a Fred—. Esta conversación, por ejemplo, no va sobre impresionar a los demás, sino impresionarte a ti mismo. A la imagen que tienes de ti.

—Ja —suelta Fred, y suena complacido, como un padre orgulloso, como si las palabras de Alex fueran obra suya. Sonríe y luego flota bocarriba. Alex se aleja chapoteando.

Me hundo en el agua y suelto burbujas por la nariz.

Cuando estoy con Fred y mis amigos, a veces siento algo particular, como si fuera un observador en vez de un participante, como si retrocediera hacia mí mismo, como si pasara de ser un humano a una cáscara.

Puede que no se aleje demasiado de lo que ha descrito Fred.

Un agujero negro. La culpa la podrían tener muchas cosas, pero cuando ocurre es como si hubiera huecos en la placa de circuitos, conexiones ausentes en mi cerebro.

¿Me salté un capítulo en mi desarrollo infantil?

¿O es que soy así de raro? No me pasa nunca cuando estoy solo con otra persona, pero en grupo acabo devorado.

Devorado por gente como Fred. Salgo a por aire.

—Fred —chilla Alex.

Fred se ríe. La chica lo mira con la boca abierta.

—¿Qué pasa?

—¡Me ha bajado los pantalones! —La voz de Alex transmite una ofensa falsa, lo que me hace sentir asqueado, porque no parece que le importe de verdad. Veo que otra chica pone los ojos en blanco. Me imagino que estará celosa. Por el aspecto de Alex. Por la atención que le presta Fred.

Esbozo una sonrisa decepcionada y arqueo las cejas hacia Fred, que no me mira.

Están en el borde de la piscina y me siento fuera de lugar.

Sería una imagen bonita, los dos con los codos apoyados en la piscina infinita, pero no estoy aquí para hacerles fotos.

Salgo del agua, agarro una de las toallas que hemos traído y me marcho sin mirar atrás. Ninguno de los dos me llama.

Es de noche temprano en el bar del albergue y hay un tipo con una camiseta sin mangas de Tiger Beer, quemado como una langosta hervida, que se inclina para contarnos a nosotros y a otras dos personas una historia sobre una travesti en un bar de Bangkok.

—Se le notaba enseguida, pero hablaba de una forma…

—Entona un falsete agudo y chirriante como si hubiera respirado helio—.

«Hola, chicos». —Arruga la cara, pone labios de pato y saluda—.

Y Johnny está en plan… —Señala a su amigo, con una gorra de Tiger Beer y una camiseta de Red Bull—. «¿Podemos verte la mascugina?».

La gente ahoga un grito, entre ellos Fred. No como si se ofendieran, sino más como asombrados por el atrevimiento. Miro a Alex, que parece molesta. No quiero delatarme poniéndome demasiado serio, así que miro al chico langosta y suelto una risa falsa.

—¿Os enseñó su cosa? —pregunta el tercer chico, con una camiseta sin marca y pantalones militares. No lleva gorra.

—No es una cosa —replica Alex, pero es una regañina suave y me siento un poco triste porque, debajo de esa actitud, debe de estar dolida. Los otros la miran—. Eso no está bien. No digas que es una cosa.

—Eso, tíos. Venga —añade Fred.

Lo dice sin ganas. Está jugando a dos bandas.

Siento vergüenza por Alex. ¿Yo habría dicho algo de ser ella?

Me acuerdo de una foto por mi decimocuarto cumpleaños, en la que todos mis amigos se estiraron de los ojos y gritaron mi nombre.

«¡Decid “Vincent”!». No protesté. Ni siquiera tengo los ojos achicados.

—¿Y el tipo ese… la chica… estaba bueno? —pregunta el tercer chico.

—Llámala en femenino —espeta Alex.

Me pongo en alerta. ¿Se está delatando? Los demás pasan de ella.

—Le vimos la mascugina —anuncia Johnny.

El chico langosta saca el móvil para enseñar una foto y todos, excepto Alex, pero Fred incluido, se acercan para mirarla.

Gritan. El chico langosta gira el móvil para enseñársela a Alex, pero ella se aparta de la pantalla y dice que no quiere verlo.

Parece como si en cualquier momento fuera a detonar una bomba.

El tercer chico pregunta si hemos visto un espectáculo de ping-pong.

Nos cuenta que vio a una mujer agacharse y de su interior cayó una tortuga de agua.

Fred se tapa la boca con la mano y se ríe.

La conversación prosigue, pero no puedo evitar pensar en lo mal que se sentirá Alex, así que me siento a su lado y acerco la boca al oído.

—Menudo imbécil.

Alex se ríe.

Bebemos, nos emborrachamos y luego nos vamos a la playa y a una discoteca.

Estoy sudando a mares, pero los demás también.

Vamos de bar en bar y veo que Fred y Alex hablan con intensidad; una parte de mí se preocupa de que se vayan a liar y lo único que puedo hacer es seguir bebiendo.

Sirope y alcohol en cubos caen sobre la ropa empapada por el sudor.

Una chica baila a mi lado y acerca despacio su culo hacia mi entrepierna como un Toyota intentando aparcar.

Durante un momento, me planteo arrimarme, pero entonces noto que algo me sube por la garganta.

Entro a trompicones en el baño de la discoteca y vomito y vomito y vomito, tanto que empiezo a ver lo que he comido para cenar.

Trozos enteros de pollo. Estoy hecho un desastre, pero no quiero ayuda, así que me arrastro los metros o kilómetros que hay hasta el albergue sin despedirme de Fred y Alex.

Sé que solo están haciendo lo que hemos venido a hacer, pero no puedo soportarlo.

No quiero tener nada que ver con ellos. A lo mejor Fred tenía razón.

Entiendo cómo se sentía. ¿Qué sentido tiene esto? ¿Qué sentido tiene todo esto ?