VINCENT IX #2
La costa enturbia la claridad del agua cerca del muelle.
Nos apeamos del ferri y el calor matutino cae sobre nosotros.
Se me forman gotas de sudor en la espalda, que humedecen y se unen a las capas húmedas de piel, camisa y mochila de nailon.
No tardamos en subir a un taxi, en la carretera bordeada de bosque, para dirigirnos al albergue.
Sigo con la mirada el sube y baja de los tendidos eléctricos por encima de la carretera, amontonados y saturados, como un aluvión de anguilas de goma que sobrevuelan el asfalto.
—¿Cuánto dura el trayecto? —pregunto.
—¿Te piensas que soy tu madre?
Me río.
—Fred ya debe de haber llegado.
—¿Crees que le caeré bien?
—Pues claro.
No sé lo que Fred pensará de ella. Sí, es trans, pero Fred no se va a enterar y a saber si le importa.
De vez en cuando todavía suelta la palabra «maricón», pero no es algo muy reciente y la dice bastante menos desde que dejó de estar bien visto.
Creo que tampoco ha llamado maricón a un hombre gay de verdad.
Alex abre la ventanilla. El taxista la mira.
El aire acondicionado está puesto. Alex sonríe y él le devuelve la sonrisa.
Gilipolleces de chica blanca. La carretera está más concurrida y tenemos que reducir la velocidad al aproximarnos a una parte con tiendas, bares y restaurantes.
Miro la calle; las luces de neón están apagadas, sosas y cubiertas de polvo a la luz del día.
Llegamos al albergue en Chaweng Beach. Es ridículamente elegante para ser un albergue.
Tiene una amplia recepción blanca, con puertas de cristal abiertas y ventiladores de techo marrones.
Alex va a pagar por una habitación privada.
Fred y yo compartimos cuarto; no costaba mucho más que dos camas en una habitación de ocho.
Me pareció que Fred agradecería la privacidad; lleva encerrado en un áshram durante más de una semana, sobreviviendo a base de verduras cocidas y cinco horas de sueño. Todavía no sé si está mejor.
Entregamos nuestros pasaportes en recepción y aguardamos junto al mostrador.
—¡Vinny!
Fred aparece por un lateral. Está más rubio, tiene mechones de pelo finos blanqueados por el sol.
Lleva unos pantalones cortos justo por encima de las rodillas y una camisa ancha, prácticamente abierta, que enseña su pecho bronceado y el vello rubio.
Es dorado. Ni siquiera se ha puesto rojo como la mayoría de las personas blancas.
Hacemos eso de agarrarnos la mano y juntar el cuerpo para darnos palmaditas en la espalda.
—Me alegro mucho de verte —dice—. De verdad.
—Yo también, tío.
Y lo digo en serio.
Cuando nos separamos, echo un vistazo a Alex, me giro de nuevo hacia Fred y veo cómo la mira por primera vez.
Enseguida siento miedo. A veces se nota a la legua cuándo una persona se interesa por otra.
Es por esa sonrisa hambrienta, por la forma de arquear una ceja, por cómo respira hondo.
Se abrazan a modo de saludo. ¿En qué piensa Alex?
«Es guapo. Y encantador». ¿Y qué piensa Fred?
«Guau, menudas tetas». Se me encoge el estómago.
Intento tranquilizarme. No va a pasar nada.
No puede pasar, porque entonces él se enterará y ese no es su rollo.
Nuestra habitación no parece de albergue. Una puerta da a la piscina y detrás de la cama hay un vinilo con un coral. Fred ha reclamado el lado de la cama que queda más cerca de las ventanas, pero ha desperdigado sus cosas por doquier, como me imaginaba. Nos tumbamos bocarriba.
—¿Qué tal todo, tío? —pregunta.
—Bien. Aunque al principio Bangkok fue una mierda. No estoy hecho para viajar solo.
—Lo siento mucho —dice. Parece arrepentirse de verdad. No me voy a aprovechar—. Creo que nunca me había sentido tan mal. Es como si estuviera en un agujero negro. Me ha arruinado la mejor época de mi vida.
—¿Durante todo el tiempo que estuviste en la India? —pregunto, incapaz de imaginarme estar así durante meses—. ¿Hiciste amigos en los albergues?
—Sí. Y me enrollé con unas cuantas chicas y eso, pero se me metió en la cabeza que nada tenía sentido. Viajar. Salir de fiesta. Ver chorradas. Incluso la vida. No sabía ni qué pensar.
Intercambiamos una mirada.
—Lo siento, Fred. ¿Crees que ya estás mejor, después de todo eso?
—Sí. Me siento más emocionado. Siento que tengo herramientas.
—¿A qué te refieres?
—Pasamos los primeros días sentados, centrándonos en la respiración.
Eso es lo único que hay que hacer, centrarse en la respiración, hasta que dejas de hundirte —explica.
Tuerzo el gesto. Me cuesta enfadarme con él.
No es necesario haber pasado por algo similar para saber que suena mal.
Ni siquiera me hace falta entenderlo—. Lo siento mucho, Vinny.
—No pasa nada —digo, frotándome los ojos—. No me ha ido mal, de verdad. He estado con Alex.
Fred arquea una ceja.
—Alex. Está buena. ¿Os habéis liado?
—Solo somos amigos.
Noto un pinchazo en las entrañas. ¿Es porque no estoy contando toda la verdad o porque veo los engranajes en la mente de Fred? Me levanto para beberme una de las botellas gratis de agua y luego me siento en el borde de su cama. Luce una sonrisa perversa.
—Pero te gusta.
—No.
—Sí que te gusta.
—Que no.
—Te estás sonrojando. —Intento limpiarme las mejillas con el dorso de la mano—. Te gusta.
Le aparto la rodilla. Él me da una patada suave en el omoplato y luego otra.
Lo agarro por el tobillo, pero Fred me tira de los hombros y enseguida nos convertimos en un pretzel humano y caemos de la cama forcejeando.
Aterrizo sobre la cadera con un golpe, grito de dolor y luego clavo a Fred contra el suelo.
Nos reímos. Me río tanto que me cuesta quedarme encima de él.
Volteamos y me propina un puñetazo en el costado.
—Fred, eso ha dolido.
Repite mis palabras con tono burlón. Se ríe y acto seguido se levanta y se limpia el sudor de la frente. Recupero la respiración tumbado bocarriba; debo recordarme que solo nos estábamos divirtiendo, que no pretendía hacerme daño.
—¿Quieres que te dé un besito para que deje de hacer pupa? —dice, revolviéndose el pelo.
—Vete a cagar.
Me levanto del suelo.
—¿Buscamos a Alex para comer? —pregunta.
Subimos dos pisos hasta su dormitorio. Alex abre la puerta con el pelo mojado, las tiras del bikini anudadas en la nuca y un par de pantalones cortos de bañador que le quedan bajos en la cadera y que se sostienen gracias a una cinta elástica blanca y arrugada.
Fred está detrás de mí y se apoya en el pasamanos.
La está mirando, lo sé. Me imagino que se cae por la escalera y disfruto del pensamiento.
Caminamos en un grupo de tres. Alex le hace preguntas a Fred que nos triangulan; le comenta cosas que le he dicho sobre él y así le da la oportunidad a Fred de hablar más sobre ellas.
«Me dijo Vincent que fuisteis juntos al colegio.
Me dijo Vincent que vas a ir a la Universidad de Durham.
Me dijo Vincent que has estado en India.
Me dijo Vincent que meditaste». Fred también le pregunta a Alex: cosas sobre su universidad en Londres, sobre su madre, sobre crecer en la ciudad; todas esas preguntas me hacen sentir invisible, aunque Fred solo se está poniendo al día.
Sé que no se puede ser propietario de una persona, que no puedes impedir que conozca a otra gente, pero creo que quiero hacer eso mismo.
Guardar a Alex en una caja. Intento quitarme esos pensamientos de la cabeza.
Alex y Fred no se convertirán en pareja porque Alex es trans.
Si se entera, Fred no se acostará con ella.
Camino un poco por detrás de ellos porque hacia el centro de Chaweng la acera es estrecha.
Una mujer nos llama para entrar en un restaurante junto a la carretera, con paredes abiertas, techos altos, ventiladores y sillas y mesas de plástico.
Inspeccionamos el menú, que es el mismo que en cualquier otro restaurante turístico de Tailandia.
Nos sentamos y Alex le pregunta a la camarera si la ensalada puede ser poco picante.
—No sabéis cuánto me alegro de estar hablando con amigos —dice Fred.
No sé de qué habla. Alex no es su amiga.
—Me resulta increíble que pasaras diez días sin hablar —comenta Alex, y parece asombrada de verdad, impresionada—. Yo me habría vuelto loca.
—Ya empezaba a notar que el cerebro se me estaba volviendo papilla. Como si me hubiera quedado sin cosas en las que pensar. No te dejaban leer nada. Ni siquiera podías masturbarte.
—Fred, delante de Alex no.
Alex se ríe.
—Pero no te lo podían impedir, ¿no? —pregunta la chica.
—¡Quería seguir las normas! —replica Fred—. Aunque, hacia el final, vi un árbol con un tronco curvo y pensé: guau, qué guapo. —Alex se ríe con ganas. Yo suelto una risita contra la mano—. Era espectacular cuando el viento soplaba y hacía que las ramas se movieran de un modo concreto.
—Para, Fred —le pido.
Ya nos estamos riendo los tres.
—¿Por qué lo hiciste? —pregunta Alex.
—Pensé que sería un buen reto. —Fred sonríe.
Este no es el Fred de la habitación, el que habla sobre agujeros negros y desesperanza.
Este es el Fred de exterior: animado, seguro de sí mismo.
Una parte de mí quiere cabrearse o quiere enfadarse con él, descubrirlo en plena mentira, pero todos mentimos.
Todo lo que he hecho en el último día ha sido mentir.
Si ella lo supiera. Si él lo supiera—. Bueno, en el albergue he hablado con una persona sobre el festival ese de la Half Moon.
—¿De verdad quieres ir? —pregunta Alex.
—Sí. —Fred parece sorprendido—. ¿Vosotros no?
—No estoy segura.
Fred me mira.
—¿No está demasiado visto? —pregunto, como si alguna vez me hubiera importado eso.
—¿Demasiado visto? —Fred arruga el entrecejo y yo me sonrojo—. Estamos aquí. Solo es una noche. Deberíamos ir. —Está suplicando—. Seguro que lo pasaremos muy bien.
—Sí, puede que tengas razón —dice Alex.