VINCENT IX
N o hay ningún motivo para que no podamos seguir como hasta ahora.
Alex y yo nos hemos besado un poco. No hemos cruzado ningún límite.
No tiene por qué enterarse de que yo me he enterado.
Trataré de que me dé asco. Me recordaré que no sirve de nada desear a alguien si nunca voy a intentarlo con esa persona.
Sin embargo, estoy enfadado, porque, de todas las chicas que podría haber conocido en un albergue durante el viaje, ¿por qué me gusta la que es trans?
Alex parecía especial, pero ¿funcionaría siquiera?
Me pasaría la vida teniendo que explicar esa mierda a otras personas.
¿Qué pensarían mis padres? Mamá estallaría.
Papá fingiría no haber oído nada. Me imagino contándoselo en el supermercado mientras da golpecitos a las sandías en busca del timbre correcto de maduración.
¿Papá? ¿Me has oído? «Demasiado madura».
Me quedo en la cama hasta que la mujer del mostrador entra en la habitación. Me grita que me vaya porque no he pagado para salir tarde.
No debemos tomar el tren a Surat Thani hasta dentro de unas horas. Encuentro a Alex en el piso de abajo con su equipaje y ni siquiera tengo que esforzarme en no desearla. Hay una barrera candente alrededor de mi cuerpo.
—Hola —la saludo.
—¿A dónde fuiste anoche? —pregunta con el semblante inquisitivo.
—A la azotea y luego a mi habitación.
—Ah —dice, como si pudiera haber ido a cualquier otra parte—. He ido a un mercado flotante esta mañana. No era tan bonito como el otro. —Le dedico una sonrisa insulsa y asiento, como si no me importara—. Por cierto, te he comprado el billete.
—Ah, guay. —Callo un momento—. Gracias.
Debería preguntarle cuánto le debo, pero no lo hago.
Miro el móvil; nada en particular. No sé cómo sentirme.
Sé que estoy frío, que la estoy castigando por algo.
Por no decírmelo. Por existir. Estoy enfadado y me noto cohibido.
¿Y si la otra gente del albergue lo sabe y nos miran?
Es absurdo cómo cambian estas cosas: ayer era un perro enganchado a su pierna y hoy lo es ella y solo quiero tirarla al mar.
Se sienta a mi lado y me levanto a por un ejemplar de Shantaram de la biblioteca comunal.
—¿ Shantaram? —pregunta.
—¿Sí?
Guardamos silencio; ella juguetea con sus uñas. Me pregunto en qué piensa. ¿Creerá que me estoy comportando raro?
—Deberíamos irnos en unos cuarenta y cinco minutos.
No levanto la mirada de Shantaram , que solo finjo leer.
—Guay.
—¿Va todo bien?
—¿Qué?
—¿Va todo bien? —repite.
—Genial.
Intento captar un deje masculino en su voz, intento ver si parece un hombre; le examino la garganta, la mandíbula.
Cuando ríe, es una risa un tanto grave. Toda esa historia, nuestro pasado, hace que me den ganas de revolverme.
¿Cómo he podido desear eso? No lo deseo.
Nos quedamos en silencio, el tiempo pasa.
Alex pregunta si puede dejarme su equipaje para salir a dar un paseo. Vuelvo a pensar en mis padres.
Nos marchamos cuando regresa y tomamos la línea azul hasta la estación de tren de Hua Lamphong, con las mochilas cargadas al hombro.
Alex deja de intentar entablar conversación, excepto para pedirme con los brazos cruzados el dinero del billete.
De vez en cuando, nos miramos a los ojos, pero es como si nos alejáramos el uno de la otra a tiempo real, eso si hubiéramos estado juntos de algún modo.
Es más bien como separar dos cosas antes de que la cola se haya secado, con indefensos hilos blancos cayendo de los dos trozos de papel.
Una aglomeración de gente espera en el vestíbulo central de la estación de techo curvo. Alex saca los billetes impresos de la riñonera y me da el mío sin decir nada. Comprobamos las pantallas electrónicas y luego buscamos el tren recubierto de acero en su andén.
Tenemos dos asientos, uno frente a otro, con una ventana a la izquierda.
Son verdes grisáceos, de cuero, y blandos; todo el vagón está limpio y es moderno, aunque los billetes han sido baratos.
Hay una litera encima; supongo que es una de nuestras camas.
No sé dónde estará la otra, pero no pueden obligarnos a compartir, ¿verdad?
Examino los menús que tenemos delante, con comida tailandesa; todos cuestan menos de doscientos bats. Alex me está mirando.
—¿Me vas a decir qué te pasa? —pregunta.
El calor me da una bofetada en toda la cara.
—¿A qué te refieres?
Alex pone los ojos en blanco.
—Llevas todo el día raro conmigo. Me dejaste en la cama en mitad de la noche y no volviste y ahora estás muy raro.
—No estoy raro. Solo quería leer y no me encontraba bien. Y no podía dormir en tu habitación.
—¿Ha pasado algo?
—No —contesto e intento sonar sorprendido—. ¿Por qué lo dices?
—Quiero averiguar qué ha pasado.
—No hay nada que averiguar.
Alex apoya los codos en la mesa y resopla a través de los labios.
Mira el andén de la estación a través de la ventana.
Me ha impactado su forma tan directa de abordar el tema, no ha permitido que cueza a fuego lento durante más tiempo.
Es tan sencillo y simple. ¿Qué pasa? Que soy tonto.
No estamos en el albergue. No hace falta ponerme paranoico.
No hay ojos fijos ni en mí ni en Alex, nadie nos evalúa para determinar qué somos, qué soy.
Sé amable. Mantén la distancia, pero con amabilidad. Sé razonable.
—Creo que liarnos fue un error —dice Alex, con los ojos fijos en mí y las cejas arqueadas con vacilación. No digo nada durante un rato—. Siento haberte invitado a mi habitación. Es culpa mía.
—No pasa nada. Quiero decir, no hace falta que te disculpes. Pero, como vamos a reunirnos con Fred, tiene sentido que no nos enrollemos.
—Ya —dice con placidez, con la mirada de nuevo en la ventana—. Tienes razón.
—Vale.
Se me cae el alma a los pies y el arrepentimiento me engulle entero, lo que me sorprende, porque Alex me está dando lo que quiero. Si es así como debería ser nuestra relación, ¿por qué quiero agarrarla de la mano? Respiro hondo. Estos sentimientos desaparecerán.
El tren sale de la estación y, al cabo de un rato, las cosas entre nosotros empiezan a regresar a la normalidad, aunque dicha normalidad está a un paso por detrás de donde lo dejamos ayer y se centra con firmeza en la conversación y las risas.
Hablamos y hablamos. «¿Qué? ¿Nunca has visto O.
C.? De joven, habría muerto por ser Marissa Cooper.
Cuando me enfadaba con mi madre, le gritaba que ojalá hubiera nacido en California».
A veces creo que las buenas conversaciones son como esos robotitos que limpian el suelo, las roombas.
Chocan contra algo y cambian de forma espontánea de dirección sin un destino a la vista.
—¿Qué clase de abogado quieres ser? —pregunta Alex.
—No tengo ni idea. Aunque siempre me ha parecido guay trabajar con patentes y esas cosas.
Eso da pie a un largo sermón sobre capitalismo. Alex me cuenta que hizo una sentada con unos amigos delante de la bolsa de Londres para el Occupy London.
—Una persona hizo una pancarta que decía: «Rosa Parks murió por esto».
Me echo a reír, aliviado por saber quién es Rosa Parks.
—¿Por qué fuiste a las protestas? —le pregunto. Alex se queda boquiabierta, pero es fingido.
—Porque me preocupo, Vincent.
Yo nunca he estado en una protesta. No sé si tengo opiniones, y menos buenas.
Si alguien insiste, puedo expresar mi visión, pero no me paso el día pensando en el mundo.
Estaría bien ser alguien que sí que piensa en eso, ser un poco más como Alex.
Fred piensa en el mundo. Lee mucho y en las conversaciones, cuando menos te lo esperas, suelta alguna cita, a veces de un modo que me hace sentir tonto.
«Las fiestas grandes son muy íntimas. No hay privacidad en las pequeñas. ¿Qué pasa, no has leído Gatsby ?».
Pedimos la cena y, mientras comemos, le hablo de la comida que tomábamos en Hong Kong. Ahoga un grito cuando menciono los intestinos de cerdo.
—Solo es casquería —digo, aunque en verdad quería impresionarla—. Pensaba que te gustaba comer.
—¡Y me gusta! Pero no puedo con ciertas partes. Como la lengua.
Finge vomitar.
—¡La lengua está buena!
—Es como enrollarse con una vaca muerta. Es bestialismo y necrofilia todo junto.
Los sentimientos desaparecerán. Es agradable volver a hablar con ella.
Cuando se llevan la comida, los azafatos llenan el vagón para doblar y aplanar los asientos y formar una litera inferior.
El vagón se queda en silencio; observo la parte de abajo de la cama de Alex.
Es una intimidad extraña, el estar tumbado de esta forma debajo de otra persona.
No puedo evitar dibujar el contorno de su espalda, de sus caderas y sus piernas a partir del recuerdo de la noche anterior.
No apagan las luces del tren, así que me encojo en la sombra que da la litera de Alex.
Ralentizo mi respiración y me imagino que respiramos al compás, aunque ¿cómo podría saberlo?
Quiero preguntarle si está bien, si puede dormir con las luces encendidas, pero no lo hago.
Me quedo dormido, abrazado a la mochila y pensando en Alex.
Por la mañana, las piernas pálidas de Alex bajan por la escalera y la cremallera de su riñonera choca contra el metal.
Se sienta en el otro extremo de mi cama mientras esperamos a descender del tren.
No dejo de mirar mi mochila para asegurarme de no haber perdido el pasaporte, la cartera o el móvil.
En el minibús dormimos un poco y luego, en el ferri de tres pisos, Alex se recuesta en mi hombro y yo apoyo la mejilla en su cabeza.
Me froto los ojos cuando nos acercamos a Koh Samuir. El mar es de un azul cristalino imposible, brillante, saturado y lleno de contrastes. Alex bosteza y mira por la ventanilla. Es como si compartiéramos este momento. ¿Es una tontería?