VIII #3
—Pienso que lo soportaré. Uf, qué cobarde soy. ¿Sabes cómo algunas personas siempre te hacen sentir pequeña? Y no es ni siquiera culpa suya, soy yo, que me siento atrapada. O atrofiada. O algo.
—«Ay, Dios, Max. Es muy guay que ahora seas una chica porque no te podríamos haber incluido en la boda si fueras un chico» —digo.
—«Ay, Dios, Simone. Antes eras un putón tragapollas, ¿y ahora no puedes ponerte el dichoso vestido y cerrar la puta boca?». —Nos reímos. Noto el efecto del vino—. Creo que Eva está saliendo con otra persona.
—¿En serio?
—Sí, y es justo. Ha pasado mucho tiempo. Pero siempre duele, ¿verdad?
—Nunca dejará de doler.
Me acuerdo de aquella chica en la presentación del libro, la que se sentó a mi lado cuando Arthur leyó su poema.
Un par de días más tarde, cuando no tenía a Vincent cerca, me sentí inferior.
Tuve que recurrir a todas mis fuerzas para no investigar, para no buscar cosas sobre ella, para no enterarme de si era mejor que yo ni para encontrar formas de demostrar que no lo era.
Todo era un ejercicio para probar que no soy digna.
—Lo siento. Ese sentimiento es horrible.
—¿A veces no tienes la sensación de que te vas a quedar atrás? De que acabarás siendo una chica acabada y soltera que solo sale de fiesta.
—Simone. —La rodeo con un brazo—. Todo el tiempo, literalmente. Pero ya casi ni salimos de fiesta.
—¿Eso no es peor?
—Pero tú eres muy interesante. Y encima eres una mujer de éxito.
—Cierto, al menos tengo eso. —Me abraza—. Siento lo del fuego.
Respiro hondo.
—Parecía un interrogatorio.
—Michelle, agente de policía.
Me río.
—Ha sido rarísimo. Hace poco se lo conté a Vincent. Estábamos en casa de mis padres. Me da la sensación de que es algo extraño que cuelga sobre mí. Como si no se acabara nunca.
—Algunas cosas nunca se acaban.
—Ya.
Llega el taxi. Serpentea por el tráfico antes de dejarnos delante de la galería. Al entrar tomamos una copa de vino blanco cada una y nos situamos delante del primer cuadro.
Es un desnudo colgado en la pared, de una mujer trans pintada en azul con las piernas abiertas y los genitales expuestos.
Me resulta familiar. A lo mejor la veré en la pequeña multitud de la galería.
Simone pasa al siguiente cuadro, pero yo no puedo evitar quedarme junto a la entrada, cerca de la gran ventana que hay al lado de la puerta, para observar a los mirones de la calle.
La galería está situada en las cercanías de una parada de autobús.
Veo pasar a una pareja, la mujer está distraída, mientras que el rostro del hombre muestra una alarma repentina.
Tira de la mujer y retroceden unos pasos para mirar ojipláticos el cuerpo.
Cuando veo que un par de adolescentes se fijan en el retrato, me doy la vuelta. No quiero ver su reacción.
—¡Max! —grita Carla y sube las escaleras desde el baño. Lleva un vestido negro ceñido con la cintura baja—. ¡Has venido!
Nos besamos en la mejilla. Dos veces, por supuesto.
—Muchas gracias por invitarme. He traído a Simone. Estábamos probándonos los vestidos de damas de honor.
Carla se ríe.
—Qué loca estás. Siempre haces cosas rarísimas.
Sí, supongo que eso es raro.
—Enhorabuena —le digo—. Los cuadros son preciosos.
—Gracias, cariño. Menudo estrés en el último momento. Querían que cambiara de sitio ese de la puerta. Que lo reemplazara con uno de los cuadros de culos.
—A mí me gusta ese. Es valiente.
—¿Valiente? —Arquea las cejas—. No es valiente. Es un cuerpo.
—Eh…
—¡Hola! —saluda Simone.
—Hola, cariño.
—Enhorabuena. Los cuadros son preciosos.
—Gracias, cariño.
Carla nos deja. Nos adentramos en la galería y atravesamos una sala llena de gente que admira cuerpos desnudos pintados en un azul triste o en tonos verdosos.
En cuclillas, doblados, mirando un espejo y examinando.
Hay un mundo de diferencia entre fuera y dentro.
Muchas de las personas que están aquí también fueron a casa de Caspar, aunque a él no lo veo.
A lo mejor se ha enfadado con Carla. Cuesta seguir el ritmo a estas cosas.
El último cuadro es el más pequeño. Un retrato lleno de detalles de una mujer enroscada en la cama en un rincón de una habitación. Creo que tiene el tamaño de una manzana o una mandarina. Doblamos las rodillas para inclinarnos hacia esa habitación minúscula dentro de esta habitación.
—¿Qué crees que está haciendo? —pregunto.
—Escribir en su diario, dormir. —Simone suspira—. Aguardar el dulce abrazo de la muerte.
Nos erguimos para salir de la habitación.
—Creo que debería empezar a escribir de nuevo.
—¿Mmm?
—En plan serio. Este año solo he escrito un par de poemas.
No es que quiera ser productiva. Esto no va de perder el tiempo, sino de que la vida se ha acumulado a mis pies: mucha felicidad, pero también vergüenza. No sé si la forma de salir del dolor es atravesarlo a nado, pero tampoco sé si tengo otro modo de encontrarle sentido.
—¿Y por qué ahora? —pregunta Simone.
—No lo sé.
Nos trasladamos al borde del vestíbulo, con las copas vacías en la mano para rellenarlas.
—Me gusta escribir, ¿no?
—Antes te gustaba. Podrías centrarte en hacerlo para ti misma.
—Eso puede ser duro.
—No lo es.
—¿No?
—Yo lo hago todo por mí .