VIII
–¡ E stás muy guapa, Max! —grita Emily.
Estoy de pie en un pequeño podio en un probador y me enfrento, por lo menos, a una decena de espejos que sobran.
Emily (una chica blanca con el pelo moreno y secado de tal forma que le dé volumen) y Michelle (una chica china de Hong Kong con un bolso de Chanel) parecen Barbies un tanto diversas con copas de champán.
Simone está sentada entre las dos en el sofá de satén, apoyada en el hombro de Michelle.
Es como una alucinación provocada por la ansiedad.
Miro mi reflejo, los tirantes finos, el escote en forma de corazón, el corpiño apretado, la falda que cuelga suelta de mis caderas.
Cuánto rosa empolvado. ¿Por qué los vestidos de las damas de honor son siempre de este color?
O de ese verde salvia tan horrible, para que parezcamos flores o tallos, para recordar al mundo que somos delicadas, listas para que unas manos ásperas y masculinas nos arranquen del suelo.
—¿Me hace barriga? —pregunto.
—Todo el mundo tiene barriga —contesta Simone.
—Pero ¿se me nota?
—La verdad es que pareces minúscula —comenta Michelle. Simone se ríe por lo bajo.
—Gracias, Michelle.
Michelle ha venido en avión desde Hong Kong, de camino a la despedida de soltera de Emily en Las Vegas.
Es rica, rica nivel Hong Kong. Debido a su educación, o quizás a su riqueza, Michelle lleva un retraso de al menos una década en política liberal.
Cuando conté que era gay, me dijo que podíamos ir de compras.
Cuando conté que era trans, también me dijo que podíamos ir de compras.
Entiende que el racismo casual no está bien, pero todavía dice abiertamente, como mujer china, que no le atraen los hombres asiáticos.
Simone y yo llevábamos un par de años sin verla.
No sé cuándo fue la última vez que las cuatro nos juntamos.
Estas son las mujeres a las que, como joven gay con instinto de supervivencia, me aferré en el instituto.
Siempre he mantenido cierta distancia con todo el mundo, menos con Simone; me he ocultado y, aunque también me oculté de Simone, al menos teníamos eso en común.
Emily sube al podio y mete el dedo en la espalda de mi vestido para tirar de él. La modista se le acerca.
—Es perfecto, ¿no? —pregunta Emily a la mujer.
—Sí, muy bonito.
—Bueno, pues esperemos que no cambie nada.
Con eso se refiere a mí. El vestido no se encogerá a modo de protesta por la unión heterosexual, por muy camp que sea. Me siento, y la mujer saca el vestido de Simone. Mi amiga se levanta y lo sostiene por la percha. Capto el temor en su rostro. Se me cae el alma a los pies.
—Vas a estar espectacular —dice Emily.
Simone desaparece en el probador.
—¿Tus padres siguen en Escocia? —me pregunta Michelle.
—Sí, están bien. Siguen en Edimburgo.
—¿Y los de Simone?
—En Phuket.
—Qué triste que todo el mundo se haya ido de Hong Kong.
—¿Qué tal está la tía Yvonne?
La madre de Michelle era terrorífica. Era una mujer severa que se pasaba el día sentada junto a una mesa y comía litchis y bebía vino caro. Cuesta imaginar que el cáncer la afectara, que no asustara a las células aberrantes hasta que acataran su voluntad.
—Se acaba de hacer el chequeo anual. Todo bien.
—Me alegro mucho.
—¿Y qué tal el tío Peter? —me pregunta Emily al sentarse con nosotras.
A mis amigas siempre les ha caído bien mi padre, una versión mucho más blanda que los suyos. Sienten una lástima colectiva por él. Todas saben lo del alcoholismo, aunque no sé si alguna vez se fijaron en lo que pasaba.
—Está bien. Igual que mi madre.
—Mi madre dejó de beber hace poco —comenta Emily.
—¿Sí?
—La cosa empeoró después de la separación. Dios, ¿te he contado que va a llevar un vestido de novia a la boda?
—¿Qué?
—Es de locos —dice Michelle—. Enséñale la foto.
Emily me muestra una foto de su madre, Julie, en lo que es, sin duda alguna, un vestido de novia.
—Dice que no es un vestido de novia porque es de color crema —explica Emily—. ¡Pero mira el encaje!
—¿No puedes decirle que no lo lleve?
—Nos ha dado dinero para la boda.
Simone sale de detrás de la cortina. Michelle y Emily la vitorean.
Yo no puedo. Sé que lo odia. El satén largo, hasta el suelo; la espalda desnuda en contraste con el cuello alto.
Parece muy insegura; se da la vuelta despacio, como una bailar ina rota en una caja de música.
Emily y la mujer de la tienda se sitúan detrás de ella.
—Hay que entrarlo un poco —comenta Emily. La mujer tira, dobla y clava un alfiler. Veo que Simone se estremece cuando la tela se le pega más al pecho y a la cintura—. Te gusta, ¿verdad? Me ha parecido un poco más masculino comparado con el de Michelle.
—¿Por el cuello alto?
Emily, validada, sonríe.
—¡Sí, exacto!
¿Cree que las mujeres queer se avergüenzan de sus esternones?
Recuerdo a Simone en nuestra fiesta de graduación, con un vestido largo y rojo, en brazos del capitán del equipo de rugby .
También recuerdo los celos que sentí de querer ser tan hermosa como ella, de que un hombre como ese me deseara e incluso me amara.
Es curioso que, para algunas, el sueño consista en ser una mujer hermosa en un vestido precioso que hombres guapos quieran tirarse y, para otras, es como el infierno.
A veces incluso es las dos cosas a la vez.
—¿Te sientes bien? —pregunta Emily.
—Ya hacía tiempo que no me ponía vestido —contesta Simone y se pasa las manos por las caderas.
—¿Te acuerdas de lo que te ponías para ir a la discoteca Dragon-I? —Michelle se ríe y me mira para que la valide. Finjo no darme cuenta.
—Era adolescente.
—¿No te gusta? —Emily ladea la cabeza.
—No —dice Simone—, está bien. Pero pensaba que sería…
—¿Te molesta mucho? Si te molesta, podemos mirar otra cosa, pero pensaba que…
—No, no. No pasa nada. Es bonito.
—¿Estás segura?
—Sí. No quiero montar un pollo por esto. Solo me resulta raro. No recuerdo la última vez que me puse un vestido. Es bonito.
Simone parece encogida, un poco marchita. Como una pasa triste y queer. Emily se gira hacia Michelle y hacia mí.
—¿Podéis colocaros juntas?
Nos ponemos codo con codo. Emily saca unas cuantas fotos y luego le pasa el móvil a la costurera, que saca unas cuantas más. Le doy un apretón a Simone en el muslo y, cuando nos separamos, otro.
Lo celebramos (aunque con discreción, por el vuelo temprano que deben tomar Emily y Michelle) en un restaurante chino de St. James.
Los camareros no nos permiten pedir vino sin el sumiller.
Sé que esta cena saldrá escandalosamente cara e intento tranquilizarme.
Emily ha pagado los vestidos. Michelle y Emily viven en el extranjero.
No vas a ir a la despedida de soltera. Puedes pagar un pato a la pekinesa de tres cifras.
Un hombre con un sombrero alto de chef corta la cáscara marrón crujiente del pájaro.
Tengo un dolor de cabeza incipiente. Debe de ser por beber durante el día.
Envolvemos los trocitos de carne en tortitas minúsculas.
—¡Mmm! —dice Emily—. Se me había olvidado preguntarte por tu hermano.
—Jamie está bien. Creo que va a tener un bebé.
—¡¿Qué?!
Michelle y Emily relucen con anhelo maternal.
—Es un lío.
Simone traga un trozo grande de pato.
—Dejó embarazada a su exnovia y lo va a tener —explica—. Cuánto se va a implicar Jamie todavía está por ver.
—¿Crees que será buen padre? —pregunta Emily.
—Eh… —La verdad es que no me he planteado esa pregunta, al menos no en esos términos—. No quiero echar mierda a mi hermano ni nada, pero no lo sé.
—Ah.
Emily parece decepcionada.
—Dios —interviene Michelle—, ¿os acordáis de cuando Jamie le dio una paliza a Tom Stacey por meterse contigo?
—Pues claro que recuerdo que Jamie le dio una paliza a Tom Stacey por meterse conmigo.
¿Cómo podría olvidarlo? Fue bastante gordo.
Llamaron a nuestros padres. A Jamie no le pasó nada porque había terminado los exámenes y se iba a la universidad.
Nadie volvió a tocarme. Jamie era protector, pero creo que también quería pegarle a alguien.
Por aquella época había mucha mala energía.
Papá todavía bebía. Padecimos el pánico constante de Jamie al fracaso, mientras todas las personas al otro lado de las cuatro paredes de nuestra casa creían que estaba bien.
Con él siempre ha sido así: sus inseguridades eran una herramienta para aporrear a los demás.
—Tom Stacey estaba buenísimo —comenta Emily mientras se come un diente de ajo entero—. Pero ya no lo está.
—Lo he visto —contesta Simone—. Qué triste.
Emily suspira con una contrición que le pesa.
—La treintena afecta mucho a los hombres.
Simple, pero cierto. La belleza, al igual que la línea del pelo, retrocede.
—Hace poco visité Lamma y me acordé de ti —me dice Michelle.
—¿Os acordáis de cuando íbamos a la playa? —interviene Emily—. La de la central eléctrica. ¿Creéis que era seguro?
—No sé si quiero saberlo —contesta Simone.
—Con el puestecito de pollo frito —añade Emily.
—Sigue allí, ¿sabes? —dice Michelle mientras me sirve más verduras en el plato.
Ese fue el primer sitio donde mi familia y yo comimos mientras arrastrábamos las maletas desde el ferri hasta nuestra nueva casa.
Yo tenía once años. Resulta raro oírlas hablar sobre aquello con nostalgia.
Emily, que vivía en Deep Water Bay, en la isla de Hong Kong con una playa propia bonita, siempre se quejaba de tener que venir a Lamma.
Todas se quejaban de venir a Lamma. Por cómo lo decían, parecía una peregrinación.
Simone insistía en quedarse, como si esa fuera la única forma de justificar el viaje.
Solo era un trayecto de veinte minutos en ferri desde el muelle de Central.
—Maxy, por cómo le va a tu padre ahora mismo, ¿crees que podría ponerlo en contacto con mi madre? Por el tema de la abstinencia.
—Sí, claro. No creo que le parezca mal.
No sé qué le parecerá.
—¿Cuándo dejó de beber? —pregunta Michelle.
—Después del fuego —responden Emily y Simone.