MAX VII #6
El breve momento de calma desaparece. Se me acelera el pulso.
—¿De qué?
—Quiero irme de mi piso. Me quedé a vivir ahí por las prisas y no me parece un buen sitio, y menos con todo lo que está pasando.
Se calla.
—¿Quieres…?
—¿Podría quedarme contigo cuando se acabe el contrato de alquiler? Solo hasta que todo lo de mi padre mejore.
Respiro hondo, dando gracias de que no sea nada más grave. De que estemos bien.
—Sí. Sí, claro.
Cuando se le acabe el contrato, llevaremos juntos cinco meses.
Qué pronto. Qué arriesgado. Pero su padre está enfermo.
Siempre tiene lío en el trabajo. Agradezco que me lo haya preguntado, que quiera venirse a mi casa.
No es como si no lo hubiera pensado ni rumiado al saber que se le acababa el contrato, pero me preocupaba extenderme demasiado hacia él.
—Ya haremos planes cuando vuelvas —le digo.
Cambiamos de postura y primero me abraza y luego empieza a besarme el cuello. Follamos sin quitarme la camiseta, pero me toca de todos modos. Al terminar, me acurruco contra él; solo está encendida la lamparita de noche de mi lado.
—Ya he visto a qué te referías con lo de Jamie y tu padre.
—Ya. Están así desde Lamma.
—Siempre lo dices con un tono muy siniestro.
—Lamma —repito con voz ronca. Vincent se ríe.
—Lamma. ¿Qué ocurrió allí?
—Mi padre le prendió fuego a una alfombra.
—¿Una alfombra?
—Estaba borracho y se quedó dormido con un cigarrillo en la mano. Bajé a por agua y lo vi.
—¿Y qué pasó?
—Apagué el fuego con un cojín.
—Dios mío —dice. Noto que levanta el torso—. ¿Cómo de grande era el fuego?
—No sé. —Me masajeo la frente con la mano—. Pasó muy rápido. Fue una locura.
—¿Y si hubieras estado dormida?
—Pero no lo estaba.
Cierro los ojos.
—¿Dónde estaba tu madre?
—Trabajando, claro. Era fin de semana.
—¿Y tu padre se despertó?
—Sí. Yo lloraba y gritaba. Aunque ya estaba apagado y mi padre despierto, no podía dejar de sacudirlo. No sé por qué. Me miró como un muerto, con una mirada muy vacía.
—¿Y qué hizo?
—Cambió la alfombra por otra que teníamos guardada y le dijo a mamá que creía que quedaba mejor. —Suspiro. Vincent me agarra con fuerza del brazo. No sé si sabe que lo está haciendo—. No entiendo por qué, pero le pareció bien. Ni siquiera se fijó en que faltaba un cojín.
—Vale. Pero me refería a que si le entró el pánico.
—Creo que estaba en shock.
—¿Y tú estabas bien?
—Tenía quince años.
—Pero ¿estabas bien?
—Sí.
—¿Y Jamie…?
—Lo mantuve en secreto hasta que Jamie regresó de la universidad. No debería habérselo contado. Se le fue la pinza, no podía perdonarle a papá que me hubiera puesto en peligro, no dejaba de ponerse en lo peor.
—Pero ¿era cierto?
—Me desperté. —Otro suspiro—. En fin, después de eso, Jamie estalló delante de papá.
—¿Y luego?
Me aparto un poco del abrazo de Vincent y, con amabilidad, me guía para que retuerza el cuerpo y me ponga cara a cara con él.
—Mi madre se enfadó mucho con Jamie por no respetar mi confianza. Aunque en aquella época no le vi el sentido, salta a la vista que quería eludir la cuestión. Luego mis padres se encerraron en su dormitorio a hablar.
—¿Y qué le dijo tu madre a tu padre?
—A saber.
—Pero funcionó, ¿verdad?
Me acaricia la mejilla con un dedo.
—No sé. Verás, Jamie no es una persona sana.
Siempre está lleno de pánico. Sus estallidos eran pesadillas para los demás.
Siempre odió a mi padre. Cuando mi madre no estaba, maldecía las botellas vacías que se acumulaban por toda la casa.
Pero también se mostraba muy protector conmigo, así que, cuando creyó que mi padre me había puesto en peligro, eso le dio una razón para no perdonarlo jamás.
—¿Y tú?
—¿Qué?
—¿Tú lo perdonaste?
Bajo la mirada hacia su pecho. Vincent me besa en la frente.
—Creo que no es cuestión de perdonar. Me siento mal por decirlo, pero creo que mi padre me caía mejor borracho.
—¿Mmm?
—Cuando dejó de beber, fue como si no pudiera estar cerca de mí. Sentí que ya no podíamos hablar, que me había convertido en un enigma para él.
—¿No estuvo más presente?
—Supongo, sí. Pero no del todo. —Respiro hondo—. Antes de que dejara de beber, nos tapábamos con una manta en el sofá para ver pelis. Era muy cariñoso, del modo que deberían ser todos los padres y no lo son.
—Ya, el mío no lo fue.
—Dios, lo siento mucho. —Me limpio una lágrima del ojo que no sabía que estaba ahí—. No dejo de hablar sobre mis movidas…
—A mí no me apetece hablar sobre las mías ahora mismo.
Me doy la vuelta para acurrucarme contra él.
—A ver, sí que se volvió más funcional. Mil millones de veces más funcional. Y fue a terapia. Y a Alcohólicos Anónimos. Y, en vez de aislarse en casa, iba a ver a mi madre a la terraza del centro comercial IFC en Central. Siempre ha cocinado y limpiado y lo organizaba todo mientras mamá trabajaba…
—¿Pero?
—Siento que lo he perdido.
—¿De verdad?
—Sé que me echa la culpa por contárselo a Jamie. Por todo.
—¿Estás segura? Eras una cría.
—Es algo que noto y ya está. No creo que él lo admita nunca. Pero lo sé.
Vincent me aprieta el brazo .