Decepcióname MAX VII #5
39%

MAX VII #5

Papá sonríe hacia el suelo y asiente. Tras poner el lavavajillas, regresamos a la otra sala en fila.

Sentada entre Vincent y Simone, intercambio sonrisas con Jamie.

Un bebé va a salir volando de Maria, una mujer que hace unos meses no sabía si era real.

Tengo más preguntas para Jamie. ¿Por qué no me lo contaste a mí antes que a papá y a mamá?

¿Esto va a funcionar de verdad? Pero no parece el momento.

—La tita Max —dice Simone.

La habitación se queda en silencio; todo el mundo presta atención, como si Simone me hubiera hecho una pregunta.

—Una transtita.

—¿Una qué? —pregunta mamá.

—Una tía trans. Como el tío gay pero para mujeres trans.

Simone se ríe, lo que permite a mamá reírse; papá también se ríe tapándose la boca con el vaso de agua. Miro a Vincent, que se remueve un poco y luce una sonrisa incómoda.

—Pero ¿cómo te sientes? —pregunta Jamie.

—¿Que cómo me siento?

—Al saber que serás tía.

Quiere saberlo de verdad. No me gusta su tono. Es un poco inquisitivo, como si fuera un auténtico misterio saber si esto es algo positivo para mí. ¿Acaso mi familia cree que, fuera de la privacidad de mi propio cerebro, iba a centrar toda la situación en mí?

—Es algo especial —contesto—. Estoy contenta por ti, pero también emocionada por pasar tiempo con tu bebé.

Jamie se levanta de la silla y me abraza.

El abrazo dura más de lo necesario. ¿Dudaba de que me fuera a sentir bien por él?

Una reunión familiar no parece el lugar más adecuado para preguntárselo, aunque Jamie pensara de verdad que iba a considerar su bebé como algo horrible.

Vuelvo a sentarme. Vincent apoya una mano sobre mi rodilla y yo descanso la cabeza sobre el hombro de Simone, que juguetea con mi cabello.

Me siento el centro de todo otra vez. ¿Todo el mundo habla sobre que no puedo tener bebés?

¿Tan grande es el tabú? Quiero recibir estas pequeñas muestras de afecto, pero a veces no son muy distintas de cuando veo que me sonríe alguien con una placa de identificación arcoíris. Idos a la mierda.

—¿Alguien quiere más vino? —pregunta mamá.

Nadie quiere y la decepción aparece y desaparece de su rostro. No puede beber a menudo. Me levanto para recoger las copas. Vincent me ayuda sin que se lo pida. En la cocina, me abraza con fuerza por la espalda.

Más tarde, en mi cuarto, Vincent deshace su maleta mientras yo me quedo tumbada en la cama. Recorro con la mirada los bordes irregulares de una fina grieta en el techo que emana desde la lámpara y desaparece a mitad de camino hacia la pared.

—¿Cómo te sientes? —me pregunta, dándome la espalda. Traslada las cosas de la maleta al armario.

—No sé si va a funcionar. Jamie es muy disfuncional.

—¿Lo es?

—No tiene tiempo para ser padre. Ni siquiera tuvo tiempo para una relación.

Vincent se sienta en el asiento de la ventana.

—¿Por qué rompieron?

—Dijo que Maria quería demasiado de él. Y que él no tenía mucho que dar entre Maria y el trabajo.

—Y cree que un niño es…

—Lo sé. Cada día doy las gracias de que sea mi hermano y no mi novio.

—Qué asco, Max. —Nos reímos. Vincent se pone una camiseta—. Pero te preguntaba cómo te sentías tú.

—¿Sobre qué? —pregunto, aunque sé a dónde quiere ir.

—Sobre el bebé.

No creo que haga falta que se lo deletree ni que diga nada, porque sé que, si se parara a examinar las pruebas, y después del día que acabamos de tener, sabría exactamente cómo me siento.

Pero quizás sea mucho pedir y quizás a veces la vida exija que deletreemos las cosas a otras personas y no es culpa de nadie.

—Es un poco abrumador —contesto. Lo es. Igual que la presunción de que las cosas son duras para mí, hasta el punto de que cuesta admitir que lo son—. Pensaba que había alcanzado un punto en el que apenas pensaba que era trans, en el que eso no formaba parte de mi día a día, pero ahora…

—¿Qué ha cambiado?

—Ha sido este año. Estar en una nueva relación. —Suspiro—. Y la edad. Siento que la gente se está graduando en cosas que no están hechas para mí. Quiero que la vida sea fácil. Y cuando me dijiste que tu madre estaría bien…

Se me quiebra la voz. Vincent se ha levantado. Deja caer los brazos a los costados. ¿Por qué está así? Parece un lápiz.

—Pero es lo que pasa, ¿no? Si tu madre no fuera así de sinóloga…

—Resoplo una carcajada y me limpio las lágrimas de los ojos—.

Ya, pero, si no lo fuera, si solo fuera una mujer blanca y pija y un día trajeras a un chico asiático, seguro que al principio se comportarían de forma rara.

—Se lleva las manos a las caderas—. Solo digo que le pasa a mucha gente.

—No es lo mismo.

—Pero sí que lo es, un poco. No lo digo para menospreciarte, sino para que te sientas menos sola. A veces creemos que estamos fuera de todo y no pasa nada si nos sentimos como una mierda.

Suelto un largo y sonoro suspiro por la nariz.

Parece que hemos compartido demasiado y tengo miedo.

Lo que quiero decir es que para él todo sería más fácil si no estuviera saliendo conmigo, en especial en una época de crisis, cuando su familia lo necesita.

Pero no puedo decirlo. No quiero que se dé cuenta de que es verdad.

Me digo que debo dejar de centrarlo todo en mí.

Debo dejar de meterme en las arterias rotas del corazón de su padre.

—Tienes razón, lo siento.

—No pasa nada —contesta con un hilillo de voz.

Nos callamos, mirándonos. Durante un instante, parece que ninguno se va a mover, que ninguno se moverá jamás, pero entonces él se inclina ligeramente y yo levanto el edredón para que se meta en la cama.

Y lo abrazo, le rodeo el cuerpo con los brazos, porque quiero disculparme sin volver a decir «lo siento», porque no quiero que se aleje tanto.

Nuestras respiraciones se sincronizan y exhalo el dolor de los folletos y del tren.

Al cabo de un rato, se mueve, sin dejar de darme la espalda, y encorva más el cuerpo.

—Tengo que hablar contigo sobre una cosa.