MAX VII #4
—Ojalá pudiera sacármelo de dentro. —Me imagino a Simone sosteniendo su corazón en las manos y escurriendo ese sentimiento como el agua de un trapo—. Pero Eva era muy aburrida, ¿verdad?
—Muchísimo.
—Aunque fuéramos amigas…
—¿Quieres ser su amiga? O sea, no es raro ser amiga de tu ex. En nuestro círculo.
—Solo porque la gente queer lo haga no significa que esté bien. —Termino de llenar los cuencos. Simone espolvorea el perejil—. ¿Y si no soporto las cosas aburridas? Porque la vida es aburrida, ¿no?
—Eva no era aburrida pero guay, solo te aburrías de hablar con ella.
—Hablaba mucho sobre Crocs.
—Me da la sensación que de hablamos mucho sobre lo mucho que Eva hablaba sobre Crocs.
Simone suspira.
—Pero me enamoré una temporada. Eso fue bueno. Teníamos conversaciones bonitas. No siempre fue así de aburrida.
—Eso es interesante.
—¿El qué?
—Que pienses excusas sobre por qué dejaste de estar enamorada.
—Mmm, ya. —Simone se lava las manos y llevamos los cuencos a la otra habitación—. ¡Ya está la cena!
—Maxine —dice mamá, con Vincent sentado a su lado en el sofá—. Deberías haber dejado que Simone descansara.
—No he trabajado mucho. Ha llamado Emily.
—¿Qué tal está? ¿Todavía permite que los hombres la traten fatal? —resopla con crueldad.
La mesa está puesta con la cubertería de plata elegante que guardamos en el salón.
Habrá sido cosa de papá. Es muy amable por su parte y me siento un poco mal, porque a lo mejor quería ser útil pero no consideraba que pudiera estar con Simone y conmigo.
Mamá llama a Jamie, pero, al llegar, se queda de pie junto a la mesa y nos observa con intensidad.
Simone y yo intercambiamos una mirada. Va a comunicar algo.
—Tengo algo que anunciar —dice y respira hondo—. Maria y yo estamos embarazados.
Me quedo boquiabierta y, sin que diga ni una palabra más, sé los hechos.
Un embarazo por accidente. Lo descubrieron después de romper.
Maria se quedará con el bebé y Jamie será padre.
Hoy no necesito más conversaciones sobre bebés.
Gruño. Una migraña indescriptible y arrasadora se apodera de la parte izquierda de mi cerebro.
La bilis me sube por la garganta. La habitación se queda en silencio durante tanto rato que puedo volver a prestar atención.
Papá tuerce el gesto. Ninguno de nosotros ha conocido a Maria, aunque estuvieron juntos más de un año.
—¿Maria? —pregunta mamá.
—Sí —responde Jamie.
—Rompisteis hace dos meses. ¿Habéis vuelto?
Jamie parece desconcertado, como si esperara champán y cañones de confeti.
—No. Pero está embarazada. Se quedó embarazada mientras estábamos juntos.
—¿Intentabais tener un hijo? —pregunta Simone.
—No, pero seguíamos los ciclos naturales.
Simone ladea la cabeza hacia mí y arquea la ceja un micromilímetro. «Ajá». Enseguida todo el mundo tiene la información necesaria. Están al día. Volvemos a guardar silencio. Jamie se agarra un puño con la otra mano.
—¿Vais a volver? —pregunta mamá.
Jamie parece molesto. Echo un vistazo a la pasta en los platos de los demás. Se está enfriando.
—No, no vamos a volver.
—Eso es genial —dice papá con una sonrisa bobalicona.
—Pero, Jamie, ¿cómo…?
—Se llama crianza compartida, mamá.
El escepticismo de mi madre atrae el veneno de los colmillos de Jamie. La tensión es extraña e insoportable.
—Cada vez más gente opta por soluciones no alternativas —interviene Simone.
—Sin duda —añade Vincent—. ¿Habéis leído Detransition, Ba… ?
Empiezo a aplaudir, porque creo que es lo que Jamie necesita y de repente me puede la emoción, no por celos, sino porque el anuncio de Jamie ha partido el techo que me separaba de todo el peso del día de hoy, de Vincent contándoselo a su familia, de que soy una mujer infértil.
Un bebé en la familia. ¿Mi sonrisa es rara?
Me cae una lágrima por la mejilla. Los demás aplauden.
Me levanto para abrazar a Jamie y luego noto otra lágrima; miro a mi madre y también está llorando.
No sé si de felicidad, de tristeza o de estrés.
Simone apoya los dedos de una mano en la palma de la otra, como si acabara de aplaudir, con la forma de un tulipán.
No hay ninguna lágrima en su rostro, pero ¿por qué debería haberlas?
Miro a Vincent, que me observa con una gran sonrisa y ojos más grandes aún.
—¿Tenemos champán o algo? —pregunto.
Mamá sale de la habitación y regresa con una botella.
La abre y empieza a servir una copa para todo el mundo menos para mi padre.
¿La comida se va a enfriar? Deberíamos empezar a comer.
Mamá regresa a la cocina para sacar una botella de kombucha para papá.
Estamos todos de pie, juntamos las copas y no puedo evitar mirar a papá.
La kombucha parece un castigo, a excepción del microbioma intestinal.
A veces parece solo y esa soledad no se percibe en lo que dice, sino en los pequeños movimientos.
La muñeca débil cuando junta el vaso con el torbellino de copas entrechocando, la espalda encorvada al caminar, la lentitud al levantarse y sentarse en la silla.
Al final nos tomamos la cena tibia. No sé si la gente quiere hablar sobre el bebé, pero parece inapropiado alejarse de una noticia tan importante.
Simone ayuda a llenar el vacío y a suavizar la tensión.
«¿Cómo te imaginas la crianza compartida?
¿Puedo ver una foto de Maria? El bebé tendrá una cara espectacular».
Me fastidia que sea tan fácil para algunas personas: te corres dentro de alguien y chimpún, todas esas preguntas tortuosas sobre la familia desaparecen, porque vas a tener un bebé y no hace falta cuestionar nada.
No necesitas planificar, ni hacer ninguna gimnasia agónica ni mental para convencerte de que esa biología que limita tu vida te está llevando a tu sitio.
Pongamos que me quedo con Vincent y decidimos no tener hijos; ¿qué pasaría si un día él decidiera que los quiere y me abandona por la ruta fácil?
¿Dónde me deja eso a mí? Atravieso otro rigatoni con el tenedor. Demasiado blando. Sabe perfecto.
—¿Trabajarás menos? —le pregunto a Jamie.
La habitación se queda en silencio.
—¿No? —responde, con la actitud defensiva de alguien que tiene un trauma con el código procesal civil—. La gente trabaja y tiene hijos a la vez.
—Vale.
—Pues eso —dice y, entonces, con la cabeza hacia el cuenco, añade—: Algún día entenderéis cómo es.
Abro la boca para decir algo, pero no digo nada.
No sé qué iba a decir. Ha pronunciado esas palabras con un tono tan casual, como si fuera igual para mí, Vincent y Simone.
Resulta ridículo en parte, porque Jamie no tiene ninguna experiencia real como padre, tan solo la noticia de una exnovia embarazada.
Sin embargo, debajo de esa sabiduría de postureo, debajo de ese «algún día», está la concepción de que las barreras que percibo son obstáculos en vez de muros. Sí, puede que lo sepamos algún día.
Simone recupera su puesto como el centro del interés de mi familia, algo fácil dado que todo el mundo necesita tiempo para procesar la noticia de Jamie.
Le preguntan por sus modelos. Nos habla sobre una chica (Xenia, la que no tiene cejas) que lo ha petado; nos enseña sus redes sociales, sus rizos gruesos y negros que caen sobre los plisados de Issey Miyake o sobre los cuellos con adornos de Ganni.
Mamá, que nunca ha moderado su obsesión por la belleza ni a quien tampoco le han dicho jamás qué es hermoso y qué no, revisa todo su perfil, va bajando y bajando mientras mastica la pasta; nadie ha dicho nada sobre ella.
Como si me leyera la mente, Vincent me aprieta el brazo.
—Está muy rico. Como siempre.
Vincent y yo nos ofrecemos a lavar los platos cuando todos han terminado. Desde la ventana veo que Simone y papá fuman. Ella sabe qué preguntas hacerle. Su relación es fácil.
—Me duele mucho la cabeza —comento. La tensión en el cráneo se transforma en náuseas.
—¿Qué tienes? —pregunta Vincent.
—Migraña.
Me masajea la cabeza con su suave pulgar y luego me aparta del fregadero. Me siento junto a la encimera. A lo mejor no pasa nada porque no me haya ayudado a cocinar. Enjuaga los platos antes de ponerlos en el lavavajillas.
—Ya me encargo yo —dice papá al aparecer en la puerta, sin rastro de Simone.
—Nosotros podemos —replico.
—Eres el invitado, por favor —le dice a Vincent.
—Ah, no. No pasa nada. Me gusta recoger.
—Insisto.
El tono de papá es amable pero firme y Vincent se aparta un poco.
—¿Qué se siente al saber que va a ser abuelo? —le pregunta el chico.
Abuelo. La pregunta me tensa los hombros.
—Mmm… —dice mi padre cuando empieza a fregar la sartén—. Es una sorpresa. —Vaya si lo es—. Pero sienta bien. ¿Verdad, Maxy?
—Sí que sienta bien. Es una buena sorpresa. Pero sorprendente.
—Sí. Será bonito pasar tiempo con un nieto. Un nuevo comienzo.
Un nuevo comienzo. Los nudos de la espalda se tensan más.
Es lo único que tiene que decir: que la cagó la primera vez.
No está claro cuánto verá mi padre, ni los demás, al bebé.
Los parámetros del acuerdo de crianza compartida siguen siendo difusos.
No he compartido con Vincent mucha de nuestra historia familiar, aparte de que papá y Jamie no se llevan bien, pero, al mismo tiempo, no sé cuánto hay que decir.
Esto lleva años pasando. Se produjo un altercado del que nunca se han recuperado.
Pero eso no explica demasiado el espacio entre papá y Jamie, ni siquiera el espacio entre papá y yo, la larga erosión en la que una fisura se convierte en un cañón.
—Los bebés son justo eso —dice Vincent—. Un nuevo comienzo.