MAX VII #3
—No hace falta, pero puedes venir conmigo si quieres.
Me levanto y atravieso el vestíbulo, casi esperando que Vincent me siga, pero se queda con mi madre.
¿No es un poco desconsiderado por su parte?
Se queda hablando mientras yo trabajo. Sí, debería conocer a mi madre, pero sus prioridades no son muy acertadas, aunque no sea propio de él. Vincent debería saberlo.
El frigorífico de la cocina está a rebosar.
No hay ni orden ni concierto en las baldas.
Berenjenas. Kai lan. Espinacas. Brócoli.
Zanahorias. Yogur griego. Pecorino. Perejil.
Cilantro. Gochujang. Harissa sin abrir que no necesita estar refrigerada.
Miro las alacenas en el otro lado de la isla.
Harina para pan. Pasta. Arroz jazmín blanco.
Cuando me doy la vuelta, veo a mi padre de pie en la entrada y grito.
El hombre camina como un asesino en serie.
Va de puntillas por la vida con pantuflas de piel.
Es tan juvenil: su rostro nunca sabe qué está pasando, su cabello sigue siendo de un castaño apagado.
—Lo siento —dice.
—No pasa nada.
—¿Todo bien?
—Solo estaba pensando qué preparar.
—Ah. ¿Qué te apetece hacer?
—Vi a una mujer cocinar una pasta cremosa pero con gochujang. O podría hacer pan sin levadura relleno. Y verduras asadas con garbanzos y harissa. ¿Qué prefieres?
—El pan suena delicioso.
—Vale.
Nos quedamos parados, observando los utensilios que nos rodean, como si un abrebotellas o una varilla fueran a inspirar la conversación.
Me doy la vuelta y lleno una olla con agua caliente.
Voy a hacer la pasta. El pan no llevaría mucho tiempo, pero no me apetece prepararlo. Pongo el fogón al máximo.
—¿Cómo va todo? —pregunta papá.
¿Cómo sería un mundo en el que le contara a mi padre la conversación que he tenido con Vincent en el tren?
—Estoy bien.
—¿Qué tal el trabajo en la empresa tecnológica? ¿Todo bien?
—Ah, sí.
—¿Difícil?
—Finjo ser un robot, papá.
—Eso puede ser difícil.
—Firmo los correos como Owl.
Suena el timbre.
—Esa debe de ser Simone —dice, y se marcha para abrir la puerta.
—¡Hola, tío Peter!
La cálida voz de Simone atraviesa la casa.
Mi familia quiere a Simone. A veces me pregunto si la quieren demasiado.
«El trabajo de Simone parece muy interesante.
Madre agente. Menudo puesto. ¡Debería escribir un libro sobre el tema!
¡Sobre eso y sobre su vida amorosa!». Si Simone meara en las flores, le darían las gracias.
Mis padres siempre se han quejado de mi acento de escuela internacional y les gusta que se haya vuelto más británico, pero parece que les encanta el de Simone, cuyo acento, de hecho, se ha calcificado.
Es estadounidense, pero no de un modo irritante; las cadencias en su entonación se han atenuado un poco.
—¡Tía Melinda!
Cuando la olla arranca a hervir, meto los rigatoni y voy a reunirme con la congregación en el pasillo. Rodean a Simone como si fuera famosa, como si repartiera lingotes de oro que se sacara de los pantalones de raya diplomática.
—¿Qué estabais haciendo? —pregunta al abrazarnos.
—Yo me he puesto a cocinar. Vincent y mamá han estado hablando sobre Hong Kong.
—¿Qué estás preparando? ¿Necesitas ayuda?
—Pasta. —Me giro hacia mi padre, que me observa con la boca un poco entreabierta; la abertura es lo bastante ancha para que cupieran un par de palillos sin que le rozaran los labios—. Haré el pan mañana. Creo que la gente quiere cenar pronto —añado, sin saber si es cierto.
Una parte de mí se preocupa por los datos que mi padre recopila en momentos como este.
Siempre me ha preocupado. «No le caigo bien a Maxine.
Está incómoda conmigo». Aunque, para ser sincera, yo hago lo mismo con él.
Es difícil quitarse la costumbre y sé que comenzó después del fuego en Lamma, cuando me convertí en otra cosa.
Miro a mi padre, que juguetea con las mangas de su jersey.
Incluso a su edad, es como un hombre con la ropa de otro.
Es por culpa de la falta de confianza, que la tiene desgastada.
¿Y qué la desgastó? Mi madre, que trabajó cuando él no pudo.
Tener que criar a los hijos. La vergüenza que mantiene a raya su alcoholismo.
A lo mejor debería haber preparado el pan.
—Puedes venir a mirar —le digo a Simone y luego me centro en los demás—. Preparaos para cenar pronto.
Simone me sigue y me quedo junto a la olla hasta que la pasta está tan blanda que se puede morder. Guardo un poco del agua turbia y dreno la de los rigatoni hinchados, que se amontonan en el escurridor.
—Se me ha olvidado ponerme desodorante antes de salir —dice Simone—. He pasado gran parte del viaje intentando decidir si olía.
Me ofrece sus axilas. Me aparto del fregadero para olerlas rápidamente.
—A mí me huele a piel.
Voy echando los ingredientes de la salsa en la sartén. El gochujang crea vetas en la nata, hasta que la salsa se emulsiona en un intenso naranja, espesa como ceras al óleo derretidas. Oigo la nevera abriéndose.
—¿Podemos beber? —pregunta Simone.
—Sí, el vino es para nosotras. Mamá bebe cuando hay invitados. Como siempre.
—Por si acaso. —Se oye un gluglú y un tintineo y entonces Simone me pasa una copa de vino blanco—. Emily quiere llamar, por cierto. Por fin he echado un vistazo a la web de la boda. ¿La has visto?
—Solo para confirmar mi asistencia.
—Entonces vamos a ir.
—Somos las damas de honor, Simone.
Una desventaja implícita de mi transición fue que es más probable que la gente me pida que forme parte de su boda.
Emily eligió el sentimentalismo por encima de la realidad.
A nosotras por encima de gente que ve todas las semanas.
Al parecer, es muy, muy bonito tener contigo en el altar a esas amigas que con catorce años te llevaron al hospital para que te hicieran un lavado de estómago.
No sé qué queda de mi amistad con Emily.
Cada vez que la vemos Simone y yo, nos toca oír los tópicos habituales sobre que, con ciertas amigas, no hace falta verse durante años para volver a sentirse normal con ellas, como si sugiriera que la distancia que ha aparecido entre nosotras es artificial, impuesta por la sociedad, un producto del tiempo y del espacio, que se disuelve al reunirnos de nuevo.
—¿Puedes rallar un poco de parmesano, por favor? —le pido.
—Hay una cronología con fotos sobre su relación —explica Simone—. Me parece de locos fabricar la felicidad de ese modo. —Oigo cómo el bloque de parmesano choca contra el cuenco—. Si alguien es feliz, no tiene que esforzarse tanto en demostrarlo. Les doy un par de años. Y ni uno más.
—Yo tres.
—¿La llamamos para acabar con esto de una vez? —pregunta.
Miro la pasta. El vapor en el escurridor hará que deje de estar al dente, pero yo también quiero quitarme de encima la llamada. Saco la salsa del fuego.
Emily contesta al segundo tono. Es una videollamada.
—¡Holiii! —saluda. Simone y yo la imitamos sin querer. Tiene el pelo increíble. Y la piel. Se lo seca con secador dos veces a la semana. ¿Y está usando un foco?—. Estáis muy cómodas ahí. ¿Qué tal tus padres, Max?
—Está bien. ¿Y tú?
—He tenido un día de locos. ¡He ido a recoger el vestido! —Aplaude. Simone y yo agitamos las manos sin querer—. He ido a recoger las alianzas. —Una rata enorme, que supongo que es su perro, salta sobre su regazo. Soltamos un: «Ooooh»—. Y salí a darle un buen paseo por el Burg.
—Guau —dice Simone—. Pero si allí es mediodía.
—Lo sé —contesta Emily, admirando su propia eficiencia—. ¿Podéis enviarme vuestras medidas? Las necesitamos para las pruebas de Londres.
—Yo ya las he enviado.
—Por si han cambiado —dice, como si fuera tonta.
—¿Tengo que llevar vestido? —pregunta Simone.
—¡Habrá que verlo! Pero estarás cómoda pase lo que pase. —No queda claro si es una exigencia o una garantía—. Por cierto, Max, Fraser y yo hemos estado pensando sobre Vincent. —Miro a mi alrededor, porque no quiero que oiga esto—. Y creemos que nos vamos a ceñir a la norma de un año.
—No pasa nada. O sea, ni se lo he pedido ni esperaba que viniera.
—¡Lo sé! Pero sé que te gusta mucho.
Vuelvo a mirar alrededor. Simone me da un empujón por debajo de la mesa. Le pellizco el muslo.
—No pasa nada, de verdad.
—¿Y si yo volviera con Eva? —pregunta Simone.
—¿Lo vas a hacer?
—No, solo es curiosidad.
—Creo que eso resetearía el contador, la verdad.
Pero bueno. —Emily da más palmadas—. Es maravilloso que podamos hacer esto juntas.
Como siempre soñamos. —Se lleva una mano al pecho—.
Y tú, Max —añade, casi entre lágrimas. Cómo no, se refiere a mi transición.
Fuerzo una sonrisa, preocupada por si mi admisión en la ceremonia es su forma de intentar ser aliada.
Si esto es por el bien de las personas trans, ya haré yo algo por nuestro mal.
Simone hace avanzar la conversación. Hablan un poco sobre trabajo antes de despedirnos y colgar.
—Como siempre hemos soñado —repite—. No quiero llevar un vestido.
—¿Y qué coño es el Burg?
—Williamsburg.
Nos echamos a reír. Creo que Emily siente que estamos igual de unidas que antes porque ella es la misma persona con un fondo distinto. Simone y yo hemos pasado años buscando ser diferentes, en la ropa, en el aspecto.
Recaliento la salsa y la mezclo con la pasta.
—Ayúdame a emplatar —le pido y se coloca a mi lado—. ¿De verdad te has planteado volver con Eva?
Simone tensa los hombros. Con el cucharón, deslizo una porción de pasta en un cuenco, pero ella tarda en poner el aderezo.
—No voy a romper la regla de no contactar con ella, así que poco importa. —Calla un momento—. Aunque siempre hay un tira y afloja interno. —Alza una mano por encima del hombro—. ¿Hice lo correcto? —Y luego la otra—. ¿Podría ser arromántica?
—Pero te enamoras.
Simone estrangula un puñado de perejil y lo descuartiza con un cuchillo.