Decepcióname MAX VII #2
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MAX VII #2

—Lo siento. Lo siento mucho. Creo que no he interpretado bien la situación. Me ha parecido un avance por su parte.

—Todo para que haya un nieto biológico.

—Lo siento.

—Ni siquiera deberíamos hablar de esto.

No deberíamos. Su padre está enfermo, pero, además, esta relación es nueva. Estoy sin habla. Quiero usar el freno de emergencia del tren y lanzarme a los páramos.

—¿Tú les has dicho a tus padres que soy cis? —pregunta.

Ni siquiera puedo fingir una sonrisa. Se le descompone el rostro.

Pasamos el resto del viaje en silencio. Ramas de culpa brotan de mi estómago, pero no puedo obligarme a decirle que agradezco que haya dado ese paso, porque me gustaría que no hubiera ocurrido.

Si lo admito ahora, la tristeza se reflejará en mi semblante y no quiero estar disgustada cuando vea a mis padres.

Quiero demostrarles que estoy enamorada y eso es difícil cuando tienes los ojos enrojecidos.

Al bajar del tren, busco la mano de Vincent.

Es lo único que puedo soportar de momento.

Nos soltamos al llegar a los tornos, que pitan para abrirnos paso hacia mis padres.

Ya nos esperan al otro lado. Qué amables.

Por Jamie no lo harían, en parte porque Jamie vendría en el Audi que se compró en febrero, aunque tarde más horas, pero también porque, para ellos, Jamie no necesita que lo cuiden.

—Hola, mamá. —Me acepta entre sus brazos mientras Vincent y mi padre se estrechan la mano. El cabello corto y oscuro le huele a lavanda. Cuando me suelta, inspecciona un mechón de mi pelo entre dos dedos—. ¿Qué pasa?

—¡Nada! —dice—. Estás guapa. Limpio y sano. Brillante.

—¿Y en qué momento mi pelo no ha estado…?

—¡Hola! —Se gira hacia Vincent y lo abraza—. Un placer conocerte.

—Hola, cariño —me dice mi padre.

Sus abrazos siempre son ligeros. Parece inseguro, como si no supiera cómo abrazar otro cuerpo.

No es porque sea trans, eso ya lo hemos superado.

Jamie diría que es porque no está borracho.

Quizás sea cierto, aunque a veces cuesta ver si ese es el motivo.

No ha bebido alcohol desde que vivíamos en Lamma.

Dejamos las maletas en el maletero y subimos.

—Menudo coche —dice Vincent, dirigiéndose a mi padre, en vez de a mi madre. A lo mejor porque conduce él, pero sé que quizás sea porque es un hombre, aunque Vincent sabe que mi madre ganó cada céntimo que pagó el vehículo. Hago una mueca.

—Gracias —dicen mis padres al unísono.

Salimos de la ciudad. Mi madre pregunta por el padre de Vincent y él se arma de valor mientras relata las últimas dos semanas con ellos.

Mi madre pide detalles con una indiferencia educada, pero sé lo que está haciendo.

Es lo mismo que hace cualquiera cuando otra persona muere o enferma.

La gente está desesperada por comparar el informe de notas, por preguntar: ¿podría ser yo?

La ciudad se deconstruye en el campo y se me ocurre que todo esto le resultará más familiar a Vincent que a mí.

La campiña inglesa. Los suburbios. A mí todavía se me antoja el lugar más raro del planeta, esos fines de semana en los que nos juntábamos como una familia en un pueblo al que no nos unía nada.

Llegamos al portón de la casa y el coche serpentea por el camino de entrada.

Observo a Vincent procesarlo todo. El cubo de arenisca, las ventanas amplias a cada lado de la puerta principal, la gravilla alrededor de sus pies.

Me pregunto qué dice sobre mí la casa de mis padres, qué siente Vincent. ¿Es sorpresa? ¿O un «por supuesto»?

—Qué bonita —le dice a mi madre al entrar.

El ramo de flores más alto y exiguo que he visto en mi vida está dispuesto en una mesa al pie de la escalera. Un montón artístico de palos importados.

—Ese ramo es feísimo —comento.

—No es tu casa —replica mamá en un mandarín destrozado y le guiña un ojo a Vincent.

La fulmino con la mirada. Vincent no habla apenas mandarín. Y ella menos. Yo, después de años suspendiendo clases en el colegio y la universidad, solo hablo un poco. Me alivia que Vincent por fin pueda presenciar la forma en que mi madre hace cosplay de persona china.

Vincent y yo subimos nuestras cosas arriba, a mi habitación que no acaba de ser mi habitación.

Antes tenía cosas como fotos de graduación, de las matrículas, del colegio.

Cuando transicioné, le pedí a mamá que las quitara.

No sé dónde están. En un almacén. En la basura.

Todavía no le he enseñado a Vincent fotos viejas mías, sobre todo porque no lo ha pedido.

No sé si es porque no quiere verlas (por si prefiere negar mi historia), por educación o porque simplemente ni lo ha pensado.

Examina las paredes vacías. No parece mi cuarto.

Hay mucho Foucault en la balda superior y no sabría decir ni una cosa sobre él, excepto que, en una escala de hombres filósofos, él está entre los más follables.

Vincent deja la mochila a los pies de la cama y se sitúa junto a la ventana.

Mientras gira con las manos en las caderas, me pregunto si es el momento de que me disculpe, pero no lo hago.

—Es muy bonita —comenta.

Me siento a su lado en el asiento de la ventana y me apoya una mano en el muslo. Ahora es el momento.

—Gracias por contárselo a tu madre.

Quiero decirle que a veces me siento inferior y que el sentimiento de ser una mala noticia que contarle a alguien ha empeorado esa sensación.

También quiero hablarle sobre cómo ese día con sus amigos (lo que ocurrió con la Annabel rubia) se me ha quedado grabado.

Sobre la sensación pegajosa que no acabo de comprender y que hoy parece viva y llena de tentáculos y que me recuerda lo horrible que es ser el otro, estar fuera de todo, que mi cuerpo parezca una carga.

Y por eso me siento culpable, porque he intentado con todas mis fuerzas sentirme orgullosa.

Vincent mira por la ventana.

—Estará bien —repite. Le aprieto el muslo.

Nos levantamos y, al girarnos, el tenue ruido de un motor se intensifica.

Volvemos a mirar hacia fuera. El coche de Jamie sube por el sendero, aplastando la gravilla—.

Qué chulo el coche. —Jamie nos saluda con la mano desde abajo.

Va vestido igual que mi padre. Un jersey de lana con unos chinos bonitos—. Os parecéis. Tenéis el mismo color.

Cuando bajamos, Jamie está en el vestíbulo.

Lo abrazo. Él me devuelve el abrazo con fuerza, a diferencia de papá, y luego le estrecha la mano a Vincent.

Cuando dice: «Me alegro de conocerte, tío», su voz baja una octava y Vincent responde con un vozarrón similar.

Jamie abraza a mamá y, cuando le toca el turno a papá, tengo que apartar la mirada.

Es como si dos figuras de acción se abrazaran.

Qué incómodo. ¿Lo hacen por Vincent? Supongo que siempre hay que guardar las apariencias.

Migramos hacia el salón, aunque Jamie ni siquiera se ha sentado cuando le suena el teléfono.

—Del trabajo —dice.

—¿Ya? —pregunta mamá.

Jamie desaparece en el piso superior. Mis padres se han acomodado en los sillones verdes, delante de mí y de Vincent, en el sofá rosa. Hay un cuenco con caramelos de la marca White Rabbit en la mesita de café.

—Hace siglos que no como uno de estos —dice Vincent.

Mi madre sonríe cuando Vincent desenrolla el envoltorio de arroz.

—Puedes comerte el papel.

—Ah, sí. No me acordaba.

Mamá nos agasaja con historias sobre su infancia en Hong Kong.

Veo que a Vincent le cuesta masticar el caramelo mientras escucha.

Son un poco como chicle. Yo también estoy masticando uno para poder disociar.

Lo amaso con los dientes como si fuera pan y se pega y se estampa contra mis muelas mientras libera gotas de leche dulce que suben por el esmalte dental, las encías y la lengua.

Nadie quiere oír las historias de mi madre sobre su casa de la infancia en The Peak.

Se alejan mucho de la realidad. Vincent se inclina un poco hacia ella; mediante el lenguaje corporal, muestra sus ganas de escucharla.

La familia de Vincent vive en unos pisos pequeños en los Nuevos Territorios.

¿Esta situación no le da vergüenza? A lo mejor creamos excusas para las personas a las que intentamos impresionar.

A lo mejor soy demasiado dura con mi madre, pero, al mismo tiempo, también resulta insoportable.

—Incluso de niña sabía que algo pasaba —dice.

—Me lo imagino.

—Allí todavía notas que pasan cosas. Cosas que dan miedo. —Y entonces arruga la cara en un semblante agresivo, como si Vincent hubiera lanzado un jarrón contra la pared. Vincent no ha hecho nada malo, solo está a punto de hablar en cantonés. Dice algo que no entiendo.

—Sí —contesta él—. Solo iba a visitar a la familia de pequeño y luego viví allí durante un año por trabajo. Pero lo echo de menos un poco. Debería volver. —Calla un momento—. Debo avisarla de que mi cantonés no es demasiado bueno.

Y el de mi madre tampoco. Mi madre ahoga un grito y vuelve a decir algo en cantonés, con un tono cortante y despiadado.

Parece una persona blanca haciendo una imitación racista de una persona china.

Vincent sonríe y asiente. Es posible que no haya entendido nada de lo que ha dicho. Por fin consigo tragarme el caramelo.

—¿Cocino yo esta noche, mamá?

—Si quieres.

Mamá suele llenar la nevera antes de mi llegada con la intención de que prepare yo la comida.

Me gusta cocinar para otras personas, pero no me gusta lo que saca a relucir de mí.

Es un poco patética la forma en que observo a los demás dar un bocado de la comida, mientras aguardo su aprobación, aunque también suelo enumerar mis errores antes de que lo haga otro.

Eché la albahaca demasiado pronto. Los fideos se pegan porque no los lavé lo suficiente.

Es una dependencia emocional que he suprimido en la mayoría de las áreas de mi vida.

—Echaré un vistazo a la nevera —digo.

—¿Te ayudo? —se ofrece Vincent.