MAX VII
V incent y yo estamos sentados en un tren en dirección a Edimburgo, cerca de donde viven mis padres.
Siempre me cuesta decir que viven allí. No tenemos familia en Escocia.
Ellos no tenían amigos en Edimburgo antes de mudarse, y menos en el pueblo en el que viven.
Es como si hubieran cerrado los ojos antes de clavar una chincheta en un mapa, con la promesa de no cuestionar su decisión.
Es un lugar que queda lejos de Jamie y de mí, y Jamie cree que por eso precisamente viven allí.
«¿Qué esperabas de mamá y papá?». Siempre se mueven como una unidad.
No me imagino la posibilidad de que me guste tanto un lugar y una persona que esas dos cosas combinadas sean lo único que necesito en la vida.
El mundo así parece muy pequeño, muy perverso.
Todo este viaje parece perverso, después de lo que le ha pasado a Vincent.
Ha estado con su familia desde aquella llamada.
Su padre está vivo, aunque no bien. Se está recuperando de una cirugía en la que le pusieron un desfibrilador.
Pensé que cancelaríamos el viaje o que Vincent no vendría, pero me dijo que quería estar con una familia que no fuera la suya.
Simone se ha quedado dormida a pesar de la alarma y vendrá más tarde; es el tipo de persona que prefiere comprar otro billete que correr por un tren.
La última vez que vi a Vincent fue hace un par de semanas, en Ely, cuando le llevé el portátil del trabajo desde Londres.
Fred me dio las llaves de su piso. Insistí en ir yo; no quería que viniera a Londres, que se alejara de su familia.
Tomamos un café rápido antes de mi regreso; no esperaba ni quería mucho más, porque Vincent parecía agotado.
No sé de qué otra forma ayudarlo. Antes de que su padre sufriera el ataque al corazón, Vincent trajo una bolsa de ropa bonita que ya no se pone para que pudiera ayudarlo a venderla por internet.
Desde que se marchó a Ely, me he dedicado a escribir descripciones vívidas de las prendas y a hacer fotografías bien iluminadas con el móvil para sentirme útil.
He vendido muchas, aunque no se lo he dicho a Vincent; no creo que lo animen mis negociaciones para sacar más y más dinero a chicos adolescentes.
También le compré un póster enmarcado de Chungking Express , que he colgado en mi casa porque tengo miedo de atosigarlo.
Sería más fácil ayudar si, en cierto sentido, su familia y yo formáramos parte del mismo mundo.
Desde donde estoy, no conozco los entresijos de su relación.
Vincent suele raspar la superficie con un comentario para, acto seguido, retirarse con una perogrullada y un suspiro.
«Me imaginé a mi padre muriendo en bucle, Max, y me sentí como un bebé abandonado en el supermercado, ese miedo de perder a alguien para siempre.
Pero bueno, ¡supongo que todo el mundo se pone enfermo alguna vez!
». No sé qué hacer, aparte de abrazarlo, de recordarle que estoy aquí, porque percibo una clara inquietud, una tensión en sus hombros, una mente dividida.
Vincent no está bien, pero no sé qué hacer para que esté bien.
Fred ha sido de más ayuda. Regresó con una maleta llena de medicina china tradicional después de un viaje de negocios a Hong Kong y la envió a la casa de Vincent en Ely en un taxi.
«No, Vinny, no me debes ni un céntimo, hombre, ni un céntimo.
Es lo menos que podía hacer». Fred incluso vino a verme para comprobar cómo estaba.
¿Y qué es lo menos que puedo hacer yo? Vincent quiere pasar un fin de semana lejos de la familia, para estar con la mía.
Parece insignificante que lo único que le esté ofreciendo sean palabras trilladas y un plan que ya teníamos en la agenda.
Hay una fiambrera abierta entre los dos, con brownies de chocolate negro y miso en su interior. Según Vincent, fueron rápidos de hacer, porque es la receta que hace en tiempos de crisis. Juego con las migas, las aplasto, aprieto la grasa entre los dedos.
—¿Estás nervioso? —le pregunto.
—Lo estoy.
—Lo entiendo.
Le agarro la mano. Los dos miramos por la ventanilla. Mi mirada baila entre los árboles borrosos que bordean las vías y el reflejo traslúcido de Vincent en el cristal.
—Mira esto.
Me enseña su móvil. Su padre está en el piano del salón, del que solo he visto fotos. Vincent está a su lado, con el clarinete en la mano y una partitura en un atril. Tocan un dúo, despacio; Vincent mira los dedos de su padre para ajustarse a su ritmo. Es muy bonito.
—¿Cuándo fue esto?
—Hace un par de días.
—¿Y por qué no me lo mandaste antes?
—Estaba un poco avergonzado.
—Es muy especial.
Le aprieto la mano.
Cerca de Edimburgo, bloquea el teléfono, me mira y respira hondo.
—Le hablé de ti a mi madre —dice, y se me cae el alma a los pies.
Me tiembla el labio. Miro por la ventanilla del tren.
Estoy frágil. Una mujer de constitución débil.
Vincent todavía no ha dicho nada y ya quiero echarme a llorar.
No de felicidad. Y no de agradecimiento porque se lo haya contado a su madre, solo quiero llorar porque se lo ha contado a su madre y me siento fatal porque su familia está pasando por un mal momento y porque la noticia de una novia trans solo podría empeorar las cosas.
Es un sentimiento horrible, el estar fuera de una vida por la que no deberías pelear para pertenecer.
—¿Max?
Miro a Vincent, sin saber qué decir, pero controlo mi semblante. No quiero que piense que me he enfadado. No es mi lugar. ¿Parezco enfadada? Estaría bien saber de qué forma nos traiciona nuestro rostro.
—Se lo he dicho a mi madre —repite. Solo asiento porque noto que me tiembla la garganta—. Estará bien.
Lo que significa que la mujer ahora mismo no está bien y eso empeora mi desaliento. Vincent es tan optimista, como si fuera normal que su madre se disgustara un poco. No puedo evitar imaginar la conversación. «Max es trans». «¿Transcriptora, transeúnte?». «Transgénero». Silencio atónito.
—Entonces, ¿ahora no está bien?
Vincent respira hondo y me agarra las manos. Mis dedos están inertes.
—Creo que mis padres no piensan en estas cosas.
En cosas trans. Y por eso no acabaron de entender el vocabulario.
Se lo dije con mi hermana presente. Me ayudó.
Aunque vamos a esperar a contárselo a mi padre.
—Guardo silencio y miro por la ventanilla las torres eléctricas, los prados verdes y los rebaños de ovejas—.
No dejaba de preguntar si eso significa que soy gay.
—Porque ¿tan malo sería ser gay? —pregunto directamente, pero veo por la cara que pone Vincent que se siente atacado.
No juzgo. Sí, el mundo dedica demasiada energía a convencer a la gente de que los hombres no son gais y es agotador, pero solo quiero conocer hasta dónde llega la homofobia de su madre.
—No, Max —dice—. No es por eso. No sabe lo que significa todo esto. Preguntó si nunca tendría hijos.
Respiro hondo.
—¿Y cómo salió ese tema?
—Creo… —Una pausa—. Creo que, cuando una persona cae enferma, quiere planear y saber cómo irán las cosas.
Para mi madre, eso significa empezar una familia.
—Vincent suspira. Mira por la ventanilla mientras habla.
Intento encontrarme con su mirada a través del reflejo, pero la tiene fija en los prados—.
Por eso preguntó cuál era el plan, cuándo saldría con alguien en serio, y por eso le conté que estaba saliendo con alguien que me importaba y que, de todos modos, yo no sabía si querría tener hijos.
—¿Eso es cierto?
—No lo sé.
—¿Y qué dijo ella?
—«Debes tener hijos» —dice. Su voz es una imitación intensa de la de su madre—. «¿Quién cuidará de ti?». —Relaja de nuevo el semblante—. Y luego le expliqué que es complicado y me pareció el momento adecuado de hablar del tema trans.
—¿Qué más le dijiste?
—Le dije que no llevábamos mucho tiempo saliendo juntos, pero que en realidad era igual que salir con una mujer infértil.
—¿Igual que qué?
No puedo evitarlo. Vincent se lleva las manos a la cara.
—No quería decirlo así.
Momentos como este aparecen a lo largo de la vida.
Breves destellos que te presentan una pregunta difícil: ¿es así como me ven los demás, para ellos soy de esta forma o es un error, una simple discusión sobre la semántica?
Y esa pregunta es, en realidad, una decisión: la máscara desaparece con la misma rapidez con la que aparece y te deja sola para elegir en qué creer.
Permito que mi lengua retroceda, que el veneno se retire por los tubos de mis dientes.
Elijo creer a Vincent. Es solo semántica.
Entiendo que su padre sufrió un ataque al corazón y sé cómo surgió esa conversación con su madre, que lo dijo para calmarla, aunque sin éxito, porque no tengo útero.
En mi mente pasaba un año, puede que dos o incluso más, hasta que Vincent se lo contaba a sus padres.
Estaba implícito que el conservadurismo de ellos lo silenciaría hasta que estuviera seguro de verdad conmigo y a mí me parecía bien, porque eso al menos tiene un poco de sentido.
De hecho, solo conocí a dos de las cuatro madres de Arthur, y solo coincidí una vez con una y dos con la otra, aunque siempre me pareció más un problema de Arthur que mío.
Vincent me aprieta la mano una vez, luego dos, y me suelta. Aunque sé que está siendo razonable, no puedo evitar querer que se disculpe por cómo me siento conmigo misma. ¿Qué revelará mi rostro?
—Oye. —Vincent rebusca en su mochila, riéndose—. Me dio esto antes de irme.
Acepto los folletos. Son sobre gestación subrogada. Los hojeo. La ley de subrogación en Reino Unido. Opciones en el extranjero. Lo que nosotros (Vincent y yo o cualquier otra pareja que esté sufriendo por culpa de una madre asiática insistente) podríamos esperar.
—Qué coño, Vincent.
Me siento mareada. Por su cara, es evidente que creía que me parecería gracioso. Los agarra de nuevo, arrepentido.