VINCENT VI #3
Alex me deja pasar. Se cambia en el baño con la puerta cerrada y sale con un top de tirantes por el que se le ven las tetas, junto con unos pantalones cortos de algodón.
Estoy sentado en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero, como si esperara algo, porque lo estoy esperando.
Me noto incómodo, como si no supiera en realidad por qué estoy aquí, como si necesitáramos una excusa para explicar mi presencia.
Alex juguetea con el aire acondicionado, de pie a mi lado, con el cabello recogido detrás de las orejas; las ondas suaves le caen por la espalda, inmóviles pero danzarinas.
Cuando se sienta en la cama junto a mí, salta a la vista que algo tiene que pasar.
Alguien tiene que hacer algo. Intercambiamos una mirada y Alex se acerca para besarme.
Tiene los labios suaves. Se acuesta. Apoyo una rodilla a cada lado de su cuerpo.
Coloco una mano sobre su teta y ella sitúa tres dedos en mi barbilla.
Me aparto. ¿Por qué siempre parece que he hecho algo mal? ¿Debería haberle pedido permiso?
—No me molesta que solo nos besemos por ahora —dice. Se endereza para darme otro beso, pero me noto como si alguien me hubiera desconectado y la chispa que existía entre nosotros se hubiera extinguido. Alex se aparta y acabo tumbado a su lado—. ¿Hacemos la cucharita?
Me da la espalda, le rodeo la cintura con el brazo y nos acercamos más y más hasta que envuelvo su cuerpo con el mío.
Tengo esa sensación de resaca en plena noche, como si alguien me hubiera puesto una aspiradora en la oreja y hubiera absorbido toda la humedad de mi cerebro.
Voy a por una de las botellas grandes de agua que hay al otro lado de la habitación y me la bebo entera, pero cuando regreso a la cama el cansancio no se transforma en sueño.
Meo en el baño de Alex y miro el móvil. Las cuatro de la mañana. Fred me ha escrito para decirme que ha comprado un billete a Koh Samui. Llegará antes que nosotros. Necesito aire fresco para despejarme la cabeza porque mis pensamientos van a mil por hora.
No hay nadie arriba, excepto Bex.
—Hola —saluda.
—Hola. —Acerco una silla a su lado. Parece borracha. Demasiado borracha para estar en una azotea a solas—. ¿Habéis salido?
—Sí. —Bosteza con ganas—. ¿Qué has hecho tú?
—Fui a cenar y a tomar una copa con Alex.
—Ah, ya. —Bosteza de nuevo y esta vez me lo pega; la imito como en un eco mudo—. Pasáis mucho tiempo juntos.
—Pues sí.
Reina el silencio entre los dos. Estoy a punto de levantarme, porque se me ha despejado lo suficiente la cabeza como para preferir tumbarme en la cama en vez de estar sentado junto a Bex, pero entonces se pone a hablar de nuevo.
—Tú sabes que nació hombre, ¿no?
Se me queda el cuerpo rígido y frío, todo excepto la cara, que parece estar en llamas.
No estoy seguro de lo que he oído, de si lo he oído bien o de si estoy tan nervioso que se me retuercen los pelos de las orejas hasta el punto de oír palabras que no se han pronunciado.
Y, al mismo tiempo, sé que no la he oído mal.
Mi cerebro no ha cambiado las letras. Eligió nombre.
Bailó torpe. Bex ha dicho que Alex nació hombre.
¿Qué otra cosa podría haber dicho? No contesto.
—Es un travelo —añade Bex, arrastrando las palabras—. Transexual, quiero decir. Antes era hombre. —Me examina la cara en busca de una reacción—. ¿No lo sabías?
La sangre en mi pecho baja hasta las piernas, las clava al suelo. No sé cómo debo actuar.
—¿Te estás quedando conmigo?
—No es coña. ¿De verdad que no lo sabías?
Suena a acusación, como si fuera un poco tonto.
Hay rencor en cómo ha dejado caer la bomba.
No sé qué hacer; en mi cabeza ocurren muchas cosas.
¿Es más vergonzoso mostrar indignación? Lo único en lo que puedo pensar es en que es obvio…
es obvio que Alex es un hombre, porque esa es la forma que tiene el mundo de jugármela.
Qué ironía tan cruel. Bien hecho. Bex tiene el boli.
Es la que escribe la narrativa. Todos la escriben.
La gente cree que soy gay. Cuánto jode que te falten al respeto de esta forma, y más por algo que no soy. No sé qué hacer. ¿Me hago el maduro?
—No, no lo sabía —contesto.
—Por eso ha venido aquí. Para la cirugía.
—No deberías contar los asuntos privados de otras personas de ese modo.
—¿No estáis follando? —pregunta con un poco de rabia—. Si estuvieras follando con ella, ¿no querrías saberlo?
—¿Y no lo sabría ya si estuviéramos follando? —pregunto. Estoy enfadado. Bex debe de estar bien borracha—. No nos estamos acostando.
—Vale. —Levanta las manos—. Bien. Solo quería que lo supieras por si quieres hacerlo con ella.
—Ya. —Me callo un momento—. Gracias. Voy a bajar.
Regreso, pero a mi habitación. Me tumbo en la cama, conmocionado.
¿Me importa que Alex sea un travelo? Sí, pero, al mismo tiempo, no lo sé.
¿Me lo habría contado en algún momento? No tengo ni puta idea.
Me está entrando el pánico. Alex se ha burlado de mí.
Me gustan las chicas normales. Joder. No puedo escaquearme del viaje a Koh Samui, Fred ya va para allá.
Tengo que ir con Alex. Pensaba que me gustaba, pero ¿por qué?
No soy gay. Siento como si estuviera desnudo en público, pero no soy gay, así que en realidad no estoy desnudo.
Esto no tiene sentido. No soy gay. Alex tiene aspecto de chica.
Solo soy un chico al que le resulta atractiva una chica.
No hay nada malo en ello. Joder. No nos estamos acostando.
Nadie piensa que nos estemos acostando .