Decepcióname VINCENT VI #2
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VINCENT VI #2

Caminamos a la estación de tren y en el vagón el sudor se enfría sobre mi piel.

Pasamos un rato en silencio, pero no en uno incómodo.

Eso es bueno, ¿verdad? Bajamos en la parada del MOCA y nos encaminamos hacia la entrada.

Pasamos junto a una escultura enorme encima de un estanque; parece una flor de loto hecha de grandes burbujas blancas.

Me ofrezco a pagar las entradas y Alex nos guía con confianza por las distintas exposiciones, como si ya hubiera estado allí mil veces antes.

Leo todos los carteles porque quiero demostrarle que puedo procesar información, que no soy idiota, pero no me acuerdo de nada, porque soy idiota.

Quiero decir algo sobre lo que veo, hacer preguntas.

«Las preguntas salen si de verdad quieres saber algo».

A lo mejor no quiero saber. Creo que solo quiero hablar con ella.

Nos sentamos delante de tres cuadros gigantescos, cada uno tan alto como una casa, pero estrechos: el cielo, la tierra intermedia y el infierno. Y lo único en lo que puedo pensar es en que mañana se marcha a Koh Samui porque quiere estar cerca de la playa.

De vuelta en el albergue, nos encontramos con los demás, incluida Bex, aunque no hacemos nada aparte de saludar.

Bex sonríe con malicia. Me parece increíble que puedas sentirte desgraciado una noche con británicos quemados por el sol que huelen a Sudocrem y luego estar feliz a la siguiente con alguien que te gusta.

Nos dirigimos juntos a un restaurante y por el camino Alex compra pasteles de pescado servidos en una hoja de banano y luego una crepe de plátano.

—Deja hueco para la cena —le digo.

—Solo estoy probando cosas. No pasa nada por probar.

Me ofrece un par de mordiscos pequeños, pero come como un león.

Está muy flaca. ¿A dónde va todo lo que come?

¿Caga como un dinosaurio? Sugiere un lugar un poco más elegante para cenar y encontramos un complejo de restaurantes a veinte minutos del albergue.

Nos sentamos en un banco con una cerveza.

Pedimos unos cuantos curris, uno con codillo de cerdo crujiente y otro con un trozo grueso de rape; los dos están bañados en sendas salsas sabrosas calientes, de color naranja con puntos rojos, como el sol.

Parece elegante, la primera vez que una comida deja huella en mi presupuesto, pero con Alex vale la pena.

Nos servimos el curri en el plato con un poco de arroz.

Quiero preguntarle por la operación. En qué consiste.

Pero no lo hago. No es asunto mío. No quiero meter la pata.

—¿Te ha dicho algo tu amigo? —pregunta mientras se chupa un poco de salsa del pulgar.

—Lo miraré cuando regresemos al albergue. Salió hoy de su retiro de meditación. Vendrá a donde yo le diga.

—¿Desde la India?

—Sí.

—¿En el último momento?

—El dinero le da igual.

—¿Y dónde será? Quiero decir, ¿dónde vas a ir?

—No lo sé. Me estoy dejando llevar.

—¿Y a dónde te dejas llevar?

—Pues a donde vea.

—Ya, pero ¿a dónde?

—No lo sé.

El silencio se expande. Me siento triste. Sería muy fácil decir: quiero pasar más tiempo contigo. «Claro, vente». Pero esas palabras contienen un alma desamparada, una necesidad que prefiero ocultar. Me siento triste.

—¿Quieres más? —pregunto con la cuchara de servir en la mano, a medio camino de su plato.

Alex asiente. Le sirvo un poco de carne y de caldo junto a la cúpula de arroz. Luego me meto comida en la boca, con la mandíbula letárgica.

—¿Por qué no vienes conmigo a Koh Samui? —pregunta. Noto que la ligereza regresa a mi rostro y casi me retuerzo por ser tan transparente—. Tu amigo podría reunirse allí con nosotros. Es un trayecto largo, pero se supone que es muy bonito.

Pienso en Fred. Le gustará visitar Koh Samui, pero también querrá salir de fiesta.

—¿Te apetecería ir a la Full Moon Party? Está cerca, ¿no?

Alex suelta un suave resoplido.

—No se celebra mientras estamos allí, aunque sí que hay una Half Moon. No me veo yendo, pero tampoco estoy en contra. Moralmente hablando.

Asiento mientras mastico un trozo de pescado seco.

Le ofrezco un poco y quito una espina pequeña con la cuchara.

Yo tampoco la veo allí. Alex es muy limpia, muy compuesta.

Parece flotar con rapidez pero con suavidad.

Creo que no le he visto ni una gota de sudor.

Comparado con ella, soy una bestia, sudo por los dos, con grandes manchas en los sobacos de mis camisetas básicas.

—Creo que Fred querría ir —explico—. Y seguramente tenga que acompañarlo.

Alex juguetea con su comida.

—Lo miraré. Puede que sea interesante. Entonces, ¿quieres venirte conmigo?

—¿A Koh Samui?

—Sí.

—¿Cómo vamos a ir?

—Tomaremos un tren de noche hasta Surat Thani y luego el ferri. Los billetes cuestan unos veinte pavos. Podemos comprar los de tren cuando volvamos al albergue y los del ferri cuando lleguemos allí. —Hace una pausa—. Me pone nerviosa viajar sola, la verdad. Será agradable tener compañía.

Sonrío. Tenemos un plan, aunque Alex pueda arrepentirse en cualquier momento.

Aun así, me imagino a la gente del albergue preguntándome a dónde iré.

Voy a tomar un tren nocturno hasta Surat Thani.

¡Con Alex! Allí nos reuniremos con un amigo mío.

Hace unos días, me daba la sensación de que el viaje para el que tanto había ahorrado acabaría en nada, pero ahora parece real.

—Le escribiré hoy a Fred. Para que lo sepa.

Alex esboza una sonrisa y me siento tranquilo.

—¿Qué rollo se trae Fred?

—Es un buen tipo. Un poco disperso.

—¿Y eso?

—Tendría que haber venido a Bangkok conmigo. Pero me dijo una semana antes de partir aquí que había cancelado los vuelos para hacer eso de la meditación silenciosa.

Alex arruga las cejas. No quiero que piense que soy el tipo de persona que aguanta eso o el tipo de persona a quien le hacen eso, aunque lo sea. Y con Fred es complicado. Es un buen tipo y si dijo que estaba mal, es que estaba mal.

—Eso es una mierda —dice Alex.

—No —contesto. Sacudo la cabeza y recojo los últimos granos de arroz de mi cuenco—. No pasa nada. Estoy bien a mi bola. Y creo que Fred lo necesitaba de verdad.

—Eres un buen amigo.

—Te caerá bien, en serio.

Me imagino a Alex y a Fred juntos por primera vez y se me ocurre que podría gustarle de verdad. Espero que no pase, al menos no en ese sentido. Les veo juntos, pero en plan dos blancos que no sabes si son hermanos o pareja. Mierda. Sorbo los últimos restos del curri.

Enciendo un cigarrillo de camino al albergue y, tras guardar el mechero en el bolsillo, Alex busca mi mano.

Los pensamientos sobre Fred desaparecen.

El corazón me da un vuelco. Le aprieto la mano un poco, sin contener la sonrisa, y la miro a la cara.

Alex también sonríe. Noto una cálida oleada.

Esto es muy difícil. Dedicas mucho tiempo a preguntarte si le gustas a otra persona, si las señales son señales de verdad o ilusiones.

—¿Quieres quedarte esta noche en mi habitación? —pregunta al acercarnos al albergue—. Me da un poco de mal rollo dormir ahí sola.

Mi cara, que ya estaba roja del calor, la deshidratación y el rubor, se enrojece más.

—Claro, ¿por qué no? —contesto, como si me estuviera ofreciendo una puta galleta Oreo—. Me encantaría, quiero decir.

Por algún motivo, me acuerdo de la mujer alta de hace un par de noches y una sensación desagradable se apodera de la imagen nítida de Alex y yo agarrados de la mano.

No es como si Alex supiera que esa mujer me pareció atractiva, pero me la imagino descubriéndolo y es como si hubiera una rata en mi interior y lo único que quiero es frotarme las entrañas con un trapo de acero para quitar las huellas sucias y los excrementos.

Respiro hondo unas cuantas veces y me centro en la suave calidez de la palma de Alex hasta que la rata pierde poder y se convierte en un peluche, hasta que parece rara, ridícula y distante.

Me preparo para ir a la cama en mi habitación, le escribo a Fred para contarle el plan y luego voy a la habitación de Alex. Subo los escalones de dos en dos.