Decepcióname VINCENT VI
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VINCENT VI

A lex está sentada sola en una mesa para dos, vestida con vaqueros cortos y una camiseta. Alza la mirada del libro, dobla la esquina de la página y me sonríe. Noto el comienzo de un buen día agitarse en mi estómago.

—¿Has desayunado ya? —pregunto.

—Sí, pero te espero.

Me acerco al mostrador. La tostadora es una cinta que tuesta el pan al pasar y lo deja caer por el otro lado. Como un túnel de lavado. Lo contrario a un túnel de lavado.

Me siento delante de Alex. ¿Es necesario que me vea comer?

¿Estoy comiendo bien? Hubo una época en la que me costaba mantener la boca cerrada al masticar.

Fue cuando empecé el colegio. Los niños se burlaban de mí y decían que era asqueroso, pero yo solo imitaba lo que hacían mis padres.

Mi hermana era como yo. Nos acomplejamos y, en las pocas ocasiones en las que fuimos a un restaurante, les suplicábamos que masticaran con la boca cerrada.

Incluso nos inventamos un código para poder decírselo sin decirlo.

«Pollo mágico». Código para: cierra la puta boca.

Nuestros padres ponían los ojos en blanco y nos regañaban.

«¡Qué poco respeto!». Ya no mastican tanto con la boca abierta.

Supongo que, con el tiempo, les hemos pegado la vergüenza.

Me limpio unas migas de la comisura de la boca y trago.

—¿Qué lees?

— Medio sol amarillo —contesta. Señala una estantería al otro lado de la sala—. El resto de los libros son todos iguales. La gente se dedica a sacar fotos y dejar su ejemplar de Shantaram en la biblioteca comunitaria.

No sé qué es Shantaram. Aun así, me río. Alex sonríe.

—¿Cómo te está yendo a ti?

—¿A qué te refieres?

—Debe de ser un poco raro. Podrías hacerte pasar por tailandés, pero sigues siendo un extranjero que viaja junto con turistas blancos.

—Ya. —Noto cierto alivio por la pregunta, por el hecho de que alguien lo entienda sin tener que explicarme—. Creo que no me tratan tan bien. Los lugareños, quiero decir. Ni la gente blanca. Es como lo peor de ambos grupos. Aunque solo llevo aquí un día.

—Lo entiendo. Espero que la cosa mejore.

—¿Has hecho amigos en el albergue? —pregunto, y doy un mordisco a la tostada.

—Tú.

Sonrío.

—Aparte de mí.

—He charlado con una chica. Se llama Bex.

—La conocí anoche.

—Todo el mundo es un poco básico —dice Alex y se encoge de hombros.

Pienso en las camisetas que me he traído.

Venían en un paquete de tres camisetas básicas de Uniqlo.

Si viste básico, es básico. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que Alex se aburra de mí?

—. También me siento un poco marginada, porque tengo una habitación para mí sola.

—Qué elegante.

—Esta mañana he matado una cucaracha en el baño.

Alex me pasa uno de los cascos conectados a su iPod.

Miro por la ventanilla del vagón climatizado.

Estamos escuchando a Frank Ocean; sé que a algunos de mis amigos les gusta, pero nunca lo había escuchado como es debido.

Le pregunto cómo se llama la canción y me responde que Forrest Gump .

Cuando se acaba, le pido que la ponga de nuevo.

Hablamos por encima del sonido. Alex está en el último curso de Filosofía en la UCL.

No le gusta. Decidió tomarse un descanso. Por baja médica.

—¿Tienes alguna afición? —me pregunta.

El clarinete. No soy un prodigio, pero se me da bastante bien.

Lo toco desde los ocho, después de pasar un par de años sin decidirme ni por el violín ni por el piano.

Al tocar una melodía siempre me da la sensación de volar, de deslizarme por las notas con la fuerza de mi respiración y los movimientos minúsculos de los dedos.

Es como magia. Pero la gente piensa que el clarinete es de gais y en las fiestas los chicos siempre les cuentan a las chicas que lo toco para joderme o se reían cuando llevaba la funda al instituto y decían que era mi bolso.

A veces me gustaría tocar algo más sexy, como el saxofón o incluso la trompeta, pero me gusta el clarinete, qué le vamos a hacer.

—Toco algunos instrumentos —contesto, con la esperanza de que el tema se quede en eso.

—¿Cuáles?

Tuerzo el gesto.

—El clarinete.

—Qué guay. ¿En una orquesta?

—En una banda de jazz.

—Me siento celosa —dice y baja un poco la música—. Siempre he querido tocar algo. ¿Vas a estudiar música en la universidad?

—No. Derecho.

—¿Por qué?

Pienso en todas las lecciones que me dieron de pequeño, sobre proveer, sobre ser un buen hijo; que estudiara algo como música, psicología, idiomas o arte nunca se tuvo en cuenta.

No me puedo ni imaginar la conversación.

Pero, mamá, la música es mi pasión. «¿Tu pasión?

¡¿Tu pasión?! ¡La pasión no paga las facturas!

». Parece que Alex lo entiende, pero no creo que pueda entenderlo todo y fui yo quien se decidió por Derecho, aunque no hay una frontera clara entre mis decisiones y las de mis padres.

Quiero tener seguridad, pero también quiero hacerles felices.

¿O acaso eso no es igual de importante? ¿Ese deseo no tiene la misma importancia? «Deseo» es una palabra complicada.

—Porque quiero ser abogado —contesto.

Alex saca fotos con cuidado de los barcos en el mercado flotante, de los cuchillos de carniceros y de la fruta cortada. Compra un paquete de yaca y desenrolla el plástico cuando nos sentamos en un banco. No acepto el desinfectante para manos que me ofrece antes de agarrar un trozo.

Le propongo sacarle unas cuantas fotos con su cámara.

No es digital. No había visto a nadie usar una de estas desde niño.

Creo que se va a reír cuando le pregunto cómo usarla, pero coloca las manos sobre las mías y me enseña dónde está el obturador, cómo enfocar.

Le saco una foto sobre la pasarela que une dos barcas.

No sonríe. Espero que sea una foto bonita, aunque no tenga nada que ver conmigo.

Alex me pide sacarme una y la dejo; me pregunto si alguna vez veré el resultado final.

En el tren me dijo que no tenía Facebook, que era otra forma de que los abusones imbéciles se metieran con ella y que ya no le ve la utilidad.

Me dejó con algunas dudas: ¿cómo sabes entonces quién va a una fiesta?

¿Cómo mantienes el contacto con gente que conoces por ahí, como yo?

Pero no se lo pregunto, porque las respuestas parecen obvias.

Y luego noto que me ruge el vientre. Intento ignorarlo. Se repite. Sé que tengo que ir al baño. Y rápido. Me voy a cagar encima. Los rugidos se convierten en sudor y siento que me va a salir todo el cuerpo por el ano.

—Necesito un baño —digo.

Alex rebusca en su mochila y saca un paquete de pañuelos, gordo, sin abrir y con ramas de lavanda en la parte delantera. Lo sabe. Recuerdo haber visto el cartel de un baño en unos edificios cerca del mercado flotante. Echo a correr en esa dirección.

—Te espero aquí —grita Alex.

El baño de hombres huele como si las paredes estuvieran pringadas de materia fecal.

Entro directo en un cubículo, me bajo los pantalones y me agacho sobre el baño.

Todo sale en un estallido. Durante unos segundos, es como si me estuviera muriendo, un torrente detrás de otro, pero luego todo se calma y uso el paquete entero de pañuelos de Alex para limpiarme.

Cuando salgo, me está esperando allí, no en el mercado como me había dicho. Sonríe.

En mi vida había sentido tanta vergüenza.

Me siento un pringado, pero a ella no parece importarle.

Sería una mierda si le importara un poco de mierda.

Bueno, mucha. No sabe cuánta mierda ha habido.

Creo que Alex me gusta, que me gusta de verdad, aunque solo haya pasado un día.

Bueno, medio. A lo mejor esta es la anécdota ñoña de cómo nos conocimos.

Lo recordaré en el futuro y me reiré sobre cómo casi me cagué encima en Tailandia.

—¿Estás bien? —Su sonrisa se convierte en una carcajada.

—Sí —sale de mi boca, una defensiva ofensiva, y Alex se ríe de nuevo y me siento más imbécil si cabe—. Seguramente haya sido la fruta.

—No creo. Yo no siento nada. —Se pone a rebuscar en su mochila—. Y no creo que una intoxicación alimentaria haga efecto tan rápido. Deberías haberte lavado las manos antes.

Alex saca el desinfectante y se echa una gota en la palma y luego otra en la mía. El olor sintético a sandía me llega hasta la nariz. Me ofrece la bandeja de yaca. No, por favor. Apártala.

—No, gracias.

Se ríe y se come otro trozo. Un chorrito de zumo azucarado con restos de saliva le cae por el dedo.

Al día siguiente, Alex nos guía a un local en el mercado de Chatuchak donde hay una exhibición de artistas locales y habla con el dueño sobre ellos, quiénes son, dónde estudiaron.

No compra nada, pero todo el mundo parece feliz de hablar con ella.

Me imagino presentándosela a mis padres.

Nunca les he presentado a una chica. Creo que los mantengo un poco escondidos.

No porque me avergüencen, aunque a veces dan un poco de grima.

Fred lo entiende y creo que Alex también lo entendería.

Es encantadora. Es encanto de chica blanca, pero no menosprecia a la gente.

Me la imagino en el sofá, viendo series cantonesas con mi madre, absorta en las peleas de espadas y los saltos imposibles, mientras chupa caramelos de ciruela.

«¡A-lix! Come más». Me obligo a apartar esos pensamientos de mi mente, aunque sean agradables.

Siempre hacia el futuro, aunque ya estoy sintiendo cosas demasiado rápido.

Alex le estrecha la mano al hombre y se despide.

—Sabes qué preguntas plantear —le digo mientras recorremos un pasillo estrecho donde cuelgan camisetas y adornos.

—Son preguntas básicas —contesta, pero calla un momento—. Las preguntas salen si de verdad quieres saber algo. ¿Vamos a la galería?