V #4
Arrugo el gesto. Es difícil explicar lo poco que entiendo de mí misma sobre ese tema.
A menudo digo que no los quiero porque vivimos en un mundo en el que los niños son caros y resido en una ciudad cara y eso significa hacer sacrificios que no sé si puedo hacer.
Y luego está la cuestión de que no tengo útero y eso implica explorar otras opciones que cuestan dinero.
Y todos los métodos (adopción privada, gestación subrogada) tienen sus cuestiones éticas.
Pero eso se aleja de la pregunta básica, que es: ¿quieres tener hijos?
Sin barreras, ¿querrías tenerlos? Si digo que sí, el dolor de los obstáculos se incrementa y no sé si quiero eso.
¿Contemplar tener hijos es otro gancho en el que colgar mis sentimientos por no ser lo bastante buena?
—No lo sé. Es complicado.
—Sí que lo es.
—Supongo que son una póliza contra la soledad. Pero ¿ese es motivo suficiente para tenerlos?
—Es un poco egoísta —dice Vincent y me agarra la mano.
—Ya. Tampoco sé si seré buena madre. Me preocupa parecerme a mi padre.
—¿A qué te refieres?
No le he hablado mucho a Vincent sobre Lamma.
Me da la sensación de que no hay tanto que contar.
Podríamos hablar del fuego, pero cada vez que recito la historia en mi cabeza, siento que le falta algo.
Me imagino su respuesta: «¿Crees de verdad que por eso no tenéis una relación cercana? No le pasó nada a nadie, ¿verdad?».
—Se mostraba un poco distante. Y mi madre no paraba mucho por casa. Pasaba muchas noches en el distrito Central porque los ferris dejaban de circular hasta Lamma antes de medianoche, pero papá no quería vivir en otra parte.
—Es curioso que tanto Jamie como tú hayáis acabado siendo abogados como ella.
—Jamie te recordaría que es procurador —contesto, y Vincent se ríe—. Pero a veces siento que estamos condenados a repetir los fracasos de nuestros progenitores.
—Y a odiarlos por ello.
A lo mejor no debería ser tan dramática. Vincent me contó que sus padres nunca le han dicho que le quieren y que depositan muchas expectativas en él, como su único hijo, aunque su hermana trabaje en la banca de inversiones. A mí me fue bastante bien: mis padres no esperaban gran cosa de mí.
—Creo que serías una buena madre —dice. Le aprieto los nudillos.
—¿Tú quieres tener hijos?
Reflexiona un momento.
—Cada vez que miro hacia el futuro, veo niños. Pero eso no significa que los quiera.
—A eso me refería yo.
—Pero no parece que pensemos muy diferente, ¿no?
—Es como un reflejo. Como tu mano izquierda y la derecha.
—¿Qué?
—Es lo mismo, pero no se superpone. Lo mismo pero a la inversa.
Coloco la mano encima de la suya. Vincent apoya la cabeza en mi hombro y se encorva en el asiento. Estira las piernas a lo largo y a lo ancho.
—Carla parece una mujer curiosa. ¿A qué se dedica?
—Pinta, pero también hace otras cosas.
—¿Es trans?
—Sí.
—Todos tus amigos son muy interesantes.
¿Lo son de verdad? ¿Es «interesante» un eufemismo? No sé si quiero saber de qué es eufemismo.
—Son amigos de conveniencia.
—Pero Simone no.
—Nos enterrarán en la misma tumba.
—¿Y qué dirá la lápida?
—Prohibida la entrada a los chicos.
Vincent se ríe.
—¿Quién es el chico al que le gusta vapear? —pregunta.
—Un hombre le paga por vapear por el culo.
Vincent se endereza de la sorpresa.
—Hala. ¿Y eso es posible?
—Supongo.
—¿Carla está bien?
—Creo que sí.
¿Lo está? ¿O la vida en los márgenes significa que una se acostumbra a ciertas experiencias que otros describirían como traumáticas, hasta el punto de reducirlas a anécdotas graciosas o capítulos de desarrollo personal?
—En una ocasión, un hombre me pagó por pisarle la polla. Llevaba zapatillas deportivas. No tuve ni que quitarme la ropa.
—¿Qué? ¿Cuándo fue eso?
—Cuando Simone y yo íbamos en la universidad. Ella se quedó esperando fuera para protegerme.
Vincent se recuesta en el asiento. Aguardo a que formule la pregunta. A lo mejor he dicho demasiado. No es como si le debiera este dato. No parece ni que fuera yo. Ya no.
—¿Cuánto te pagó? —pregunta.
—Cincuenta libras por media hora.
—¿Esa es la tarifa habitual?
—No lo sé. En aquella época parecía mucho. No lo volvería a hacer. Después me sentí muy triste.
—Lo siento.
—¿Por?
—Porque te sentiste triste. —Me agarra de nuevo la mano. El tren se detiene. Observamos a los pasajeros subir y apearse—. ¿De verdad te consideras queer?
—Supongo, ¿por qué lo dices?
—No lo sé. Por tu aspecto y porque solo sales con hombres. A mí no me parece tan queer.
Eso me desarma más de lo que pretendo. Podría ofenderme, pero Vincent también tiene razón.
Para mí, las identidades no significan gran cosa fuera de su relación con el material y, si no actúo según lo queer, entonces se me percibe como mujer sin más, y encima una que no es ni trans ni sáfica, por lo que ¿qué consigo con esa identidad?
¿Qué función cumple? Aprieto la mano de Vincent.
—Oye, estaba pensando… Sabes, ¿esa medicación que tomas para reducir la testosterona…? —pregunta en voz baja.
—¿Sí?
—¿Cómo se llama?
—Acetato de ciproterona, ¿por?
—La primera vez que le hablé a Josh sobre ti, me preguntó si tu medicación tenía efectos secundarios.
Siento un pinchazo candente de fastidio. El marido de la Annabel rubia. Cómo no.
—¿Por qué lo preguntó?
—Es médico.
—Entonces seguro que lo podrá buscar.
—Lo sé, lo siento. Pero me di cuenta de que yo no sé nada sobre los efectos secundarios.
Suspiro.
—Aumento de peso. Tumores cerebrales.
—¿En serio?
—Sí, es un riesgo mínimo, pero puede pasar.
—Joder. Lo siento.
—No pasa nada. La verdad es que no pienso en ello.
—También preguntó si congelaste tu esperma.
—Vincent —le suplico—. Es una pregunta muy rara e invasiva.
—Lo sé, lo siento. Creo que solo pretendía ayudar.
—Preferiría vapear por el culo que tener una habitación llena de gente hablando sobre mi cuerpo.
Apoyo la frente en las manos. Vincent las separa para agarrarlas.
—Perdóname. Me siento mal por no saber cómo funciona nada de esto.
A lo mejor debería habérselo dicho, pero él no preguntó.
—Congelé el esperma. Aunque no creo que lo use.
—Ah. ¿Por qué no?
El tren se detiene en Dalston Kingsland y se llena. Vincent se coloca el molde de la tarta de nuevo sobre el regazo.
—Pensé que lo usaría si acababa saliendo con una mujer —susurro—. La sexualidad de algunas personas cambia cuando empiezan a tomar hormonas. —Vincent arquea las cejas—. Pero la mía no. Por eso no me imagino usándolo. Y, aunque lo hiciera, me seguiría pareciendo raro.
Vincent asiente despacio. No le cuento que, cada vez que me he imaginado teniendo este tipo de conversaciones, siempre he sentido mi cuerpo, de un modo u otro, como una concesión, como si tuviera una deuda enorme con cualquier hombre dispuesto a atravesar todos los aros extra por tener un hijo conmigo.
Dejarle usar su esperma es lo menos que podría hacer por él.
—Hay muchas formas de crear una familia —dice—. Creo que hay margen para reescribir un poco la historia.
Hace poco empezó a leer Detransition, Baby. Me pregunto si lo ha sacado de ahí.
Cuando llegamos a su casa, Vincent se sienta en el balcón y yo en su regazo.
Inspecciona la tela de mi vestido con los dedos y me besa el hombro.
Mantengo la cabeza hacia delante, como si el roce de sus labios arrugados sobre mi piel desnuda no me derritiera, porque tengo miedo de mi debilidad por la ternura y cómo me elevo con el simple contacto de un hombre, de Vincent.
Me besa el cuello. Me río por las cosquillas, echo la cabeza hacia atrás y nos empezamos a besar. Él juguetea con mi pecho desde atrás.
Entramos. Se tumba en la cama y comienza a tocarse por encima de los pantalones.
Me sitúo delante de él y deslizo los tirantes por los hombros.
Vincent sonríe al ver mi cuerpo casi desnudo.
Engancho los pulgares en la cintura y me bajo el vestido.
Él esboza una sonrisa de deseo, de anhelo profundo y asombro, una sonrisa que me recuerda que, para él, mi cuerpo no es una concesión.
A la mañana siguiente, llaman a Vincent. Su padre ha sufrido un ataque al corazón. Farfulla mientras prepara una bolsa y luego sale corriendo del piso sin despedirse .