Decepcióname V #3
25%

V #3

Y es verdad. Fred, el cabecilla brillante.

Dejó de ser consultor de grandes compañías para convertirse en el director de operaciones de una empresa emergente.

Siempre está trabajando. Es muy inteligente.

Ahora no gana tanto dinero, aunque sigue ganando mucho y tiene muchas acciones.

El mejor amigo de Vincent. El más antiguo.

Viajaron mucho juntos. Vivió en Hong Kong, igual que yo, pero por trabajo.

Es difícil reconocer al adolescente deprimido que necesitaba cocinar con Vincent en el hombre que veo ahora.

¿Es cosa de la terapia? ¿Qué problemas lleva consigo?

—Vincent me ha hablado de tu poesía —dice.

Se me cae el alma a los pies, pero entonces recuerdo lo que Vincent dijo en la presentación del libro de Caspar, sobre que mi poesía era mejor que la de Arthur, y eso me anima—.

Te busqué y encontré un poema que escribiste en una revista.

¿Sobre el glutamato monosódico? Me pareció conmovedor.

—¿Te pareció conmovedor un poema sobre el glutamato monosódico?

—Tiene mala reputación, pero soy un aliado a la causa.

Ese poema me gusta. Lo escribí antes que el poemario y se publicó en una revista literaria bastante conocida. Recuerdo el momento en el que llegó el correo de aceptación. Me pareció un éxito, aunque no me pagaran.

—Gracias.

—Ese yo no lo he leído —comenta Vincent.

—Te lo mandaré —se ofrece Fred antes de que yo pueda decir nada. Sería más apropiado que yo se lo mandara a Vincent, pero Fred ha hablado con tanta confianza que casi me creo que tiene más sentido que lo envíe él.

Un camarero del cáterin sirve el champán en copas y otro las reparte en una bandeja.

Fred pide que nos sentemos, así que doy la vuelta a la mesa para encontrar mi nombre.

Para mi sorpresa, no hay asientos asignados.

Aisha se sienta a mi lado antes de que Vincent pueda reclamar el sitio, así que acaba relegado a unas sillas de distancia.

La mujer con el bebé se sienta enfrente.

La criatura se retuerce en su regazo hasta que se engancha a su pecho.

—Soy Annabel —se presenta.

—Yo también me llamo Annabel —dice la pelirroja sentada a su lado.

¿Durante la comida revelarán que yo también me llamo Annabel? Me siento perdida.

—Me han dicho que vivías en Hong Kong —interviene Aisha—. Ahí fue donde Fred y yo nos conocimos.

—Creo que Vincent lo mencionó. Me crie allí.

—¿Cuánto tiempo llevas saliendo con Vincent?

¿No lo sabe?

—Unos meses. ¿Y tú estás casada con Fred?

—Sí. ¿Cuándo te mudaste aquí?

—A los dieciocho, para la universidad. ¿Y tú?

—Hace dos años. Aunque tenía ganas de marcharme de Hong Kong.

—Hong Kong parece tan bonito —dice la Annabel rubia, con énfasis en el «tan»—. A mí me encanta Asia. Estuvimos en Phuket por Navidades. Nos preocupaba mucho el vuelo, pero al final con el capazo todo fue bien. —Baja la mirada hacia el bebé—. Todo fue bien, ¿verdad que sí?

Santo cielo. Le doy lo que quiere y dirijo la conversación con firmeza hacia su bebé. Le pregunto cuánto tiempo tiene y luego lo que puede hacer, si ha dicho alguna palabra, sabe gatear o girarse. Al cabo de un rato, es como preguntar a alguien sobre su coche o sobre su navaja suiza.

—Qué bonita es —digo.

—¡Lo es! Algún día sabrás lo que se siente. —Pero entonces Annabel la rubia ahoga un grito y se tapa la boca con una mano—. Lo siento mucho. Qué desconsiderado por mi parte.

—No. No seas tonta, no pasa nada. En serio.

Giro la cabeza con rapidez de un lado a otro y veo que nadie nos está prestando atención, aparte de Aisha y las dos Annabel.

Noto un cosquilleo caliente por las mejillas, un recordatorio como una bofetada de que soy lo otro, de que la gente piensa en medicinas y genitales y órganos internos que no son de su puta incumbencia.

¿Y si no quiero hijos? ¿Por qué todo el mundo piensa que es una tragedia?

Respiro. Cada segundo de silencio da paso a la incomodidad.

Sé que esta reacción no tiene nada que ver con lo que yo piense sobre la maternidad, aparte del enfado por saber que otra gente está pensando en eso por mí.

—¡Vengan a por la comida! —grita el camarero.

Qué alivio.

Aisha y yo nos levantamos a la vez. Me pellizca el brazo con suavidad para susurrarme al oído:

—Eso ha sido raro de cojones.

—Gracias —contesto. Me siento demasiado cohibida para añadir algo más.

—Tengo ovario poliquístico y ese tipo de implicaciones duelen.

Nos encontramos con Fred de vuelta a la mesa y se detiene a darle un beso a Aisha en la mejilla.

—Disfrutad de la comida, chicas.

Aisha me dedica una sonrisa a modo de disculpa. De nuevo en mi asiento, pincho y muerdo un trozo de halloumi. Lleva demasiado rato al aire libre y sabe como un neumático que han sacado del mar. Luego pruebo el salmón. Está suave. Sabe a ajo, a salsa de soja, a umami.

—Me han hablado de tu poesía —comenta Aisha.

—Y a mí de tus alfombras.

—Son un dolor.

—Y mis poemas son bastante malos.

—¿Sí? Pero ¿no los publicaron?

—Una de las frases publicitarias de la cubierta decía: «Ideal para los fans de lo grotesco y lo imaginativo» —digo, y Aisha se ríe—. Una reseña sugería que hiciera una campaña de microfinanciación para ponerme implantes de pecho.

—¿Por qué?

—Porque así le haría un favor al mundo y dejaría de escribir poemas sobre tener tetas pequeñas. Creo que lo peor fue que mi ex dijo que era buena idea.

Aisha se ríe más alto esta vez. Me sorprende la poca cantidad de sentimientos que me genera lo que acabo de decir; lo que antes me parecía angustioso y doloroso, ahora se ha suavizado en una piedrecita, una pequeña anécdota que lanzar al lago de la conversación.

No ha reaccionado como Simone cuando se lo dije.

«¿Arthur está mal de la cabeza? ¡A la cárcel!

». No es que Simone no entienda un chiste, es que he cambiado la forma de contarlo.

Ya no es algo profundo. Me siento feliz.

Doy un mordisco a una alita. Estoy tan cómoda con Aisha que acabo limpiándola hasta los huesos.

—¿Por qué te marchaste de Hong Kong? —pregunto mientras me chupo el marinado de los dedos.

—Para escapar de la gente blanca.

Examino la multitud de novias y novios. Vincent y Aisha son palmeras en una playa blanca.

—¿Y qué tal te va?

Nos reímos.

—¿Quién es esa? —pregunta Aisha.

La Annabel rubia se da la vuelta y todas nos quedamos mirando a una mujer que nos saluda con la mano.

Es Carla, Arca del todo a cien, con una microfalda y un pañuelo de seda atado a la espalda a modo de top; es inmune al frescor.

No la he visto desde Nochevieja. Toda esta semana ha sido una colisión violenta con mi propia colisión violenta.

Casi me había olvidado de que se acostó con Arthur, pero en general se lo he perdonado.

Ambas estamos, por lo menos en mi mente, unidas en su contra.

Cuando me levanto, casi me ha alcanzado.

No sé por qué me siento como si me hubiera descubierto haciendo algo sucio.

Como ponerle los cuernos a ser queer. Como si me hubiera caído por las escaleras y, al despertar, me hubiera convertido en una trad wife.

Lucho contra el impulso de tapar las flores del vestido con los brazos. Nos damos un beso en cada mejilla.

—Hola, preciosa —dice.

—Qué alegría verte.

Examina la cena al aire libre.

—Es muy a lo Nicky Hilton.

No estoy segura de que Nicky Hilton haya estado alguna vez en el Olympic Park de Stratford.

—Es el cumpleaños de Fred. —Lo señalo—. Es el amigo de mi novio… de Vincent.

Saludan a Carla. Vincent se levanta para acercarse.

—¡Novio nuevo! Entonces, ¿te has recuperado…?

—¿No estabas en la presentación de Caspar? —intervengo.

—No, cariño. —Sacude la cabeza y saca cadera—. No me gusta la gente librera.

—¿Por qué no? —pregunta Vincent.

—Necesitan muchas palabras para decir cosas simples —dice mientras hace girar las manos delante de ella.

—Tienes razón —ríe Vincent—. ¿De qué os conocéis?

Carla y yo intercambiamos una mirada.

—De por ahí.

Carla asiente.

—Bueno, cariño, me voy a ver a Michael.

—¿Quién es Michael? —le pregunto.

—El chico al que le gusta vapear.

El hombre para el que chupa nicotina por el culo. Carla se echa a reír al ver que me acuerdo de él y no puedo evitar reírme con ella mientras Vincent se queda quieto, educado. Carla y yo nos despedimos con dos besos al aire, con suficiente espacio entre el labio y la mejilla.

Esperamos al siguiente Overground en un banco calentado por el sol.

—¿Crees que Fred se lo ha pasado bien? —pregunto.

—Eso espero. Últimamente estaba muy de bajón.

—¿Por algo en concreto? ¿O el típico dolor existencial?

—Creo que es estrés por el trabajo y por la recesión. Y porque es propenso a la tristeza.

—Parece que quiere mucho a Aisha.

—Supongo que viene bien querer a alguien cuando estás triste.

—Esta es la primera fiesta a la que he ido y hay un bebé.

—Es raro, ¿no?

Vincent me apoya una mano en el muslo y un escalofrío suave me recorre la columna.

Decido hablarle sobre la metedura de pata de la Annabel rubia y, mientras se lo cuento, se queda boquiabierto y luego apoya la frente en las manos; el hueco entre el pulgar y el dedo índice tiembla.

—Hostia. Lo siento mucho.

—Me ha hecho sentir como si estuviera fuera de lugar.

—No me extraña, joder. —Esperamos en silencio hasta que llega el tren. Nos sentamos en el vagón casi vacío y él apoya la cabeza en el cristal de atrás—. ¿Quieres tener hijos?

Aparto la mirada hacia las barandillas, las puertas, la palanca roja de emergencia para detener el tren.

—Creo que la vida funciona a la inversa cuando eres queer. Los hijos no son algo que se dé por hecho. Es algo que debes decidir, no algo que recibes. Tal y como señaló Annabel.

Le sonrío y él me devuelve la sonrisa.

—Pero ¿quieres tenerlos?