V #2
—Tenemos unas cuantas lecturas esta noche —anuncia Caspar—. No de mi obra, porque deberíais comprar el puto libro. —Se lo tira a uno de sus amigos en la primera fila. La gente se ríe—. Pero me pareció bonito que se leyera poesía. Le he pedido a mi amigo Arthur que lea un poema suyo.
Vincent me mira y le devuelvo la mirada, arrugando los labios y las cejas.
No quiero que piense que disfruto de esto, porque no es verdad.
Arthur se sitúa delante de la multitud y siento mucha vergüenza por él, por su forma de encorvarse, por su cabello desaliñado, su camiseta extragrande y los gruesos pantalones de pana.
Me aferro a Vincent. No me puedo creer que el cabrón esté escribiendo poesía.
—Hola a todo el mundo —dice con docilidad y saca el poema del bolsillo trasero del pantalón.
Carraspea, se frota la nariz y luego carraspea de nuevo, como si el mundo tuviera todo el tiempo para él—.
El viento corre. —Toma aire—. Por la superficie.
—Arrastra la mano en una línea recta delante de él—.
De agua delicada. —Hace una pausa más larga de lo necesario—.
Cada cuerpo un estanque, saqueado y abandonado por conquista.
—Mira al público—. Cuerpos sin nombre, movidos no en ondas, sino en plano.
Vincent me mira con una sonrisita maliciosa.
Simone ya no está a mi lado, sino en la barra, y otra chica ha ocupado su sitio.
Le brillan los ojos mientras observa a Arthur y sé enseguida que están follando.
Casi quiero echarme a reír. Agarro con un poco más de fuerza el brazo de Vincent y froto el pulgar en la tela suave de su chaqueta.
Me niego a escuchar el verso final del poema de Arthur.
—El pergamino se despliega. —Otra pausa larga—. Los pecados emborronan la tinta.
Todo el mundo aplaude. Arthur me mira y sonríe.
Le devuelvo el gesto, pero el revoloteo que siento en el interior desaparece con la misma velocidad con la que ha aparecido, los últimos estertores de un tentáculo cortado.
Está muerto. No hay cerebro. Intercambio una sonrisa con la chica que se está acostando con él, lo que, por desgracia, interpreta como una invitación para acercarse.
—¿A que ha sido bonito? —pregunta—. Hablé con él sobre el poema. Va sobre la crisis de los refugiados.
—¿Cuál en concreto?
—Ah, creo que es en general.
—Ah. Mola.
Noto que el pecho me tiembla por contener la risa y entierro la cara en el cuello de Vincent. Él me frota la espalda despacio, como si pensara que estoy llorando, pero entonces se echa a reír también.
Nos retiramos a un sofá curvo en un rincón de la sala.
—Ha sido como una versión muy mala de tus poemas —comenta—. No era bueno. —Hace poco le di a Vincent mi poemario. Le gustó. Significó mucho para mí—. Sé que intentaba jugar con la imaginería de un modo similar. Seguro que influiste en él, pero no ha estado a la altura.
—Sería de muy mala educación que hablara mal sobre mi ex.
—¿Ni siquiera un poco? ¿Ni siquiera te sientes tentada de llamarlo salvador blanco?
Me río.
—Sus cuatro madres son terapeutas —le explico—. Y creo que se nota.
Veo cómo el cerebro de Vincent colapsa cuando intenta calcularlo. Simone aparece con tres cócteles.
—Ese poema ha sido horrible. Espero que te sientas bien, Maxy.
—Mmm.
No debería, pero me siento bien.
—Que viene —dice y lo saluda con la mano sin ganas.
Arthur se aproxima con paso decidido. Simone se sienta más cerca de mí y entrelazamos los brazos. No quiero hablar con él.
—Solo venía a saludar —dice Arthur.
Le presento a Vincent como mi novio y se levanta a estrecharle la mano. Arthur me dirige una mirada amable, como si me diera la enhorabuena. Me dan ganas de decirle que se vaya a la mierda.
—Qué poema tan chulo —dice Simone.
—Gracias. —Arthur me mira—. ¿Te ha gustado?
—Claro. Bien hecho.
—Deberías volver al taller.
Antes muerta.
—Ah, sí, puede. ¿Qué tal estás?
—Estoy bien. Tú tienes buen aspecto.
—Sí.
Un silencio incómodo cuelga en el aire.
—Bueno, ha sido bonito veros.
Nos despedimos. Ya puedo respirar.
—¿Qué taller? —pregunta Vincent.
—Uno del que me marché cuando rompimos.
—¿Por qué?
—Porque él dijo que le parecía bien que estuviéramos los dos, pero a mí no y, además, no quería verlo porque fue él quien rompió conmigo.
—Qué injusto.
—¿Verdad que sí? —Simone resopla—. Siempre con esa calma, esa puta calma. Metería su puto cuerpo en hielo.
—Hala —exclama Vincent.
Me río. Simone se enfada por mí. Se lo agradezco, sobre todo porque la rabia es muy indecorosa. Además, fue literalmente mi perdición.
—¿Crees que debería ir a terapia? —pregunta Vincent.
—¿Qué?
Es el fin de semana después de la publicación del libro de Caspar y vamos en el metro Overground de camino al cumpleaños de Fred. Vincent sostiene el molde de una tarta sobre el regazo. Su contenido es magnífico: una tarta de tres capas con delicados ribetes.
—Es raro —dice—. La gente siempre dice que todo el mundo debe ir a terapia, pero el discurso de Caspar me hizo reflexionar de verdad sobre las cosas que todos tenemos que analizar.
—¿Como qué?
—No sé. Pero todos tenemos problemas.
Es fácil, quizás demasiado fácil, responder a los problemas de una persona diciéndole que vaya a terapia.
¿Trauma de la infancia? Terapia. ¿Divorcio?
Terapia. ¿Pobreza? Terapia. Es la palabra segura para los analfabetos emocionales, una forma conveniente pero culta de lanzar al regazo de otro la molestia de tener que cuidar a esa persona, como si cada tipo de cuidado fuera intercambiable.
Pero, si dejamos de lado mi cinismo, nuestras mentes son casas abarrotadas, llenas de cajas amontonadas que llegan hasta el moho del techo.
Y lo curioso de la mente es que estamos atrapados en su interior sin forma de abrir la puerta.
Vincent tiene razón. Todos tenemos problemas que destapar y la mudanza nos ayuda a encontrar el cúter, las bolsas de basura y los estantes.
Pero no puedes obligar a alguien a ir a terapia. Así solo te sale un Arthur.
—Podrías ir —le digo—. Yo nunca te obligaré. Pero te puede venir bien.
—Me lo pensaré.
Salimos de la estación de Hackney Wick hacia el Olympic Park.
Vincent me dijo que iba a ser un pícnic, pero no lo es.
Al acercarnos, veo mesas grandes, manteles blancos y gente con delantales del mismo color que prepara la comida.
Un cáterin. En ningún pícnic hay cáterin.
No se diferencia mucho de cómo nos criamos Simone o yo (la heteronormatividad adinerada) y, aunque haya pasado años alejada de eso, tampoco he olvidado cómo navegar situaciones como esta.
Al acercarnos, distingo a un hombre que reconozco de verlo en fotos; está hablando con un guardabosques y señala un impreso. Es Fred.
—¿Qué hace?
—Esos son los reglamentos del parque —me explica Vincent—. Me pidió que los buscara y se los enviara.
La gente se gira despacio para saludarnos.
A un lado hay hombres conversando y al otro mujeres conversando.
Tomo nota de ir con las mujeres al acabar con las presentaciones.
¿Cómo se las apañaría aquí una pareja de hombres gais?
¿El que se pone abajo se juntaría con las mujeres?
No puedo apartar los ojos de un bebé en un cochecito que mueve adelante y atrás una mujer rubia.
No tengo amigos con hijos. No voy a fiestas con niños.
Miro de nuevo la mesa con la comida. Hay copas sudadas llenas de cócteles, pirámides de pinchos de carne y verduras, crudités y rodajas de halloumi dispuestos en círculos, un cementerio de alitas de pollo pegajosas y dos salmones enteros fileteados sobre camas de tomates asados.
Debajo de las chaquetas ligeras, las mujeres llevan vestidos cruzados de verano y me siento aliviada, porque lo predije y, por tanto, me he puesto un vestido cruzado de verano.
Una mujer luce un estampado verde de leopardo.
Deduzco que es Aisha, porque es la única que no es blanca.
—¡Vincent! —Aisha se acerca a nosotros, con la espalda recta y el flequillo inmóvil. Da dos besos a Vincent en las mejillas y se gira hacia mí para hacer lo mismo—. Soy Aisha, la pareja de Fred.
—Max.
Mide unos quince centímetros menos que yo.
Sus rasgos son afilados, los pómulos atraviesan las planicies de su rostro.
Lleva el pelo recogido en una pulcra coleta, sin demasiado maquillaje.
Según Vincent, tenemos muchas cosas en común.
«Las dos sois personas artísticas que trabajan en un ámbito que no es artístico.
Ella hace alfombras. Ya, sé que no es lo mismo que la poesía».
También me contó que es de Singapur, que ya es algo, supongo.
Saludo a los demás y me reciben con calidez.
La mayoría de los hombres son amigos de Vincent y Fred del colegio y retoman sus conversaciones tras saludarme con un beso; su entusiasmo estalla y desaparece igual que un petardo.
Me siento como un apéndice hasta que conozco a Fred, que ha convencido al guardabosques y se despide de él tras estrecharle la mano.
Fred tiene ondas doradas en el pelo, que una fuerza sobrenatural aparta de su rostro, y músculos enormes; todo eso me hace desconfiar de él.
Los pantalones, la camiseta y la sobrecamisa son bastante holgados y las deportivas cuestan trescientas cincuenta libras. Las he visto por internet.
—Max —dice—. ¡Ah! No puedo describir la alegría que supone conocerte al fin. He oído mucho sobre ti.
Me da un repaso de la cabeza a los pies casi imperceptible y luego sonríe a Vincent.
—Yo también he oído hablar mucho de ti —digo.