Decepcióname V
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V

—Primero una copa.

—¡Max!

—¡Caspar! Enhorabuena.

Me da un beso en cada mejilla y me agarra por los brazos con las manos húmedas por el sudor para mirarme directamente a los ojos.

—¿Cómo está tu cuerpo? ¿Estás recuperándote?

—Sí —digo, y miro a Vincent—. Este es mi novio.

Caspar le echa un vistazo sin soltar la grasa de la parte superior de mi brazo.

—Es un placer conocerte —dice Vincent. Caspar me suelta para darle sendos besos en las mejillas.

—¿Vienes de trabajar? —le pregunta al ver su traje.

—Sí.

—¿Eres banquero?

—Abogado.

—Ah. —Caspar se gira hacia mí—. ¿Sigues trabajando en ese bufete?

—Es una empresa de tecnología. ¿Tú sigues trabajando en esa promotora inmobiliaria?

—Son arquitectos. Y voy a dejarlo.

La mitad de la cultura queer consiste en hacerte pasar por artista mientras trabajas en una oficina. Es el nuevo sistema de patronazgo artístico, aunque resulta más agotador.

—¿Vas a escribir a tiempo completo? —le pregunto.

—No sé —contesta. Mi rostro sonríe, pero mi cuerpo protesta—. Bueno, nos vemos dentro de un rato, ¿vale?

Vincent y yo encontramos un rincón tranquilo en un banco de la terraza exterior. La primavera ha llegado temprano. Cuando Vincent me rodea con un brazo, mete el codo en la fuente de agua de detrás.

—Mierda.

Intento absorber un poco el exceso de humedad de la chaqueta con mi rebeca, pero es inútil. Se la quita y la uso para secarle el codo húmedo de la camisa. A pesar del agua, Vincent va elegante, como recién expulsado de las entrañas de la ciudad.

—¿De verdad te cae bien? —me pregunta.

—A estas alturas ya ni lo sé.

—¿Por qué te ha preguntado por tu cuerpo?

Ha llegado el momento. Sigo secándole la camisa y evito mirarlo a la cara.

—Me caí por las escaleras en su fiesta de Nochevieja.

—¿Estabas borracha?

—Pues la verdad es que no.

—¿Te hiciste daño?

—Sí, pero no mucho. Unos cuantos moratones. Simone me llevó al hospital.

—Joder.

—No fue para tanto. —Callo un momento—. Tenían que hacerme una TAC, pero me marché.

Vincent aparta el codo. La conmoción se refleja en su rostro. Parece desconcertado. Sí, yo también puedo ser irresponsable. A veces me cuesta hacer lo correcto.

—¿Y no volviste?

—No.

—¿Y vas a volver?

—Si me hubiera pasado algo, ya lo habría notado.

Saludo a Simone con la mano cuando aparece en la terraza con mocasines caros y pantalones de cuero.

El cuello de su camisa blanca es puntiagudo y está bien planchado.

Lleva una margarita picante con un chile a modo de decoración en la mano.

Vincent y ella se abrazan, un abrazo fuerte. A Simone le cae bien Vincent.

—Estás muy guapo —le dice con una mano apoyada en su pecho.

—¿Qué tal? —le pregunto.

—Muy bien. —Da un buen trago al cóctel—. A esa chica que encontré, Xenia, le han dado un gran trabajo.

—¿La que no tiene cejas?

—Esa.

—¿Puedo verla? —pide Vincent. Simone saca el móvil para enseñársela. En la foto, una de las Polaroids de Simone, Xenia luce unos pantalones de cintura baja con un top corto—. Guau.

No acaba de entenderlo.

—Siento que tengo pruebas de que yo tenía razón —dice Simone—. Creo que lo hará bien. Estoy emocionada.

Cuando nos vimos en London Fields, Simone no se sentía segura sobre el cuerpo de Xenia, lo que me sorprendió porque pensaba que las cosas habían mejorado.

—Ahora se puede tener un cuerpo grande —me explicó—. Pero no se puede existir entre lo grande y lo pequeño, ni tampoco entre los cuerpos grandes, los medianos y los pequeños.

—¿Por qué no?

—Porque debes caber en las piezas de muestra que hacen. No puedes tener una talla cualquiera y esperar que te quepa la ropa.

—¿No?

—Es una mierda, lo sé.

Vincent se levanta para ir al baño. Simone se gira hacia mí con la mirada lúgubre.

—Arthur está dentro.

Las costillas me constriñen el corazón. Cabía la posibilidad de que viniera; una gran posibilidad.

En el divorcio, Arthur se quedó con Caspar y con nuestro grupo de escritura, que antes me incluía a mí, a Caspar, a Arthur y a una bailarina de burlesque llamada Calypso que escribía de forma obsesiva sobre el vello corporal. Voté en contra de que se uniera.

No puedo negar que en parte le pedí a Vincent que me acompañara por esto. No deberíamos lucir a otras personas como si fueran prendas de vestir, y menos como armadura, pero ¿no es esto lo que debemos hacer, traer a personas a nuestras vidas y permitir que ellas nos lleven a las suyas?

—Va a leer su poesía —añade Simone.

—¿Cómo lo sabes?

—Nos hemos saludado.

—Pero si él ni siquiera escribe poesía.

Duele. Caspar y yo solíamos revisar juntos mis poemas.

«Tienes una voz nítida, prominente». ¿Eso significaba algo?

A lo mejor me habría negado, pero ¿por qué no me lo ha pedido a mí?

Dejo la copa para leer los agradecimientos del libro de Caspar.

No aparezco. Arthur sí, incluso Calypso.

Apoyo la espalda en el asiento. El hielo del negroni se está derritiendo y suaviza su sabor meloso.

—Eva también está aquí —dice Simone.

—¿Por qué?

—Filmó una campaña para el Orgullo en la que aparecía Caspar. Ahora son amigos.

—¿Para el Orgullo? Pero si estamos en abril.

—Lo sé —replica, y pone los ojos en blanco—. Es como comprar decoraciones de Navidad en septiembre.

Se termina la margarita con otro gran trago.

—¿La has saludado? —le pregunto.

—Sí —contesta, mirando la copa vacía.

—¿Y?

—Ha sido cordial, pero he alardeado sobre lo bien que me ha ido en los últimos meses, lo que me ha hecho cuestionarme si en realidad han sido tan geniales.

—Has hecho muchas cosas —comento, porque es cierto—. ¿Cómo está Eva?

Simone ladea la cabeza hacia mí.

—Está bien.

Vincent regresa sonriendo.

—Creo que tu amigo está a punto de dar un discurso.

Al levantarnos, recojo el libro de Vincent, olvidado en el banco.

—Toma. Por cierto, mi ex va a leer algo. Lo siento.

Vincent esboza una sonrisa.

—No pasa nada, Max.

Caspar se ha puesto de pie en una silla. La gente se reúne a su alrededor. Mientras su equipo arregla un problema técnico con el micrófono, Vincent me agarra el culo y luego me da un beso en la mejilla. No es apropiado, pero no pasa nada. Me gusta.

—Quiero dar las gracias a mi agente, a mi editorial y a mi familia queer elegida.

—La multitud lo vitorea—. Y, por supuesto, a mis padres.

—Señala a dos personas de sesenta años en la parte delantera, que se abrazan con fuerza.

Luego habla sobre lo improbable que es que esté él aquí, sobre las épocas en las que se sintió tan solo y perdido que superar la treintena le resultaba incomprensible.

Miro a su madre, que tiene lágrimas en los ojos, y me doy cuenta de que no sabía que Caspar había pasado por algo así, y eso que Simone y yo lo conocemos desde la universidad.

He leído muchos de sus escritos, pero la escritura puede ser distante, sobre todo en forma de ensayo.

Supongo que racionalizar nuestras experiencias es otra forma de despersonificarlas, de despojarlas del dolor que deberíamos sentir y de reemplazarlo por un dolor sobre el que podemos pensar—.

Ojalá pudiera enseñarle este libro al chico de veintidós años que sufrió una infección de riñón por no ir a mear.

O al chico de veintitrés que pasó meses sin salir de casa porque sentía que cada vez se hundía más y más en la vergüenza.

Simone dice «mierda» por lo bajo. La honestidad es alarmante. Me pregunto si esto es necesario y luego si yo soy el problema. Caspar nos cuenta que escribir un libro sobre el amor queer es como un testimonio de la gran distancia que ha recorrido.

Aunque da la sensación de que Caspar salió del armario nada más nacer, solo nos lo contó un par de años después de graduarnos. Me acuerdo de Becca, su novia de la universidad, una mujer blanca y pija que ya tiene un hijo y que en una ocasión le dijo a Simone que parecía Pocahontas.

Simone y yo intercambiamos una mirada. La culpa que se refleja en su rostro también aparece en el mío. Aunque siempre flotaré en mi propia historia vital, casi ni vadeo las historias de los demás. ¿Eso es malo? La multitud aplaude a Caspar. Simone se apoya en mí.

—Dios —dice—. Qué fácil es olvidar esas cosas. Cuánto cambia la gente.

—Ya ves.

—Me pasa contigo, que te conozco desde antes de que transicionaras, pero cuando nos imagino de niñas te veo como eres ahora.

No puedo evitar el pinchazo de dolor en el pecho. Me cuesta aceptar esa realidad, que Simone y yo no fuimos (o no nos consideraban como tales) dos niñas que iban juntas al colegio. No me parece bien superponer esos hechos sobre el presente. No sé qué responder.

—Yo ya no te veo con el pelo largo —digo.

Si a Simone le cuesta, entonces seguramente a cualquiera que me conozca le costará imaginarme como un niño, Vincent incluido.

Experimentar el pasado de otra persona junto con la viveza del presente parece imposible.

Vincent no ha hablado demasiado conmigo sobre cosas trans.

Ha preguntado lo básico (cuándo lo supe, cuánto tiempo llevo tomando hormonas, los horrores de intentar recibir atención médica especializada en el sistema nacional de salud), pero no los detalles, sobre cómo lo viví todo.

Se puede celebrar de un modo erróneo que hemos superado la adversidad: «¡Todo ha quedado atrás!

¡Estoy bien! ¿O es que creéis que un chico gay que se avergonzara de serlo llevaría una falda escocesa de ochocientas libras?

Yo creo que no». Pero siempre cargamos encima nuestra vergüenza y nuestras cicatrices.

O yo, al menos, las cargo. De eso no cabe duda.

No sé si Caspar es feliz. Le da mucha importancia a no tomar alcohol, pero estoy bastante segura de que en parte lo hace porque le encanta la GHB.

¿Los mundos de Caspar y Vincent son alarmantemente diferentes?

Con alarmante, me refiero para mí. Vincent está mirando boquiabierto.

Salta a la vista que le ha conmovido el discurso, pero quiero introducirme en él, inspeccionar las neuronas funcionales y medir la distancia que los separa para ver el grado de su empatía.