Decepcióname MAX IV #3
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MAX IV #3

Sonrío sin fuerzas. Al menos sabe que ha sido una estupidez.

Se da la vuelta para comprobar el arroz y lo remueve un poco.

La preocupación va acompañada de adulación, porque una parte de mi cerebro ha interpretado la frase como un piropo y resulta complicado ofenderme.

Cuando éramos jóvenes, Simone solía dar las gracias cuando alguien comentaba que no parecía asiática.

¡No es un cumplido, Simone! «Bueno, tampoco es un crimen parecer venezolana».

No lo ha vuelto a hacer desde la adolescencia.

Ahora más que nunca quiere que la vean como filipina y sube fotos de sus múltiples intentos de preparar adobo y atchara.

Entiendo que, en términos de raza, en parte sabías lo bien que te iba por lo bien que la ocultabas, al menos en aquella época.

Odio que siga pasando lo mismo con ser trans.

En mi caso. No puedo ignorar que a lo mejor Vincent cree que esta relación va a funcionar porque puedo disimular, ocultar mi condición de trans.

Vincent sirve dos platos y nos sentamos juntos en la encimera de la cocina. Los granos de arroz se han hinchado con manteca y cada uno es una bala de umami salada y grasienta.

—Está buenísimo —digo—. Me encantan las recetas familiares.

—Ya —ríe Vincent—. Es de hace generaciones.

Acerca la silla para que nuestras rodillas se rocen.

Noto una sensación de calidez. No son chispas, pero me alegro.

No sé si creo en los beneficios de las chispas.

Durante muchos años, me ha resultado complicado separar el amor de la ansiedad, el tira del afloja.

Ese subidón frenético tiene que ver más con el deseo de que te quieran que con el amor en sí mismo, un deseo que estalla ante la más mínima señal de que el amor pueda desaparecer, porque escasea.

Toda mi preocupación por Arthur me dio diarrea y me obligó a meterme en un cursillo de seis semanas de hipnoterapia para calmar las señales de auxilio que me mandaba el cerebro. Evacúen, evacúen.

—¿Alguna vez te has acostado con un hombre? —pregunto.

No sé por qué he hecho esa pregunta, pero tampoco sé por qué no la había planteado antes.

Vincent tiene la boca llena de arroz con pollo.

Se señala la mandíbula en movimiento y la observo acelerar.

Intenta tragar, tose y estira el brazo hacia el agua mientras le froto la espalda y le doy palmaditas.

—Más o menos —dice, y con el tenedor y la cuchara remueve el arroz por el plato, encorvado sobre los antebrazos de nuevo, como si excavara en busca de palabras entre la carne sellada y cocinada.

Siento un alivio momentáneo—. Hice una paja.

En una ocasión. Pero no estaba muy motivado.

Creo que me atrae la femineidad, pero al mismo tiempo creo que me atraen las mujeres sin más. Me gustan las tetas.

—¿Has oído alguna vez la palabra «ginosexual»?

Nunca la había dicho en voz alta en toda mi vida.

—Sí —dice, y cambia el tenedor por la copa de vino—. No creo que se aplique a mí. Prefiero decir que soy hetero. Es más fácil.

—No tienes por qué llamarte de un modo que no te guste.

La frase suena vacía, aunque sea cierta.

—¿Tú te has acostado alguna vez con una mujer? —pregunta.

—Me lo he planteado, pero no.

Me mira, me mira de verdad, y luego me quita algo del borde del labio con el pulgar.

Me siento cohibida y me limpio la boca con la servilleta, aunque en realidad es papel de cocina.

Quiero hacerle otra pregunta, pero no entiendo por qué.

¿Me estoy mostrando vulnerable o solo quiero quedarme tranquila?

—¿Tus padres lo saben?

—¿A qué te refieres?

—Que si saben que estás saliendo con una persona trans. Que querrías salir con una.

Ladea la cabeza hacia el plato.

—No.

—¿Por qué no?

—Mis padres se toman muy en serio que salga con alguien. Y no siempre se lo cuento.

—Pero ¿saben que saldrías con una persona trans?

Mueve la mandíbula a un lado y se encorva más.

—No ha salido el tema —dice, y me apoya una mano en la rodilla—. ¿Cuándo sale un tema así? Pero se lo contaré. O sea, se lo tengo que contar, ¿no?

Reflexiono sobre ello. Sus padres seguramente consideren que estoy bien educada.

Vincent sabe, a partir de nuestras conversaciones, que mis padres son ricos, para la mayoría de los estándares, aunque ellos nunca lo digan.

«¡Llevamos una vida cómoda!». También sabe que soy abogada.

Me imagino que eso ayudaría, aunque a veces cueste creer que soy trans.

A lo mejor Vincent no se ha parado a pensar mucho sobre el tema trans porque hay poco que navegar en los anales de la heteronormatividad. ¿No es ese el objetivo?

—Quiero que quede claro que nunca he tenido complejos sobre esta cuestión —dice—. Pero no es un tema que haya surgido con mis padres. No te preocupes, ¿vale?

Los hombres a menudo dicen esa clase de cosas con tanta brusquedad que, de hecho, acaban por revelar sus complejos.

«Pero, si eres una mujer, no hay nada más que hablar.

¿A quién le importa?». Arthur no era así.

En una ocasión, reconoció sus complejos y eso fue menos molesto porque era sincero.

Es difícil ver que te has puesto el zapato en el pie equivocado si te niegas a mirar hacia abajo.

A pesar de todos sus defectos, Arthur al menos se examinaba a sí mismo.

Y, aun así, quiero creer a Vincent. Casi le creo. No sé si quiero saber mucho más.

—De acuerdo. Era por curiosidad.

Vincent no me deja fregar los platos. Cuando ha terminado, nos damos la mano.

El jabón le ha dejado áspera la piel, ha disuelto la barrera natural que debería recubrirla.

Luego entramos en su dormitorio para follar y me acuerdo de todas las cosas que me gustan de Vincent.

De acostarme con Vincent. La forma en que me mira mientras me chupa el pezón.

La forma en que muerde los labios ante la cosa más simple, tanto que a veces parece que esté actuando.

La forma en que me agarra la mano mientras follamos .