Decepcióname MAX IV #2
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MAX IV #2

Me planteo hablarle sobre el guía, sobre el ácido que se disolvió en su muslo y cómo parecía que se le derretía la cara mientras nos llevaba por el parque de esculturas.

Sé que Vincent y su mejor amigo tomaron hongos alucinógenos en su año sabático por Tailandia y que algunos de sus amigos toman coca los fines de semana, pero decido no comentar nada y cedo ante la presión de mejorar mi atractivo.

Vincent rebusca en su mochila y saca una fiambrera.

Echa un vistazo alrededor como si manejara contrabando.

Luego levanta la tapa para revelar dos trozos de tarta.

Le aplaudo. Las capas de bizcocho blanco están separadas y cubiertas con un glaseado ligeramente morado.

Saca dos tenedores envueltos en una servilleta.

—Limón y lavanda —anuncia. Doy un bocado—. ¿Está buena?

Asiento. Está deliciosa. Ácida pero ligera, ligera pero gratificante.

—Sí. —Trago—. Riquísima. —Clavo el tenedor para agarrar más—. Quiero aprender, creo.

—Yo podría enseñarte.

—¿Has enseñado a alguien más?

—No. Bueno, a Fred, más o menos. De adolescentes cocinábamos mucho juntos. —Arqueo las cejas. El mejor amigo de Vincent. A quien todavía no he conocido—. En aquella época estaba deprimido. Pensé que le ayudaría.

—¿Y lo ayudó?

—Más o menos. No sé. —Se encoge de hombros—. Mi madre se enfadaba mucho cuando cocinábamos en casa. —Carraspea—. ¡Vincent Chan! Demasiada tarta. Demasiada mantequilla. Engordarás y morirás de un ataque al corazón. —Me río—. Era gracioso. Tampoco se lo contamos a nuestros amigos.

—Qué homoerótico.

—¿Verdad?

—Pero es triste que lo ocultarais.

—Así era el mundo en el que crecimos. Y sigue siendo casi igual.

Miro hacia la catedral de San Pablo y doy otro bocado a la tarta.

—¿Le caeré bien?

Me siento patética cuando las palabras abandonan mi boca.

—¿A mi madre? —No puedo evitar asentir—. Ah, Maxine, Maxine. —Otra imitación de su madre—. Qué guapa. Ngaan hou tai. Abogada. Y china. Muy buena elección.

Si alguien tiene permiso para imitar a la madre de Vincent, seguramente sea él, pero no me acaba de sentar bien. Me río a pesar de todo, aunque me cuesta imaginar que su madre solo pensara eso de mí.

Estoy observando la espalda de Vincent moverse por la cocina mientras prepara arroz con pollo en una sola cazuela y remueve las hierbas aromáticas en la grasa de pollo que ha sacado de las pechugas.

«Deberías casarte con un buen hombre chino, Maxine», me dijo mi madre cuando volé a casa de mis padres después de que Arthur rompiera conmigo.

Estábamos sentados en la mesa de palisandro del salón, una enfrente de la otra, con platos llenos de comida india para llevar.

Lo dijo y luego se rio y se tapó la cara con las manos juntas, los dedos estirados y las uñas pintadas de rojo sangre apuntando hacia el techo.

Qué raro. En mi mente, fue uno de sus intentos desesperados de parecer más asiática, sin percatarse de que su comportamiento solo me avergonzaría más a la hora de presentarla a un hombre chino.

Estaba achispada; casi nunca bebía, excepto en ocasiones especiales, por la abstinencia de papá, pero, como él no estaba, compartimos una botella de vino. Piqué el anzuelo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Son de fiar. Y trabajadores.

—Eso es racista.

Cuando apartó las manos, fue con gesto adusto.

—No es racista. Es cultural. Yo soy china.

No tenía energías para explicarle que, en la sociedad liberal, mucha discriminación procede de la gente que se cree dentro de esa misma cultura. Tampoco tenía energías para explicarle que hay personas chinas que son bastante racistas.

—No todas las personas de China se han criado igual —argumenté.

—Es algo cultural, Maxine. Y punto.

—¿Quieres que pida un marido de Guangdong? ¿Quieres decirle tú que soy trans o se lo digo yo?

Mamá resopló.

—Hay muchos chicos chinos en Inglaterra, Max.

Lo dijo con entusiasmo, como si yo no lo supiera ya.

—Los chicos chinos que se han criado en Gran Bretaña son británicos, mamá. Pueden ser igual de gilipollas.

—Lo sé, Maxy. Pero la cultura persiste. Como me pasa a mí.

—¿Ah, sí?

Mamá suspiró con exasperación.

—Solo es un consejo. Puedes seguirlo o no, ¿vale? —No dije nada y repitió—: Solo es un consejo.

Debajo del culo, noto duro el taburete alto de la cocina de Vincent.

Estoy intentando beber despacio el vino blanco frío.

Es un semidulce húngaro; lo sé porque Vincent me lo ha dicho.

Su amigo Fred se lo trajo tras un viaje de negocios.

Fred otra vez, a quien todavía no he conocido pero cuya marca está por doquier.

El vino está bastante bueno, aunque se supone que no nos tienen que gustar los vinos dulces. La gente siempre lo prefiere seco.

El sudor del cristal chorrea en un posavasos de corcho.

He preguntado si podía cortar algo (cebolleta, ajo, jengibre), pero Vincent me ha dicho que no porque él es el anfitrión, aunque yo nunca le he ofrecido la misma generosidad.

Por eso estoy aquí sentada sin hacer nada.

El extractor no es rival para el olor de la manteca chisporroteante, que acabará impregnando mi ropa.

No me importa. Me lo pondría como perfume. Es delicioso.

—¿De dónde es la receta? —pregunto.

—Es una versión del arroz con pollo de Hainan —explica—. Pero lo vi en un video por internet. De una mujer del sur de Asia. Aunque era británica.

—Creo que he visto ese mismo video.

—Es raro, ¿no? —pregunta, dándome la espalda.

—¿El qué?

—Cuando una persona que parece ajena a tu cultura te presenta cosas que pertenecen a ella. No sé. Una parte de mí se pone a la defensiva. Son cosas que debería haber aprendido de mis padres. A veces, cuando cocino para ellos, me molesta que se muestren tan impresionados.

—¿Te gustaría que te hubieran enseñado más?

—Sí. O que hubieran hecho más.

Hace calor. Vincent ha metido el arroz y el caldo en la olla.

El vapor empieza a condensarse y forma gotas en el cristal cerrado de la ventana de guillotina que hay junto a la cocina.

Me levanto para abrirla y, por primera vez, veo los dos libros de cocina de Fuchsia Dunlop en un estante muy estrecho.

Every Gran of Rice. Land of Fish and Rice.

—¿Te gusta Fuchsia Dunlop?

—La odio —contesta, y me río—. Es más china que yo.

Tapa la cazuela y se gira hacia mí para examinarme de esa forma particular suya. Cada vez soy capaz de aguantar más esas miradas prolongadas. Siempre me quejé de que Arthur no me viera, a menudo de forma literal, porque no me miraba a la cara, y ahora voy y me acobardo de la mirada de Vincent.

Lo que dijo mi madre me vuelve a cruzar la mente.

Vincent es de fiar. Vincent es trabajador.

Camino por la cuerda floja. Quizás sea porque es chino.

Puede que nosotras, mi madre y yo, podamos decirlo porque somos chinas.

¿Podemos? ¿Puedo? ¿Lo soy? Pero, por lo que sea, Vincent es todas esas cosas.

Vincent es seguridad. Doy un sorbo al vino cuando regresa al fogón.

Me pregunto si lo que sé sobre este hombre es correcto o si de tanto rumiar, de repasar su contorno una y otra vez, creo más en una persona que no existe.

Es difícil saber si las cualidades que veo perdurarán, es difícil distinguir qué es espectáculo y qué es carácter.

La amabilidad podría ser un barniz que desaparecerá en cuanto la crueldad y la apatía puedan eclosionar.

Sin embargo, hay pocos atajos para conocer a alguien, así que ¿qué puede hacer una?

Avanzar con recelo o confiar en el discurso de venta y la sonrisa de dientes blancos.

Examino los discos en el estante a mi izquierda. Hay seis expuestos para que se vean las cubiertas. Uno de Frank Ocean y otro de Laura Marling, que me recuerdan que una persona no es una cáscara. Vincent tapa la cazuela y deja que hierva. Apoya los antebrazos en la encimera, sentado delante de mí.

—Gracias por venir —dice.

—Gracias por invitarme.

—Eres preciosa, Max.

—Gracias.

Siempre dice eso. Yo nunca sé si decírselo de vuelta, porque devolver el mismo cumplido puede parecer un cliché.

Solo le es de utilidad a quien lo dice, llena un vacío para que no lo ocupe la culpa.

He aprendido a dar las gracias sin más. A veces me pongo nerviosa porque me preocupa que Vincent valore la belleza demasiado, porque entonces, aunque sea ilógico, empiezo a pensar que no soy guapa y que él encontrará a otra chica más bonita o se dará cuenta de que no siempre he sido así de hermosa y reconocerá que la belleza es importante para él.

¿Y podría culparlo? Soy la zorra más vanidosa que conozco.

Odio este sentimiento. Tengo treinta años. Menuda vergüenza.

—A veces cuesta creer que eres trans.

—Eso no puedes decirlo, Vincent.

El remordimiento se refleja en su rostro. Supongo que este tipo de meteduras de pata es normal. Aun así, me siento decepcionada.

—Joder, ya. Lo lamento.

—No pasa nada.

—Ha sido una estupidez.

—No pasa nada.