MAX IV
V incent y yo estamos en el Tate Modern para ver una instalación de James Turrell, después de tantas citas que he dejado de contarlas.
Como Simone insistió, también salí con otros hombres.
A uno le dieron el papel de marido aburrido en Hedda Gabler y por un buen motivo; otro era un «músico» que se puso a leer mis poemas mientras me hacía escuchar su miniálbum, el tipo de tecno experimental que suena como trozos de metal follando.
Le mencioné a Vincent que me estaba costando conseguir entradas y, unas cuantas semanas más tarde, trajo un par sin preguntar.
Es un tipo de amabilidad al que no estoy acostumbrada cuando salgo con alguien.
Busqué en internet por si me estaba manipulando, aunque al parecer Vincent es majo sin más. Pero debo estar alerta. Siempre.
Recorremos la rampa de hormigón del enorme Turbine Hall.
—Giles Gilbert Scott diseñó la planta de energía —comento.
Las plantas de energía me producen morriña, porque me recuerdan a la que había en la isla Lamma, cerca de la playa que había junto a nuestra casa, donde nadaba en el agua salada y enterraba a mi hermano Jamie en la arena.
Vincent me sonríe. Le gustan los datos. Me agarra la mano—.
Fue un arquitecto de principios del siglo xx . También diseñó la central de Battersea.
—¿Qué crees que pensará de las clases de spinning que hacen allí?
—Imagínate intentando explicárselo.
—Qué distópico.
Cuando llegamos al fondo del Turbine Hall, dejamos los abrigos en el guardarropa y pasamos al edificio Blavatnik, que está al lado, dispuesto alrededor de las esquinas irregulares del cuadrilátero. Me acuerdo de otro dato.
—Blavatnik es un oligarca. Dio cientos de millones de libras para construir el edificio.
—A mí no me parece que sea un oligarca —comenta Vincent y me sorprende que verifique mi dato—. Creo que ni siquiera es ruso y, de todos modos, ya no hace negocios con Rusia.
—¿Es tu jefe o algo?
Vincent se ríe.
—No estoy diciendo que sea un santo. Nadie gana tanto dinero sin explotar un poquito a los demás.
El listón está bajo, pero es agradable que, a pesar de su profesión como abogado que maneja las adquisiciones de empresas dedicadas al petróleo, al gas, a la moda rápida y al tabaco, tenga una visión favorable de la política, aunque se disculpe por ayudar a los malos.
Es inteligente. Cuando nos conocimos, pensé que era más lista que él, del mismo modo que me creo más lista que la mayoría de las personas nada más conocerlas, una señal de que, seguramente, sea bastante tonta.
—Gracias por comprar las entradas —le digo.
Sonríe. Es difícil transmitirle que de verdad me ha conmovido sin exagerar el sentimiento.
Tenía a miles de personas por delante en la cola de espera virtual, así que cerré el navegador y me convencí de que no me gustaba tanto James Turrell.
En todas las casas británicas con habitaciones añadidas hay un tragaluz.
¿Quién necesita ver otro? Seguro que Vincent estuvo pendiente de cuándo salía otra tanda de entradas.
Ese tipo de optimismo me parece encantador.
—Ha sido muy amable —añado.
—Tú me puedes invitar a la siguiente.
Aguardamos un poco en la corta fila y luego una chica esquelética que se parece a Tilda Swinton nos hace pasar uno a uno.
—Hola —la saluda Vincent con calidez—. Tenemos dos entradas.
Accedemos al espacio de la exhibición. Hay una pared oscura con un rectángulo naranja de luz. Debajo de lo naranja hay unas escaleras negras. Una parte de mí se siente un poco decepcionada, sobre todo cuando lo comparo con la última vez que vi una instalación de James Turrell.
Fue en un festival que se celebró en unos terrenos enormes al norte de Cambridge.
El festival era bastante tosco. No adaptaba el ambiente al momento del día: por la mañana y por la noche sonaba tecno machacante.
Me despertaba tan desesperada por oír la letra de una canción que al tercer día empecé a alucinarlas.
Fui con Simone. Hubo una pequeña excepción al caos: el recorrido por el parque de esculturas.
El guía era un adolescente de la zona que se metía keta de vez en cuando mientras explicaba.
Nos contó que solía llevar pastillas de ácido en el bolsillo y que, con la lluvia de hacía dos días, se le habían deshecho en el muslo y se había pasado diez horas pensándose que estaba dentro del Tetris.
Nos condujo a la estructura de madera que albergaba la exposición de Turrell y nos sentamos en los bancos para mirar el pequeño tragaluz cuadrado cortado en la parte superior.
Era azul. Un simple recuadro de azul. Me emocionó mucho la monocromía del cielo, recortada con tanta pulcritud; simple pero hermosa.
Esta galería interior se me antoja menos impresionante. Solo es una pared con un rectángulo naranja.
Tilda Swinton pide que nos quitemos los zapatos y nos pongamos unas zapatillas antes de ir hacia las escaleras.
Durante un instante, me preocupo por la higiene, pero decido relajarme.
Al acercarnos, lo que pensaba que era un rectángulo naranja proyectado es en realidad una apertura, una entrada a otra habitación, iluminada con sencillez por esa luz naranja; es mucho más amplia y alta que la puerta por la que hemos pasado, hasta el punto de que se extiende en las profundidades del edificio.
No sé cómo lo han hecho, cómo todo esto cabe en el espacio de la exposición, y me siento conmovida, consumida por este color estático.
Agarro la mano de Vincent y no quiero soltarla.
Una mujer demasiado mayor para llevar gorritos de lana con orejas de animales alza las manos y gira sobre sí misma; su compañero con barba le saca una foto.
Es el tipo de persona cuyas peculiaridades consisten en llevar ropa cursi y en la firme creencia de que su amor por los productos culturales más exitosos de nuestra época ( Friends y Harry Potter) la hacen única por arte de magia.
¿Tengo un lugar especial reservado en el infierno?
Hace poco, Vincent y yo mantuvimos una conversación sobre nuestros defectos.
—Juzgo mucho a la gente —dije.
—¿En serio? A mí no me lo parece.
Si pudiera ver el interior de mi cabeza, echaría a correr.
Vincent mira a la mujer; me sonríe y enarca las cejas en un movimiento rápido. Luego se sitúa delante de mí y me apoya las manos en los hombros. Veo la entrada que hemos atravesado y el resto de la gente.
—¿Qué haces? —pregunto.
—Me gusta mucho verte así. Como en un cuadro.
Me mantiene agarrada por los hombros un poco más.
¿Me gusta Vincent? ¿Me gusta de verdad? Sé que hubo un cambio, en algún momento después de lo de Arthur, cuando dejó de interesarme el revoloteo de las mariposas y me interesé más en los cuidados, en sentirme la prioridad.
Cuando dejé de preguntarme si una persona me parecía atractiva y me interesé en saber si era simpática.
Cuando todo dejó de estar centrado en quién era la persona, qué amistades tenía, en qué trabajaba, y me interesé más en ver cómo era por dentro.
He estado pensando en el hospital y, cuando recuerdo ese momento, me veo cayendo por las escaleras en tercera persona.
El origen de mi crisis personal no fue la caída; eso solo fue el punto de inflexión.
No quiero echar demasiados huevos en la tortilla, pero no puedo evitar recrearme en aquel momento.
Kristen Johnston hizo una actuación inolvidable en un episodio de Sexo en Nueva York en el que esnifaba coca en una fiesta donde la edad media era de cincuenta y cinco años, se encendía un cigarrillo junto a una ventana abierta, gritaba que Nueva York antes era la ciudad más emocionante del mundo y luego se mataba al caer por dicha ventana abierta.
Esa escena fue la que me hizo meterme de lleno en la abstinencia.
Vi ese episodio de adolescente, cuando me descargaba ilegalmente episodios viejos en mi portátil de Lamma.
Lo volví a ver cuando terminé Derecho y me estaba planteando celebrar la bajona.
Y lo vi once veces más hace nueve meses, después de que Arthur rompiera conmigo, cuando volví a ver de principio a fin toda la serie y esa escena se convirtió en algo más.
En una ocasión me contaron que Putin suele mirar ese video en el que sacan a rastras a Gaddafi de su coche y lo mata la multitud.
Esa escena fue mi video de Gaddafi. Representaba el miedo paralizante de quedarme atrás, de no poder ver cuándo mi vida necesitaba un cambio.
Con Vincent, me siento segura, como si me impidiera caer por las escaleras o por la ventana, como si con él no me fuera a despertar a solas en el hospital.
Salimos de la sala y bajamos los peldaños.
Meto los pies en las deportivas mientras él se las vuelve a atar con cuidado.
Un mechón de pelo se le ha separado de la melena y le cuelga entre los ojos.
—Te queda muy bien el pelo así —susurro.
—Me apetecía probar algo nuevo.
—Está guay.
Me rodea la cintura con el brazo y me agarra con un movimiento suave de dedos, solo para hacerme saber que está cerca. Salimos de la exhibición y vamos hacia la cafetería. Le pido que busque una mesa cerca de la ventana mientras yo voy a por dos copas de vino.
—Todavía sigo alucinando —comenta—. Solo era luz.
—¿Ha sido tu primer Turrell? —le pregunto y doy un sorbo al vino.
—¿Cómo que mi primer Turrell?
—Lo sé, soy imbécil.
Se ríe y apoya la cabeza en los antebrazos.
—Entonces, ¿no ha sido tu primera vez? No habías dicho nada.
Esbozo una sonrisa. No ha habido ocasión. «Tengo entradas para esa exhibición, el sábado a las tres y media». Guay, qué ganas. «Vale».
—¿Dónde viste la otra?
—Hay un parque escultural a las afueras de Londres, en Houghton Hall, y allí tienen una de sus instalaciones.
—¿A santo de qué fuiste allí?
—A un festival.