VINCENT, 2012 III #2
Hay constelaciones de chicas tailandesas entre la multitud caucásica, perlas en un mar de tops sudorosos de tirantes y pantalones cortos marrones.
Son más prístinas. Van maquilladas, puede que demasiado, pero con arte.
Gruesas cejas dibujadas, labios rosa chicle, ceñidos vestidos de colores llamativos que rodean buenas tetas y cuellos finos.
Una de ellas es alta. Noto el aliento de Joe en la oreja.
—¿Te gustan los travestis, Vinny?
Sé a qué se refiere, pero no sé si esa chica lo es. ¿Cómo lo sabe Joe a ciencia cierta? Me sonrojo de nuevo. La mirada de curiosidad de mi rostro se funde en un semblante de dureza.
—Vete a la mierda.
No debería haber reaccionado con tanta intensidad. Es muy revelador. ¿Me ha descubierto? ¡Calla, Vincent! Tú solo estabas mirando. Tienes permiso para mirar. ¿Y quién ha dicho que puede llamarme Vinny? ¿Por qué la gente siempre me llama Vinny?
—Tienes que ir con cuidado —dice Joe.
Se ríe de un modo que me hace levantar los hombros hacia las orejas.
—¿Qué pasa? —pregunta Bex.
—Vinny ha encontrado a un travesti.
Bex se ofende de un modo desmesurado.
—No son travestis. Son transexuales.
No sé si transexual es la forma correcta de decirlo, pero quizás solo me lo parece porque es una palabra que veo mucho en el porno.
Transexual. TS. Las palabras del porno no parecen apropiadas para el mundo real.
Yo nunca llamaría a una mujer negra «reina de ébano».
Miro la multitud y veo a otro chico blanco del albergue encorvado sobre una de las tailandesas.
No una de las travestis, o no lo creo, al menos.
Comparado con ella, parece sucio. Me da un poco de asco.
¿Follarán? ¿Dónde follarán? ¿En casa de ella? ¿Él puede llevarla al albergue?
Bex regresa y bailamos. Me tira de la cabeza para que me acerque y noto su aliento agrio en la oreja.
—Que sepas que tengo novio.
Me aparto y asiento. No hay ni una pizca de energía sexual entre nosotros y casi me ofendo, pero cualquier protesta le confirmaría que, en efecto, quiero acostarme con ella.
Mi mirada vaga hacia la chica alta. Hacia la chica alta que quizás sea transexual o quizás no lo sea.
No soy gay. Nunca me ha parecido atractiva una persona que quisiera ser hombre, a menos que una de las chicas que me han gustado quisiera ser hombre. Aparto los ojos, esta vez de verdad.
Jet lag. No puedo irme a la cama, ni siquiera después de llenarme de cerveza y alcohol. Estoy deshidratado. Y atontado. Tengo al lado la mochila pequeña, que se separa de la grande. Rebusco por las cremalleras hasta encontrar el paquete de cigarrillos baratos y un mechero.
Subo a la azotea del albergue. Hay una chica sentada junto a una mesa: es la misma del aeropuerto. Me acerco a ella para decirle que la he reconocido. Sé que ella también me vio, así que no debería ser raro que lo mencione, ¿verdad?
—¿Quieres un cigarrillo? —le ofrezco. Me mira y sonríe.
—Ya me iba a la cama. —Carraspea—. Buenas noches.
Se aleja y vuelvo a quedarme solo.
Me siento y enciendo un pitillo. Son de mala calidad, los más baratos. Es como si pusiera la boca en el tubo de escape de un coche oxidado y respirara los humos.
Oigo unos pasos a mi espalda, chanclas sobre baldosas polvorientas.
Me doy la vuelta. Una chica distinta. Es alta, lleva un top con tirantes finos y pantalones holgados.
Tiene la melena rubia ondulada y le queda justo por debajo de los hombros.
Está buena, creo. Se sienta a mi lado. Le ofrezco un cigarrillo.
—No, gracias.
—¿No puedes dormir? —pregunto.
—Jet lag. Llegué hace un par de días.
—Yo hoy. ¿Vas a viajar por el país?
—Más o menos.
—¿Más o menos?
Bosteza.
—Me van a operar dentro de unas semanas —contesta, y me sorprende por cómo ha dicho sin rodeos lo de que la van a operar.
—¿Qué tipo de operación?
¿Qué clase de pregunta es esa? No es asunto tuyo, Vincent. La chica aparta los ojos del paisaje para mirarme.
—De las que salvan vidas —dice.
—Joder. Lo siento.
Enrosca un poco la comisura del labio.
—No lo sientas.
A lo mejor tiene un pie de madera y necesita uno prostético. ¿Tailandia es buena para las prótesis? ¿Que te operen del pie puede salvarte la vida? No lo sé. Tengo que avanzar con esta conversación.
—¿Has venido sola?
—Sí.
—¿Y quieres estarlo? —Sé que debería dejar de hacer preguntas, pero no puedo evitarlo—. En plan, ¿no quieres a nadie que te acompañe a la operación?
—Quería hacerlo sola. Puede que me arrepienta. No sé. Mi madre quería venir de verdad. Me sentí mal por decirle que no, pero fue como… —Calla un momento—. No lo sé. Ya tengo veintiún años, ¿sabes?
Asiento con la cabeza, aunque no lo sabía. Se levanta la tela fina de una pernera y se rasca. El sonido de sus uñas contra la piel es suave. Los largos dedos dibujan líneas rojas en la pierna; la piel se queda distendida, deformada, floja.
—Putos mosquitos.
—Yo creo que no les gusto.
—Tienes mala sangre.
Me río. Ella enrosca el labio de nuevo y un pinchazo de nervios me sube por el pecho.
—Es posible. ¿Cómo te llamas?
—Alex.
—¿De Alexandra?
—Alex sin más.
—Qué moderno.
Menuda tontería acabo de decir. Qué moderno. ¿Qué me pasa?
—Sí, supongo —se ríe y cambia de sitio las manos—. ¿Dónde creciste?
—Cerca de Cambridge, en Ely. ¿Y tú?
—En Hackney.
—Eso está en Londres, ¿verdad?
—Sí, al este.
Londres: enseguida sé que Alex mola mucho más que yo. Lo noto, lo nota.
—¿Y te gusta?
—Más o menos —dice, y vuelve a cruzarse de piernas—. Ha cambiado mucho. ¿A ti te gustaba Ely?
—No estaba mal —contesto, aunque siento que la conversación empieza a ralentizarse con tanta cortesía oxidada—.
Era un rollo, la verdad —añado, y ella parece interesarse un poco—.
No había nada que hacer. Y como iba a clase en el centro de Cambridge, había muchos gilipollas.
—Me acuerdo de Fred—. Y la gente era bastante racista.
—Eso no me sorprende.
Me planteo contarle lo de Pito Pato Wong, pero me resulta raro meterle la imagen de mi pene en su cabeza.
—Me llamaron Vincent Ching Chong en toda primaria —digo, y Alex se queda boquiabierta—. A veces desearía que la gente racista fuera un poquito más creativa.
—En el colegio se metían bastante conmigo —cuenta.
—¿En serio?
—Sí.
—Seguro que lo hacían por celos —comento, y enseguida me sofoco porque, aunque he intentado decirlo en plan broma, ha sonado muy servicial y casi podría ladear el sombrero hacia ella y llamarla «señorita».
—¿La gente te llamaba Vincent Ching Chong por celos?
—Sí. Me cortaron el pelo a lo tazón y molaba mucho. —Alex sonríe. Creo que ya la he conquistado—. ¿Qué vas a hacer mañana?
—Quería ir a una galería. Y a un mercado flotante. Están a las afueras. —Me mira—. ¿Quieres venir conmigo?
—Me encantaría.
Sonríe, como si le preocupara que dijera que no.
—¿Quedamos para desayunar a las diez? ¿O es demasiado temprano?
—Es perfecto.
—Guay.
Guardamos silencio un rato más. Bostezo y apago el cigarrillo.
Me siento cansado de nuevo, así que me levanto y estiro los brazos por encima de la cabeza.
Se me sube un poco la camiseta y espero que Alex me esté mirando los abdominales.
Sé que es una tontería, pero a lo mejor le gustan.
No estoy cachas, pero tengo un cuerpo bonito.
Echo los hombros hacia atrás y tenso los bíceps; luego los relajo de nuevo. Alex está mirando a la lejanía.
—Creo que me voy a la cama —dice—. Nos vemos mañana, ¿eh?
Asiento. Puede que con demasiadas ganas.
Cuando bajo y me meto en mi litera, en el colchón estrecho, los pensamientos sobre Alex nublan la oscuridad, apagan los sonidos de los cuerpos que me rodean y me siento bien.
Me he colado por ella, qué tonto. Puede que no sea nada y puede que ella no estuviera ni flirteando, pero me siento un poco menos solo .