VINCENT, 2012 III
E stoy en el aeropuerto de Suvarnabhumi, en Bangkok, esperando a que mi mochila aparezca en la cinta transportadora.
Me he preparado mucho para este viaje. En parte todavía parece un milagro.
Los años sabáticos, sobre todo antes de la universidad, son las chorradas más blancas de los blancos.
Tuve que presentar a mi padre un presupuesto detallado de doce meses para que lo considerara siquiera.
«¡Ja! ¿Te piensas que no necesitas ganar dinero? Chi sin».
Esta es mi primera vez en Asia, aparte de las visitas al piso minúsculo de mis abuelos en el borde de los Nuevos Territorios.
La mochila fue un regalo de mis padres por mi decimonoveno cumpleaños.
Es alta, diseñada para que parte del peso recaiga en el coxis.
Fue muy amable de su parte, sobre todo por lo mucho que les preocupaba este viaje.
Creo que fue su forma de aceptar por fin que me iba.
A saber. Seguro que es algo chino. Todo está en código.
Todo son putos mensajes cifrados. Jeroglíficos.
Lenguaje corporal. Una danza interpretativa. Ni Alan Turing podría resolverlo.
He venido solo. Fred tardará unos días. Ha decidido ampliar su estancia en India, aunque ya lleva meses allí.
Me escribió hace una semana para explicarme que: «Eh…
Creo que necesito descansar un poco. Tengo la cabeza…
No sé, tío, bastante jodida ahora mismo.
Hablé con una persona y me comentó que lo de meditar ayuda…
Había una plaza y la he aceptado. Lo siento, tío, pero te veré en diez días…
en Tailandia, iré a donde sea que estés… Todavía no he comprado los vuelos».
¿Has comprado los vuelos, Fred? «Sí, tío».
¿Estás seguro? «Que sí, relaja». Quiero enfadarme.
Estoy enfadado, pero Fred es reservado con este tema y sé que no lo habla con otras personas.
Entre nosotros hay confianza. Aun así, ¿habría fastidiado a otra persona de este modo?
¿A alguien que no supiera que Fred está jodido de la cabeza?
Me pongo a pensar en todo lo que Fred ha hecho a lo largo de los años.
Solía llamarme Pito Pato Wong. Mi apellido ni siquiera es Wong, es Chan.
Me había visto la polla. No era más pequeña que la suya, pero el chiste, el problema con Pito Pato Wong, implicaba que tenía la polla pequeña porque soy asiático y por eso tenía que hacer gracia.
Sí que impidió que los demás me llamaran así, pero solo cuando por fin decidió que era ofensivo.
Cerca de mí hay una chica de mi edad. Lleva una sudadera de graduación.
2011, el mismo año que yo. Se ha recogido el pelo en un moño desordenado sobre la coronilla.
Está sola. A unos cinco metros de distancia.
¿Debería saludarla? Hola, ¿vas a pillar un taxi?
¿Quieres compartirlo para ir a la ciudad?
¿De qué parte de Reino Unido eres? Ah, lo sé por la sudadera, parece algo muy británico.
Y también porque este avión venía de Heathrow.
No sé por qué el corazón me late así. No entiendo por qué es tan difícil.
Ve y habla con ella, joder. No eres virgen.
Puedes hablar con chicas. Se te da bien.
No genial, pero sí bien. Tienes muy buenas amigas (bueno, amigas a secas) que son chicas.
Vale, voy a hacerlo. Respiro hondo. ¿Cuál era esa palabra japonesa para describir que te sientes lleno a un ochenta por ciento?
No me acuerdo, pero me siento así, solo que con aire en los pulmones.
Cuando echo a andar hacia ella, agarra una bolsa de la cinta y se aleja.
Me mira antes de atravesar Aduanas, pero no sonríe. He perdido mi oportunidad.
Me desmorono. Hundo los hombros hacia la barriga.
Puto Fred. No quiero estar solo aquí. Los meses previos al viaje han sido una tortura.
Incluso después de permitirme venir y con la excepción de comprarme la mochila, mis padres se comprometieron a hacer que el viaje fuera lo menos deseable posible.
Mi madre acababa de comprarse un iPhone y buscar algo es un millón de veces más fácil.
Se sentaba a mi lado en el sofá de cuero marrón del salón y tecleaba despacio con el dedo índice pintado de rojo.
—Qué horrible —decía.
—¿El qué?
Me acercaba el móvil para enseñarme siempre un artículo sobre un joven británico en el extranjero que había muerto en un accidente de tirolina, o que había desaparecido en el mar después de tomar demasiadas drogas en una Full Moon Party, o que había acabado con una factura del hospital monstruosa después de sufrir un accidente de moto que el seguro no cubría.
—Nos puede dejar en bancarrota. Alerta.
Cuando Fred me dijo que no se reuniría conmigo en Bangkok, supe que no podía decírselo a mis padres.
Se habrían vuelto locos. No me habrían dejado venir.
Todos mis amigos me dijeron que no podrían impedírmelo.
Todos son blancos: no entienden que me pasaré la vida pidiendo permiso.
Y quizás mis padres estarían en lo cierto al impedírmelo.
La gente blanca puede ser una red de seguridad.
Los tratan de un modo diferente, incluso por parte de los asiáticos.
Eso es lo que he vivido en casa, al menos, y me pareció que, con Fred, en Asia me tratarían como a una persona blanca por proximidad en vez de como a un asiático.
Pero no quería que eso me arruinara el viaje.
Llevaba seis meses ahorrando: pasando latas de atún, apio y vino por la caja registradora en Sainsbury’s y pidiendo el carné a adolescentes y mujeres mayores que parecían necesitar que les levantaran el ánimo.
Llega mi mochila, con una etiqueta enrollada en la correa de arriba.
Me dirijo a Aduanas. Estoy nervioso por si me paran.
Es por un artículo que mi madre me enseñó sobre una extranjera a la que habían condenado por tráfico de drogas; después me compró un candado para todos los bolsillos de la mochila, incluso los interiores.
—Podrías ser tú. Cuidado —me dijo.
Entro cargado con la mochila en el vestíbulo del albergue, que parece barato pero grandioso.
Los escalones de la entrada están revestidos con baldosas de terracota.
Una mujer de mediana edad con una camisa blanca me saluda con dureza.
Está sentada detrás de un mostrador hecho de plástico que simula la madera.
Es una mujer minúscula, con los hombros apenas más anchos que la cabeza, pero se ha encaramado en un taburete muy alto que la pone a la altura de mis ojos.
Mueve el ratón del ordenador de sobremesa, primero con suavidad, después con fuerza, y luego golpea la tecla de espacio con el dedo índice.
—¿Nombre? —pregunta.
—Vincent Chan.
—¿Pasaporte?
Me quito la mochila de la espalda, abro el candado de la cremallera delantera y saco el librito rojo del bolsillo. La mujer teclea los datos en el ordenador con solo dos dedos. Firmo un papel.
—Sube dos escaleras. Habitación cinco, cama cuatro. Litera de abajo, ¿vale?
—Gracias.
—¿Eres tailandés? —pregunta, pese a haber visto mi pasaporte.
—No. Británico.
—¿Británico?
—Británico y chino.
—Ah, vale. Chino. —Me entrega una llave—. Hay una taquilla bajo la cama.
—Vale.
Entro en la habitación con cuatro literas y lanzo la mochila en una de abajo, la que me corresponde. Hay un hombre sin camisa tumbado en la cama de enfrente.
—¿Todo bien, colega? —pregunto con voz atronadora.
Creo que nunca he dicho algo así en toda mi vida, solo quiero indicar que soy británico.
Sé que es una mierda, que me estoy rindiendo ante el racismo, más o menos, pero he visto cómo reacciona esta gente cuando ven que el acento de mis padres encaja con sus rostros.
No quiero que me traten así. El chico alza la cabeza del móvil.
—Hola, tío. —Es británico. Vuelve a mirar la pantalla un momento—. Soy Joe.
—Vincent.
Tiene la piel dorada, pero con manchas rojas, como cicatrices de un látigo caliente: en la parte superior de las mejillas, el puente de la nariz y lo que le veo de los hombros.
—¿Acabas de llegar? —pregunta.
—Sí, ¿y tú?
—Ah, llevo una semana aquí. Después iré a Phuket.
—¿Viajas solo?
—Vine solo, sí. Pero se hacen colegas con bastante facilidad. Esta noche vamos a salir a cenar. Deberías acoplarte.
Hay más gente del albergue, como una chica morena, Bex, que a los pocos minutos de conocerla me ha dicho que iba a estudiar en Cambridge. Después de cenar nos dirigimos a un bar en Khao San Road.
Cuelgan faroles rojos del techo. ¿Son inflamables?
¿Y si algo se prende fuego? En un lateral de la sala hay una barra larga.
En el espejo del fondo han pegado fotos de turistas blancos con el propietario, que colonizan el espacio alrededor de las botellas de alcohol tapadas.
«Starships», de Nicki Minaj, suena a toda pastilla por el altavoz.
Hay demasiado ruido para ser las diez de la noche.
La gente blanca se mueve por doquier e intercambia gritos de ir a la playa. Joe está pidiendo chupitos en la barra.
—Cuatro. —Levanta cuatro dedos—. Chupitos. —Hace el gesto de tomarse un chupito—. Tequila —pronuncia despacio.
Me estremezco. La mujer detrás de la barra asiente, inexpresiva; seguramente se esté atando dinamita en el cerebro.
Durante un momento, nos miramos a los ojos y siento vergüenza, así que vuelvo a examinar las fotos de los turistas.
Llegan los chupitos. Es alcohol barato, hasta yo lo sé.
Me sonrojo más. El rubor solo es así de horrible cuando estoy deshidratado.
Nos movemos por el borde de la pista de baile.