Decepcióname II #4
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II #4

Sonrío y me río un poco y él sonríe y se ríe un poco.

Me doy cuenta de que no ha hecho la pregunta, sino que se ha alegrado de esperar a ver.

A lo mejor no le importa. Aun así, es bonito que no lo haya preguntado.

A veces es agradable conocer a alguien, follar y disfrutar como cualquier otra persona en el mundo, sin el interrogatorio precoito; una muestra de amabilidad que no le he ofrecido.

Una vez desnudos, nos trasladamos al dormitorio y dejamos la ropa sobre el sofá y por el suelo, como una cascada de tela al revés.

Vincent me hace las preguntas adecuadas, acompañadas por un contacto visual sano.

«¿Esto te gusta? ¿Y esto?». No puedo evitar comparar su cuerpo y sus movimientos con los de Arthur.

Es involuntario. Hay algunas cosas que capto pero que no puedo explicar: la forma en que Vincent se mueve con más paciencia y, aun así, con más timidez; la forma en que sus labios persisten durante una redonda en vez de durante una negra, la forma en que no se da prisa para alcanzar el placer.

Hay cosas de Arthur que Vincent no hace (morderme el muslo, apretar frente contra frente), teclas que Arthur sabía presionar.

Pero a lo mejor esas teclas desaparecen y resurgen como ampollas.

Es fácil olvidar que son una función de una época, de un aprendizaje, de un crecimiento para adaptarse a las curvas de otro.

Cuando se corre, atiende mi cuerpo hasta que yo también me corro. Nos trasladamos al baño para ducharnos y me deja entrar primero. Me observa a través del cristal, con los ojos en mis pechos y muslos enjabonados.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Eres preciosa.

A veces podría subsistir a base de cumplidos. Cuando termino de ducharme, él entra. Me lavo los dientes y luego le ofrezco el cepillo mientras se envuelve en una toalla.

—¿Estás segura? —pregunta.

—Después de todo lo que hemos hecho…

Vincent se ríe. Me considera graciosa. Y guapa.

A mí él me parece lo mismo. De verdad. Me siento en la curva de la bañera mientras se lava los dientes.

Parece limpio. Ordenado. Se zurce los calcetines.

A lo mejor ha sido un error ofrecerle el cepillo de dientes (puede que le parezca asqueroso), pero quizás le gusto.

No parece haber ninguna duda de que se va a quedar.

En mi dormitorio, inspecciona una foto con Simone que tengo en la mesa.

—¿Quién es?

—Simone. Fuimos juntas al colegio en Hong Kong. Y a la universidad de aquí.

—Es muy guapa.

—Es medio filipina —contesto, como si así lo explicara—. Y lesbiana —añado, por motivos en los que no quiero ahondar—. Seguro que la conocerás en algún momento.

Qué cosa más extraña acabo de decir. ¿Por qué la he dicho?

Soy tímida y cuidadosa. Pero Vincent sonríe y no parece importarle.

¿Qué pensará Simone de él? «Guau, Max, un abogado chino, tu madre ha podido contigo.

Si alguien te dice que es gay por salir con una mujer trans, enséñale la foto del pub en la que lleva una sobrecamisa y sujeta un perro salchicha».

Vincent se mete en la cama y apoya la cabeza en mi pecho.

—¿Cómo son tus amigos? —pregunto.

—Muchos se han casado. O están comprometidos. O están en proceso.

—Lo siento.

Se ríe.

—Estamos en esa época, ¿no?

—Mis amigas no, la verdad.

—¿No?

—Bueno, puede que no quiera aceptarlo. Una amiga del colegio se va a casar. Emily. Simone y yo somos las damas de honor.

—No pareces muy emocionada.

—Creo que todo me parece demasiado raro.

—Ya. —Levanta la cabeza para besarme el pezón y luego la apoya de nuevo—. Creo que he cambiado de idea.

—¿Sobre qué?

—Si el dinero no fuera un problema, no sería abogado.

—¿Y a qué te dedicarías?

—A tocar el clarinete.

—¿El clarinete?

—Sí. Se me daba muy bien.

Alza la mirada hacia mí.

—¿Cuándo empezaste a tocarlo?

—Cuando tenía ocho años. Mi padre comenzó a dar clases de piano a la vez.

—¿En serio?

—Sí, siempre quiso aprender. Solíamos tocar juntos. Él todavía lo hace.

—¿Estabas en una orquesta?

—Me uní a una banda de jazz en el instituto y en la universidad.

—Hace una pausa para moverse y acercarse más a mí—.

Esos recuerdos son de los más felices que tengo.

No he vuelto a sentir que formaba parte de algo.

Nunca seré músico de primera clase ni nada, ni siquiera profesional de verdad, pero si el dinero no importara a lo mejor no haría falta serlo.

Podría tocar en una banda de jazz con unos amigos y pasarlo bien.

Aunque puede que me sintiera como un perdedor.

—¿Por?

—Si alguien me preguntara a qué me dedico, parecería un perdedor al decir que toco en una banda de jazz normalita.

Un momento de silencio.

—Mientras seas feliz, ¿qué más da eso? —interrogo con una curiosidad genuina.

—Creo que sentirme como un perdedor me haría infeliz. Y siento mucha presión.

—¿Quién te presiona?

—Mis padres —contesta sin dudar—. Están orgullosos de mí. Creo que eso es muy valioso.

—Lo entiendo.

Vincent se despierta a las seis y media para ir a casa y cambiarse antes de trabajar.

Me deja una nota en la mesita, escrita en la parte trasera de un recibo de la compra que había dejado en la cocina.

Podría haberme enviado un mensaje, pero me ha escrito una nota y la tinta posee una permanencia que escasea en los píxeles.

Doblo el recibo y lo guardo en el último cajón de la mesita de noche .