Decepcióname II #3
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II #3

—Pues menos mal que me he comido el erizo de mar —digo y finjo que no he visto nada en la masa aparte de huevo—. Bueno, si pudieras dedicarte a cualquier cosa, ¿a qué te dedicarías?

Vincent planta los codos sobre la mesa y alza la mirada, reflexivo.

—Creo que seguiría siendo abogado —contesta. Dios santo—. Eso es muy aburrido, ¿no?

—Un poco —me río—. ¿De verdad?

—Sí. Creo que soy demasiado pragmático. Por eso me encaja. Y creo que me gusta. No es un trabajo perfecto, pero lo disfruto.

Me digo que no me puede gustar una persona por su trabajo, que los artistas y los escritores a menudo son un engorro. Y luego harán arte feo sobre ti. Donarán sus pertenencias a la beneficencia y escribirán una historia sobre una ex vengativa que aparecerá en Granta. «No eres tú, Max». Pero lo era.

—¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo? —le pregunto.

—Me gusta cuando llega un nuevo contrato y tienes que investigar sobre las empresas y el estudio de viabilidad para la transacción.

—Mueve la cabeza de un lado a otro mientras habla—.

Y eso te permite saber cómo el cliente entiende el mundo.

Me resulta muy interesante ver todas esas perspectivas distintas.

Se detiene como si su propio entusiasmo lo avergonzara.

Intercambiamos una sonrisa. Entiendo entonces que le debe gustar de verdad su trabajo, porque ningún abogado que se dedique a fusiones y adquisiciones estudia tanto a sus clientes, a menos que le importe el panorama completo de las cosas.

De lo contrario, solo señalan detalles a partir de los preceden tes y no se comprometen con el alma de los documentos, eso si los documentos tienen alma.

Vincent disfruta trabajando. Esa simplicidad me resulta refrescante.

Y, pese a todo, no es aburrido. No como Eva.

¿Por qué estoy pensando en Eva? Dale un descanso a la chica.

Vincent termina el nigiri que queda y me ofrece el último trozo de pollo yakitori, aunque lo rechazo.

Me siento un poco mal por haber fracasado en el Veganuary, pero no me opongo cuando me ofrece tomar un helado de matcha y judía roja.

Mientras inhalo la crema verde, me preocupo por si se me queda alguna mancha en la boca.

Me limpio los labios una cantidad desmesurada de veces.

Una camarera se lleva los platos y pedimos la cuenta.

—Me gustaría invitarte esta vez —dice Vincent.

—Podemos dividirla —protesto.

—He llegado tarde. —Agita una mano—. Déjame pagar. Tú puedes pagar la siguiente.

Noto una sensación de calidez extenderse por el pecho. Dejo que pague. No es tan caro.

Tras quince minutos de andar codo con codo, llegamos a un cruce en el que yo tengo que girar a la derecha para ir a casa y él a la izquierda para ir a su piso en Highbury.

La cena podría haber ido mal, o regular, pero ha estado bien y eso genera una semilla de posibilidad, la de avanzar más allá de Arthur; es la primera vez que pienso en Arthur en toda la noche. ¿O ha sido la segunda?

—¿Te apetece tomar otra copa? —pregunta Vincent.

—Podemos ir a mi casa —propongo, puede que demasiado rápido.

—Claro.

Vincent sonríe. Giramos a la derecha y busca mi mano; es posible que sea un gesto demasiado íntimo, pero no se hace lo suficiente.

Una mujer con un gorro rosa claro pasa entre los dos y nos sincronizamos para soltarnos y volvernos a agarrar sin problemas.

Me fijo en que Vincent tiene la cara roja y lo señalo con crueldad antes de darme cuenta de que seguramente se deba al típico rubor asiático después de beber alcohol y de que puede ser un comentario desconsiderado, pero entonces Vincent se tapa la cara con las manos y se ríe hasta que aparto la mirada.

Es bonito ver a un hombre adulto esconderse así.

—¿Quién es asiático, tu madre o tu padre? —pregunta justo cuando llegamos al cruce en Kingsland Road.

—Mi madre. Aunque lo exagera.

—¿Qué quieres decir?

—Creo que no acepta que creciera rodeada de gente blanca en una gran casa en The Peak.

Suelta frases hechas en cantonés que encuentra por internet.

—Vincent se ríe—. Empezó a ir a clases cuando volvimos a Hong Kong porque de pequeña no aprendió cantonés.

A mi abuela no le parecía útil que lo aprendiera, que ya es decir, y murió cuando mi madre era joven.

—¿Qué clase de frases hechas?

— Fat dou jau fo. Esa cuando se cabrea.

—¿Qué?

—Creo que no lo estoy pronunciando bien. Y seguramente ella tampoco. Significa algo como: «Incluso Buda se enfada».

—¡Ah! —Vincent se ríe y luego repite la frase pero con la entonación correcta.

—A mi madre le encantaría oírte.

Caminamos un poco más y luego lo conduzco hacia mi piso.

Saco un par de cervezas de la nevera mientras él echa un vistazo. Nos sentamos en el sofá.

—¿Has salido con alguna mujer trans? —le pregunto.

Se sobresalta por la pregunta tan directa. No he podido evitarlo.

—En un par de citas.

Me acuerdo de Carla.

—¿Con quién?

—¿Cómo dices?

Me sonrojo.

—A lo mejor las conozco —contesto, solo medio en broma.

—Nunca he salido salido con una mujer trans. Y no creo que la conozcas.

—Pero ¿te has acostado con una?

—Sí.

—¿Y por qué? —pregunto, y ya es tarde cuando me doy cuenta de que un interrogatorio no es demasiado sexy, pero es una obsesión y quiero saberlo. Nadie más haría estas preguntas, solo yo. Y Simone.

—No hay muchas. En las apps para ligar, quiero decir, a un nivel estadístico. Pero me siento afortunado. Por haberte conocido a ti, quiero decir, no por… —Me río—. Es cierto. Eres muy guapa.

Creo que me gusta Vincent, no solo porque haya dicho que soy guapa, sino por cómo lo ha dicho, con la cabeza un tanto girada, tímido, como si fuera algo que quisiera confesar pero tuviera miedo de hacerlo.

Mi sonrojo no parece mío; una infección tierna se ha expandido desde sus mejillas a las mías.

Vincent mira la estantería que tiene detrás.

—¿Tu libro está ahí? —pregunta.

—No.

—¿Por qué no?

—No veo la necesidad.

—Ah —dice, con los ojos estáticos en los lomos. Me alegro de haber tirado hace poco el libro de Arthur—. Aunque a mí me parece maravilloso que hayas hecho algo así.

Le dedico la misma sonrisa plácida que dirijo a cualquiera que use esa frase.

Me quito los zapatos. Vincent me imita y empuja el talón de un mocasín con el otro.

Veo una costura en el dedo gordo. La única cosa más impresionante que un calcetín sin agujeros es un calcetín arreglado.

Subo los pies al sofá. Él juguetea con los dedos y finge quitarse suciedad de una uña limpia.

—He disfrutado mucho de la velada —dice.

—Yo también.

Me mira de esa forma. De esa forma rara y estúpida con la que te miran los hombres antes de besarte, un momento vacío antes de acercarse, de girar la cabeza como si fuera un bloque en forma de estrella que hay que meter en el juguete de un bebé.

Me besa. En los labios. Un beso completo, con la humedad justa.

Luego unos cuantos besos con la boca entreabierta, hasta que las lenguas se reúnen durante un instante.

Su cuerpo está encima del mío. Me pasa la mano por las costillas, por el culo, por los pantalones, pero con suavidad.

Debería hacer algo con las manos, así que le acaricio el pecho sólido y luego su erección durante un momento.

Se arrodilla para desabrocharse la camisa y luego me ayuda a quitarme el top.

Cuando su pecho desciende de nuevo sobre mí, me suelta las hebillas y el velcro de la falda escocesa y luego desliza un dedo debajo de mi ropa interior.