Decepcióname II #2
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II #2

—Solteros, hombres y solo un poco más jóvenes que él.

—¡Qué! Las mujeres también se merecen rayas.

—Ya —se ríe—. La última frontera del sexismo laboral.

Una camarera viene a tomarnos nota. Me giro hacia Vincent.

—Estoy haciendo el Veganuary, por cierto.

—No sabía que eso todavía estaba de moda.

—La verdad es que no.

—¿Por qué no me has dicho algo antes?

—No me importa si comes pescado. Y miré si tenían platos veganos. Los compartiré.

—Qué amable.

Pido sushi inari y berenjenas con miso y Vincent añade emocionado un par de cosas más que cree que voy a disfrutar, como agedashi tofu y tempura de calabaza, como si nunca las hubiera probado. Él se pide un plato modesto de nigiri y sashimi.

—¿Cuándo nombraron socio a tu compañero? —le pregunto.

—Hace un par de años.

—¿Y cuántos años de cualificación tiene?

Vincent hace una pequeña mueca y me reprendo por hacerle estas preguntas.

—Nueve —dice, y toma un sorbo de vino. Luego me examina los ojos con atención.

Con demasiada atención. Para el carro, Vincent, nos acabamos de conocer.

Mi cuerpo está aquí abajo. Me dan ganas de apartarme—.

Eres un poco asiática, ¿no? Me da la sensación de que sí, pero cuando me escribiste apareció Murphy como tu apellido y no sabía qué pensar.

—Solo un cuarto asiática.

—¿En serio? Pareces más.

—Gracias. Me lo dicen mucho. Creo que es por los rasgos oscuros.

—¿De China?

—Sí.

—Yo también.

—Lo sé.

—¿Cómo lo sabes?

—Cuando escribes, tu nombre sale como Vincent Chan. Y pareces chino.

Da otro sorbo de vino y luego se desabrocha las mangas de la camisa y las sube un poco. Me fijo en una mancha roja en una costura. Lleva un buen reloj. El típico bono anual.

—¿Eres irlandesa? —pregunta.

—Si lo dijera, creo que sería más insoportable. Como los estadounidenses que llevan un llavero con un trébol. —Vincent se ríe—. Crecí en Hong Kong.

Se le ilumina el semblante.

—Mis padres son de allí —comenta.

—Mi madre también se crio allí.

—¿Dónde vivías?

—En la isla Lamma.

—Un poco aleatorio, ¿no?

—Mi padre tenía muchas ganas de vivir allí. ¿Has ido mucho de visita?

—La verdad es que no. Me trasladaron allí hace un tiempo y pasé un año. Me pidieron que me quedara, pero al final volví aquí.

—¿Por qué?

—Mi novia de por aquel entonces seguía en Londres. Tenía sentido. —Deja la copa en la mesa—. Aunque habría estado bien quedarme.

Es bonito que volviera por ella. Todos queremos preguntar por los ex, pero no es apropiado plantear la mayoría de interrogantes durante la primera cita, ni durante una segunda y ni siquiera la tercera.

Pero las pautas son importantes. ¿Qué te destrozó, el trauma generacional sin resolver?

Puede que sea lo mejor… En un mundo con todas las cartas sobre la mesa, la gente tiene prohibido cambiar.

Pero ¿puedo al menos tantear los límites?

—¿Estuvisteis juntos mucho tiempo?

—Seis años. Rompimos hace dos. Ahora vive en Australia.

—Guau —digo. Ahí está bien—. Y desde entonces, ¿qué?

—Nada, en realidad. —Y, como si se lo recordara a sí mismo—: Seis años es mucho tiempo.

—Mmm.

Seis años es mucho tiempo. Me tranquiliza.

—¿Y qué me dices de ti? —pregunta.

—Estuvimos juntos durante dos. Rompimos el año pasado.

—El año pasado, ¿hace tres semanas?

Me río.

—No, hace más.

El agedashi tofu llega en un plato pequeño.

Son cuatro dados cubiertos en una masa que forma una ligera piel, blanda donde el caldo la ha empapado.

Cuando agarro uno, la piel se desliza como una bata de seda de un cuerpo desnudo y el tofu cae de vuelta al cuenco, como una caja flexible y bamboleante.

Vincent se ríe. No sé si por el tofu o por mí, por la estructura débil de la masa o por cómo agarro los palillos; eso es porque soy zurda.

Aun así, yo me río también. Dejo la piel en mi plato y me sirvo la soja desnuda con la cuchara.

—¿Alguna vez volverías allí? —pregunta Vincent.

—No. Me gusta lo que el Reino Unido tiene que ofrecer.

—¿Como qué?

Como una mejor accesibilidad a la hora de reconocer el género, que ya es.

—Como la mayonesa y los plásticos de un solo uso.

Vincent sonríe. Llegan sus nigiri de erizo de mar, con las suaves lenguas colocadas sobre los óvalos de arroz. Agarra uno, se lo come y asiente para sí con una sonrisa. Le sigue el resto de la comida. Ojalá no estuviera haciendo el Veganuary.

—¿Por qué decidiste hacer el Veganuary? —pregunta él.

Casi le cuento que me caí por unas escaleras.

Una parte de mí sabe que le hará gracia.

Pero luego recuerdo una cita con otro hombre en la que me contó que fue a la casa de una compañera de trabajo después de salir a tomar una copa con los demás y acabó meándose en la cama.

En aquel momento me reí, pero también decidí no volver a verlo.

—Por el agua —respondo.

—¿El agua?

—Se necesitan diecisiete mil litros de agua para hacer un kilo de ternera.

—Creo que eso lo había oído por alguna parte.

—Sí, es una locura. —Saqué el dato de una presentación que hizo una organización por el agua limpia en mi colegio. Se me quedó grabado el número. Diecisiete mil—. ¿Te gusta tu trabajo?

Me sirvo un trozo áspero de la tempura de calabaza que hay en un plato entre los dos. Durante un momento, me preocupo por si parezco obsesionada con el trabajo.

Vincent apoya los codos en la mesa y tararea algo, con la mirada fija en la pared de la derecha, como si le hubiera planteado una pregunta interesante.

—Sí que me gusta. Ahora que he cambiado de bufete, las horas no son tan horribles y, una vez tienes bastante experiencia, el trabajo es más relajado porque lo haces a base de memoria muscular. Ya sabes cómo es.

—Más o menos. ¿Quieres llegar a ser socio?

Lo digo con un tono impasible. No quiero que piense que lo pregunto porque me importa el dinero. No me importa. O, al menos, no mucho.

—Creo que sí. Es un tema que está sobre la mesa. —Hace una pausa para agarrar un trozo de sashimi, cuya espalda arquea en los palillos antes de mojar los pies en la salsa de soja—. Aunque es lo típico que cuesta admitir.

—¿A qué te refieres?

Vincent se esfuerza por tragar.

—Decir que nunca has querido serlo es como una red de seguridad. Porque es más fácil retractarse.

Esa frase me provoca cosquillas de vergüenza.

Es una sensación familiar. La poesía no me daría tanta vergüenza si en secreto no hubiera esperado que funcionara mejor de lo que lo ha hecho, que evolucionara en algo más aparte de una afición que hago junto a mi trabajo de día o que algún crítico de renombre me declarara un genio.

La señorita Byron. Insisto en que Vincent coma un poco del tofu y accede a tomar medio dado, que parte con un palillo en cada mano.

Intento persuadirlo de que coma más, pero dice que debería comérmelo yo.

—¿A ti te gusta tu trabajo? —pregunta mientras se seca la boca con una servilleta.

—No.

—¿Por qué no?

Le explico que soy una mujer adulta haciéndose pasar por una IA legal que parece ilegal y que eso reduce mis títulos y cualificaciones a una forma de acaparar un trabajo que mucha gente, con la formación práctica suficiente, podría hacer.

También le confieso mi sospecha de que dentro de unos años, o puede que menos, ese barco combustionará y yo debería marcharme antes de que ocurra.

Vincent se ríe. Yo me río. Durante un momento, me pregunto si nos reímos demasiado.

Al fin y al cabo, estamos hablando de mi carrera profesional.

—Entonces, ¿qué preferirías hacer?

No sé si mencionar mi poemario. Me avergüenza, pero quiero que Vincent me vea resplandeciente, interesante, y quizás un libro sea una buena forma de empezar.

—Escribo poesía, más o menos.

—¿En serio? —dice, sorprendido—. ¿Qué clase de poesía?

—¿A qué te refieres?

—No lo sé, la verdad. —Tarda un momento en añadir—: ¿De qué van tus poemas?

—De la gente.

—¿La gente?

—Sí. De las relaciones. De mi cuerpo.

—Deben de ser muy bonitos —comenta. No me gusta el eufemismo. «Mira los poemas en ella»—. Lo siento. Ha sido un chiste horrible.

—Pervertido.

Vincent se ríe. Sabe que estoy de broma y es agradable… ¿O no? ¿Se daría cuenta si no estuviera bromeando?

—Hace un año publiqué un poemario —explico—. Hace más de un año.

Se queda boquiabierto. Me sonrojo un poco y bajo la mirada al plato. Vincent no está actuando. O puede que un poco. Pero es un sentimiento bonito.

—¿Cómo se titula?

— No los confundas con montañas.

—¿Y eso?

—Es una referencia a Shakira.

—¿Sí?

—Sí, de Suerte . Está hablando sobre sus pechos.

Su mirada baja a mi pecho y vuelve a subir de nuevo.

No sé si sabe que lo ha hecho. Doy un sorbo al vino, pero Vincent no aparta los ojos de mí.

Yo le echo vistazos rápidos. Una parte de mí no soporta este escrutinio y me empieza a entrar el pánico por lo que ve, como si llevara tatuada en la frente la reseña de aquella revista queer: «Cuando quitas la capa más superficial, no queda mucha sustancia».

No me considero una persona que se avergüence mucho, solo en cantidades sanas. Pero esto es lo que es, ¿no? Vergüenza.

—Qué pasada. No leo mucha poesía, pero me encantaría leer tus poemas.

Sonrío. A lo mejor se los enseño. Supondría un alivio compartirlos con alguien que no cuestiona la forma. Vincent agarra un trozo de tempura vegetal. Lo miro mientras lo muerde. Tiene unos labios preciosos, gruesos, carnosos. Se le ha quedado un poco de la masa en la comisura de la boca.

—Mierda, ¿te molesta?

—¿El qué?

—Acabo de comerme tu tempura.

—¿Qué? Todo es para compartir.

Agarro el segundo trozo de nigiri de erizo con los palillos. Vincent me mira boquiabierto mientras me lo como y luego se ríe por la nariz.

—¿Y el Veganuary? —pregunta. Agito las manos para que se calle. El erizo de mar está buenísimo. Aunque no de un modo milagroso. Solo llevo dos semanas siendo vegana—. De hecho, ¿la tempura es vegana?

—¿Qué?

Lo miramos en su móvil. No lo es. Una notificación de una app de ligue aparece en lo alto de la pantalla y enseguida la aparta con el pulgar. ¿Cuántas citas tiene organizadas? ¿Estoy jugando mal a esto?