II
N unca fui a hacerme la TAC. Me quedo mirando el vinilo pegado en la pared del baño del WeWork.
Es de una canción de Beyoncé y, cada vez que lo veo, me pregunto qué pensará ella al ver que sus canciones animan a los directivos a cagar como los putos amos o si sabe siquiera lo que es WeWork, pero también me parece imposible que desconozca por completo su existencia.
¿Acaso una persona como Beyoncé puede comprender la magnitud de su omnipotencia?
Dejo que este pensamiento me arrastre, porque estoy sentada sobre la tapa bajada sin intención de excretar.
En mi repentino deseo de correr hacia la responsabilidad, he decidido comprometerme más en el trabajo.
Ofrecerme con más frecuencia. Dejar de rajarme para contribuir.
La gama de servicios legales que Owl, nuestra IA, puede proporcionar se ha expandido (supuestamente) para incluir documentos económicos, como los derivados financieros sencillos.
En realidad, Owl no puede hacerlo (el amanecer de la IA generativa todavía no ha llegado a mi trabajo) y por eso he estado formando a abogados júnior en esta nueva frontera tan emocionante del fraude.
Trabajar no está funcionando. No soy como Simone, que se mete tan de lleno en su curro que solo se puede decepcio nar a sí misma.
Ella cree en la visión global de lo que hace: le encanta la moda, le encanta buscar nuevas caras, arrancar la carrera de chicas jóvenes e impresionables.
A diferencia de ella, yo no tengo un gran propósito.
Se suponía que mi propósito sería la poesía, pero ¿qué sentido tiene?
Einstein trabajó en una oficina de patentes mientras desarrollaba la teoría de la relatividad.
Ese trabajo insignificante ayudó a cambiar el mundo.
Mis poemas no ayudan a nadie, excepto a las mujeres tristes y a los hombres gais que no quieren cambiar.
Tiro de la cadena del retrete que no he usado y me lavo las manos.
Nadie tiene la vida fácil. Simone rompió con Eva durante la primera semana de enero, hace tan solo un par de semanas.
«Max, es que es una mujer sin sustancia y no hay suficiente de mí para llenarla».
Simone me sorprendió un poco, pero eso en sí no es nada sorprendente.
A lo mejor fui un poco melodramática el día de Año Nuevo, pero todavía me siento desinflada.
Es lo que pasa cuando te caes por las escaleras.
En el lavabo, miro el móvil y veo que tengo un mensaje de Vincent, el hombre con el que hice match en una app de ligue, para confirmar la hora de la cena.
En el tiempo que ha pasado desde la última vez que las usé, las apps para ligar han decaído en términos de funcionalidad, calidad e inclusividad.
En todos los perfiles masculinos, los hombres confiesan que son competitivos y que les gustaría viajar a Japón.
Para proteger mi alma, me niego a revisar cada perfil y aguardo a que a los hombres les guste el mío para blandir el hacha.
Por lo demás, la experiencia es denigrante. En mi perfil ya digo que soy trans.
Por muchas ganas que tuviera de empezar el año saliendo con alguien, la validación de unos desconocidos al decirme que les parezco atractiva enseguida se vio reemplazada por el asco de que unos desconocidos me digan que les parezco atractiva.
Vincent, sin embargo, es guapo y, aunque mide lo mismo que yo, si nos fundieran a ambos, él ocuparía más volumen, y eso es importante para mí.
No tengo motivos para creer que la cosa saldrá mal, pero sí que tengo unos pocos para creer que saldrá bien; en ocasiones parece que las citas son algo que debes hacer, como reemplazar el filtro de la Brita o usar un producto antimoho en los rincones del baño, en vez de algo con sentido.
Y aunque me gustaría distinguir entre tener citas y esas otras tareas, que mantienen la casa y el cuerpo sanos, vivimos en un mundo que patologiza la soltería, en el que ser soltera implica estar sola.
Cada vez que vemos un titular en el que un octogenario muere dos semanas después que su pareja, nos lo creemos aún más.
Cuando regreso a mi mesa, casi ha terminado la jornada laboral.
Maeve, la asesora legal del moño rubio, se encorva en la silla, con el mentón adelantado, mientras repasa con el dedo una línea de texto en la pantalla; las gafas enormes le atrapan la mirada.
Trabaja con mucho más entusiasmo que yo, pese a que produce lo mismo en cinco días que yo en cuatro.
¿Cuál es su visión global? ¿La singularidad?
—¿Tienes planes para esta noche? —pregunta.
Arrugo el gesto. ¿Por qué la gente solo hace preguntas para que luego les pregunten lo mismo? Ojalá dejaran de tocar las narices y hablaran para sí.
—He quedado con unos amigos. ¿Y tú?
—Tengo una cita.
—Ah. Buena suerte —digo.
Responde con una mirada cómplice.
—No es la primera.
—¡Qué emocionante! —Esbozo una sonrisa congelada y dentuda.
Podría preguntarle más, pero ¿para qué?
Nuestra mesa está en un rincón junto a la ventana; me siento en el banco. Hay una mujer sola cenando en el mismo banco, de espaldas a la ventana. Una mesa para dos nos separa de ella, por suerte. Da una vergüenza especial que otras personas oigan la conversación de una primera cita.
Mi móvil se ilumina con un mensaje de Vincent; dice que lo han retrasado, que llegará quince minutos tarde, y me anima a elegir una botella de vino.
Todavía estoy cortejando con la abstinencia, aunque he decidido hacer una notable excepción para las citas.
Me da la sensación de que hay mucho en juego y no me fío de mi habilidad para conversar.
Abro la app en la que conocí a Vincent y miro unas cuantas caras para intentar encontrar una red de seguridad con forma de hombre. Pasan demasiados minutos antes de obligarme a parar y llamar a Simone.
—Llega tarde —le digo—. Estoy aquí mirando los perfiles de otros hombres en el móvil.
—¿Mientras esperas a tu cita?
—Sí.
—Eso no parece muy estable. ¿Tienes a otros esperando?
—No.
—Qué locura.
—Tengo dos trabajos, Simone.
—¿Quién te crees que eres? —dice y me río—. ¿Vas a seguir a rajatabla el Veganuary?
Tras caerme por las escaleras, apliqué otra capa de ascetismo. He decidido que no continuaré cuando se acabe enero, porque no me ha aportado auténtica felicidad, tan solo flatulencias.
—Voy a intentarlo…
—Piensa que vas con seis años de retraso para…
—Adiós.
Le cuelgo cuando Vincent entra en el restaurante.
Sonríe y me da un beso en la mejilla, todo con una suavidad vaporosa.
Mi semblante se ilumina. No es una cuestión de tener mejor aspecto en persona que en fotos, pero una imagen estática oculta la postura y el lustre, apaga la bondad de los ojos de una persona.
Según dicen (seguro que aparece en la Biblia), tras conocer a una mujer, los hombres saben en cuestión de segundos si quieren acostarse contigo.
Menuda carga. Cuánto sudor, cuánto exfoliante químico y cuánta ropa de deporte rota se sacrifican en el altar para cambiar esa posibilidad.
Y estamos tan absortas en nuestras súplicas, que apenas tenemos en cuenta la atracción que sentimos por ellos, si es que la sentimos.
Libérame de mis ataduras, suplico. ¿Me acostaré con Vincent? Supongo. Solo si es majo.
Mientras se quita el abrigo y se levanta el jersey, miro debajo de sus axilas por si hay marcas amarillentas de desodorante.
No me importaría, pero creo que ese detalle dice algo sobre un hombre.
No las hay. Menos mal. Se sienta en la silla.
El banco en el que estoy parece elevado en comparación y siento que me cierno sobre él; es algo que odio.
La luz en el rostro de Vincent es gentil, le redondea los pómulos afilados y le resalta el brillo de su piel bronceada y sin poros.
Tiene unas cejas bonitas, oscuras. Mi madre estaría contenta.
No solo porque es chino, sino porque a ella le obsesiona la piel.
Según mi madre, no puedes juzgar un libro por la cubierta, pero sí a una persona.
—¿Qué tal tu día? —pregunto.
Vincent suspira y se encoge de hombros con una sonrisa tierna.
—No dejan de alargar el trato. Y el socio que lo lleva es imbécil. Ya sabes cómo va.
—Más o menos.
Las horas que paso trabajando en la oficina son menos agotadoras que si estuviera en un bufete privado de abogados.
Abandoné esa vida cuando perdí las ganas de ejercer en un entorno laboral que premiaba los trastornos de personalidad sin diagnosticar.
También se me antojó como algo moderno y bueno tener un día a la semana dedicado a mis aficiones, para que, con el tiempo, esa afición se convirtiera en una carrera profesional.
Eso no salió bien, así que, cada vez que alguien me dice que trabaja en un bufete de abogados, como ahora, una imagen de pastos más verdes aparece en mi lóbulo frontal, como un fogonazo terco de pesar incontenible y de perspectivas abandonadas. Le sirvo a Vincent vino de la botella.
—¿Cómo es ese socio? —le pregunto y se ríe.
—Es el típico padre joven con bebés que…
—¿Cómo de joven es?
Es un acto reflejo: lo primero que pregunto cuando me entero de que alguien tiene o va a tener hijos.
Como soy una persona sin descendencia que no sabe qué pensar sobre tener hijos ni en qué momento podría tenerlos, cuando oigo hablar sobre bebés me surge la siguiente duda existencial: ¿me estoy quedando atrás?
—Joven, unos treinta y pico años. —Eso me provoca cierto alivio.
No solo por la edad de ese desconocido, sino porque Vincent también cree que tener hijos a los treinta y pico años te convierte en un padre joven—.
Bueno, su única forma de desahogarse es en el trabajo, por lo que siempre pilla una buena en las fiestas de la oficina.
Ofrece rayas a sus empleados y se enfada cuando se van temprano a casa.
—¿Se ha metido en problemas?
—Sabe a quién ofrecer esas cosas.
—¿Qué criterio sigue?
Vincent levanta un puño con tres dedos extendidos.