MAX, 2023 I #3
Salgo cojeando a los tristes pasillos del Hospital Homerton y noto que todo me roza y me hace daño.
Está muy manido describir un hospital como enfermizo, pero este lo parece, como si el papel blanquecino de la pared se fuera a despegar para revelar cúmulos de moho negro.
Es como si cada persona que entrara en estos pasillos dejara un poco de su enfermedad, que se ha ido acumulando en el linóleo moteado y en el olor a antiséptico que sale de las rejillas de ventilación.
Nadie parece darse cuenta de que atravieso la puerta principal de cristal.
Camino un rato hasta que encuentro un banco delante de una iglesia.
Es un edificio enorme, del siglo xviii , pero no termina de ser impresionante.
Lo construyeron con lo que parecen ladrillos modestos para las casas.
La torre que brota del centro está desvaída, tiene una forma simple.
No hay nada complejo. Es sencilla, pero bonita.
Ni por un momento me planteo encontrar a Dios.
Ni siquiera en mi peor momento (por favor, que este sea el peor) me tienta la religión.
Dios no me encontrará novio. No creo que los hombres de las tertulias cristianas matutinas me vayan a aceptar.
Respiro hondo y dejo caer la cabeza en las manos.
Los celos y las articulaciones débiles me han traído hasta aquí, aunque sé que la caída no tiene nada que ver con cómo me siento.
La caída, en cualquier caso, es la mera suma de mis fracasos.
La vida parece más dura que antes. Estoy celosa de Caspar, de esa chica que bailaba raro y, en cierto modo, también de Carla.
Estaba celosa de Arthur, del horrible de Arthur, de ver sus libros en las librerías, de verlo dar charlas, aunque, al igual que Caspar, es brillante (en un sentido objetivo) y se lo merecía.
Todo esto me hace sentir vergüenza. Decepción.
Paso junto a las palmeras del Hackney Town Hall.
A veces, cuando veo a gente ahí fuera, sacándose fotos para sus bodas civiles minimalistas, la disminución extrema de la ceremonia hace que todo eso me atraiga.
Veo el edificio desde la ventana de mi casa, un antiguo piso de protección oficial situado en la planta superior de un bloque residencial.
Estoy alquilada, porque, aunque mis padres me ofrecieron el dinero para la entrada, lo rechacé.
No quería ser como las personas con las que crecí en Hong Kong, con sus vidas intachables y alejadas de la realidad.
Siento cierto orgullo por eso, aunque empiezo a darme cuenta de que rechazar ese dinero también implica estar lejos de la realidad; solo me puedo permitir pagar el alquiler porque el salario que recibo por hacer de IA es exorbitado para lo que hago.
Sé que mi piso a lo Thatcher es parte del problema, por cómo he colonizado esta zona de Hackney.
Que sea en parte china no me absuelve. Procedo de un largo linaje de colonizadores.
Mi abuelo, que trabajaba para el gobierno británico, crio a mi madre en el Hong Kong colonial.
Mis padres me criaron a mí en el Hong Kong neocolonial.
Esto es el Hackney neocolonial. Saberlo no me hace sentir mejor, sino peor.
Cuando abro la puerta principal, Eva y Simone están de pie en el salón y me ven.
Simone lleva puestos sus vaqueros caros y una camisa blanca, con la chupa de cuero negro con llamas recortadas en cuero marrón.
Eva viste una falda escocesa hasta el suelo.
Tienen el pelo lustroso, aunque seguramente apenas hayan dormido.
—Maxy —dice Simone y me abraza—. Pensaba que habías desaparecido. Nos ha llamado el hospital. Te iban a hacer una TAC…
—Me he ido.
—Lo sé.
—¿Deberíamos volver? —pregunta Eva.
Pasamos de ella. Oigo las lágrimas en la voz de Simone.
—Siento que hayas despertado cuando no estábamos. Nos dormimos y hemos venido a recogerte algunas cosas. No me gustaba la ropa que te había elegido. Ya nos íbamos al hospital.
—No pasa nada —contesto, cohibida de repente por mi aspecto—. La ropa está bien.
Simone no debería sentirse mal por dormir. Tendría que ser yo quien se sintiera mal, culpable. Soy horrible. Me echo a llorar. Simone me abraza con más fuerza. Eva se acerca y rellena los huecos, hasta que acabo encapsulada en una bola de carne.
—Siento haberos estropeado la Nochevieja.
—Te caíste por las escaleras, Max —dice Simone—. Le podría haber pasado a cualquiera.
—Literal —añade Eva.
—¿Podemos quedarnos aquí un rato? —les pido—. No quiero volver ahora mismo. Han dicho que seguramente esté bien.
Simone pone mala cara.
—Vale.
Me acerco al sofá que compré en una tienda de segunda mano.
Paso la mirada por encima del resto de los muebles, muchos de los cuales compré por eBay con la ayuda de Arthur.
Como él tenía coche, nos llevaba por Londres a recoger cosas.
Su huella está por todas partes. Su libro sigue en la estantería.
Simone y Eva se sientan en la mesa redonda del comedor, donde hay cuatro sillas. Me miran con ternura.
—¿Tienes hambre? —pregunta Simone—. ¿Quieres desayunar?
Esa palabra invoca mi hambre. Me ruge el estómago a modo de respuesta.
—Creo que tengo los ingredientes para hacer carbonara.
Simone está preparada para comentar que eso no es un desayuno, pero no dice nada.
—No te muevas.
Durante la siguiente media hora, voy perdiendo y recuperando la consciencia.
Mi cuerpo ansía dormir. Las noches importantes siempre son de prestado, aunque estés sobria o intentes estarlo.
Siempre debes pagar una deuda. Horas robadas, siestas a plazos en los días posteriores, peniques de energía sacados del cerebro y los ojos adormilados, y todo para satisfacer al alguacil hambriento de serotonina.
El sonido de la cerámica al entrechocar y el chisporroteo de la comida se ven interrumpidos por una riña en voz baja entre Eva y Simone. Lo echo de menos. Lo echo de menos todo. Incluso las riñas. Es fácil. Es simple.
Lo alargan más de lo que se tarda en preparar una carbonara.
Cuando Simone saca una cazuela de pasta al salón, huelo la grasa del tocino hecho, que sale enroscándose de los trozos marrones que se han quedado pegados en el fondo.
Capto el aroma penetrante y completo del parmesano.
El vapor emana de la cazuela Le Creuset de imitación y me llama a la mesa del comedor.
Simone coloca un nido de pasta en mi cuenco, acompañado de unos espárragos.
La carbonara está deliciosa. Salada, sabrosa. La han hecho bien.
Comemos en silencio. Las dos se andan con pies de plomo y eso me ofende. Soy dura de pelar. Sus precauciones no me gustan. Nada de ir de puntillas conmigo.
—¿Algún propósito de Año Nuevo? —pregunta Eva.
—Menuda puntería tienes —comento.
Las tres nos reímos. Intento pensar en algo aparte de lo sola que me he sentido esta mañana. Me quedo en blanco.
—¿Escribir más, por ejemplo? —dice Eva.
—Escribir me hace sentir menos sola, pero creo que prefiero no estar sola.
—¿Te sentías menos sola con Arthur?
—Supongo. Pero también sentía celos y no era muy feliz con él, lo que provoca que una persona se sienta muy sola.
—A lo mejor podrías volver a intentarlo con alguien. ¿Te lo has planteado? Quiero decir, ¿has salido con alguien desde entonces?
—La verdad es que no —contesto mientras con el tenedor rasco del plato los trozos de parmesano derretido—. A lo mejor debería hacerlo.
—Un propósito de Año Nuevo.
—Sí. ¿Cuál es el tuyo?
—No lo sé. Puede que construya un cobertizo o algo así.
Qué encantadora y aburrida eres, Eva.
Insisto en que regresen a casa después de desayunar y les prometo que iré al hospital en cuanto me despierte de la siesta.
El vestido de anoche está doblado encima de la silla del escritorio.
Cuando me cambio de ropa, me siento sola.
Sola cuando la casa está vacía, sola cuando la casa está llena. Iré a hacerme la TAC mañana .