Decepcióname MAX, 2023 I #2
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MAX, 2023 I #2

No me queda claro qué quiere decir, aunque ese «a veces» sea bastante apropiado.

No soy muy lista. Muchos abogados no son listos.

La abogacía es una carrera profesional construida a base de privilegio y memorizar datos.

Trabajo cuatro días a la semana como asesora legal para una empresa tecnológica que dice tener una inteligencia artificial que puede revisar contratos, pero lo cierto es que no puede y soy yo quien los revisa.

Yo soy el robot y firmo los correos dirigidos a los clientes con su nombre, Owl.

Dedico el tiempo muerto del curro a poner etiquetas en los contratos y enseñar a la incompetente IA a leerlos para que un día me reemplace.

Pese a que trabajo solo cuatro días a la semana, me pagan demasiado.

El quinto día se supone que es para dedicarlo a la poesía, aunque he dejado de escribir.

—Me gustan tus zapatos —dice el hombre de treinta años.

—Gracias.

Los compré para celebrar que me habían ofrecido publicar mi poemario. No me pagaban ningún adelanto, pero tenía sentido comprar zapatos. Ahora ya están rayados porque son unos brogues con plataforma y la suela de goma roza el cuero al andar. Me rompe el corazón.

—¿Quieres un poco? —pregunta el de cuarenta y cinco años y alza el frasco de GHB.

—No, estoy bien.

El yogurín se prepara unas rayas de coca con una espátula ranurada.

Mi mente vaga hacia Arthur. Una parte de mí creía que estaría aquí.

Existimos en rocas separadas dentro del mismo ecosistema.

Por eso me resultó fácil venir sobria, porque las drogas y el alcohol me aflojan la lengua y me dejan las extremidades y la mente como gelatina, hasta el punto de persuadirme para acunar al monstruo vestido con Carhartt vintage .

«Solo te pregunté por la cirugía de mandíbula para apoyarte en tu transición, Max».

No sé si dolería más verlo con una mujer cis o con otra mujer trans.

Cualquiera me haría sentir como que no soy suficiente, quizás porque el cerebro busca los motivos que quiere y se queda atrapado en ese bucle de autorrefuerzo.

No sé qué hago aquí. Con treinta años, todavía sufro esa presión de aparentar que me lo paso bien, o que hago muchas cosas o, al menos, cosas interesantes.

Por eso la publicación de mi poemario me resultó tan satisfactoria durante un tiempo.

Una perla fría de decepción me pesa en el estómago.

¿Qué hago aquí? Esa pregunta es un peso sobre la conciencia de mis hombros.

La fiesta tiene que terminar, gente. No podemos seguir así para siempre.

¿Y por qué no? No tengo ninguna respuesta, aparte de este sentimiento de vacío.

Quizás lo esté proyectando. Miro al otro lado de la habitación.

Hay una mujer blanca, delgada, que lleva una minifalda de cintura baja y un sostén hecho de cadenas; está bailando a destiempo con la música que suena por los altavoces.

Seguramente sea de mala educación observarla de ese modo.

Pienso en que nadie, ni un alma en todo el planeta, creería que una mujer así es trans.

Está muy lejos de lo que yo podría desear, de lo que la gente imaginaría si alguien le dijera que lo soy o no lo soy.

—Sujétame esto un segundo —dice Carla y me pasa un billete de cincuenta libras.

—¿A santo de qué tienes un billete de cincuenta libras?

Se lo enrollo en un tubo.

—Me lo dio como propina un hombre que llevaba un sombrero de fieltro en el pub donde trabajo, cariño. Me lo metió en las bragas cuando le serví un hojaldre de salchicha. Tendría que haberlo echado, pero quería quedarme con el dinero.

Carla prepara dos rayas con una tarjeta de fidelidad de una cafetería sin ningún sello.

Son rayas gordas. Como babosas. Mi mirada vaga de nuevo a la mujer que baila y Carla me quita con cuidado el billete de la mano.

Oigo el aire pasar por su nariz. Se la rasca con una uña de acrílico adornada con joyas y las dos nos quedamos mirando a la chica.

—Es trans, ¿sabes? —dice Carla—. Creo que tiene veinticinco años. Es modelo. Transicionó a los trece.

Joder. Agarro el billete y, durante un instante, me planteo esnifar la babosa, pero se lo devuelvo a Carla. No me siento mejor. Ni tampoco un dechado de virtudes.

—Maxy escribió un libro —les cuenta Carla a los tres chicos y me rodea con un brazo.

Ellos asienten, porque en realidad les da igual. Ya no lee nadie. Los escritores pronto serán redundantes, la IA nos reemplazará y mi resuelta despedida de la poesía no parecerá tanto un fracaso sino más bien una cuestión de pertinencia.

El yogurín y el hombre de treinta años empiezan a besarse.

—¿Vais a ir al Dionysus? —pregunta el de cuarenta y cinco años.

Yo niego con la cabeza.

—Ya no voy allí, cariño —responde Carla—. No es queer. Es gay.

Tiene razón. Todas las noches de fiesta queer en las que solía salir han sido colonizadas por gais musculados.

Ya no son para mí. ¿Hoy lo es? Miro otra vez a la decepto-trans y me da yuyu.

Es imposible bailar tan descompasada durante tanto tiempo.

Es inhumano. Carla y yo nos levantamos de los pufs agarradas de la mano y salimos al pasillo.

Me fijo en que ella se ha dado cuenta de que estaba mirando a la chica de la otra habitación.

—¿No estás celosa? —pregunta.

—¿De qué?

—De ella.

—No.

—Mentirosa. —Me empuja el hombro, pero con suavidad—. Estás celosa. Eres guapa, pero no tanto. Todas le tienen celos.

—Yo no.

—No pasa nada por admitirlo, cariño.

—¿La has visto bailar? —pregunto para intentar domar la agresividad de Carla, porque me siento demasiado sobria, como si hubiera levantado demasiado los muros para admitir que, en efecto, me siento un poco celosa.

—Estás celosísima —repite Carla.

—Que no.

—Lo estás. Ese es tu problema, Max.

—¿Cuál es mi problema?

No me conoce lo suficiente para saber qué problemas tengo.

—Admite que estás celosa. Y serás libre.

Me agarra por la muñeca con una fuerza alimentada por la coca.

—No lo estoy —contesto, pero alzo tanto la voz que revela mis celos.

Los tres hombres del sofá nos miran boquiabiertos a través del hueco de la puerta. La victoria se refleja en el semblante de Carla.

—Por cierto —dice—, puede que sea un mal momento para contártelo, pero me acosté con Arthur. No es un buen hombre.

Quiero anestesiar mi desesperación. Quiero encontrar a Simone.

Aunque sea con Eva. Es un sentimiento horrible.

Quiero mantener la compostura. Le doy la espalda a Carla y me agarro a la barandilla para girar.

Al lanzarme por las escaleras, me salto un escalón y pierdo el equilibrio.

Empiezo a caer. Me golpeo la cabeza. Simone grita mi nombre.

Me despierto en una habitación de hospital. ¿Cómo he conseguido una para mí sola? Reina un silencio inquietante. Solo oigo el chasquido de otras puertas y pasos suaves fuera. A través de la puerta abierta, no veo a nadie. Me duelen todas las articulaciones del cuerpo.

Una tensión edípica me engulle entera. No porque quiera acostarme con mis padres (y no quiero), sino en un sentido profético, porque empecé la noche sobria, intentando no hacer daño a nadie, tratando de pasar la velada con dignidad.

Apenas bebí, rechacé las rayas que me ofrecieron, y luego me caí por las escaleras y acabé en el hospital.

No recuerdo gran cosa de cómo llegué aquí, aparte de unas imágenes fragmentadas sobre un taxi y una luz en el ojo.

Y luego un médico j oven diciendo que me mantendrían ingresada hasta que llegara un especialista por la mañana para que me hicieran una TAC, pero que seguramente estaría bien. Estoy bien.

Quiero ser responsable. Quiero sentirme responsable.

Quiero una Eva. U otro Arthur. ¿Encontrar novio podría ser mi propósito de Año Nuevo?

¿Eso es algo que una persona puede decidir hacer?

¿Ha muerto el feminismo? Me siento muy sola.

Puede que sea lo más sola que me haya permitido estar desde que Arthur rompió conmigo.

Es como una visión de mi futuro. Dentro de veinte, treinta, cincuenta años, mis padres y Jamie, mi hermano, estarán muertos y yo me habré quedado soltera y sin hijos y mis amigas estarán demasiado enfermas o lejos para visitarme.

Un día podría acabar en el hospital, sola, sin nadie que viniera a verme. ¿Qué clase de futuro es ese?

Tengo un gotero en la mano derecha y me parece melodramático y un desperdicio. Al quitarme la aguja de la vena, la sangre chorrea entre los cañones de los huesos de la mano; me la limpio en la sábana. Leo una notita que hay encima de un montón de ropa limpia, toda mía.

He ido a casa. Pasaré por la tuya a por más cosas. No tienes un traumatismo craneal, pero te quedarás para una TAC. Tienes el móvil cargando en la pared. Volveré pronto. Simone.

Me pongo la ropa; me crujen tanto las articulaciones que tengo miedo de que se rompan.

Vaqueros acampanados, un jersey corto y una chaqueta ligera.

Mis llaves de repuesto están en una bandolera de nailon que me compré para animarme después de que The Guardian se cagara en mi poemario.

Esta ropa no parece suficiente, pero, al ver el móvil, la app del tiempo me informa de que hace dieciséis grados.

En Año Nuevo. El mundo se está acabando.

Doblo la notita y la guardo en el bolsillo trasero; puede que un día me haga gracia.

Puede que más adelante este día parezca más gracioso de lo que es. No soy corta de miras.