Decepcióname
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MAX, 2023 I
S on las cuatro de la madrugada y la fiesta no ha decaído.
¡Nochevieja! Todo el mundo quiere ir a una fiesta, pero nadie quiere ser el anfitrión, de ahí que cualquier fiesta sea una buena fiesta y la gente se quede.
En cierta etapa vital, las personas dejan de compartir casa para buscar pisos más pequeños, bien porque se pueden permitir vivir a solas, o porque están con su pareja, o porque sus padres les dan algo de dinero para una vivienda modesta de dos dormitorios, aunque luego digan que pagarán ellos la hipoteca.
En todos estos casos, una casa deja de ser un sitio en el que vives sin más y se convierte en un hogar; deja de ser un sitio que quieras destrozar.
Es raro celebrar fiestas en casas. Caspar, que vive aquí, es un amigo de la universidad.
También íbamos a un taller de escritura con mi exnovio, Arthur, aunque ya no voy desde entonces, claro.
Ahora no veo casi nunca a Caspar, aparte de en estas fiestas, a las que sigue invitándome a pesar de habernos distanciado.
Estoy flirteando con la abstinencia, lo que significa que solo he tomado dos copas y un montoncito de keta que me acaba de ofrecer Caspar.
La restricción no es porque sea alcohólica o adicta.
Siempre he sabido moderarme, decir que no al final, irme a casa temprano.
Me estoy conteniendo porque las drogas y el alcohol me hacen sentir mal.
Cuando Arthur rompió conmigo, solía despertarme con una compresión gravitacional que me anclaba a la cama.
Me sentía mucho peor un día o dos después de compartir un par de botellas entre amigos.
No debería haber sido una gran revelación que el alcohol es un depresivo, pero me di cuenta cuando toqué fondo.
Desde que lo dejé, tengo más robustez emocional y también me siento más superior, como si fuera la primera persona en la historia en enterarse de los peligros del hedonismo.
Estoy bailando con los ojos cerrados, porque me he puesto a bailar con Caspar y su contacto visual es intenso.
Es un hombre brillante. No me cae especialmente bien y lo digo desde un punto de vista objetivo.
Posee una mente brillante de verdad. Hizo un doctorado sobre PrEPonomía y luego escribió un libro de no ficción sobre la cultura discotequera en Londres antes del cambio de milenio, una época que no vivió en persona, y que acabó publicando una editorial independiente que solo vendía libros en las librerías de Hackney.
Se vendió mucho más de lo que cualquiera hubiera previsto, y fue gracias a que un actor/cantante/artista del punto de cruz muy conocido subió una selfi en la que aparecía desnudo con el libro de Caspar tapándole la entrepierna.
Vendió mucho más que mi poemario, obvio, porque ¿quién coño sigue comprando poesía?
Después de la foto de la entrepierna, a Caspar le ofrecieron un contrato para publicar el libro en Estados Unidos.
Y luego en Alemania. Incluso en Japón. Caspar posee un glamur que en mí desaparecerá.
El tiempo trata mejor a los hombres, incluso a los hombres gais.
Yo no siempre seré hermosa. Ahora que estoy en la treintena, pienso mucho en esto.
Porque tengo treinta años. Las arrugas alrededor de la boca me delatan.
Aunque insisto en que es por la estructura d e mi rostro, en que siempre las he tenido, sé que cada vez son más pronunciadas.
¿Cuánto rato llevo con los ojos cerrados?
Los abro. Caspar se ha ido. Examino la multitud y me arrepiento de inmediato.
Hay gente que debería dejar de tomar drogas.
Me limpio los restos de ketamina del borde de la nariz y alzo la mirada.
¡Luces! Una máquina de luces dispara láseres por toda la habitación y crea una capa luminosa por encima de mi cabeza.
Simone y Eva están a mi lado. Simone nunca suda.
Lleva una americana holgada con pantalones cortos a juego, como un niño disfrazado con el traje de su padre, pero sexy y serena.
Es mi persona favorita en todo el planeta.
Eva, su novia, no lo es. Y no porque yo sea un poco posesiva, sino porque me parece algo aburrida.
Graba videos de moda para marcas chulas con jerséis asimétricos y zapatos caros que parecen Transformers.
La gente que hace trabajos como ese solo es interesante sobre el papel.
Excepto Simone. Simone suele defender delante de mí el derecho de Eva a ser aburrida, con bonitos aforismos que resultan contradictorios a pesar de la intensidad con que los expone: «Max, escucha, cualquier persona puede ser aburrida cuando pasas mucho tiempo con ella».
¿Yo soy aburrida, Simone? «No, pero Eva habla sobre cosas de las que tú y yo nunca hablamos». Es cierto, habla mucho sobre Crocs.
Eva me apoya una mano en la espalda. Noto mi sudor contra la curva de la columna vertebral.
—Me encanta tu bolso —dice.
Es vintage , un bolso tipo baguette de cuero negro. No creo que le guste de verdad; solo quiere congraciarse conmigo. A lo mejor sabe que la considero una aburrida.
—Gracias. A mí me gustan tus Crocs.
Tengo calor y solo en el sentido más desagradable de la palabra.
Ojalá no llevara el vestido de seda. Soy muy consciente de que me sudan las axilas.
Cierro los ojos de nuevo. A lo mejor debería sentirme agradecida por tener a Eva.
En los últimos dos años he perdido a muchas amigas por culpa de la heteronormatividad, incluso a amigas queer.
Amigas que se han casado. Que han empezado a llevar cárdigan.
Que contemplan el mar mientras se frotan los brazos.
Abro los ojos de nuevo y miro a Simone. Arruga la cara.
No porque esté juzgando, solo observa. Le castañean los dientes como si estuviera desnuda en el Ártico.
Conozco ese sonido desde que tomamos éxtasis por primera vez en un callejón de Lan Kwai Fong hace dieciséis años.
Simone me agarra la mano, acerca la boca a mi oído y sé lo que viene: clac, clac, clac.
—Es como si hablaran.
—¿Y qué dicen? —pregunto.
—Socorro.
Nos reímos. Me aparto para buscar chicle en el bolso. Eva me desliza la mano por el brazo.
—Me encanta tu bolso —dice, otra vez.
—Gracias. A mí me gustan tus Crocs —repito.
Sé que yo también he sido la causante de conversaciones en bucle como esta y mi castigo es contener el fastidio y sonreír.
Saco el paquete de chicles del bolso, almohadas amontonadas de xilitol, y saco un par para Simone y para Eva y luego otro para mí.
Simone se lo mete en la boca y asiente con los ojos cansados.
Eva tira de nosotras para adentrarnos más en el salón reconvertido en pista de baile.
Las miro y, de repente, veo que están dobladas hacia atrás.
¿Quién cojones ha traído un palo para jugar al limbo?
¿Voy a hacerlo yo? Doblo la espalda hacia atrás como si fuera lo más normal del mundo.
No parece que hayan encontrado un palo fuera y ya.
El palo tiene una longitud, una circunferencia y una textura concretas. ¿Quién lo ha traído?
Mientras estoy del revés, mi mirada se posa en Carla, una mujer española que conozco por Caspar.
En una ocasión, Simone comentó que se parece a le cantante Arca pero del todo a cien.
Carla y yo somos amigas, en la medida en que las dos somos trans y, por tanto, nos apoyamos en redes sociales.
Su vestido de lentejuelas es muy bonito.
Muy ajustado. Cuando me reincorporo, lo hago pensando en microplásticos.
Intento seguir bailando, pero arrugo el gesto al imaginar las bolitas que pueden caer de las lentejuelas y acabar en el mar, en los peces que comemos, en nuestros cuerpos, hasta obstruir los receptores de hormonas y machacar nuestros gametos.
Aunque yo ya haya vivido una versión de este apocalipsis, no es un destino que les desee a los demás.
¿Esto es lo que le hace la abstinencia a una persona?
Cuando no puedes hacer el mundo papilla, disuelves todo lo demás para que no tenga sentido.
Cuando no puedes abarrotarte la mente, ¿a dónde vaga?
Carla baja de una plataforma. Una persona, una de tantas con el pelo rapado y decolorado, sube para reemplazarla.
—Eres buenísima —le digo.
—Gracias, cariño. Estás espectacular.
—Me encanta tu vestido.
—Lo mismo digo. Estás espectacular. Subamos arriba.
Me agarra la mano con un tirón violento y me saca a rastras de la habitación hacia la escalera.
El contacto de piel contra piel es una cercanía fingida creada gracias a nuestra experiencia compartida.
Nos conocimos hace unos años. Lo único que recuerdo de esa noche es que me dio un cigarrillo y me contó que había un hombre que le pagaba bien para que vapeara por el culo y que me lo podía presentar si quería.
Creo que todavía ve a ese hombre, aunque sus cuadros se venden bien.
Una semana más tarde, quedamos para tomar una copa en un bar de Dalston.
Me mortificaba lo maleducada que era. Algunas mujeres trans sirven coño con mala leche porque, cuando el mundo se caga en ti, es fácil ser un poco mezquina, pero Carla devolvió un negroni solo porque la rodaja de naranja era demasiado fina.
Ninguna cantidad de dolor es excusa para eso.
Nos sentamos en unos pufs del piso superior.
En un sofá a la izquierda de Carla, hay tres hombres vestidos con tops de malla.
Uno aparenta tener cuarenta y cinco años, otro treinta y el yogurín cerca de Carla tiene pinta de ser demasiado joven para estar aquí.
El hombre de cuarenta y cinco vierte con un dosificador unas gotas de GHB en un vaso con Fanta de naranja.
—Esta es Max, mi amiga. Es abogada —me presenta Carla.
—Qué guay —dice el yogurín—. Seguro que eres muy lista.
—A veces —contesta Carla por mí.